Marx21
¿Qué socialismo?
La independencia
El estado capitalista
El partido y la clase trabajadora
“Unidad popular”
¿La CUP utiliza los “significantes vacíos”?
Unidad contra toda opresión
Entonces ¿qué?
Se habla de una crisis de la CUP, debido a sus recientes retrocesos electorales. Pero, para ser un espacio anticapitalista, todavía tiene una fuerte presencia institucional. Pese al retroceso, tiene más de 300 concejalías, 4 escaños en el parlamento, y alrededor del 4% del voto. En pocos territorios de Europa, la izquierda radical tiene tanta fuerza electoral.
La cuestión quizá sea precisamente que en los últimos años, si no más, la prioridad de la CUP ha sido —en los hechos, más que en las declaraciones— el ámbito institucional y no la implantación en los barrios, ni hablar de los puestos de trabajo. Por tanto, la pérdida de votos no es solo una inconveniencia y un aviso, sino un problema casi existencial. A esto, hay que sumar una importante dependencia de los fondos públicos derivados de los resultados electorales, con lo que el bajón electoral tendrá un fuerte impacto sobre las estructuras del partido.
Es que más allá de la bajada electoral, creemos que la sensación de crisis en la CUP, que ha dado lugar al proceso Garbí, refleja problemas políticos mucho más de fondo. Aquí comentamos diversos temas políticos clave, en los que nos parece que la CUP tiene posiciones ambiguas o cuestionables. Tenemos la duda de si el actual proceso de debate ha tocado ni siquiera estos temas, que van mucho más allá de las decisiones tácticas de los últimos años… aunque en estos problemas políticos pueden subyacer algunas de estas decisiones. Quizás los balances internos de un espacio plural impiden su aclaración, pero no por eso dejan de tener importancia, y vale la pena señalarlos.
¿Qué socialismo?
“Independencia y socialismo” es uno de los gritos de siempre de la izquierda independentista. ¿Pero qué es el socialismo para la CUP?
Supongamos que, para la mayoría de la gente de la CUP, no es lo que ofrecen los partidos socialdemócratas. Pero sospechamos que la mayoría tampoco entiende el socialismo como la autoemancipación de la clase trabajadora mediante una revolución desde abajo, con la creación de un nuevo estado basado en algún tipo de consejos obreros.
Para una parte importante de la militancia, parece que con el socialismo se refiere a algo parecido a la URSS, sin excluir el período de Stalin; quizás la China de Mao; seguramente la Cuba de Castro; y probablemente la Venezuela de Chávez. Con todas las diferencias entre estas experiencias, ninguna de ellas, salvo los primeros años de la revolución rusa, tenía nada que ver con la autoemancipación de la clase trabajadora.
Por eso, cuando la derecha nos acusa de querer implantar un régimen parecido al de Stalin, lejos de aclarar que nada tenemos que ver con este modelo, la respuesta típica sería defensiva: “¡la URSS tenía aspectos positivos, no podemos creer las mentiras de la derecha!”. Más importante aún, cuando personas trabajadoras de nuestro entorno expresan dudas respecto al socialismo o el comunismo, a raíz de las nefastas experiencias del estalinismo, ¿qué se hace? ¿Evadir el tema, diciendo que Rusia y Catalunya son países diferentes? ¿O hacer una clara denuncia al modelo estalinista y las otras formas de “socialismo” desde arriba?
El hecho es que en la CUP conviven visiones totalmente opuestas sobre este asunto. Las dominantes son seguramente, por un lado, un apoyo más o menos acrítico hacia el estalinismo, y por otro, evasiones y críticas socialdemócratas. Solo una pequeña minoría rechaza el estalinismo desde la defensa del socialismo revolucionario desde abajo.
En un movimiento social unitario sobre un tema puntual, esa discrepancia no tendría importancia. Pero para un movimiento político que dice defender el socialismo, la incapacidad de explicar claramente lo que se está defendiendo es un problema.
«La dirección de la CUP no tenía una estrategia propia, solo un discurso más de izquierdas en torno a la estrategia compartida de ERC, Junts, etc.»
La independencia
Veamos ahora la otra parte del grito “Independencia y socialismo”. La lucha por la independencia de los últimos 15 años ha sido un factor clave en el impresionante crecimiento de la CUP, siendo el desencanto con el proceso un factor clave en la actual pérdida de apoyo.
Quien durante la lucha independentista se sumara a la CUP —en lugar de unirse a Esquerra Republicana o a Junts— se supone que lo hizo porque buscaba un proyecto socialista pro independencia, distinto al que representan o representaban los demás partidos.
