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Debemos rechazar la idea de que el imperialismo estadounidense respalda a Israel debido a un lobby sionista, sostiene Rob Ferguson.

Casi tres años de genocidio —y la guerra contra Irán— han desencadenado debates sobre la relación entre EEUU e Israel. Según nuestro análisis, estos horrores forman parte de un historial sangriento de intervenciones imperialistas de EEUU en Oriente Medio y son consecuencia de su deseo de dominar. Y sostenemos que el Estado estadounidense —ya sea bajo un presidente demócrata o republicano— respalda a Israel porque esta colonia de colonos es el Estado guardián del imperialismo estadounidense en la región.

Pero muchos sectores de la izquierda y del movimiento no están de acuerdo. Sostienen que el Estado israelí, con la ayuda de un lobby israelí o sionista, es la clave para comprender la política exterior de EEUU en Oriente Medio.

Algunas personas de izquierdas han acogido con interés un nuevo libro, America In the Grip of a Foreign Power—Israel’s Lobby (“Estados Unidos en las garras de una potencia extranjera: el lobby de Israel”), de Eli Clifton e Ian Lustick. En una entrevista reciente sobre el libro, Lustick respondió al argumento de que Estados Unidos apoya a Israel porque redunda en sus intereses imperialistas. Desestimó el “argumento estratégico” calificándolo de “simplemente erróneo” y afirmó que “ha sido el lobby” el que está detrás de la política entre Estados Unidos e Israel.

Es comprensible que algunos acaben pensando que un lobby sionista es el motor clave de la política exterior estadounidense o británica. Pero se trata de un error fundamental, que invierte la relación entre el imperialismo occidental, Israel y el sionismo.

Exime de responsabilidad al imperialismo y abre la puerta a teorías conspirativas que debilitan y socavan el movimiento. Y, lo que es más importante, no ofrece una línea política capaz de desarrollar una estrategia eficaz para Palestina.

El imperialismo británico y el proyecto sionista

En la Declaración Balfour de 1917, el Estado británico reafirmó su apoyo a un “hogar nacional judío” en Palestina. Al final de la Primera Guerra Mundial, los imperialismos británico y francés se repartieron Oriente Medio a partir de las ruinas del Imperio Otomano.

Buscaban protegerse de posibles rivales imperialistas y de la amenaza de revueltas por parte de los movimientos nacionalistas árabes. Gran Bretaña estaba decidida a asegurarse una base territorial para defender el Canal de Suez, controlado por ambas potencias, en Egipto.

Gran Bretaña ocupó Palestina a partir de 1917. Ronald Storrs, primer gobernador militar de Jerusalén, escribió que un Estado judío proporcionaría a “Inglaterra ‘un pequeño Ulster judío leal’ en un mar de arabismo potencialmente hostil”.

Chaim Weizmann, una figura clave del sionismo y principal impulsor de la declaración, argumentó que el asentamiento judío “desarrollaría el país, traería de vuelta la civilización y constituiría una protección muy eficaz para el Canal de Suez”.

Gran Bretaña actuó como guardiana del asentamiento colonial sionista hasta la Nakba de 1948. Armó, entrenó y llevó a cabo operaciones conjuntas con las milicias sionistas que más tarde formaron el núcleo de liderazgo de las Fuerzas de Defensa de Israel.

Después de 1948, Gran Bretaña y Francia armaron a Israel. Y en 1956, los tres países lanzaron una invasión conjunta de Egipto después de que el presidente nacionalista árabe Gamal Abdel Nasser nacionalizara el Canal de Suez.

Un bastión del imperialismo estadounidense

En 1967, Israel conquistó Jerusalén Este y Cisjordania (desde 1948 ocupados por Jordania), Gaza y el Sinaí egipcio, y los Altos del Golán siriano. Esta Guerra de los Seis Días —y la posterior Guerra Árabe-Israelí de 1973— demostraron el valor de Israel para el imperialismo estadounidense. Se convirtió en la fortaleza de EEUU en Oriente Medio.

Garantizar el dominio militar, tecnológico, logístico y estratégico de Israel sobre los regímenes árabes se convirtió en un elemento fundamental de la política estadounidense. La “ventaja militar cualitativa” (QME, por sus siglas en inglés, “Qualitative Military Edge”) de Israel está ahora codificada en la legislación estadounidense y respaldada por un enorme arsenal de sistemas de armamento estadounidenses.

