Archivo de la categoría: artículos (CAS)

La larga marcha del zapatismo

Mike Eaude y David Karvala
Artículo publicado en el periódico En lucha, abril 2001

Durante los meses de febrero y marzo de 2001, México presenció la triunfante marcha zapatista hacia la capital.

En ciudad tras ciudad, miles de personas -indígenas, trabajadores, estudiantes…- salieron a las calles para recibir a la delegación zapatista, encabezada por el Subcomandante Marcos, que iba a negociar con el nuevo Presidente Fox.

Es un buen momento para celebrar la lucha zapatista, y para considerar los desafíos a los que se enfrentan tanto los zapatistas como los millones de trabajadores y campesinos de México.


Seguir leyendo La larga marcha del zapatismo

El marxismo ante la opresión

Tony Cliff

El núcleo del marxismo es que la emancipación de la clase trabajadora es el acto de la propia clase trabajadora. Al mismo tiempo, Marx defiende que las ideas preponderantes de la sociedad son las ideas de la clase dirigente. Una forma importante a través de la cual estas ideas arraigan es la división de la unidad de los trabajadores en diferentes razas, nacionalidades y géneros.

La opresión de los negros por los blancos, de las mujeres por los hombres, etc. dividen a la clase trabajadora, y la política de dividir y vencer refuerza el poder de los capitalistas.

¿Cómo afecta la opresión a la condición de los trabajadores que pertenecen al sector oprimido? Los trabajadores negros en Gran Bretaña son explotados como trabajadores. Que sean discriminados como negros agrava la explotación. Reciben salarios más bajos, las condiciones de trabajo son peores, sufren una vivienda deficiente y otras privaciones sociales. Lo mismo para las trabajadoras, que son forzadas a sufrir una doble carga: la de asalariadas y el cuidado de los niños y la casa. Sus trabajos son mucho más marginales; tienen menos oportunidades de lograr formación; son forzadas a abandonar el trabajo para el cuidado de las criaturas; su opresión agrava su explotación. Seguir leyendo El marxismo ante la opresión

¿Por qué necesitamos un partido revolucionario?

Tony Cliff

  1. La conciencia desigual en la clase trabajadora
  2. Contra el oportunismo y el sectarismo
  3. El partido revolucionario: la universidad de la clase trabajadora
  4. Tres tipos de partido de los trabajadores
  5. El revolucionario enseña y aprende de la clase trabajadora
  6. El carácter de los partidos reformistas: pasividad y adaptación
  7. Centralismo democrático
  8. La necesidad de un partido revolucionario de masas

 

1. La conciencia desigual en la clase trabajadora

¿Por qué necesitamos un partido revolucionario? La razón principal para esto se encuentra en dos afirmaciones de Marx. Él decía que la emancipación de la clase trabajadora debía ser un acto de la propia clase trabajadora. Al mismo tiempo afirmaba que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época. Ambas afirmaciones contienen una contradicción. Pero esta contradicción no existe exclusivamente en la mente de Marx sino en la realidad.

Si sólo una de las afirmaciones fuera correcta no habría necesidad de un partido revolucionario. Si fuera así de fácil, que la emancipación debe venir exclusivamente de la clase trabajadora, no tendríamos por qué luchar por el socialismo. Podríamos simplemente cruzarnos de brazos con una sonrisa en el rostro y esperar. Los trabajadores ya se liberarían solos. Por otro lado, si fuera únicamente correcto que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes, o sea que los trabajadores siempre consentirán las ideas de la clase dominante, entonces también podríamos cruzarnos de brazos. Pero en este caso tendríamos que romper a llorar ya que no podríamos cambiar nada.

Efectivamente ambas afirmaciones de Marx son correctas. La lucha de clases no sólo se manifiesta en el conflicto entre trabajadores y jefes, sino también en las luchas dentro de la clase trabajadora. Cuando los trabajadores forman piquetes no están tratando de impedir a los capitalistas que trabajen. Los capitalistas de por sí no trabajan, por lo que tampoco lo harían cuando hay una huelga. En un piquete se trata de que una parte de los trabajadores impida la irrupción de la otra parte a favor de la patronal. Seguir leyendo ¿Por qué necesitamos un partido revolucionario?