Está claro que, en cuanto al discurso social, la CUP está bastante a la izquierda de ERC, y muy lejos de Junts. Pero el principal tema político de los tres partidos durante todo este tiempo ha sido la independencia. Y aquí, pese a las diferencias de discurso, el proyecto de fondo ha sido compartido. Los tres han formado parte del bloque independentista –conjuntamente con Òmnium y la ANC (de quien más vale no hablar aquí)— en un solo proceso.
La gente de la CUP ha contribuido mucho, por ejemplo, a las iniciativas desde abajo que ocuparon las escuelas para que pudieran abrir como colegios electorales el 1-O, y más en general dentro de los CDR.
Pero sin embargo, la dirección de la CUP no tenía una estrategia propia, solo un discurso más de izquierdas en torno a la estrategia compartida de ERC, Junts, etc. No mostraba ninguna previsión de lo que iba a ser el papel de Junts en el momento de la verdad.
En Marx21, teníamos este aspecto muy presente. Lo resumimos así en 2018:
“se suponía que sumando Convergència (o PDeCat, o JxCat…), con ERC y la CUP, habría un bloque independentista realmente sólido. Pero ocurrió lo que los análisis de clase decían que pasaría… el partido que intentaba representar a la burguesía catalana, Convergència, seguía marcado por sus orígenes. Por mucho que quiera la independencia (siguiendo a sus bases de la pequeña burguesía y sus votantes), no es un partido favorable a las rupturas radicales; en el momento clave, su naturaleza fundamental le llevó a echarse atrás. No es nada nuevo; ha habido muchos ejemplos de esto en el último siglo y medio.”
Nos referimos a lo que “los análisis de clase decían que pasaría”. Pero en la lucha por la independencia, la CUP no suele aplicar un análisis de clase, sino que se basa en el bloque nacionalista. La alternativa a la visión nacionalista no es denunciar la independencia como algo que solo interesa a la pequeña y mediana burguesía, aplicando una visión de cartulina de “política internacionalista del proletariado”.
Hace más de un siglo, el gran revolucionario Trotsky elaboró la teoría de revolución permanente. Muy en breve, argumentaba que la burguesía, incluyendo la de una nación oprimida, no lucharía de forma consistente por las demandas democráticas. Por tanto, había que impulsar esta lucha desde la clase trabajadora, y desde la izquierda revolucionaria. Pero si esta clase lideraba la lucha, no tendría motivos para limitarla a lo que quería aquella burguesía —un capitalismo que solo eliminaba el punto que les molestaba, la bandera foránea— sino que podía y debía continuar la lucha, hasta conseguir un cambio social en toda regla.
En esto, Trotsky se basaba en las ideas de Marx y Engels, y coincidía (seguramente sin saberlo) con lo que argumentó James Connolly en Irlanda.
Todo esto podría contribuir considerablemente a rearmar las izquierdas ante los retos actuales, en cuanto a la independencia (y también respecto a las luchas contra el colonialismo/imperialismo francés en África, por ejemplo). Pero esta visión está ausente y sin influencia en la práctica de la CUP. Se cita a Connolly en algún meme, pero la insistencia marxista en la independencia política de la clase trabajadora —y más aún, la de una izquierda consecuente— respecto a la burguesía, parece olvidada.
El estado capitalista
Relacionada con la visión del socialismo, arriba mencionada, es la actitud hacia el estado capitalista. La posición marxista revolucionaria quedó muy clara en la importante obra de Lenin, Estado y Revolución. Identifica al estado capitalista como al instrumento de explotación y dominación por parte de la burguesía. Por tanto, “la liberación de la clase oprimida es imposible, no solo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del Poder estatal”.
El partido bolchevique participó en elecciones, y obtuvo escaños, pero no se dedicaron al “parlamentarismo” —pactos, coaliciones de gobierno, la gestión del sistema desde las instituciones— sino que esta presencia parlamentaria se utilizaba únicamente para denunciar el sistema, y sobre todo para fortalecer y hacerse eco de las luchas reales, fuera del parlamento. (Véase A. Badayev, The Bolsheviks in the Tsarist Duma, 1929.)
Hace poco se celebró un debate sobre el legado de Lenin que provocó mucho interés. Dejó anécdotas como el compañero del “Movimiento Socialista” que, al ver desmentidas algunas afirmaciones infundadas suyas, respondió que “no quiero discutir sobre lo que decía o no decía Lenin”. Pero, más importante, participaron representantes de las dos principales familias de la CUP, Endavant y Poble Lliure. Todas y todos los ponentes daban a entender que se identificaban con la tradición de Lenin. Pero, fuera del terreno de las declaraciones teóricas, y en lo que se refiere a la cuestión del estado capitalista, la actuación de la CUP —aquí no hablaremos de las demás organizaciones— no refleja esto en absoluto.