Estos arsenales están preparados para una intervención militar estadounidense en la región, pero las fuerzas israelíes pueden recurrir a ellos sin necesidad de una autorización formal de Estados Unidos. Cada vez que los intereses estadounidenses —o el dominio militar israelí— se han visto amenazados, se han producido flujos masivos de ayuda militar estadounidense hacia Israel. Se produjeron importantes aumentos de la ayuda estadounidense tras el “Septiembre Negro” de 1970 —el fallido levantamiento de la Organización para la Liberación de Palestina contra la represión militar del régimen jordano—.

Se produjeron aumentos aún mayores tras la guerra árabe-israelí de 1973, la Revolución Iraní de 1979, la guerra de Irak de 2003 y el genocidio en curso y la guerra contra Irán. Los acuerdos a largo plazo sobre ayuda militar son fundamentales para la relación. El primer memorando de entendimiento (MOU) entre EEUU e Israel se firmó en 1981. El entonces presidente, Ronald Reagan, estaba poniendo en marcha el mayor refuerzo militar en tiempos de paz de la historia de EEUU en el marco de su escalada de la Guerra Fría. La URSS había invadido Afganistán en 1979.

¿Por qué Israel es tan importante para la clase dirigente estadounidense? Se debe a la estructura específica del Estado y la sociedad israelíes, basada en el militarismo y el colonialismo de colonos.

Como una población colonial, las personas judías israelíes tienen un interés material en el continuo despojo de la población palestina. La resistencia palestina —incluso su presencia— representa una amenaza constante.

Esta realidad material, más que la ideología o el adoctrinamiento, vincula a la población de colonos con el Estado sionista y el imperialismo.

Si bien Estados Unidos apoya a otros regímenes en la región, estos tienen un talón de Aquiles fatal: la amenaza de una revuelta de su propio pueblo. La Revolución iraní de 1979 es el ejemplo paradigmático. El régimen del Shah fue otro pilar del dominio estadounidense en Oriente Medio, y su caída causó conmoción en toda la región.

Las estrategias de Estados Unidos e Israel no siempre coinciden; por ejemplo, el terror y la agresión israelíes pueden amenazar la estabilidad y provocar revueltas en la región, lo que alimenta las tensiones.

Sin embargo, dos factores impiden que estas tensiones lleguen a un punto crítico. En primer lugar, la dependencia de Estados Unidos de Israel como su guarnición en la región. En segundo lugar, la dependencia de Israel del poder militar y la hegemonía de Estados Unidos.

¿Existe un lobby sionista?

El sionismo, como ideología política moderna, surgió en la segunda mitad del siglo XIX como reacción al antisemitismo en Europa.

Sus figuras fundadoras se sentían desesperadas ante el hecho de que al pueblo judío no se le concediera un lugar en pie de igualdad, pero, al mismo tiempo, aceptaban el orden social existente. Pensaban que un Estado judío, inspirado en el modelo del Estado-nación moderno, les permitiría “estar entre iguales”.

Para sus primeros fundadores, el sionismo político siguió siendo un proyecto utópico. Pero los cambios en el imperialismo durante el siglo XX ofrecieron una oportunidad para una nueva generación de líderes sionistas. Estos trataron entonces de convencer a la clase dirigente británica de que un proyecto sionista en Palestina redundaría en los intereses vitales del imperio.

Desde el principio, fueron los intereses del imperialismo británico los que impulsaron el apoyo a un Estado judío. Sus defensores más agresivos, entre ellos Balfour, habían sido partidarios acérrimos de la Guerra de los Bóeres en Sudáfrica y contrarios a la autonomía de Irlanda.

Los dirigentes sionistas dependían por completo de su apoyo. Ni siquiera contaban con el respaldo del establishment judío; por ejemplo, la Junta de Diputados de los Judíos Británicos se opuso firmemente a la declaración. El único miembro judío del gabinete, Edwin Montague, se opuso con vehemencia a ella.

Lo mismo ocurre con el apoyo de EEUU. El principal grupo de presión sionista, el Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC), no existió como grupo de presión relevante hasta la década de los 80. La garantía de EEUU de la superioridad militar de Israel precedió con mucho al auge del AIPAC como fuerza política importante.

La labor de presión del AIPAC encajaba sin dificultad con el compromiso imperialista de Estados Unidos con Israel. Su director en los años 80, Thomas Dine, señaló que Israel ya contaba con un apoyo abrumador en el Congreso, donde se le consideraba el aliado más fuerte de Estados Unidos. La revista Christian Science Monitor señaló que el grupo no tenía que torcer brazos.