Portugal: 25 de abril de 1974: La revolución que se marchitó

David Karvala

El 25 de abril de 1974, la gente de Lisboa se despertó para encontrarse con tropas armadas, y tanques, controlando todas las calles principales.

En un principio, nadie sabía qué significaba. Un régimen fascista llevaba 44 años dirigiendo el país. Cualquier oposición era reprimida por la policía secreta, el PIDE. La fascista Legión Portuguesa tenía 100.000 miembros uniformados. Los sindicatos independientes estaban prohibidos, y la policía disparaba a los huelguistas. Fácilmente se podía suponer que las tropas estaban allí para fortalecer la dictadura.

Pronto se sabría la verdad. Era un golpe de Estado, pero desde la izquierda.

La gente salió a la calle para abrazar a los soldados, poniendo claveles en los cañones de sus armas, y subieron a los tanques en manifestaciones espontáneas. La prensa del mundo la proclamó como la pacífica “revolución de los claveles”.

Pero los siguientes dieciocho meses estuvieron lejos de ser pacíficos, porque los motivos que habían desencadenado en el golpe no tenían nada que ver con la “armonía social” ni con una “primavera política”.

A finales de 1975, la revolución había acabado y el capitalismo portugués estaba seguro otra vez.

¿Qué había pasado? ¿Fue posible una salida diferente, una revolución socialista?
Seguir leyendo Portugal: 25 de abril de 1974: La revolución que se marchitó

Los judíos, Israel y el Holocausto

Tony Cliff

El nacimiento del sionismo

La Revolución francesa liberó a los judíos. El gueto físico, económico e intelectual desapareció entre 1789 y la unificación de Alemania e Italia, casi un siglo después. Mendelssohn, Heine y Marx, todos judíos, fueron personalidades destacadas en la cultura alemana. Y si bien hubo un extendido antisemitismo, incluyendo pogromos, esto ocurrió en la Rusia zarista, donde el yugo del feudalismo todavía subsistía y el capitalismo moderno apenas se posicionaba. Cuando el capitalismo se hizo viejo y decrépito, sobre todo después de la Gran Depresión de la década de 1930, se volvió a su vez en contra de todos los logros democráticos de su juventud. Entonces se empujó a los judíos ya no simplemente hacia los guetos, sino más allá, a las cámaras de gas.

Entre estos dos períodos, en Francia se desató un terrible caso de antisemitismo. En 1895, Dreyfus, un judío que ejercía de oficial del ejército, fue acusado de ser espía alemán. La caza de brujas desencadenó una histeria colectiva en contra de los judíos. Esta ola de antisemitismo fue un derivado de la rivalidad entre el ascendente imperialismo francés y el imperialismo alemán. En el París de esos años, un periodista vienés bien establecido, Theodor Herzl, llegó a la conclusión de que el furor del antisemitismo era natural e inevitable. En junio de 1895, escribió:

En París, como ya he dicho, logré una actitud más libre hacia el antisemitismo, que ahora empecé a comprender históricamente y a perdonar. Por encima de todo, me di cuenta de la vacuidad y la futilidad de tratar de ‘combatir’ al anti-semitismo.

Herzl criticó a Émile Zola y a otros franceses, principalmente socialistas, que salieron en defensa de Dreyfus. Reclamaba que los judíos que “buscan la protección de los socialistas y de los destructores del orden civil actual… en realidad no eran ya judíos. Desde luego, tampoco eran franceses. Probablemente se convertirán en los líderes del anarquismo europeo”.

Sostuvo que la respuesta al antisemitismo estaba en que los judíos salieran de los países en los que no eran deseados y establecieran su propio Estado. En este sentido declaró: “los antisemitas serán nuestros amigos más confiables… nuestros aliados”. Por esta razón fue a reunirse con el ministro del Interior del Zar, Plevhe, el hombre que había organizado el pogromo de Kishinev de 1903. Trató de hacerle morder el anzuelo de que sacando a los judíos de Rusia se debilitaría el movimiento revolucionario, enemigo de Plevhe.

