Marx21
Estamos viviendo un ataque frontal, a escala internacional, contra las personas oprimidas.
La extrema derecha, así como muchos Estados y partidos establecidos, intentan echar para atrás los logros (a veces limitados y simbólicos, es cierto) conseguidos en las últimas décadas mediante las luchas contra la opresión de las mujeres, por los derechos LGTBI+, contra el racismo…
Con esto, intentan desviar el descontento de las personas que están sufriendo la crisis multifacética, para que culpen a las personas migradas, a las feministas, a las personas musulmanas o trans… en vez de señalar al sistema y a los multimillonarios que son los responsables de verdad.
Hay respuestas y resistencias ante estos ataques y estas opresiones, pero a menudo topan con confusión —y a veces un rechazo frontal— incluso desde sectores de los movimientos y de las izquierdas. ¿Por qué es así, y qué podemos hacer?
¿Subdividir para vencer?
Algunos de los ataques son totalmente descarados en su objetivo de fomentar el odio y la opresión contra grupos muy amplios.
Pero en otros casos, los impulsores intentan disfrazarlos, mediante diferentes maniobras.
Por un lado, presentan su ataque contra un grupo oprimido como la defensa de otro grupo. Así que la extrema derecha más sofisticada justifica su islamofobia como una defensa de las mujeres y las personas LGTBI+. Intentan presentar el machismo y la LGTBIfobia como intrínsecos en el islam y ajenos a la cultura europea. Pero ambas formas de opresión están muy arraigadas en esta Europa “civilizada”; el hecho es que Gran Bretaña y Francia exportaron la LGTBIfobia a sus colonias ya en el s.XIX.
Otra maniobra es escoger un objetivo más limitado, no un grupo oprimido entero. Esto también lo hemos visto con la islamofobia.
Recientemente, en Catalunya, dos partidos de extrema derecha, VOX (superespañolista) y “Aliança Catalana” (supuestamente superindependentista) presentaron una resolución en el Parlament de Catalunya para prohibir completamente el velo islámico (perdieron).
El partido de derechas catalanista, Junts, votó en contra, pero anunció que querían “prohibir el burka y el niqab en el espacio público”, además de prohibir todo velo islámico en ciertos contextos (no quedó claro si esta prohibición se aplicaría a los pañuelos llevados por muchas mujeres no musulmanas, ni si la prohibición de tapar la cara en espacios públicos supondría la ilegalización de las mascarillas anti-covid).
Es decir, donde los partidos ultras querían atacar de golpe a todas las mujeres musulmanas con hijab, Junts centró su ataque (por ahora) en una minoría de ellas.
Podemos ver ambas tácticas en los ataques actuales contra las personas LGTBI+.
Más que impulsar una campaña LGTBIfóbica generalizada (o más bien, mientras preparan el terreno para tal campaña…) enfocan sus ataques en las mujeres trans. (No suelen decir nada de los hombres trans). Además, presentan este ataque como una “defensa de las mujeres” (se entiende que las mujeres “cis”, es decir no trans).
Esto lo hace la misma extrema derecha que ataca los derechos de todas las mujeres, a la mínima oportunidad.
La transfobia “progre”
Tendría que ser una maniobra tan transparente que nadie sensato, al menos en la izquierda y los movimientos, debería dejarse engañar. Pero no: bastantes sectores se suman a la campaña de “transfobia en defensa de (algunas) mujeres”.
Un grupo —supuestamente de izquierdas— que hace bandera de su odio contra las personas trans (entre muchos odios más) se hace llamar “Frente Obrero”. Este grupo procede de una escisión de una escisión de un partido comunista ortodoxo. Sin embargo, su extraña deriva lo ha llevado a un discurso ultra y ni tan siquiera tienen reparo en colaborar con neonazis. Ahora, debemos ver a este grupo por lo que es, una parte más de la extrema derecha, más o menos neonazi.
Mucho más importante es la transfobia de una parte —minoritaria— del feminismo, la que se suele etiquetar como TERF (del inglés, Trans Exclusionary Radical Feminism).
Aquí solo cabe una consideración breve del debate.
