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David Karvala

El mundo actual es terrible, en muchos sentidos.

Está el horror del genocidio en Gaza, que va a peor cada día que pasa. Están los demás conflictos militares, en Ucrania, el Congo, y más sitios que ni salen en las noticias. Ahora “nuestros” dirigentes quieren traducir esto en recortes sociales —brutales ataques austericidas— para financiar un enorme aumento en gasto militar. A la vez sufrimos el cambio climático, con el calor inaguantable, la sequía y los incendios forestales, todo mezclado con tormentas e inundaciones. Y mientras, el racismo se extiende y la extrema derecha se hace más fuerte. Los fascistas amenazan a las personas racializadas, pero también quieren echar atrás lo logrado mediante la lucha en estas décadas respecto a los derechos de las mujeres y las personas LGTBI+… en realidad, representan una amenaza para el 99% de la población.

Se podría continuar, pero ya basta para desanimar a cualquiera.

Es que, ante todo esto —y especialmente el genocidio en Gaza— muchas personas se están quedando paralizadas. Cunde la sensación de que todo es tan terrible (¡y lo es!), pero con la conclusión de que no podemos hacer nada, o que lo que hagamos no sirve para nada.

Quiero argumentar que, a pesar de lo terrible de la situación, sí podemos hacer cosas, y las debemos hacer. En el peor caso, es mejor plantar cara, presentar resistencia, aunque sea débil, que no hacer nada. Eso por principios.

Pero también debemos tener claro que lo que hacemos sí que puede implicar una diferencia. Esto se aplica en términos de los movimientos, pero también a nuestros esfuerzos modestos como la red Marx21.

No nos paralicemos con los faros

Ante lo que está pasando, la reacción de paralizarse es comprensible, pero sigue siendo un error, por diversas razones.

Hace años, Naomi Klein explicó en su libro La Doctrina del Shock cómo las clases dirigentes utilizaban una situación de crisis, como el Huracán Katrina en Nueva Orleans, una guerra, una crisis financiera… para imponer medidas que habrían provocado una gran resistencia, si no fuera por el “shock”. Ahora estamos ante un “mega shock” que se está aprovechando de mil maneras para imponer políticas regresivas.

Estas operaciones son arriesgadas para ellos. Se aprovechan de estas situaciones precisamente porque saben que en tiempos “normales” sus medidas provocarían una fuerte resistencia. Y esa resistencia se debería a que están atacando los derechos de muchísimas personas. O para ser más exacto, atacan lo que las personas pensamos que son nuestros derechos, pero ellos quieren convertir en privilegios para ser eliminados: el derecho a la salud, a la educación, a un salario digno, a una vivienda en condiciones, en algunos casos el mismo derecho de existir…

Entre algunas personas “de izquierdas” existe la idea de que “cuanto peor, mejor”, “que suba la derecha, así la gente estará obligada a luchar”. Es una barbaridad; los ataques no automáticamente llevan a la radicalización.

Pero esto no quita que nos están atacando masivamente, y tenemos un interés objetivo en defendernos, colectivamente.

El reto es convertir esta necesidad objetiva en una realidad, en luchas activas.

Resistencias

Y el hecho es que sí existen luchas, en muchos frentes.

La solidaridad activa con Palestina, y de rechazo al genocidio en Gaza, es inédita y global. Es más fuerte en algunos momentos y sitios que en otros (a esto volveremos) pero es enorme. Va desde Londres, que ha visto una treintena de manifestaciones de cientos de miles de personas, en algún caso casi un millón, hasta Sydney, Australia, con las imágenes increíbles de la manifestación de 300.000 personas cruzando el emblemático puente de la bahía, y hay mucho más.

Es cierto que no hemos logrado parar la masacre; ni siquiera hemos conseguido hacer que “nuestros” gobiernos rompan relaciones con el Estado sionista. Pero sí los hemos obligado a dar algunos pasos, e incluso estos gestos simbólicos han servido para dar más confianza a la gente en Palestina, y para molestar al gobierno sionista. La reciente prohibición sionista que impidió a Jaume Collboni, Alcalde de Barcelona, entrar en Palestina muestra que sí importan estos gestos (aunque siguen siendo insuficientes).

