ES CA

David Karvala, Marx21

Como se ha comentado, en unos pocos días a finales de septiembre y principios de octubre, el panorama político del Estado español cambió muy rápidamente.

Durante el verano, el racismo y la extrema derecha crecieron, ante la crisis humanitaria en Ceuta/Sabta. También hubo fuertes movilizaciones antirracistas en muchas ciudades, pero muchos dirigentes de izquierdas se sumaron a los discursos de “invasión” y a las exigencias de controles aún más fuertes en las “fronteras de España” (¡¿en África?!).

Pero la indignación y protestas masivas provocadas tras el desalojo de Maricarmen en Madrid han transformado la situación enormemente. La derecha y la extrema derecha ahora están a la defensiva: su respaldo a la especulación inmobiliaria y a la sacrosanta propiedad privada, por encima de las personas, provoca rechazo incluso entre votantes de derechas.

Sin embargo, no todos los problemas políticos han desaparecido en un momento. Por ejemplo, las actitudes cuestionables —por no decir racistas— de sectores de las izquierdas frente a los hechos de Ceuta son una grieta, un posible punto de entrada para el odio ultra.

Ahora, entre el movimiento por la vivienda en general, la preparación de la huelga general del 11 de noviembre, y las elecciones del 29 de noviembre, hay muchísimo en juego.

Aquí trataremos estas cuestiones, y nos plantearemos qué podemos hacer para poder avanzar.

Las últimas gotas

Mucha gente ya conocerá los hechos, pero hagamos un pequeño resumen. Maricarmen Abascal llevaba 70 años viviendo en su piso en Madrid, desde que su padre lo alquiló en 1956, con contrato indefinido de renta antigua. Maricarmen ha pagado el alquiler que, con las subidas por la inflación, estaba en unos 500€ mensuales.

La empresa especuladora Urbagestión Desarrollo e Inversión, que había adquirido la propiedad, exigió que pagase 2.650€ al mes, cinco veces más del alquiler actual y el doble de su pensión. Luego rebajaron sus pretensiones para “solo” multiplicar el alquiler por tres, lo que seguía siendo imposible.

A pesar de las presiones y la movilización por parte del Sindicato de Inquilinas de Madrid, en el que ya se estaba convirtiendo en un caso emblemático, el 23 de septiembre Urbagestión —respaldada por la policía española— echó a Maricarmen de su casa. Salió en una camilla para ser trasladada en ambulancia al Hospital Gregorio Marañón. Como consecuencia allí murió el 7 de octubre de 2026. La oferta de un alquiler asequible, que finalmente se consiguió arrancar a Urbagestión, llegó demasiado tarde.

Su desalojo desató una rabia generalizada. Como comentó un compañero de Marx21 a una periodista, “fue como ver que echaban a tu abuela a la calle”. Se produjeron manifestaciones enormes en decenas de ciudades por todo el Estado español y en bastantes de estas se establecieron acampadas.

El 29 de septiembre, el Gobierno del PSOE y Sumar aprobó dos decretos-ley sobre la vivienda. No cumplían con todas las demandas de los movimientos, pero habrían traído algún alivio a millones de personas. Fueron medidas que se podrían y deberían haber aplicado hace muchos años.

Sea como sea, tres días después PP, VOX y Junts se unieron para tumbar incluso el decreto más modesto, con medidas antidesahucios y la prórroga de dos años de los alquileres actuales. El decreto más fuerte, que prorrogaba automáticamente los contratos de alquiler, fue rechazado también por el PNV y Coalición Canaria.

Como comenta el artículo anterior, el caso de Maricarmen fue “la última gota”. Pero sería más exacto decir que fueron las tres “últimas gotas” en rápida sucesión. Primero el propio desahucio de Maricarmen. Después ver como la derecha tumbaba incluso las propuestas limitadas de mejora. Y luego la trágica muerte de Maricarmen el 7 de octubre, a dos semanas de haber perdido su casa.

Isabel Ayuso seguramente diría que “se iba a morir igual”, pero está claro que el causante fue la expulsión de su casa en la que llevaba viviendo 70 años. Como se gritaba en las manifestaciones, “la asesinaron los rentistas”.

Lucha unitaria

Las protestas de estas semanas son un ejemplo modélico de lucha amplia y unitaria.

La izquierda radical suele argumentar que la solución al tema X pasa por superar el capitalismo. En lo abstracto es cierto: el problema es cuando esto se plantea como una precondición para la participación en la lucha.

