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Ya ha pasado más de un mes y medio desde la llegada de miles de personas —muchas de ellas, menores de edad— a la ciudad de Ceuta: Sabta en el árabe que habla su población musulmana.

En pocos días, murieron 145 personas en el mar o en las vallas.

En el momento de escribir, miles de personas siguen malviviendo en la calle. Aquí han encontrado, por un lado, la impresionante solidaridad de los y las vecinos de los barrios periféricos de la ciudad, sobre todo personas musulmanas. Pero, por otro, han sufrido repetidas agresiones por parte de la extrema derecha, militares y la policía.

Las autoridades —desde el Gobierno español hasta la administración ceutí— han abandonado a estas personas a su suerte durante semanas.

El que lleva 25 años ocupando la presidencia de Ceuta, Juan Vivas, se hace eco de los gritos de “invasión” y propone la devolución “rapidísima” de las personas a Marruecos, citando el Pacto Europeo de Migración y Asilo (PEMA). Pero este pacto no prevalece sobre el derecho internacional de asilo, ni sobre los derechos de las y los menores de edad.

El discurso y los actos de Vivas responden a los intereses electorales del PP, no a la búsqueda de soluciones reales para todas las personas implicadas, residentes en la ciudad o migradas.

Como denunció una musulmana ceutí: Vivas y los suyos “han optado por sembrar el miedo, sembrar la discordia, enviar mensajes y utilizar términos como invasores”, y así buscan sacar “desde las entrañas el odio que tenían oculto muchas personas”.

En esto, el PP no se ha diferenciado mucho de la posición de VOX.

Racismo “progre”

Por su parte, el Gobierno español ha tenido un discurso más progresista, hablando de los derechos humanos que el PP y VOX quieren pisotear. Pero la realidad es —en el mejor de los casos— lo que se ha comentado arriba: un abandono institucional durante semanas.

Finalmente, ya en septiembre, el Gobierno ha abierto más centros en la ciudad, y así han sacado a muchas personas de la calle, pero las plazas siguen siendo insuficientes.

Mientras, personas de allá nos han ido informando de las agresiones llevadas a cabo por las fuerzas policiales y militares contra la gente migrada mientras dormía.

Por su parte el 15/09/26, ElDiario informó que: “Dos decenas de migrantes denuncian palizas y vejaciones de militares que patrullan Ceuta”. Añadieron que había habido un centenar de casos más en los que los grupos de soldados españoles habían agredido a personas migradas, incluso a menores de edad.

El mismo periódico informó que la Guardia Civil ha llevado a cabo devoluciones involuntarias de menores de edad, lo que es totalmente ilegal. Ocurrió lo mismo en 2021.

Todo esto es responsabilidad del “Gobierno más progresista de la historia”.

Es evidente que se trata de racismo, así como de la desigualdad social. Si por un motivo u otro llegasen a una ciudad desarrollada miles de persones en una situación de crisis —personas blancas europeas, además con cierto poder económico— sabemos que no pasarían un día y medio en la calle, ni mucho menos un mes y medio.

El Gobierno español tiene posibles soluciones, y no pasan por expulsiones ilegales y racistas. Podrían trasladar a muchas personas a la península. El Estado español recibe en total casi 100 millones de turistas cada año. Se acogieron, en condiciones bastantes dignas, a más de 350.000 personas refugiadas de Ucrania. Si dicen ahora que no caben unos cuantos miles de personas, no hablamos de un problema de logística sino, de nuevo, de racismo.

Todas las comunidades autonómicas —desde Andalucía hasta Catalunya— podrían y deberían acoger a personas. Si faltan plazas en centros de acogida de menores, pues que se invierta más en ellos (así como en muchos otros aspectos de infancia, educación, salud, etc.). Sería mucho mejor que invertir en armas: el gasto militar ha crecido a más del doble bajo el Gobierno de Pedro Sánchez, del 0,9% a más del 2% del PIB.

Y respecto a las objeciones del PP y VOX, si piensan que Ceuta es tan “España” como Madrid o Burgos, entonces trasladar a personas de un lado al otro del Mediterráneo no debe representar ningún cambio cualitativo en ese sentido. Solo le facilitaría las cosas a la ciudad: sería “ayudar a Ceuta” como se supone que pedían en sus manifestaciones el 2 de septiembre.