Por otro lado, la fuerte represión que sufre el movimiento de solidaridad con Palestina —especialmente, pero no solo, en Alemania y Gran Bretaña— también muestra que nuestras acciones preocupan a las autoridades. El escandaloso intento del gobierno británico de etiquetar de terrorista al grupo de acción directa no violenta, Palestine Action, y por extensión a toda persona que exprese su apoyo a este grupo, está siendo cuestionado muy ampliamente, con centenares de personas participando en protestas y arriesgándose a una detención. Incluso sectores del establishment ahora están poniendo en cuestión esa prohibición. Recordemos que el abuso del término “terrorismo” ha sido un elemento clave de la represión desde hace años, especialmente contra personas musulmanas: hacer mella en él sería una gran victoria, y ahora mismo parece muy posible.

En el Estado español las movilizaciones por Palestina no han sido tan masivas como en Gran Bretaña, pero sí han sido muy importantes. Por otro lado, ha habido protestas y campañas importantes respecto a la vivienda y la salud, por ejemplo.

Estos meses han visto una serie de agresiones racistas y de extrema derecha, pero también protestas importantes en contra. A esto volveremos.

También luchas obreras

Hay una tendencia extendida entre los movimientos sociales del Estado español de no reconocer la importancia de las luchas sindicales (luego están aquellos que solo valoran “lo obrero”, excluyendo otros temas…).

Una consulta rápida a las cifras oficiales de huelgas en el Estado español nos muestra que, si bien no estamos en un momento muy álgido de lucha sindical, la cosa tampoco está tan mal.

El gráfico 1 (al final del texto) muestra la cantidad de personas que han participado en huelgas, y las jornadas de trabajo “perdidas”, de 2012 a 2024. Más personas han hecho huelga en estos últimos años que en casi ningún año desde 2014.

El gráfico 2 (también al final) muestra los respectivos datos mensuales, desde enero de 2024 hasta junio de 2025. De nuevo, las cifras no están mal. Cada mes de este año, entre 20 y 40 mil personas han hecho huelga, y bastantes lo han hecho durante más de un día.

Otra tabla (no reproducida aquí) muestra algo muy interesante: en la primera mitad de 2025, de 132.358 participantes en huelgas, hubo 56.612 hombres, frente a 75.746 mujeres. En el mismo período de 2024, las mujeres huelguistas también superaron a los hombres.

Todo esto demuestra que aquí también hay luchas. Y a fin de cuentas, las luchas en el lugar de trabajo tienen una fuerza potencial de la que carecen otras formas de movilización. Por ejemplo, podemos hacer manifestaciones exigiendo el boicot contra barcos que llevan armas a Israel, pero nos pueden ignorar. Pero la plantilla del puerto puede impedir que se carguen, y punto.

La conclusión es que existen luchas. Pero también sabemos que tienen limitaciones. Existen confusiones en muchos movimientos sociales. Por otro lado, las huelgas a menudo topan con la burocracia sindical (y no hay problemas solo en los sindicatos mayoritarios).

Hablemos ahora del (posible) papel de un grupo como Marx21.

Impulsar movimientos unitarios

¿Qué podemos hacer como un grupo pequeño, frente a los terribles problemas en el mundo?

Antes de entrar en detalles, empecemos mirando lo grande.

Nuestra corriente, la IST, surgió en los años 50, como un pequeño grupo expulsado de la Cuarta Internacional (que en ese momento aglutinó a casi todo el trotskismo global) por argumentar que los países del este (y concretamente Corea del Norte) no eran ningún tipo de Estado obrero, sino capitalismo de Estado. Nuestra visión del socialismo desde abajo era casi única, al defender lo que se había logrado en octubre de 1917, a la vez de no aceptar que la propiedad y la planificación estatales podrían reemplazar el poder democrático de la gente trabajadora como el criterio de un Estado obrero de camino hacia una sociedad socialista.

Lo que podría parecer un detalle teórico tenía y tiene gran importancia. Significa que, en las luchas, ponemos el énfasis en la participación activa de las personas; no buscamos imponer un programa precocinado. Por otro lado, supuso que donde gran parte de la izquierda se hundió tras la caída del muro de Berlín y de la URSS, nuestra corriente pudo extenderse a más territorios del mundo.

Hoy en día, nos orienta respecto a Cuba, en la que vemos la revolución como un paso adelante, sí, pero de ninguna manera socialista (como sí pensaba casi toda la izquierda, tanto estalinista como trotskista). Supone que hoy, como siempre, ponemos el énfasis en el poder desde abajo de la gente, no en si el porcentaje de propiedad estatal cumple o no con nuestro programa.