La mayoría de las personas corrientes, las personas trabajadoras, no se definen de revolucionarias o anticapitalistas. Poner un alto listón ideológico puede ser un obstáculo para conseguir una movilización amplia.

Por esto, en Marx21 siempre hemos insistido en que es mucho más efectivo impulsar luchas por demandas básicas y compartidas. La propia experiencia de las luchas, y los debates fraternos que se lleven a cabo durante estas, pueden llevar a cada vez más personas a sacar conclusiones políticas más generales, anticapitalistas.

Y si esto se aplica a la lucha por una vivienda digna, es aún más relevante en la lucha contra el fascismo y el racismo. Por esto, nos parece importante la iniciativa “Más anticapitalismo, más unidad contra el fascismo” (se puede leer, y firmar, el llamamiento aquí).

La mayoría sí defiende —defendemos— los principios de justicia y los derechos humanos. Ni toda la propaganda del mundo acerca del derecho a la propiedad de los especuladores podría hacer a la gente pensar que lo que le hicieron a Maricarmen fue justo. La cuestión es cómo hacer que lo justo se convierta en realidad.

Aquí, la huelga general del 11 de noviembre es una acción clave.

A la huelga

Las personas trabajadoras tenemos poder cuando nos organizamos colectivamente y nos movilizamos.

Las concentraciones y las manifestaciones son importantes. Pero el poder real de la clase trabajadora está en el lugar de trabajo. Las huelgas —y aún más las huelgas generales— son una expresión clara de ello.

Por eso, es tan importante que el Sindicato de Inquilinas se haya esforzado para conseguir que CCOO y UGT se sumasen a la convocatoria de huelga. Los sindicatos más radicales ya habían planteado la necesidad de una huelga e hicieron bien. Pero el mayor de estos sindicatos es la CGT, que tiene una afiliación de unas 100.000 personas en el conjunto del Estado. En cambio, CCOO y la UGT suman un total de dos millones de personas trabajadoras afiliadas; por algo los llaman los sindicatos mayoritarios.

Una portavoz del Sindicato de Inquilinas de Madrid declaró que “Estamos muy contentas de que los dos sindicatos con más afiliación de nuestro Estado se hayan puesto al lado de todo un movimiento que lleva diez días en la calle luchando por el derecho a una vivienda digna. La huelga será obra de todo el pueblo, será obra del poder popular y aún tienen que sumarse muchos sindicatos y movimientos sociales.”

El hecho de que los sindicatos mayoritarios se hayan sumado a la huelga le da mucho más potencial, pero, aun así, hará falta trabajo de base para que sea más efectiva.

CCOO y UGT son muy grandes, pero por eso sufren aún más el problema de burocratismo que afecta, en mayor o menor grado, a todos los sindicatos. Las burocracias suelen ver las luchas como moneda de cambio, en este caso quizá solo para beneficiar a los partidos del Gobierno, y en absoluto como una oportunidad para la autoorganización y para ir más allá.

No cabe ni lamentar la participación en la huelga de los grandes sindicatos, ni someterse a su agenda, sino que debemos disputar lo que ocurra durante las próximas semanas.

Esto implica no solo hacer frente a las burocracias sindicales, sino también a algunas visiones “radicales”. Últimamente se ha extendido la idea de huelga como un “paro ciudadano” (“no compro, no hago tuits…”), un conjunto de acciones individuales.

Es muy positivo que se hayan empezado a formar comités de huelga en los barrios, pero no basta con esto. Una huelga de verdad debe ser una acción colectiva laboral, implicando a la clase trabajadora como tal, no solo como vecinas y vecinos.

Por eso, hará falta organizarse, desde abajo, en los lugares de trabajo.

Cada persona que tenga un lugar de trabajo debería hacer lo posible para impulsar la huelga desde aquí, intentando ganar a más colegas para sumarse al paro. Donde sea posible, mediante una asamblea unitaria. Si esto no es posible, al menos en conversaciones privadas discretas.

Y si estudias, deberías intentar hacer lo mismo con la gente en tu clase.

Elecciones: ¿nos salvará un frente amplio?

Antes de cerrar el plazo para formar coaliciones, se habló mucho de un frente amplio, una coalición de todos los partidos a la izquierda del PSOE, pero no se ha materializado.