Sin embargo, el Gobierno no actúa: “El Ministerio del Interior [declaró] a elDiario.es que, por el momento, no realizará este tipo de traslados, dado que su objetivo continúa [siendo] devolver a las personas”.

¿Y la izquierda?

Ante esta situación, las izquierdas y los movimientos sociales deben rechazar totalmente la idea de “invasión” y solidarizarse con las personas refugiadas o migradas.

Los derechos humanos son para todo el mundo, sin exclusiones.

Sin embargo, un discurso muy extendido en las izquierdas tras la llegada de las personas a finales de julio fue precisamente el de “invasión” y “defensa de la soberanía española”. Ideas así las expresaron Sumar, Gabriel Rufián, sindicatos… La diferencia respecto al PP y VOX es que donde la derecha culpaba a Marruecos, las izquierdas también señalaban a Trump y Netanyahu.

Pero “defender la integridad territorial” —ya sea frente a Marruecos o supuestamente contra Trump— en realidad supone enviar soldados y militares contra “personas que han entrado desarmadas y solo con la ilusión de conseguir una vida mejor”, como nos dijo una vecina ceutí musulmana.

La izquierda en el Estado español debería denunciar la ley de extranjería y el PEMA; el conjunto de políticas fronterizas que han provocado decenas de miles de muertos. Son las políticas europeas las que han subcontratado el control de fronteras a los Estados —o simplemente grupos armados, como en Libia— del norte de África. Debemos señalar la responsabilidad de las autoridades aquí, y exigir que den las respuestas necesarias, que respeten los derechos humanos, con el derecho a pedir asilo.

Especular sobre la mano escondida de Trump o Netanyahu no nos ayuda en esta tarea, es más bien una distracción. Las protestas contra el racismo y la extrema derecha en estas últimas semanas, a raíz de los hechos de Ceuta, por suerte, no se han enfocado en supuestas conspiraciones. De hecho, se oyen mucho menos estos argumentos ahora, pero eso no quita el hecho de que fue un eje central del discurso de las izquierdas en los ini cios.

Una izquierda seria tiene que ser una brújula, no una veleta.

¿“Ceuta es España”?

Hablar del estatus colonial de las “plazas de soberanía española” es muy controvertido.

Ya lo comentamos extensamente en un texto publicado en el verano, en “Sabta/Ceuta: contra el racismo, contra el colonialismo”. Cuando gritan “están invadiendo España”, una parte de nuestra respuesta es poner en cuestión esa “españolidad”.

De la misma manera que Gibraltar o las Malvinas no forman parte de Gran Bretaña, o el Sáhara no debe ser rehén del reino de Marruecos, no tiene sentido que las dos ciudades —y varios trozos de roca a lo largo de la costa marroquí— formen parte “España”. Es una reliquia del colonialismo, lo mismo que Gibraltar.

Cómo concretamente se debe resolver el tema va más allá de este artículo. Sin embargo, el desenfrenado patriotismo mostrado por demasiados sectores de la izquierda es una parte más del abandono de los principios básicos que tanto ha contribuido a su debilidad actual.

Hace 40 años, gran parte de la izquierda —desde el Partido Comunista hasta grupos revolucionarios— insistía en la naturaleza colonial de las posesiones españolas en el norte de África. Ahora quienes mantenemos esta posición somos una pequeña minoría, incluso en la izquierda. Harán falta muchas conversaciones, mucho debate paciente.

Por otro lado, el Barómetro del CIS de septiembre de 2026 revela datos interesantes sobre este asunto.

Ante la pregunta “¿Cuál es su opinión acerca de la situación de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla?”, el 77,1% escogió la opción “Son territorios tan españoles como cualquier otro territorio de la península”. Sin embargo, un 14,3% optó por “Tienen una situación ambigua y especial que debe ser objeto de acuerdos y entendimiento con Marruecos”, y el 6,3 % por “Otra respuesta”.

Lo sorprendente es que casi la cuarta parte de las personas no defendió la españolidad de las ciudades, como sí lo hacen (¿casi?) todos los partidos institucionales. Es decir, al discrepar con la afirmación de que “Ceuta es España”, estamos en minoría, sí, pero no es tan pequeña como se pensaría, al escuchar a los políticos.