Está claro que no se trata simplemente de hacer constantemente un llamamiento para derribar al estado y ya está. Es necesario participar en muchas luchas inmediatas y parciales. Pero cuesta creer que la CUP esté realmente trabajando de algún modo desde la perspectiva de acabar con el estado capitalista. Más bien parece tratar de aplicar reformas mediante las institucionales, haciendo los pactos y compromisos necesarios con otros partidos reformistas y/o catalanistas. Es decir, si bien queda lejos de los partidos llamados socialdemócratas actualmente, se acerca bastante a la tradición socialdemócrata de hace un siglo, cuando ésta todavía buscaba introducir reformas desde las instituciones, a la vez que participaba en las luchas sociales. Pero la lógica reformista y electoralista les llevó a donde están ahora.
En 1976, un partido conocido de izquierdas se definió como “un partido marxista” que defendía “la abolición de la propiedad privada de los medios de producción” dentro de “las transformaciones revolucionarias hacia la sociedad socialista.” Fue el PSOE. Esto debería ser una advertencia para la CUP (también para Batasuna-Sortu-EH Bildu, pero esto es otro tema).
No debe ser así. La coalición anticapitalista irlandesa, People Before Profit —donde el grupo hermano de Marx21, Socialist Workers Network, juega un papel clave— muestra cómo es posible —al menos en su contexto— utilizar la presencia institucional para impulsar las amplias luchas sociales. (Una pequeña muestra es esta intervención del nuestro compañero Richard Boyd Barrett, diputado de People Before Profit, ante Ursula von der Leyen, señalando la hipocresía de la UE respecto a Ucrania y Palestina respectivamente. Se convirtió en viral.)
«El sectarismo y el aislamiento son una amenaza real, pero la visión socialdemócrata no es la solución. El frente único es una respuesta mucho mejor.»
El partido y la clase trabajadora
Simplificando, podemos hablar de tres modelos de relación entre un partido de izquierdas y el conjunto de la clase. Dos se basan en una visión de partido único y una clase trabajadora bastante homogénea.
Según la visión socialdemócrata, el partido representa a toda la clase trabajadora, y la refleja en su conjunto, incluyendo las ideas reaccionarias —racistas, machistas, etc.— que se encuentran. En efecto, este partido, por su naturaleza, se adapta a las ideas dominantes.
En la visión estalinista, el partido también intenta ser el “partido único”, pero esta vez en base a alguna versión de “socialismo” o “comunismo”, a pesar de la obviedad de que ahora mismo la mayoría de la clase trabajadora real no comparte esta visión. El hecho de presentarse como “el” partido de la clase trabajadora (o “el proletariado” según la terminología preferida de algún sector) comporta intentar hacer que los movimientos específicos (sea un sindicato, una lucha contra el fascismo, un movimiento sobre vivienda…) funcionen no como espacios independientes y plurales, sino como sucursales del partido.
La visión real del partido leninista no es lo rígido y burocrático que se ha aplicado desde las diferentes versiones del estalinismo. Más bien, representa a la organización política de la minoría conscientemente revolucionaria dentro de la clase trabajadora, que lucha por ideas socialistas, internacionalistas, antirracistas… dentro de esta clase. (Ver Tony Cliff, Lenin: La construcción del partido, 1893-1914. Barcelona: El Viejo Topo/La Hiedra, 2011. Ejemplares en papel disponibles de Marx21.)
Así, el partido revolucionario participa dentro de las luchas o movimientos específicos junto al reformismo, con lo que puede combinar ciertas luchas conjuntas a la vez de defender su propia política (lo que se llama “frente único”).
La CUP no es homogénea, claro, pero parece que, al respecto, la visión dominante se acerca más a la versión estalinista (las prácticas cuestionables de la reciente escisión, “Movimiento Socialista”, exageran una tendencia ya presente en la CUP). En su actual proceso de debate, se ha planteado asumir más elementos de la visión socialdemócrata, la de acercarse más a las ideas dominantes para superar el aislamiento de la masa de la gente.
El sectarismo y el aislamiento son una amenaza real, pero la visión socialdemócrata no es la solución. El frente único es una respuesta mucho mejor. Permite trabajar con gente diversa sin perder tus propios principios. Pero esto requiere abandonar la visión de partido único y reconocerse como minoría revolucionaria, sin el derecho auto-atorgado a mandar sobre el resto de la gente. Un partido revolucionario debe ganar a personas y movimientos a sus propuestas y posiciones con argumentos y propuestas convincentes, no por ningún derecho divino.
“Unidad popular”
Es otra frase muy utilizada en la izquierda independentista —¡no olvidemos que forma dos tercios del nombre completo de la CUP!— pero de nuevo, no queda claro qué quiere decir. Muchas formulaciones hablan de “las clases populares”, pero este término es también muy ambiguo. Se supone que se refiere a algo más amplio que la clase trabajadora (que en sí es una clase muy diversa, y va mucho más allá de los hombres con mono azul) pero, ¿a qué exactamente?
