Jesús M. Castillo, Marx21
Partimos de que no es posible un “desarrollo sostenible” en el capitalismo.
Es decir, es imposible que las generaciones futuras disfruten de un medio ambiente de la calidad y en la cantidad como el que tenemos ahora si continúan organizando la producción con el sistema capitalista.
¿Por qué? Porque el capitalismo está basado en el crecimiento continuo y acelerado de la economía, impulsado por la competencia, y ese crecimiento económico se da a costa de asimilar, destruir y deteriorar, nuestro entorno.
Un subsistema, el económico, no puede crecer acelerada (exponencialmente) e indefinidamente en el seno de un sistema planeta Tierra que no crece; tiene unos límites biofísicos definidos. En la Naturaleza operan continuamente presiones selectivas para evitar la competencia, dado que esta sería contraproducente para ambos competidores. En cambio la economía capitalista se basa precisamente en la competencia, lo que comporta una alta ineficiencia en el uso de los bienes comunes, conocidos en el capitalismo como “materias primas” o “recursos naturales”. Es decir, el capitalismo es anti-biomimético (antinaturaleza).
Desde la Revolución Industrial, la economía capitalista ha ido creciendo engullendo a su paso nuestro entorno natural. Este crecimiento continuo y acelerado se manifiesta en las cifras del producto interior bruto (PIB) y en la alteración de procesos físico bioquímicos, como los patrones climáticos y las corrientes oceánicas, la destrucción y degradación de ecosistemas de alta calidad (capaces de ofrecer una alta intensidad de muchos servicios ecosistémicos), y la generación de ingentes cantidades de residuos, como plásticos, metales y gases de efecto invernadero.
Desde finales del siglo XX, la Tierra está llena de economía capitalista que impacta en todo el planeta e hipoteca la calidad de vida y la supervivencia de las generaciones venideras al enfrentarlas a un entorno cada vez más degradado.
Los impactos socioambientales se concentran más en algunos territorios, zonas de sacrificio normalmente localizadas en países empobrecidos, pero la zona de sacrificio se extiende cada vez más a todo el planeta.
Este análisis global lo podemos aterrizar a nivel local. Hagámoslo en Andalucía.
Desde finales del siglo XIX, con la Restauración Borbónica, las clases dirigentes del Estado español configuraron Andalucía como un territorio subdesarrollado y subalterno a nivel político y económico.
Esto implicó que los grandes terratenientes, convertidos en capitalistas, mantuvieran altos niveles de poder político y económico, y nuestra tierra funcionara como un territorio de exportación de mano de obra barata (emigración) y materias primas sin transformar, desde productos agrícolas a minerales, con pocas industrias altamente contaminantes, como mineras y petroquímicas.
Este papel periférico de Andalucía se fortaleció con la entrada en el Mercado Común Europeo en la fase neoliberal del capitalismo, en la que las clases dirigentes siguen dando a Andalucía un papel subalterno en la periferia de la periferia.
En las últimas décadas, la economía capitalista madura, en su crecimiento continuo y acelerado, está aterrizando en Andalucía en forma de multinacionales y grandes fondos de inversión controlados por capitalistas internacionales, a quienes se suman también capitalistas españoles que diversifican sus inversiones. Estas empresas multinacionales y grandes fondos de inversión están comprando, literalmente, Andalucía.
No podía ser de otra manera pues, como hemos visto, hace tiempo que las clases dirigentes y los gobernantes le habían puesto a nuestra tierra el cartel neocolonial de “se vende”. Compran desde ciudades y zonas costeras con atractivo turístico a tierras agrícolas, ya sea para cultivarlas intensivamente y exportar o para instalar megaproyectos industriales fotovoltaicos y de biogás como forma de un neocolonialismo energético especulativo. También compran zonas de Sevilla y Huelva con subsuelo rico en piritas (agrupadas en lo que las mineras llaman “la Faja Pirítica Ibérica”).
La compra neocolonial de Andalucía por grandes capitalistas internacionales va encaminada, fundamentalmente, al despliegue de actividades de alta potencia extractiva que se llevan bienes comunes esenciales para nuestra supervivencia, como viviendas, aguas superficiales y subterráneas, suelo fértil… Y lo están haciendo con el beneplácito, y toda la ayuda posible, de los gobiernos central y andaluz, así como de algunos ayuntamientos.
Estamos ante la compra masiva de territorio y de bienes comunes andaluces por parte de multinacionales y grandes fondos de inversión, ávidos de los máximos beneficios a corto plazo en el desarrollo de actividades extractivas con fuertes impactos socioambientales.
Así, las clases dirigentes están densificando, aún más, el metabolismo económico capitalista de alta intensidad en nuestra tierra.
Como hemos comentado previamente, el metabolismo capitalista conlleva degradación ambiental y residuos, lo que explica que muchas actividades extractivistas sean incompatibles con actividades socioeconómicas que vienen desarrollándose durante siglos, de manera realmente sostenible.