Si el antagonismo entre judíos y gentiles era supuestamente natural e inevitable, luego, obviamente había que deducir que el antagonismo entre los judíos y árabes en Palestina era natural e inevitable. Para empezar, Herzl había definido el sionismo como “dar una tierra sin pueblo a un pueblo sin tierra”. Cuando se le llamó la atención sobre el hecho de que había árabes en Palestina, Herzl asumió que la tarea era simplemente deshacerse de ellos. El 12 de junio 1895 escribió: “Intentaremos desplazar a la población pobre hacia el otro lado de la frontera, procurándoles empleo en los países de tránsito y negándoles cualquier empleo en nuestro propio país”. ¡Qué escandalosa forma de expresar sus propósitos de limpieza étnica!

Economía sionista cerrada

Los sionistas que emigraron a Palestina desde finales del siglo XIX no querían establecer una economía similar a la de los blancos en Sudáfrica. Allí los blancos eran los capitalistas, mientras que los negros eran los trabajadores. Los sionistas querían que toda la población fuera judía. Con el bajísimo estándar de vida de los árabes, en comparación al de los europeos, y con un desempleo —tanto abierto como oculto— muy extendido, la única manera de lograr este objetivo era cerrándoles a los árabes el mercado laboral judío. Se utilizaron una serie de métodos para lograr esto. En primer lugar, el Fondo Nacional Judío (JNF), dueño de una gran proporción de los terrenos de propiedad judía, incluyendo, por ejemplo, un gran pedazo de Tel Aviv, insistía en sus estatutos en que sólo judíos podían ser empleados en estas tierras.

Además, la central sindical sionista, la Histadrut (Federación General del Trabajo Hebreo), impuso a todos sus miembros dos cotizaciones: una para la defensa del trabajo hebreo, y otra para la defensa del producto hebreo. La Histadrut organizó piquetes contra aquellos propietarios de tierras que emplearan trabajadores árabes, forzando a estos propietarios a despedirlos. También era común ver a hombres jóvenes caminando en el mercado judío, entre las mujeres que venden verduras o huevos, y si encontraban a alguna que resultara ser árabe, le echaban parafina en las verduras y le rompían los huevos.

Recuerdo que, en 1945, un café de Tel Aviv fue atacado y destruido casi completamente, por el rumor de que en él había un trabajador árabe en la cocina lavando platos. También recuerdo, cuando estuve en la Universidad Hebrea de Jerusalén entre 1936 y 1939, que hubo protestas recurrentes en contra del rector de la universidad, el Dr. Magnus, un rico judío americano y un liberal, cuyo crimen era ser arrendatario de un propietario árabe.

La dependencia del imperialismo

Sabiendo que enfrentarían resistencia de los palestinos, los sionistas siempre supieron que iban a necesitar la ayuda de la potencia imperialista que tuviese la mayor influencia en Palestina en el momento.

El 19 de octubre 1898, Herzl fue a Constantinopla para tener una audiencia con Kaiser Wilhelm. En esa época, Palestina era parte del Imperio Otomano, que era un socio menor de Alemania. Herzl le dijo al Kaiser que un asentamiento sionista en Israel aumentaría la influencia alemana, en cuanto el centro del sionismo estaba en Austria, país que era socio del Imperio Alemán. También tendió otra zanahoria: “Le expliqué que estábamos sacando a los judíos de los partidos revolucionarios”.

Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, cuando estaba claro que Gran Bretaña iba a asumir el control de Palestina, el líder de los sionistas de aquel momento, Chaim Weitzman, se contactó con Arthur Balfour, entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, logrando de él, el 2 de noviembre 1917, una declaración que prometía a los judíos una patria en Palestina. Sir Ronald Storrs, el primer gobernador militar británico de Jerusalén, explicó que la empresa sionista “lo bendijo, y dio así como quitó, creando para Inglaterra ‘un pequeño y leal Ulster judío’ en un mar de arabismo potencialmente hostil”. Los sionistas serían los “Orangemen” de Palestina.