En términos generales, todo esto significa que para quienes la busquen, existe una alternativa marxista revolucionaria que no está ligada de ninguna manera a la terrible experiencia del estalinismo, pero que tampoco abandona las lecciones y los principios aprendidos en 150 años largos de organización marxista, a favor de seguir sucesivamente cada nueva moda ideológica que aparezca en los movimientos sociales.

Son nuestros principios generales los que llevaron a nuestra corriente a jugar un papel clave en las enormes movilizaciones contra la guerra en Irak a principios de los años 2000. El mayor movimiento antiguerra de esa época, la Stop the War Coalition (StWC) en Gran Bretaña, lo impulsó nuestra organización hermana, el SWP. StWC aún existe, con grupos en diferentes zonas; este es un factor en la fuerza de las protestas actuales por Palestina en GB. Incluso en Catalunya, la propuesta de celebrar la que sería la mayor manifestación en la historia de la ciudad hasta ese momento, la protesta antiguerra del 15 de febrero de 2003, la llevamos a la asamblea del movimiento antiguerra militantes de nuestro grupo de entonces, tras el Foro Social Europeo en Florencia donde habíamos participado en la asamblea de movimientos en que se había acordado.

Ahora, hace años que la IST da una gran importancia a la lucha unitaria contra el fascismo y el racismo. La fuerte respuesta en Gran Bretaña contra los pogromos racistas es fruto de décadas de trabajo de sucesivos movimientos unitarios, en los que el SWP ha jugado un papel clave. Los movimientos unitarios de bastantes países, algunos muy potentes, fueron impulsados por militantes de grupos de nuestra corriente. UCFR en Catalunya fue iniciativa desde nuestro grupo: por supuesto, hablando y contando con gente más diversa para lanzarla.

La necesidad de construir una lucha unitaria frente a las amenazas fascistas debería ser una obviedad, pero tristemente, gran parte de la izquierda defiende “teorías” que lo obstaculizan. Suele ser solo cuando logramos superar las resistencias del resto de la izquierda y juntamos suficientes fuerzas aliadas para poner en marcha un movimiento que otros grupos reconocen el valor de esta estrategia.

(Hemos visto un buen ejemplo de la efectividad del modelo unitario recientemente. De las protestas contra agresiones racistas y fascistas que se celebraron este verano, quizá la más grande, proporcionalmente, haya sido la de Piera, donde se había destrozado la mezquita en un ataque incendiario. En algunos municipios se convocaron acciones con criterios poco inclusivos y la asistencia reflejó esta falta de amplitud. En Piera, un municipio de 18 mil personas, se manifestaron unas mil personas, representando casi toda la comunidad. La convocatoria partió del nuevo grupo de UCFR Piera y de la mezquita atacada. Por supuesto, el mérito principal es de las personas impulsoras en Piera, pero la existencia del modelo unitario fue un factor importante.)

No hacemos la revolución

El Che Guevara dijo algo que se hizo famoso y que venía a significar “si eres un revolucionario, haz la revolución”. (Bueno, escribió: “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”).

En nuestra visión, no nos planteamos sustituir la acción del conjunto de la clase trabajadora. Seguimos el mismo principio que defendían Marx y Engels frente a unas corrientes elitistas de su época: que la emancipación de la clase trabajadora es acto de la propia clase trabajadora.

Y lo que se aplica a la revolución también se aplica a cada lucha parcial. Ni se nos ocurre pensar que nuestro grupo como tal ha de derrotar el fascismo, acabar con el cambio climático, terminar las guerras… Es más que obvio que no podemos hacer nada de eso, y no solo por ser actualmente un grupo reducido. Es que tampoco lo podríamos hacer siendo miles, incluso decenas de miles de militantes. Esta no es la función de un grupo o partido revolucionario. El planteamiento es otro.

Existen muchas situaciones (en un barrio, en un lugar de trabajo…) donde hay motivos para luchar, y hay personas que estarían dispuestas a hacerlo, pero también hay obstáculos. Se puede imponer una visión reformista, de “esperemos a las elecciones”. Alguna gente “radical” puede mostrar impaciencia y desprecio hacia la mayoría de la gente, “nunca harán nada excepto mirar Telecinco, no perdamos el tiempo intentando organizarlos”.  Otra forma que toma este elitismo es juzgar a las personas corrientes que se acaban de activar por su lenguaje, que no empezará siendo “políticamente correcto”, en vez de valorar sus acciones reales de solidaridad, como podría ser la participación en una protesta contra el racismo y el fascismo, o contra una agresión tránsfoba.