Las organizaciones sionistas, por supuesto, promueven un apoyo incondicional al Estado sionista. Pero su atención se centra casi exclusivamente en financiar campañas electorales específicas, fomentar el apoyo público a Israel y atacar a sus críticos.

Esto contrasta con los gigantes de la industria armamentística. Estos invierten enormes fondos en ejercer presión sobre los aspectos fundamentales de la política exterior: contratos de armamento, presupuestos de defensa, nuevos sistemas de armas, investigación y desarrollo, y ventas al extranjero.

Para poner esto en perspectiva, la ayuda militar de EEUU a Israel asciende a unos 3.800 millones de dólares al año, lo que supera con creces al siguiente mayor receptor, Egipto. El presupuesto anual de defensa de EEUU, sin embargo, asciende a 1 billón de dólares.

La clase dirigente estadounidense no necesita un “grupo de presión” que la convenza de que Israel es indispensable para sus intereses. Dado que el apoyo a Israel es una piedra angular del imperialismo estadounidense, no es de extrañar que los partidarios de Israel ocupen puestos clave en el Estado y la clase política de EEUU. Pero el imperialismo estadounidense no es una marioneta del lobby sionista.

Las organizaciones sionistas, como la AIPAC, desempeñan un papel político e ideológico muy significativo. Ese papel se vio sometido a presión a partir de la década de 2000. El apoyo masivo a Palestina se extendió entre los movimientos anticapitalistas y antibélicos, y la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) ganó adeptos.

Esto supuso que promover la imagen de Israel como un proyecto heroico y pionero y como “la única democracia de Oriente Medio” resultara cada vez menos eficaz. Las organizaciones sionistas pasaron a promover medidas que equiparaban la oposición a Israel con el antisemitismo, a perseguir a sus oponentes y a avivar la islamofobia. Estos ataques fueron aprovechados por los partidarios del imperialismo occidental, el Estado y los medios de comunicación.

Este ataque implacable ha reforzado la percepción de un lobby sionista todopoderoso. Pero es un error considerar a los políticos como “comprados y pagados”. Las instituciones británicas no están “ocupadas”.

Nuestros líderes no necesitan ser sobornados para apoyar a Israel. Gran Bretaña mantiene una relación militar duradera con el imperialismo estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. La lealtad de los políticos británicos es hacia el Estado británico y sus intereses imperialistas, y de ahí deriva su apoyo a Israel.

La Junta de Diputados de los Judíos Británicos, la Campaña contra el Antisemitismo, los políticos y los donantes que apoyan el proyecto sionista desempeñan un papel perverso y hay que oponerse a ellos sin piedad. Pero su influencia se sustenta en el apoyo estatal a Israel. El actor clave en la represión del movimiento palestino es el Estado británico y sus homólogos en toda Europa y Estados Unidos.

No exculpemos al imperialismo

La teoría de que un lobby sionista domina o dirige la política exterior estadounidense no tiene su origen en la izquierda. Proviene de una fuente totalmente diferente. En 2007, dos académicos especializados en relaciones internacionales, John Mearsheimer y Stephen Walt, publicaron un libro titulado El lobby israelí y la política exterior estadounidense.

Mearsheimer y Walt criticaron acertadamente las falsas acusaciones de antisemitismo, pero se equivocaron de lleno en sus argumentos fundamentales. Mearsheimer y Walt sostenían que Israel no era un activo estratégico vital para EEUU y que el apoyo prestado a Israel no redundaba en su interés estratégico. Pertenecían a la “escuela realista” de las relaciones internacionales, que no se opone al imperialismo.

Los autores argumentaban que Israel había llevado a EEUU a la desastrosa guerra de Irak y estaba distorsionando toda su política hacia Oriente Medio. Esto supone desafiar la realidad y eximir a EEUU de sus crímenes. La guerra de Irak formaba parte de un intento más amplio por parte de EEUU de reafirmar su dominio tras la Guerra Fría y enviar una advertencia a una China en ascenso.

Del mismo modo, Donald Trump no atacó Irán porque Israel se lo dijera. Benjamin Netanyahu sí desempeñó un papel a la hora de convencer a Trump de que el régimen se derrumbaría y de que obtendrían una victoria rápida.

Y el auge de Israel como potencia imperialista regional, que ya no depende de la ayuda económica, significa que puede tirar más de la correa. Pero a EEUU no le estaban manipulando, y desde luego no atacó a Irán en contra de sus propios intereses estratégicos. La guerra contra Irán se ha estado gestando desde hace tiempo, y forma parte de la creciente competencia a todos los niveles del sistema imperialista, incluida la que mantiene con su principal rival en la región, China.