Con la Segunda Guerra Mundial, se hizo evidente que la principal potencia en el Medio Oriente dejaría de ser Gran Bretaña, dejando su lugar a Estados Unidos. Por ello es que Ben Gurion, el líder sionista de ese momento, corrió a Washington para consolidar acuerdos con Estados Unidos. Israel es hoy el satélite más fiable de Estados Unidos. No es por nada que Israel recibe más ayuda económica estadounidense que cualquier otro país, a pesar de ser tan pequeño. También consigue más ayuda militar que cualquier otro país en el mundo.

El Holocausto

Comprendiendo la barbarie del nazismo, Trotsky anticipó la aniquilación de los judíos. El 22 de diciembre de 1938, escribió:

Es posible imaginar sin dificultad lo que les espera a los judíos con el mero estallido de la próxima guerra. Pero incluso sin guerra, el próximo desarrollo de la reacción mundial significará con certeza el exterminio físico de los judíos… Sólo la movilización audaz de los trabajadores en contra de la reacción, la creación de milicias obreras, la resistencia física directa en contra de las bandas fascistas, aumentando la autoestima, actividad y audacia de parte de todos los oprimidos, pueden provocar un cambio en las relaciones de fuerzas, detener la ola mundial de fascismo, y abrir un nuevo capítulo en la historia de la humanidad.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de los judíos del mundo, y en especial aquellos de la clase trabajadora, no eran partidarios del sionismo. Así, en Polonia, donde se encontraba en aquellos años la comunidad judía más grande de Europa, se llevaron a cabo elecciones locales en diciembre de 1938 y enero de 1939 en Varsovia, Lodz, Cracovia, Lvov, Vilna y en otras ciudades. El Bund, la organización anti-sionista de trabajadores socialistas judíos, recibió el 70 por ciento de los votos en los distritos judíos. El Bund ganó 17 de los 20 escaños en Varsovia, mientras que los sionistas lograron sólo uno.

Todo esto cambió radicalmente a partir del Holocausto. Difícilmente hay algún judío en Europa que no haya perdido miembros de su familia. Recuerdo que poco antes de eso, una tía mía de Danzig vino a visitarnos a Palestina. No conocí al resto de su familia, pero ella, junto con todos los demás, desaparecieron en el Holocausto. Una prima mía, a quien conocía muy bien, se trasladó a Europa con su marido y su hijo de cinco años justo antes de la guerra, y también fueron asesinados en las cámaras de gas.

Hoy en día la gran mayoría de los judíos son sionistas, y eso es muy comprensible.

La catástrofe

Este es el término que utilizan los palestinos para referirse a la creación del Estado de Israel en 1948. Desde entonces, en las tres guerras que ha habido entre Israel y los árabes —en 1948, 1967 y 1973—, ha habido también limpieza étnica masiva de palestinos. Hoy existen 3,4 millones de refugiados palestinos, un número mucho mayor al de los palestinos que permanecen en las zonas en que vivían con anterioridad. Las estadísticas de propiedad de las tierras dan testimonio de su eliminación: en 1917 los judíos tenían el 2,5% de la tierra en el país. En 1948 esa proporción se elevó a un 5,7%, y en la actualidad constituyen aproximadamente el 95% de las tierras dentro de las fronteras anteriores a 1967, mientras que los árabes poseen sólo el 5%.

Es uno de los casos más trágicos de la historia: que una nación oprimida como los judíos, quienes sufrieron la barbarie de los nazis, haya impuesto la opresión y barbarie sobre otra —los palestinos—, una nación que no estuvo involucrada de ningún modo con el Holocausto.

La Solución

Los palestinos no tienen la fuerza para liberarse a sí mismos. Ni siquiera tienen la fuerza para lograr alguna reforma seria. No son como los negros en Sudáfrica, que lograron reformas muy importantes: se deshicieron del apartheid, ganaron el derecho al voto y eligieron a un presidente negro. Es cierto que el apartheid económico aún se mantiene, y que la riqueza sigue concentrada en manos de un pequeño grupo de gente blanca, ahora al lado de otro pequeño número de negros enriquecidos, mientras la inmensa mayoría de los negros están todavía en la pobreza más abyecta. Pero los negros en Sudáfrica son incomparablemente más fuertes que los palestinos. En primer lugar, hay de cinco a seis veces más negros que blancos en Sudáfrica, mientras que el número de palestinos es más o menos el mismo que el número de israelíes (siendo la mayoría de los palestinos, refugiados). En segundo lugar, los trabajadores negros se encuentran en el corazón de la economía sudafricana, mientras que los palestinos son muy marginales para la economía: el COSATU es un sindicato gigantesco que jugó un papel crucial en la destrucción del apartheid. Los palestinos no tienen una organización sindical comparable.

