Manuel Izquierdo
En la última semana, tras las desastrosas elecciones de Aragón —en las cuáles ganó el PP, VOX duplicó resultados y la izquierda a la izquierda del PSOE se hundió— ha surgido con fuerza una propuesta del diputado de ERC en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián.
De forma más o menos velada, Rufián lleva proponiendo desde hace meses que los partidos de izquierdas —tanto de ámbito estatal como nacional— se unan y se acabe con una división que él valora como artificial.
Y a este planteamiento, que mucha gente de izquierdas comparte, no le falta razón. Muchos desencuentros entre partidos o líderes de la izquierda parecen deberse más a la búsqueda de mantener sillones o sueldos de las instituciones. Esto parece explicar la hostilidad con la que han respondido todos los partidos aludidos por la propuesta.
Si miramos los programas de IU-SUMAR y de Podemos, estos no presentan grandes diferencias. Ninguno pretende romper con el orden existente vía nacionalizaciones o cambio del modelo de Estado, aunque propongan y en ocasiones consigan medidas sociales favorables para la gente corriente dentro de las instituciones.
Para ser justos, aunque ambas organizaciones son reformistas, los dos grandes referentes de la izquierda institucional estatal, presentan algunas diferencias reseñables. Para el establishment, las medidas cosméticas de Podemos y el ruido que hacían era demasiado, por lo que la búsqueda de una izquierda sumisa propició el apoyo al núcleo alrededor de Yolanda Díaz y la salida de los morados del Gobierno.
Pero la injustificable persecución contra Podemos y sus dirigentes —tanto a través del poder mediático, de la propia policía y otros aparatos del Estado, así como de grupos abiertamente fascistas— no explican todo el retroceso experimentado por esta organización.
Las concesiones programáticas hacia el PSOE y sobre todo la construcción de una organización sin militantes no aguantó los embates de los grandes poderes.
Hiperliderazgo
Pero el proyecto alrededor de Rufián no se aleja de los grandes errores de la última década.
El hiperliderazgo ya lo hemos conocido alrededor de líderes como Pablo Iglesias, Ada Colau o la propia Yolanda Díaz. Una nueva ocasión para confiárselo todo a un líder carismático y salvador no va a resolver los grandes problemas de la gran mayoría de personas trabajadoras.
Construir una organización con gente consciente que participe activamente en la vida interna de la misma, es la mejor garantía para luchar contra la burocratización, incluso aunque el modelo de organización no sea socialista revolucionario.
Y aunque no debemos obsesionarnos con el programa, no se están escuchando rupturas con los planteamientos de la izquierda institucional. No se habla de medidas contundentes para mantener controlados los precios de la vivienda o incluso se hacen concesiones verbales, como cuando Rufián dijo que su abuela tenía miedo las consecuencias de la “migración masiva”.
Dado que el PSOE no ha sido nunca capaz de absorber todo el voto a su izquierda, la nueva propuesta de Rufián se parece mucho a la muleta que, durante mucho tiempo, ha sido IU para el PSOE.
Por lo mencionado, en un contexto de derechización institucional en marcha, no hay visos de que un nuevo proyecto de la izquierda reformista alcance sus objetivos como organización institucional, ni mucho menos que pueda ofrecer soluciones reales a la gente trabajadora.





