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Paco Priego, Marx21

La tragedia humana en Ceuta ha llevado a algunos personajes —incluso de la izquierda— a elaborar explicaciones basadas en grandes conspiraciones internacionales, incluyendo a todo, desde Trump y Netanyahu hasta Putin y el fascismo global. En este importante texto de verano, Paco Priego —ex conspiranoico confeso— nos advierte de los peligros de esa adicción.

Hubo una época en mi vida, lo confieso, en que fui muy aficionado a la “misteriología”. Más o menos igual que toda la gente que pasa por eso, durante la adolescencia y primeros años de juventud.

Leía las bazofias de Erich Von Däniken o Charles Berlitz como quien lee un cuento de fantasmas, y no le daba más importancia.

Al fin y al cabo, no eran más que chifladuras aparentemente inofensivas. ¿Qué peligro podían tener esas historias absurdas sobre alienígenas en la Isla de Pascua?

Bueno, de eso me di cuenta años más tarde, durante los años de crisis posteriores al 2007, cuando en comunidades y foros online se fue gestando lo que acabaría convirtiéndose en el movimiento Indignado o 15M.

En aquella época, corría por aquellos lugares gran cantidad de material sin ningún filtro.

Cualquier cosa que criticara el sistema que se colapsaba ante nuestros ojos era consumida con avidez por personas con escasa formación política, y agitadores de todo pelaje competían por atraer nuestra atención.

Con el tiempo, las ideas se fueron aclarando, y los vendehúmos fueron identificados y apartados. Pero en aquel primer momento, era la selva. Una selva en la que florecieron los conspiranoicos.

La anécdota que me llevó a replantearme mi relación con ese material que me parecía una diversión inocente en su momento, tuvo su punto de partida con una saga “documental” que se puso de moda por entonces: Zeitgeist.

La saga original constaba de tres películas, estrenadas directamente en Internet en 2007, 2008 y 2011. Tengo entendido que en 2024 se retomó la saga con el estreno de una cuarta película, pero esta ya no la he visto, ni a estas alturas me llama la atención verla.

La trilogía original mezclaba algunos hechos históricos reales con todo tipo de especulaciones conspirativas, y proponía superar el sistema capitalista evolucionando hacia una especie de utopía tecnosocialista que se parecía más a la ciencia ficción que a una propuesta política seria. Pero en aquella época, pegó fuerte en los foros de debate más alternativos de la red.

No voy a decir que fuese una propuesta inocente. Vista en retrospectiva, su utopía ecofuturista tenía bastantes matices de despotismo ilustrado y de “socialismo” desde arriba. Pero no fue esta saga la que me espantó.

Como durante esa época me llamó la atención esa temática, empecé a buscar más material similar. Y así fue como una noche me descubrí a mí mismo viendo —en una calidad de video realmente lamentable además— un engendro, supuestamente sobre el Club Bilderberg, pero que no se cortaba en desvariar sobre muchos otros temas, perpetrado por el agitador de ultraderecha Alex Jones.

En mi descargo, diré que por entonces yo no sabía quién era este tipejo. Pero no hacía falta ver mucho metraje del bodrio para adivinar de qué pie cojeaba el pájaro.

El hecho de descubrirme perdiendo mi valioso tiempo libre viendo semejante bazofia, me hizo replantearme mi relación con la “misteriología”.

A día de hoy, y por haber aprendido sobre este fenómeno, sé que me descubrí avanzando por lo que muchos divulgadores que denuncian los métodos de los teóricos de la conspiración llaman “la madriguera del conejo”.

Empiezas con algo que, bueno, podría ser, hay motivos razonables para la sospecha, y poco a poco vas dando por buenas sin ninguna prueba sólida afirmaciones cada vez más gruesas, hasta que un día te descubres viendo a un fascista escupir falacias y negar todo lo que nunca debería ser negable, y piensas: “¿Qué demonios? Si yo solo había venido aquí a buscar información sobre lobbys económicos y políticos”.