Si hay alguna situación en la que la teoría de la revolución permanente de Trotsky se aplica perfectamente, es la de los palestinos. Su teoría sostiene que ninguna demanda democrática, ninguna liberación nacional, puede lograrse sin la revolución proletaria. La llave del destino de los palestinos, y de toda la población del Medio Oriente, se encuentra en las manos de la clase obrera árabe, que tiene sus principales centros de poder en Egipto, y en menor medida en Siria, Irak, el Líbano y otros países. En forma trágica, el potencial de la clase obrera árabe no se ha desarrollado, debido al efecto perjudicial que tuvo el estalinismo que dominó en la izquierda del Medio Oriente durante mucho tiempo. Fueron los estalinistas los que abrieron la puerta al Partido Ba’ath y a Saddam Hussein en Irak, los que llevaron a Assad y al Ba’ath sirio al poder, y los que le abrieron la puerta a Nasser y a los islamistas que le siguieron en Egipto.

Una revolución de la clase obrera árabe pondría fin al imperialismo y al sionismo. Afirmar que esto implicaría una amenaza para los judíos de la zona es pura y simple hipocresía. Cuando el apartheid dominaba en Sudáfrica, los partidarios del régimen afirmaban que la ANC promovía la matanza de blancos. Nada semejante ha ocurrido.


Este texto apareció en inglés, en Socialist Review (No. 219, mayo de 1998), la revista mensual del Socialist Workers Party, la organización hermana de Marx21 en Gran Bretaña

Traducción al castellano: Carlos Wagner y Luis Cortés, del equipo de traducciones del Grupo de Estudios Marxistas (Chile).

El Manifiesto Comunista hoy

Este artículo se publicó por primera vez en la revista Socialismo Internacional, abril de 1998. Se publica aquí con ligeros retoques de estilo.

David Karvala

El Manifiesto Comunista hoy

Hace 150 años se escribió el Manifiesto Comunista, tal vez la obra política más importante jamás escrita. Pero hoy, en la era de Internet, ¿qué pueden aportarnos Marx y Engels? ¿Es cierto, como dicen casi todos los comentaristas, que el Manifiesto Comunista tiene como mucho interés histórico, pero ya no tiene ninguna relevancia política —si es que la tenía antes—?

Aquí, David Karvala sostiene que su mensaje está más vigente que nunca, y que los cambios del último siglo y medio tan sólo confirman lo que decían Karl Marx y Friedrich Engels en 1848.

¿Cómo es el capitalismo?

El Manifiesto Comunista empieza, no con condenas morales a la clase capitalista, la burguesía, y a su sistema, sino con un análisis de qué son, y cómo funcionan. Explica que: “la burguesía ha desempeñado un papel verdaderamente revolucionario… En el corto siglo que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas más grandiosas y colosales que todas las anteriores generaciones juntas.”

Así que los que dicen que el Manifiesto Comunista está caduco porque la industria ha avanzado tanto, sólo demuestran el acierto de los argumentos de Marx y Engels.

“Al explotar el mercado mundial, [la burguesía] da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se hunden arrolladas por otras nuevas…”

De ahí que la globalización, lejos de refutar el marxismo, lo confirma. En cambio, las respuestas nacionales al sistema mundial —el capitalismo de Estado de Stalin, o los intentos de autonomía económica del franquismo o del apartheid de Sudáfrica— debieron abrirse por la presión internacional.

Igual de impresionante es la extensión de este argumento más allá de lo económico:

“Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una línea universal.”