Estas feministas insisten en una definición biológica y esencialista del sexo; dicen que apelan a la “ciencia”. Pero científicamente, la idea de dos sexos biológicos, claramente definidos de manera binaria, no se sostiene. Como explicó una bióloga, catedrática emérita, en el New York Times: “al nacer, un bebé tiene cinco capas de sexo… [y estas] capas pueden entrar en conflicto entre sí”.
Lo que debería ser más importante políticamente es que los movimientos de mujeres llevan décadas combatiendo la idea de que roles sociales deban ser determinados por la biología, y contra los intentos derechistas de reducir a las mujeres al papel reproductivo.
Ahora presentan esta visión estrecha y supuestamente biológica como el no va más del feminismo.
Hay que preguntarse por qué insisten tanto en negar que las mujeres trans son mujeres. Si estamos de acuerdo en que existe la opresión de las mujeres, ¿por qué quieren excluir a las mujeres trans de la posibilidad de compartir esta opresión (junto con la transfobia, por supuesto)?
Explicación materialista
Algunos sectores supuestamente marxistas han adoptado una posición tránsfoba con el argumento de que así defienden un análisis “materialista”.
Lo cierto es que existe un análisis materialista en este asunto, y explica esa hostilidad por parte de un pequeño sector del movimiento feminista: va relacionada con la posición social de muchas de las mujeres implicadas.
Una preocupación clave son los cargos reservados para mujeres (a veces con salarios generosos asociados) que se han conseguido mediante las luchas contra la subrepresentación femenina en muchos ámbitos.
Hay pocos cargos de este tipo: entre cuotas de mujeres en listas electorales, puestos de responsabilidad en las estructuras de diferentes organizaciones, o entidades públicas, etc. Una posible reacción a esta limitación sería reconocer que si bien es justo intentar corregir la poca presencia de mujeres en estos puestos, estas políticas por si mismas no comportan la liberación de las mujeres. Es más: en realidad, no traen beneficio tangible alguno a la enorme mayoría de las mujeres. ¿En qué les ayuda que haya más mujeres en el parlamento votando políticas neoliberales, o más mujeres en puestos directivos recortando plantillas?
Pero para aquellas mujeres que aspiran a ocupar estos cargos, la cosa es muy diferente. Tienen un interés material en intentar restringir el número de competidoras para estos puestos.
En este caso, quieren excluir a las mujeres trans.
Sin embargo, las feministas tránsfobas a menudo son también islamófobas. Harían lo posible para excluir a una feminista musulmana con hijab de un cargo que ven como propiedad de esa minoría de feministas, con estudios, normalmente blancas, con cierto estatus social. Su actitud es en efecto una adaptación a cierto “feminismo” de un lema racista: “primero las de casa”.
Antes se ha comentado la transfobia agresiva del “Frente Obrero”, pero la transfobia también está presente en organizaciones que forman parte de la izquierda de verdad. A menudo, son organizaciones que se dedican a la “política desde arriba”, en la que lo que se menciona arriba — el interés en controlar el acceso a un número limitado de cargos— tiene mucho peso. Así que la visión “TERF” suele tener más presencia en los partidos reformistas, la burocracia sindical, etc.
Finalmente, comentemos de paso la existencia de grupos “LGB”: los que quitan entre otras la “T” porque se oponen a la liberación de las personas trans. Un ejemplo fue la creación hace unos años de la “Red LGB”, con un manifiesto publicado en una web de izquierdas muy ortodoxa, por no decir estalinista (además de transfóbica). Sin embargo, la corriente transfóbica “LGB” parece aún más minoritaria que su contraparte en el feminismo.
En todo caso, ya es hora de volver a la cuestión de la opresión LGTBI+ y cómo combatirla.
Orígenes de la opresión
Este no es el lugar para intentar hacer un análisis general de la opresión LGTBI+; ya tenemos otros textos que lo tratan. Aquí solo caben unos breves apuntes.