Confieso que probablemente mi actitud del presente sea como la del exfumador que se convierte en “talibán” antitabaco (también he pasado por eso), pero es que cuando empiezas a ver el patrón, es imposible dejar de verlo.

Y aparece hasta en los lugares aparentemente más inocentes.

Había comenzado hablando de mi afición adolescente a los delirios ufológicos. Puede parecer que el peligro solo sea que sirven de puerta de entrada a niveles de conspiranoía más profundos, donde acecha el negacionismo y la desinformación sobre temas mucho más serios, ¿verdad?

Pues no, ellos ya llevan su propia dosis de veneno de partida.

Examinemos el mito de los “alienígenas de la antigüedad” sin ir más lejos: pensemos en todas esas grandes construcciones de antiguas civilizaciones, que resulta que no son obra de aquellas personas, sino de unos extraterrestres que no tenían mejor cosa que hacer que meterse unos cuantos años luz de viaje para venir a la Tierra a trabajar en el negocio de la construcción y levantar unas pirámides aquí, unos templos allá… pero siempre en países de gente de piel oscura, cuidado.

Porque Stonehenge, no te van a decir que lo hizo ET, pero Gran Zimbabwe… ¿cómo van a ser capaces de hacer eso unos pobres negros? Nada, nada, eso fueron los alienígenas, montándose allí una segunda residencia.

Pero no son solo los “alienígenas de la antigüedad” los que destilan racismo. Si nos ponemos a escarbar en la ciencia ufológica, nos encontramos con cosas como los “nórdicos”, alienígenas rubitos y blanquitos, muy benéficos ellos, que estuvieron muy de moda durante un tiempo, apareciendo en muchas historias de “contactados”.

De veras, una vez que sabes lo que buscar, en pocos sitios vas a encontrar más racismo apenas disimulado (y muchas veces explícito) que en el mundillo de la ufología.

Por supuesto, otras “disciplinas” del misterio tampoco se salvan. La criptozoología (la búsqueda de animales legendarios) por ejemplo, tiene un aire de nostalgia colonialista del explorador blanco en tierras “salvajes” que es difícil de disimular. Luego nos extrañamos que los divulgadores de todas estas cosas siempre acaben tendiendo a la ultraderecha. ¡Como si lo escondieran demasiado!

¿Quiere todo esto decir que no hay verdaderas conspiraciones?

Por supuesto que las hay, la historia está llena de ellas. Pero grandes tramas elaboradas, involucrando gran cantidad de personas y organizaciones, actuando en perfecta sincronía y secreto, durante años y años… eso es lo que en la vida real no pasa. Alguien siempre mete la pata, o habla más de la cuenta.

Sabemos de muchas conspiraciones reales precisamente por eso, porque alguien, por torpeza, despecho o interés propio, acabó levantando la liebre. Cuanto más grande es la trama, más fácil es que pase. Así que un poco de seriedad antes de creernos cualquier historia de megaconspiraciones que nos llegue por WhatsApp.

Puede parecer un alarmismo exagerado, pero vivimos en un mundo donde el negacionismo de la Ciencia ha alcanzado cuotas de poder y la superstición regresa porque la Ciencia hace tiempo que está diciendo algo muy incómodo: que el ideal de crecimiento infinito del capitalismo ya está chocando con las mismas leyes de la Naturaleza, y estamos empezando a vivir las consecuencias.

Y lo que ahora tenemos delante no se va a arreglar como otras veces, quitando el plomo de la gasolina, o los CFC de los aerosoles, sino con un cambio de modelo productivo y de consumo. Y esa es una verdad que muchos no quieren oír. Pero ese negacionismo no tendría el campo tan abierto si durante décadas la semilla de la desconfianza hacia la ciencia “oficial”, así como de muchas otras ideas dañinas, no se hubiese plantado en canales tan aparentemente banales como los de unos “chifladitos” hablando de extraterrestres.