Con todo, habrá personas con ganas, pero típicamente sin una propuesta convincente de organización y lucha.

Así que nuestro papel no es el de intentar representar toda la lucha, sino el del catalizador, el de hacer inclinarse la balanza. Buscamos reunir a las personas que ya están allá, y con ganas de hacer algo, para que una lucha, un movimiento, lo que sea, tire adelante. Y para hacer esto, no hace falta contar con tanto peso. Si podemos hacer una propuesta constructiva que logre convencer a suficientes personas, podemos hacer inclinarse la balanza hacia nuestro lado.

Una de las funciones de un grupo revolucionario es actuar como “la memoria de la clase trabajadora”. Muchos problemas a los que nos enfrentamos ahora han aparecido antes, de alguna manera. Ya hay experiencias sobre cuáles estrategias han funcionado y cuáles no. (Pensemos en las diferentes experiencias ante el fascismo en los años 1920 y 1930.)

Los hechos nunca se repiten exactamente igual, y no hay recetas para aplicar a rajatabla; nunca tendremos exactamente los mismos ingredientes. Aun así, aprender de la experiencia del pasado nos da una ventaja enorme; es casi un superpoder, digamos, si sabemos utilizarlo bien.

Y esta función solo la puede cumplir un grupo marxista revolucionario. Un movimiento social amplio no podría hacer un balance honesto de lo que salió mal en la revolución española, en el Chile de Allende, en la Transición, con Podemos o Syriza… Y no podría debatir acerca de qué significan estas experiencias (y muchas más, ¡incluyendo las más positivas, claro!) ante la situación actual, para luego acordar estrategias que sus miembros defendiesen colectivamente dentro de los movimientos.

Eso es precisamente lo que debería hacer un grupo revolucionario. No se trata de recitar frases de un texto sagrado, sino de combinar el análisis de la situación concreta, con la reflexión crítica acerca de lo aprendido del pasado. Y esto es necesariamente un proceso colectivo; una sola persona no podría conocer todas las diferentes situaciones en las diferentes ciudades, con los diferentes movimientos y luchas, y por mucho que haya leído, tampoco podría tener todo el conocimiento teórico en su cabeza.

Lo que todo esto significa es que podemos contribuir mucho a impulsar luchas amplias, movimientos unitarios capaces de cambiar las cosas, pero para hacerlo necesitamos un grupo más fuerte, en números, cohesión, e inteligencia colectiva y compartida.

Debates necesarios

Antes de entrar en las conclusiones, hay que mencionar otro aspecto importante de un grupo revolucionario. Impulsar movimientos amplios es una parte del trabajo. Pero otra es luchar dentro del movimiento para que este  avance en una dirección positiva y no se pierda.

Para los sectores de la izquierda que no apuestan por movimientos amplios, esto no será un problema; el “movimiento” sería más o menos lo mismo que su entorno político directo, y no debería haber discrepancias internas importantes.

Pero si el proyecto de construir movimiento unitario tiene éxito, habrá visiones muy diversas dentro. Inevitablemente, (pensando en los temas mencionados arriba) habrá personas que intentarán arrastrar el movimiento hacia la política institucional, otras (¡o a veces las mismas!) con actitudes elitistas hacia la gente corriente.

Uno de los papeles de un grupo revolucionario es luchar para que el movimiento mantenga su enfoque en la lucha amplia y unitaria.

En algunos movimientos, hay debates ideológicos muy importantes, y una enorme capacidad de confusión. Por ejemplo, con los horrores del genocidio en Gaza, algunas personas nuevas en el movimiento pueden ceder a la tentación de verlo como una muestra de “lo que hacen los judíos”, y quizá banalizar el Holocausto. Luego hay personas que insisten en “condenar a Hamas”, o que exigen la adopción de la visión de “dos Estados” (es decir, “apartheid sí, pero solo en el 78% de Palestina”).

Si nadie más en el movimiento planta cara a argumentos de este tipo, les toca a las y los militantes de un grupo revolucionario hacer las explicaciones pertinentes y pacientes para que, al menos, posiciones así no sean adoptadas por el movimiento, e idealmente convencer a las personas que las expresan de que se han equivocado. (Aquí hay un ejemplo de este tipo de intervención de un compañero de Marx21 en Asturias. Y este libro de Marx21, que acaba de entrar en su segunda edición, trata los debates mencionados antes, entre muchos otros.)