Todo lo que se ha dicho del efecto arrollador de los medios de comunicación internacionales, de Internet y del “imperialismo cultural” de Hollywood y McDonalds está aquí no sólo anticipado, sino contestado. Los defensores de las tradiciones nacionales, sea Esperanza Aguirre, con sus propuestas educo-propagandísticas, sea la derecha estadounidense, con su defensa del inglés frente al castellano de la población latina, quedan al desnudo, porque es el mismo capitalismo —que ellos defienden— el que allana las diferencias y lo mezcla todo. [*]

Dicho esto, de nuestra parte, desde la izquierda, no celebramos la destrucción de las culturas de los pueblos oprimidos, pero sí el hecho que García Márquez y Salman Rushdie ahora escriban para todo el mundo, y no sólo cuenten sus historias en su país; que desde Australia a Zimbabwe se pueda bailar con música soul y rap de la gente negra norteamericana.

Pero si el Manifiesto Comunista se hubiera limitado a halagar este sistema, no hubiera alcanzado su fama. El análisis del capitalismo llevó a sus autores a examinar sus crisis:

“Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de toda la sociedad burguesa. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se destaca una epidemia social…”

Después de los acontecimientos de los últimos meses en el sudeste asiático no hace falta decir que, otra vez, tenían razón. Pero lo que distinguía a Marx y Engels era que no sólo observaron las crisis —cualquiera hace eso— sino que mostraron que partían de la misma lógica del sistema, que eran su consecuencia inevitable.

“La moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró… Las fuerzas productivas de que disponen no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir este régimen, que embaraza su desarrollo.”

O sea que las “soluciones” a las crisis que esgrimen los economistas del sistema no pueden funcionar; la única solución a las crisis del capitalismo es acabar con el capitalismo.

La lucha de clases

Como consecuencia del análisis de las crisis del capitalismo, viene la conclusión política: “Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo [los avances productivos] se vuelven ahora contra ella. Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone de pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.”

Otra vez, lo importante aquí no es el reconocimiento de que la lucha de clases existe; cuando escribían ya era obvia, y hoy lo es para cualquiera que quiera verlo, desde los mineros asturianos hasta los huelguistas de UPS en EEUU. Con Marx y Engels se identifica esta lucha como la característica clave de toda sociedad de clases y, en el caso del capitalismo, es esta lucha de clases —y concretamente la de la clase trabajadora— la que podría acabar con todo el sistema de explotación. Hasta aquí nadie había llegado antes.

Desde entonces, incluso muchos que se denominan marxistas parecen haber olvidado este punto central de su teoría. Se puede afirmar que la clase trabajadora ya no existe, que ya no lucha, o que sus luchas no tienen importancia. Se puede decir que una minoría tiene que cambiar el mundo para los demás, o, lo que es lo mismo, que el mundo nunca cambiará. Pero esto es dejar de ser marxista.

“La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces de la maquinaria aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia…”

En una época en que nos llaman cada día a sacrificar nuestro nivel de vida por el bien de la economía nacional, en que millones de trabajadores en el Estado español sufren paro o precariedad laboral, estas palabras suenan como si se hubieran escrito hoy mismo. Lo mismo se podría decir de su observación: “La existencia y el predominio de la clase burguesa tiene por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos.” Un reciente informe de Naciones Unidas especifica que 1.300 millones de personas en el mundo viven con menos de 1 dólar diario, y que, en México, el hombre más rico tiene el equivalente a los ingresos combinados de 17 millones de mexicanos pobres, ¡6.600 millones de dólares!

El Manifiesto Comunista explica como desde aquí los trabajadores empiezan a organizarse: “se unen para la defensa de sus salarios”. Pero la clave es que así abren el camino a la generalización: “El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales… se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política.”

Esto es muy importante: explica la relación entre las luchas aisladas, normalmente económicas, y la lucha general, política, incluso revolucionaria. Una lucha económica en sí no cambiará el mundo, pero ningún cambio revolucionario es posible sin tener en cuenta tales luchas espontáneas.