Por ejemplo, la densificación de zonas urbanas con hoteles, apartamentos, alquileres turísticos, y tiendas multinacionales expulsa habitantes y tejido socioeconómico local. La utilización de ríos como tuberías de desechos a cielo abierto por empresas mineras choca con el desarrollo de actividades como la pesca, el marisqueo, la agricultura, la ganadería y el turismo de naturaleza y gastronómico.
Estas incompatibilidades en el uso del territorio están conllevando choques entre grandes capitalistas internacionales, mucho de los cuales no saben ni dónde está Andalucía, con algunos pequeños y medianos empresarios locales que ven amenazados sus negocios, inversiones y modos de vida por la degradación ambiental.
Al mismo tiempo, la compra neocolonial de Andalucía acrecienta la alienación de la gente trabajadora que pierde aún más el control sobre sus actividades laborales, su relación con su entorno y su salud.
Eso sí, tanto multinacionales como fondos de inversión, y los gobiernos que las apoyan, se esfuerzan por disfrazar su extractivismo con una gruesa y costosa capa de social-washing y green-washing.
La densificación e intensificación del metabolismo extractivista en Andalucía se da en un contexto internacional de inestabilidad política, desarrollo acelerado de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial, agotamiento del petróleo barato y bienes comunes claves, así como una profunda crisis ecológica global, cuyo ejemplo paradigmático es la crisis climática.
Es decir, en una situación de numerosas y fuertes contradicciones que serán origen de profundos cambios ambientales, sociales, económicos y políticos en las próximas décadas.
¿Qué futuro le espera Andalucía?
La Andalucía de finales de siglo se parecerá muy poco a la actual; se parecerá menos a la actual de lo que la actual se parece a la Andalucía de 1951. ¿Hacia dónde irán esos cambios?
No es difícil imaginar, mirando al Sur Global, que la compra neocolonial y extractivista de Andalucía nos conduzca a una distopía ultracapitalista en la que nuestra tierra y nuestros cuerpos acaben siendo territorios de sacrificio.
Frente a este futuro distópico vendido como “desarrollo” y “crecimiento”, existen numerosas iniciativas populares que impulsan una Andalucía resiliente.
Iniciativas sociales que tejen, desde abajo, redes de apoyo mutuo en ciudades y en el medio rural. Gente autoorganizada para defenderse de la especulación inmobiliaria y la turistificación masiva, que defiende tareas sostenibles y ecosistemas de alta calidad frente a la degradación ambiental, que construye redes de apoyo mutuo frente al racismo y la xenofobia…
Contemplamos el choque entre dos modelos de desarrollo inconciliables, uno basado en el crecimiento económico continuo que prioriza los intereses de unos pocos frente al bienestar de la mayoría y otro que se basa en todo lo contrario.
Existen en Andalucía, multitud de iniciativas ciudadanas que avanzan con la naturaleza humana, tremendamente empática, a su favor. Gente que va configurando, en una noosfera en expansión, una ecotopía como horizonte hacia el que caminar.
En esta ecotopía, Andalucía aparece como un territorio que florece con una sociedad que se autoimpone límites al crecimiento mediante el reparto de riquezas, que huye de la concentración de esas riquezas en unas pocas manos para que algo chorree hacia abajo.
Estas ideas de reparto decrecentista para vivir mejor cada vez están más extendidas en numerosos movimientos sociales. Las ideas decrecentistas de reparto también ganan terreno en la comunidad científica, que aprende de los movimientos sociales, al tiempo que les ofrece ideas y posibles alternativas.
Una Andalucía colectivizadora en la que la tierra no es de nadie y se utiliza en usufructo, pensando en las próximas generaciones y la biodiversidad. Una Andalucía con una economía poscapitalista articulada para satisfacer las necesidades sociales, para hacer de la vivienda un derecho y no un negocio, para hacer feliz a la gente, para que haya espacio para linces y lobos, para disfrutar de soberanía alimentaria, para que el subsuelo se abra sabiendo que los metales no van a ir a los ríos y a dispositivos presos de obsolescencia programada.
Mantener esa parte de nuestra cultura andaluza que ralentiza y cuida nuestras vidas nos ayuda a imaginar y a caminar hacia la ecotopía.
Frente al frenesí capitalista-individualista, cuidado compartido de infancia y mayores, siesta, elogio a la pereza, tomar el fresco en la puerta al atardecer, improvisar en un día a día acompasado, dieta mediterránea que cambia con las estaciones como la vestimenta…
Aun así, muchas de personas que construyen comunidad y solidaridad, redes de apoyo mutuo, están atrapadas en el día a día y no les resulta fácil visualizar una ecotopía hacia la que avanzar. Aquí los juegos y el arte, en sus expresiones más diversas, juegan un papel clave para ayudarnos a imaginar.
Miles de personas riegan, cada día, las semillas de esa “nuestra tierra” que cada vez imaginamos más gente.






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