A lo largo de la historia, han existido actos sexuales diversos, y “roles de género” diversos, sin la necesidad de definir identidades distintas, poner etiquetas ni crear sistemas de opresión. A menudo se castigaban ciertos actos sexuales —especialmente el sexo anal— pero no existía la idea de una identidad homosexual como tal.
Esto cambió con el surgimiento del capitalismo, y especialmente en el s. XIX, cuando el sistema capitalista intentaba establecer la familia nuclear como el modelo ideal. Tenía dos objetivos. Por un lado, así se podría reproducir la próxima generación de mano de obra a bajo coste. Por otro, la familia servía como instrumento ideológico en defensa del sistema existente.
Las personas que no cumplían con esta norma heterosexual que se estaba formalizando representaban una amenaza en ambos frentes. Sus relaciones sexo-afectivas en principio no iban a producir futuras generaciones, y la misma existencia de estas personas ponía en cuestión la propia norma que el sistema requería e intentaba imponer.
Y respecto específicamente a la transfobia, hoy en día queda claro el horror que genera en ciertos círculos la existencia de personas que no se conforman con el género que se les asignó al nacer. No olvidemos que esta asignación que puede afectar a alguien toda su vida la suele hacer un médico, tras mirar dos segundos los genitales externos de un bebé que acaba de nacer.
Así que la opresión contra las personas LGTBI+ no está causada por los prejuicios entre les personas heterosexuales —aunque estos prejuicios existen— ni les beneficia a estas personas. Más bien, la opresión LGTBI+ forma parte del sistema capitalista, y las ideas LGTBIfóbicas forman parte del arsenal de ese sistema en su esfuerzo de “divide y vencerás”.
El capitalismo nos explota a toda la clase trabajadora, y toda esa clase tiene un interés objetivo en combatir tanto al sistema como a las opresiones que lo sostienen.
Esta es la base para la lucha unitaria; la cuestión es cómo convertir esto en realidad.
Lucha unitaria
Como se ha dicho, la base de la lucha unitaria es la comprensión de que la liberación LGTBI+ refleja un interés compartido.
Si las ideas dominantes en el movimiento son, o bien que “la lucha contra las opresiones es una distracción de la lucha obrera”, o bien que “la liberación LGBTI+ solo la puede impulsar el propio grupo oprimido, porque el resto disfrutan de privilegios como personas hetero”, entonces nunca se planteará la lucha unitaria.
En Gran Bretaña, la visión de lucha compartida sí está presente y ha habido varios ejemplos importantes.
El más conocido es el grupo de Lesbianas y Gays en Apoyo a los Mineros (LGSM), durante la histórica huelga minera de 1984-85, una experiencia presentada en la película Pride.
Otro es la lucha potente, con apoyo sindical, contra la infame “Cláusula 28” introducida por Margaret Thatcher para prohibir a los ayuntamientos, escuelas etc. “promover la homosexualidad”.
Más recientemente se produjo en Argentina una movilización enorme y muy diversa frente a las declaraciones LGTBIfóbicas de Javier Milei, el presidente ultra argentino. Estas protestas las impulsó el movimiento LGTBI+, que invitó al conjunto de personas y movimientos a sumarse a la lucha, con sus propias demandas contra las políticas de la extrema derecha.
Se puede aplicar el mismo espíritu en luchas más modestas; por ejemplo, invitando a movimientos sociales y a las izquierdas en general a sumarse a acciones del orgullo LGTBI+.
Para que esto tenga sentido, la protesta no puede ser una celebración de la economía rosa. El jefe de una discoteca gay poco tiene que ofrecer a un sindicato de vivienda o laboral, por ejemplo.
Pero tampoco se puede conseguir esta amplitud desde una visión moralista que culpe a las personas hetero, ni exigiendo que los demás movimientos se sumen a una teoría queer incomprensible para la mayoría de las personas (¡personas LGTBI+ incluidas!).
Así que para impulsar la lucha unitaria de la manera más efectiva, el análisis marxista de la opresión, y el interés compartido de la clase trabajadora en combatirla, es un arma muy valiosa. Debemos contribuir a las luchas como tales, pero también debemos trabajar para ganar a más personas a las ideas marxistas revolucionarias.
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