Mientras tanto, ese debate no debería impedir la búsqueda de soluciones al problema urgente. Miles de personas están sufriendo condiciones lamentables en un territorio bajo control español. Es deber de las izquierdas y los movimientos sociales exigir que se respeten los derechos humanos, aquí y por todas partes, piense lo que cada uno piense sobre el estatus de estas ciudades.

Los ultras se aprovechan

Está claro que la extrema derecha intenta sacar provecho de la situación.

La última encuesta del CIS, de septiembre de 2026, muestra una pequeña subida del PP, pero VOX aumenta en 1,3 puntos al 16,6% de apoyo. El PSOE sigue en primer lugar, pero baja de los 33% al 31%. Lo que esto demuestra es que, si se acepta el marco de “invasión”, ganan quienes más ruido hacen contra esta supuesta invasión.

El PSOE paga su doble fracaso: la falta de medidas efectivas para atender a la gente; y su timidez frente al racismo. No debemos olvidar que la política fronteriza europea actual se basa en el Pacto Europeo de Migración y Asilo (PEMA), acordado entre el progresista Sánchez y la fascista Meloni.

Y el ala derecha de VOX, los neonazis, también se han hecho notar.

La red ultra europea, “Save Europe Act”, ha hecho acciones con más prensa que asistentes. Sin embargo, han difundido el lema “remigración”, con lo que exigen deportaciones masivas de personas racializadas, incluso de las que tienen nacionalidad europea.

Mientras, “Núcleo Nacional” reproduce toda la estética neonazi (aunque lo cierto es que Save Europe Act —con su líder “ario” y rubio— los supera en su imitación del look de la juventud hitleriana). En los pocos años de existencia de este grupo, ya han protagonizado una serie de agresiones racistas y fascistas.

Frente a esta situación, hace falta trabajo solidario y antirracista con las personas migradas. Pero también hace falta una respuesta política más general, en dos frentes: acción urgente para parar a la extrema derecha, y también el trabajo más de fondo para construir una alternativa al sistema capitalista que crea estos peligros.

Lucha unitaria y también anticapitalismo

En Marx21 hemos hablado mucho de la efectividad de la movilización amplia y unitaria contra la extrema derecha, que aglutine a personas y fuerzas del conjunto de la gente trabajadora, del 99%: el sindicalismo, movimientos vecinales, mujeres y LGTBI+, gente racializada, las diferentes izquierdas…

Es así que se ha conseguido echar atrás a los fascistas, en muchas ocasiones, en muchos sitios.

En cambio, las coaliciones electorales, que atan a todo el mundo a un programa de gestión del sistema, suelen dejar a los fascistas como la única voz discordante, como una falsa fuerza “antisistema”.

Por otro lado, las respuestas que exigen la aceptación del programa de uno u otro partido de la izquierda radical nunca logran movilizar a la mayoría de nuestra clase. Tengamos claro que, ahora mismo, la mayoría de las personas trabajadoras no se definen de revolucionarias.

Pero un movimiento construido con demandas básicas contra el racismo y fascismo sí puede movilizar a muchísima gente, como el medio millón de personas que se manifestaron en Londres el pasado 28 de marzo, o los 8 millones que participaron en la acción de “No Kings in EEUU” ese mismo día.

El reto es cómo construir un movimiento unitario, frente a las llamadas a un nuevo “frente popular” o al sectarismo.

Aquí llegamos a la necesidad de una izquierda radical que entienda la necesidad de acabar con el sistema para establecer una sociedad más justa y democrática: lo que el socialismo revolucionario realmente representa (a diferencia de los horrores de la Rusia de Stalin, etc.).

Hace falta una izquierda que reconozca que no cambiaremos el mundo mediante un programa.

Para avanzar debemos impulsar muchas luchas inmediatas, codo con codo con personas que no compartan toda nuestra visión. Podemos y debemos hablar de cuestiones política más amplias, pero hagámoslo mientras colaboramos en la lucha antirracista, en solidaridad con Palestina, en una huelga…

Ese es el espíritu de la declaración “Más anticapitalismo y más unidad contra el fascismo y el racismo” que se lanzó este verano. Señala la necesidad de que más sectores de la izquierda radical pongan manos a la obra, con urgencia, en la construcción del movimiento unitario.

Como Marx21 apoyamos esta iniciativa plenamente: siempre hemos defendido esta visión. Si estás de acuerdo, firma la declaración y, sobre todo, súmate a Marx21.


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