Por supuesto, nadie nace sabiendo cómo hacer frente a tales argumentos. Una persona cuya militancia política consista en la aceptación acrítica de todo lo que diga su dirección, no tendrá las herramientas necesarias para afrontar tranquilamente las discrepancias. Tampoco las tendrá una persona cuya experiencia de debate “político” se haya limitado a cuestiones más bien organizativas y/o institucionales.

Pero un grupo revolucionario sano debe tener el hábito de debatir internamente sobre cuestiones políticas, de manera colectiva y respetuosa. De esta manera, las y los militantes tendremos más capacidad de hacer lo mismo dentro de los movimientos. Y cómo se ha explicado aquí, esto es necesario en cualquier movimiento real.

A pesar de todo, avanzar

Volvamos al principio de todo. La situación puede ser desesperante, y es fácil pensar que no podemos hacer nada.

De la misma manera que el capitalismo nos puede provocar enfermedades físicas, y saber su causa real no hace que no las suframos, los efectos psicológicos que puede provocar la situación actual no se hacen menos reales por conocer su origen: todavía nos pueden debilitar.

Pero el estado de ánimo sí influye, y la confianza o no en nuestra capacidad de luchar es un factor. Se dice que en Polonia, cuando en 1980 surgió el Solidarnosc (entonces era un masivo movimiento radical de la clase trabajadora), los hospitales psiquiátricos se vaciaron de personas trabajadoras que de repente habían superado su depresión, para luego volver a llenarse… de burócratas.

Si tenemos un proyecto convincente, una visión acerca de cómo podemos cambiar las cosas, aunque sin garantía alguna de victoria, esto nos ayuda a hacer frente al desánimo.

Es innegable que no hay soluciones mágicas ni instantáneas. Pero sí podemos hacer cosas para avanzar, si tenemos claro que debemos trabajar a diferentes niveles. Debemos tener presente la relación dialéctica entre la construcción de movimientos amplios y la del propio grupo.

Lo explico con mi propia experiencia. Me afilié al SWP (organización hermana de Marx21) en Gran Bretaña en 1984. Trabajaba con dos militantes de este partido y colaborábamos en impulsar en nuestra oficina la solidaridad con la gran huelga minera de esa época (ver Pride, Billy Elliot, o las dos). Discutimos mucho acerca de la huelga, pero también sobre cuestiones políticas más de fondo. Me convencieron y no solo participé en esa lucha concreta, sino que me afilié al partido. La huelga terminó en 1985, pero yo sigo militando y he participado en muchas luchas desde entonces. Si esos dos militantes no me hubieran hablado de la política general y la necesidad de organizarme políticamente, seguro que, tras esa huelga, tarde o temprano habría abandonado la actividad política.

Cada gran movilización inspira a personas que nunca antes habían participado en política. Pero cada lucha concreta tiene subidas y bajadas. Al bajar la lucha concreta, esas nuevas personas fácilmente abandonarán la actividad política. Eso, si no se han convencido de la necesidad de una lucha más general, más allá de ese tema en concreto, y de un proyecto político que vaya más allá de un solo movimiento.

Marx y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista: “De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones. Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera.” En ese momento no tenían claro la forma que debía tomar la organización política (eso vendría con Lenin y el partido bolchevique), pero ya tenían presente la necesidad de ir acumulando fuerzas, más allá de cada lucha puntual.

Así que, en las luchas actuales, y en nuestros intentos de impulsarlas, tengan o no éxito, debemos tener presente ese otro aspecto. Que estamos en una lucha general muy larga que no se limita a un solo tema. Debemos y podemos ir construyendo una organización que pueda ayudar a impulsar las luchas del futuro.

La conclusión de este largo texto es que sí debemos seguir participando, en la medida que podamos, en las diferentes luchas puntuales, grandes y pequeñas.

Pero para poder seguir luchando, necesitamos algo más, y ese algo es tener un proyecto político a largo plazo. Las personas que compartimos la visión del socialismo desde abajo, las que queremos acabar con el capitalismo para construir una sociedad basada en el poder democrático de las personas, un mundo basado en las necesidades de la gente y del planeta, no en los beneficios del 1%, debemos organizarnos políticamente con este objetivo. Y ahora mismo, creo que eso significa construir y reforzar la red Marx21.

Dibujo de cabecera: Yorgos Konstantinou  

Anexos

[1] Gráfico 1: Huelgas 2012-2024

[2] Gráfico 2: Huelgas enero 2024 – junio 2025


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