Todo el análisis de la lucha de clases es más impresionante aún si se piensa lo que todavía no había acontecido. Dos décadas más tarde Marx y Engels vieron la Comuna de París —lo que les convenció a hacer un cambio importante en sus argumentos, viendo que la clase trabajadora no podía “tomar posesión” del Estado existente, sino que tenía que destrozarlo—. Pero no vivieron la revolución rusa de 1917 ni la ola revolucionaria que sacudió Europa después. Y faltaba mucho para la revolución española de 1936, la revolución de 1956 en Budapest, las luchas de 1968 en casi todo el mundo, la caída del Sha iraní en 1979 o del estalinismo en 1989…

Todas estas revoluciones muestran las mismas características; la gradual acumulación de ira, por mil razones diferentes, que en un momento impredecible explota como una ola que arrasa todo aquello que encuentra a su paso. Como dice el Manifiesto Comunista: “la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre la que produce y se apropia lo producido.”

Pero, tarde o temprano, todas estas revoluciones han sido derrotadas. Peor aún, en muchos casos esta derrota ha sido culpa de muchos que incluso se llamaban seguidores del mismo Manifiesto Comunista.

¿Qué decían Marx y Engels de lo que debían hacer los comunistas?

El Manifiesto y los comunistas

“Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad…”

Es esta “pequeña” diferencia la que hace toda la diferencia. Casi todos los partidos que se han denominado socialista o comunista han hecho precisamente lo opuesto. La lista de partidos “socialistas” que han apoyado a “su” burguesía en sus guerras es muy larga: el papel del “nuevo laborismo” británico como mascota de Clinton contra Irak es sólo el ejemplo más reciente. Pero el problema se da en casos menos espectaculares como, por ejemplo, Izquierda Unida y su defensa del “interés nacional” en lo que se refiere a pescado canadiense o exportaciones agrícolas.

La cita de arriba prosigue: “…y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, [los comunistas] mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.”

“Enfocar el movimiento en su conjunto” implica el tener un análisis teórico que vaya más allá de la última moda, sea ésta “la muerte de la clase trabajadora”, o la muerte del socialismo mismo, después de 1989. ¿Teoría?, esto es lo que inventan los académicos, ¿no? En absoluto. Como dijeron Marx y Engels:

“Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vivida.”

O sea, la teoría marxista es sólo la memoria histórica de luchas pasadas, una memoria que a veces se pierde entre la masa de los trabajadores, y que, durante una época, sólo se mantiene viva entre una minoría conscientemente revolucionaria. Pero el marxismo no viene de ellos, no es propiedad suya, sino es de toda la clase trabajadora del mundo entero. En los momentos de revolución, esto se ve claramente. En tiempos como ahora, cuando las luchas son más dispersas, menos profundas, la gente que quiere una revolución somos una minoría.

Las personas que queremos cambiar el mundo tenemos que participar en las luchas de hoy, sin perder la visión del futuro. Por ello, leer no es un lujo opcional, algo que haces porque amas la lectura o tienes tiempo libre. Para ganar la próxima revolución, tenemos que analizar por qué se perdieron las anteriores: hace falta estudiar las luchas pasadas para aplicar sus lecciones en el futuro.

Lo que Marx y Engels escribieron en 1848 es tan vigente hoy como entonces.

Si realmente quieres cambiar el mundo, tienes que leer el Manifiesto Comunista.


[*] De escribir hoy sobre el Manifiesto y los problemas provocados por el capitalismo, sería imprescindible incluir lo que decían Marx y Engels sobre la destrucción medioambiental. En 1998, no se tenía tan presente este aspecto. [Nota de 2019]

La clase trabajadora y la opresión

Tony Cliff

¿Por qué Karl Marx daba tanta importancia al papel de la clase trabajadora? No fue por la cantidad de personas que la componían. De hecho, cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista, los únicos dos países donde se había completado la Revolución Industrial eran Inglaterra y Bélgica.

A nivel internacional, la clase trabajadora era pequeña. Sin embargo, hoy en día sólo en Corea del Sur hay más trabajadores de los que había en el mundo entero en los tiempos de Marx. Incluso ahora, a finales del siglo veinte, la clase trabajadora no ha llegado a constituir la mayoría de la humanidad. Esa mayoría la componen los campesinos.

Marx eligió a la clase trabajadora porque decía que es el sujeto de la historia, a consecuencia de encontrarse en una situación colectiva. Según él, la clase trabajadora no es una colección de personas, sino un colectivo. Hay una diferencia enorme entre estas dos condiciones. Seguir leyendo La clase trabajadora y la opresión