Esta teoría abre la puerta al antisemitismo

Interpretar erróneamente la relación entre el imperialismo estadounidense, Israel y el lobby sionista puede llevar a caer en teorías conspirativas antisemitas. Se argumenta que, aunque los judíos solo constituyan una pequeña proporción de la población, ocupan puestos de poder e influyen en la política del Gobierno.

En los márgenes del movimiento, algunos afirman que el mundo está ahora dominado por un “imperio judío”: la “Pax Judaica”. El académico David Miller fue objeto de represalias y despedido de la Universidad de Bristol por su anterior antisionismo (había hecho comentarios críticos contra el Estado israelí).

Pero ahora escupe propaganda antisemita, comparte las opiniones de los nazis sobre el “poder judío” y aparece en programas de debate presentados por supremacistas blancos y negacionistas del Holocausto. Puede que ni él ni otros partieran inicialmente de una postura antisemita. Pero su obsesión con las teorías conspirativas sobre el lobby sionista les ha llevado a promover opiniones que no tienen cabida en el movimiento de solidaridad con Palestina.

El énfasis en los “sionistas” que ocupan puestos de poder e influencia sobre Estados, partidos e instituciones amplía el alcance de quienes promueven narrativas antisemitas. Activistas que no tienen intenciones antisemitas pueden caer en compartir tópicos conspirativos sobre el poder judío o en utilizar imágenes antisemitas clásicas, sin ser conscientes de su propósito y significado. Esto debe abordarse con paciencia, pero con firmeza.

No se trata, como sostienen algunos, de dar prioridad al racismo antijudío frente al racismo antipalestino, ni de anteponer las preocupaciones sobre el “lenguaje” a los crímenes de genocidio. Se trata de defender la política y la orientación antirracistas y antiimperialistas del movimiento de solidaridad con Palestina.

La equiparación del antisionismo con el antisemitismo —y el hecho de que el Estado utilice como arma las falsas acusaciones de antisemitismo— ha degradado el significado de la palabra. Y también ha dado lugar a una tendencia a restarle importancia o a negar por completo su existencia.

Hay quien sostiene que el odio hacia los judíos es una cuestión de prejuicios personales, no de racismo. Afirman que los judíos no están sometidos al racismo institucional ni a la violencia de Estado a los que se ven sometidos los musulmanes o las personas negras.

El racismo institucional y la opresión estatal afectan, efectivamente, a todos los aspectos de la vida de las personas negras, musulmanas y asiáticas. Se trata de consecuencias materiales de la ideología racista. Pero esta no es la única forma de racismo.

Los primeros movimientos antisemitas europeos se dirigieron principalmente contra las poblaciones judías urbanas, acomodadas y asimiladas. Las primeras leyes antisemitas tenían como objetivo restringir el acceso de los judíos a las universidades, a la función pública y a las profesiones liberales.

Los ataques contra banqueros, industriales y figuras culturales judías constituyeron el núcleo de la propaganda antisemita nazi. El racismo institucional es una consecuencia concreta de la ideología racista. Pero también lo es Auschwitz.

Un segundo error es ignorar el carácter específico del antisemitismo: se presenta como una ideología “antisistema”. Pretende explicar todos los fallos del orden social y da voz a la desesperación y la rabia ante la ruina provocada por la crisis capitalista, los desastres, las pandemias y las guerras.

Hoy en día, el antisemitismo —en forma de la teoría de la conspiración del “Gran Reemplazo”— ocupa un lugar central en la visión del mundo de la extrema derecha. Refuerza el racismo antimusulmán y lo convierte en un arma.

Habla de una amenaza para la civilización occidental y blanca en todos los frentes: los migrantes “invasores”; los musulmanes, la “ideología de género”, la izquierda, los “antifa”, los manifestantes de Black Lives Matter y los “guerreros ecológicos”. Y detrás de todas estas amenazas se esconde el “globalista” — referencia codificada a “judío”— que provoca el caos y la división.

La teoría de la conspiración antisemita presenta a cada adversario como otro frente en una batalla existencial contra un enemigo al que solo se puede derrotar mediante la violencia extrema. El antisemitismo es, por lo tanto, una daga en la garganta de todos nuestros movimientos.