Al final, la ex alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, encabezará una lista de Sumar-IU-Más Madrid-Comuns y otras fuerzas menores. En Catalunya, Gabriel Rufián encabezará una lista de ERC, con algún tipo de alianza con Podemos e Irene Montero, a la que Rufián apoyará en su campaña. En algunos territorios más —como las Canarias y País Valencià— habrá combinaciones medianamente unitarias. Sin embargo, las ansias de poder de cada fuerza para ocupar los primeros puestos en las listas, junto a la desconfianza mutua entre los fragmentos de lo que había sido “Unidas Podemos”, hicieron imposible llegar a un acuerdo global.

En todo caso, comentamos esta manera de hacer política a principios del año, ante la propuesta de Rufián de entonces: “El hiperliderazgo ya lo hemos conocido alrededor de líderes como Pablo Iglesias, Ada Colau o la propia Yolanda Díaz. Una nueva ocasión para confiárselo todo a un líder carismático y salvador no va a resolver los grandes problemas de la gran mayoría de personas trabajadoras…”

El peligro de un gobierno del PP y VOX espanta, por supuesto. Y es cierto que, en términos electorales, tiene más sentido una candidatura conjunta de la izquierda reformista que no media docena de ellas enfrentadas entre sí.

Pero su objetivo es volver a ser una muleta de izquierdas para un gobierno del PSOE. Y tras 8 años de presidencia de Pedro Sánchez no hay misterio sobre lo qué eso significa.

Hemos visto como han duplicado el gasto militar; el endurecimiento de las políticas migratorias que pactó Sánchez con la fascista Giorgia Meloni; la no derogación de la ley mordaza o de la reforma laboral; la continuación de las políticas neoliberales… Los avances más importantes han sido fruto de las luchas, de las movilizaciones: primero la regularización; y ahora las promesas de medidas sobre la vivienda.

Por supuesto que es mejor tener un gobierno del PSOE y cía que uno del PP y VOX. Pero es así, sobre todo, porque a una administración “progresista” es más fácil presionarla. Sus propias bases quieren mejoras sociales, mientras las bases de derechas claman por ataques contra los sectores más vulnerables. Y esto se puede aplicar más si el sector de izquierdas es menos minoritario.

Pero la condición para conseguir las mejoras es que tengamos claro que cualquier mejora importante tendrá que ser arrancada mediante la movilización. Y el problema es que cuando forman parte del gobierno, estos partidos nos exigen paciencia y buscan desmovilizar las luchas.

Así que, con o sin gran coalición, quienes tengan voto, que voten a una u otra izquierda, pero sin ilusiones de que esto en sí mismo vaya a solucionar la cosa.

Las luchas, los movimientos, deben mantener su independencia: no pueden someterse a los partidos, no pueden atarse a sus campañas electorales.

Sea cual sea el resultado electoral, tendremos que luchar: eso lo debemos tener claro.

Cambiar el sistema

Como se ha dicho al principio, durante las próximas semanas nos jugamos mucho.

Y la oportunidad de avanzar es sobre todo el 11 de noviembre, no el 29.

La experiencia de la huelga puede llevar a muchas más personas a ver la posibilidad de cambiar el mundo, no mediante papeletas, sino con nuestras propias luchas y nuestra autoorganización.

Las y los activistas de la izquierda anticapitalista debemos intentar relacionarnos al máximo con colegas de trabajo, con la gente de nuestros barrios… Si nos encerramos en espacios limitados a las personas de siempre, ya radicalizadas, perderemos muchas oportunidades.

Al contrario de lo que dicen algunos sectores de la izquierda ortodoxa, relacionarnos con la gente corriente no significa tener que abandonar nuestros principios: nuestro rechazo al racismo, a las opresiones de género, etc.

Simplemente no es verdad que todo el mundo sea racista, machista, etc. Estas ideas están extendidas, impulsadas desde arriba, pero una lucha amplia y colectiva es un entorno excelente en el que hacerles frente, para ponerlas en evidencia por lo que son: un intento de “divide y vencerás”.

De hecho, el éxito de la huelga depende en parte de nuestra capacidad de hacer realidad que realmente somos una sola clase trabajadora, con intereses compartidos, frente a la crisis de la vivienda, al coste de la vida, pero también frente al racismo y el machismo.

En el grupo Marx21, haremos lo que podamos para impulsar la huelga, pero también para extender las ideas del socialismo desde abajo, de la lucha contra toda opresión, de la unidad real de la gente trabajadora.

Necesitamos ideas así para luchar no solo por mejoras inmediatas, sino para construir un mundo diferente, donde los horrores actuales de guerra, fascismo, colapso climático… sean algo del pasado.