No compres el camuflaje “antiisraelí” de MAGA

Exagerar el poder del lobby sionista puede restar importancia a la amenaza que supone la extrema derecha. Se afirma que los disturbios de la extrema derecha son una maniobra de distracción orquestada por los sionistas y se tacha erróneamente al dirigente nazi británico Tommy Robinson de títere sionista.

Pero también existe otro peligro. Otra facción de la extrema derecha, que se opone a Israel por considerarlo un bastión del “poder judío global”, ha ganado un número muy significativo de seguidores. Algunos “influencers” nacionalistas blancos incluso han ganado adeptos entre los simpatizantes de Palestina al hablar del lobby sionista y de Israel. Entre ellos se encuentran el nazi Nick Fuentes, los nazis y negacionistas del Holocausto Lucas Gage, Jake Shields y Stew Peters, y la antisemita “cristiana” negra de extrema derecha Candace Owens.

Pero la figura más destacada es Tucker Carlson, antiguo presentador estrella de la franja de máxima audiencia del canal ultraderechista, Fox News. El antisemitismo y el supremacismo blanco de Carlson están encriptados y disimulados, pero son inconfundibles. Ha dado voz a una larga lista de supremacistas blancos, entre ellos el negacionista del Holocausto Darryl Cooper y el nazi Nick Fuentes.

En una emisión, Carlson señaló con el dedo a los judíos. “Es evidente que existe un esfuerzo muy bien financiado y bien organizado para eliminar a la población blanca de Europa… serás castigado si te das cuenta”, afirmó.

El objetivo a largo plazo de Israel, afirmó, es “destruir Europa” librando guerras para alimentar una invasión migratoria. El financiero judío George Soros, según Carlson, libra una “guerra política, social y demográfica contra Occidente”.

El programa de Tucker Carlson cuenta con 25 millones de seguidores. Carlson mantiene fuertes vínculos con la clase dirigente estadounidense y con la Casa Blanca. Su objetivo es crear un espacio para las fuerzas del fascismo y la supremacía blanca y desplazar el panorama político aún más hacia la derecha.

Por lo tanto, es un grave error que defensores de Palestina como Francesca Albanese o el médico Nick Maynard aparezcan en el programa de Carlson. Esas apariciones no contribuyen en nada a la causa de Palestina. Más bien al contrario. Amplían el alcance de Carlson y le otorgan legitimidad.

Repetir los discursos sobre una conspiración judía global utilizando la palabra “sionista” en lugar de “judío” no es antisionismo. No hay amigos ni aliados de Palestina que sean racistas, supremacistas blancos, fascistas o nazis.

No son “útiles”. No han “visto la luz”. Son los sepultureros de nuestro movimiento.

¿Cuál es el camino a seguir?

Comprender el papel del imperialismo es fundamental por otra razón: nos señala las fuerzas que pueden provocar su caída. La humillación de EEUU en el estrecho de Ormuz se produce tras las derrotas en Irak y Afganistán.

El declive del dominio global de EEUU desde el fin de la Guerra Fría significa que ya no puede imponer su hegemonía como antes. Al mismo tiempo, la guerra de Irán ha puesto de manifiesto la dependencia de Israel respecto al imperialismo estadounidense.

Sin embargo, el Estado sionista y el orden imperialista no se autodestruirán. Estados Unidos no abandonará a su Estado satélite. El genocidio en Gaza continúa. Irán ha humillado a Estados Unidos e Israel. Pero el régimen iraní no es una fuerza antiimperialista basada en principios ni un defensor de la lucha palestina.

Palestina, por ejemplo, nunca estuvo sobre la mesa en las negociaciones, e Irán se abstuvo de atacar a Israel al comienzo del genocidio. En cambio, tiene sus propias ambiciones regionales y espera reintegrarse en el sistema mundial en condiciones más favorables.

Las clases dominantes de Oriente Medio forman parte del orden imperialista y comparten el miedo a una revuelta de masas en la región. Pero existe otra fuerza potencial. El mayor temor de las potencias imperialistas es la capacidad de acción de la clase trabajadora y los pobres de la región: en palabras de Storrs, ese “mar de arabismo hostil”.

También en los bastiones del imperialismo, Palestina canaliza la rabia contra todo un sistema. Nuestra tarea consiste en convertir esa rabia en una lucha contra nuestro propio Estado en todos los frentes. Entender el imperialismo es comprender su fuerza y su poder. Pero también es comprender la fuerza capaz de derrotarlo.

Este artículo apareció en Socialist Worker, nuestra publicación hermana en Gran Bretaña.