Siempre se ha reconocido en el marxismo revolucionario la existencia de diversas capas sociales entre la clase trabajadora y la burguesía como tal: como los pequeños empresarios, las capas medias de las burocracias estatales, etc. Pero el marxismo se ha enfocado en la clase trabajadora (insistimos, en el sentido real: una clase formada por hombres y mujeres, personas blancas y racializadas, personas con diferentes orientaciones sexuales…) por la posición clave que ocupa en el capitalismo, como la fuente de los beneficios del sistema, y por su capacidad de autoorganización.
Con esto no se está diciendo que otras luchas no sean importantes. El problema es que al restar importancia al papel específico de la clase trabajadora, se pierde el sujeto clave de la lucha por el socialismo. Todo se convierte en una masa indefinida, sin la capacidad de incidir colectivamente en su propio nombre. Ocurre algo parecido con el tema “ciudadanía” que se utilizó mucho en el movimiento antiglobalización de principios de 2000; también restaba importancia de la clase trabajadora como tal, para orientarse sobre una masa de individuos, con tácticas a menudo basadas en acciones individuales, no en acciones colectivas de clase.
Pero esto es especulación, simplemente porque no está claro a qué la CUP se refiere con “unidad popular”.
Una referencia que la CUP ha hecho a menudo es en la Unidad Popular de Allende en Chile, de 1970-73. En palabras de una compañera destacada de la CUP: “La filosofía es la de la unidad popular de Allende”. Está claro que Allende fue una figura heroica en muchos sentidos, y mucho mejor que casi todos los dirigentes reformistas que vemos hoy en día. Pero también existen muchos mitos sobre la unidad popular chilena. Sobre todo, existían graves problemas con su política, que contribuyeron a permitir el terrible golpe de estado de Pinochet. Muy en breve, a menudo se olvida la gran movilización de la clase trabajadora chilena, que llegó a establecer una suerte de consejos obreros, los “cordonas industriales”. Estos intentaron avisar a Allende del peligro de golpe militar, pero ni caso. El gobierno de Allende literalmente desarmó a los cordones y la clase trabajadora en general. Otro punto a mencionar es que fue el propio Allende quien nombró a Pinochet como miembro de su gobierno, y lo designó como comandante jefe del Ejército de Chile. Estos hechos deberían ser un aviso sobre lo que se puede esconder detrás de la idea de Unidad popular. (Ver Marx21.net, “El golpe de estado de Pinochet en Chile: El otro 11S”)
«Para la política electoral, cuanta más ambigüedad, mejor. Para una organización basada en la autoorganización y la lucha por un cambio radical la claridad es esencial.»
¿La CUP utiliza los “significantes vacíos”?
El término “significante vacío” se hizo conocido como parte clave de la estrategia electoral de Podemos. Básicamente, supone utilizar palabras ambiguas para sumar apoyo desde sectores distintos. Como táctica electoral, tal vez funcione. Si ganas votos con frases que significan cosas muy diferentes para diferentes personas, no es un problema, recibes sus votos, entras en las instituciones de todos modos y aquí haces lo que quieras (más bien, lo que el sistema te permita, pero esto es otro tema).
Pero para una organización basada en la propia actividad de sus gentes, en los diferentes barrios y lugares de trabajo, la cosa es muy distinta.
La ambigüedad que puede ser una herramienta electoral se convierte en un problema, cuando militantes del propio partido interpretan los términos de formas opuestas.
Ya se ha mencionado la “unidad popular”. Una parte de la militancia puede interpretarla como básicamente la unidad en las luchas de la clase trabajadora con algún sector más, de gente también pobre. Pero otro sector puede interpretar el mismo lema como una llamada al frente popular, una alianza con “nuestra” burguesía.
La CUP se declara antifascista; bien. En algunos territorios, activistas de la CUP juegan un papel clave en construir el movimiento unitario contra el fascismo y el racismo, UCFR. Pero en otros, se entiende “el antifascismo” de una manera mucho más restrictiva, como únicamente la izquierda radical —en efecto, su propia militancia, y solo una parte de ésta— enfrentándose físicamente a los fascistas. Si solo fuera esto, no dejaría de formar parte de la respuesta amplia y diversa que necesitamos. Pero, en ocasiones, la defensa de la visión más estrecha conlleva boicotear la construcción del movimiento unitario, y eso sí que es un problema. Es decir, la propia afirmación de “antifascismo” puede comportar impulsar o sabotear la construcción de UCFR.
La cuestión, de nuevo, es sobre qué tipo de organización se aspira a ser. Para la política electoral, cuanta más ambigüedad, mejor; cuantas más personas se identifiquen con lo que piensan que estás diciendo, mejor. Para una organización basada en la autoorganización y la lucha por un cambio radical —en última instancia, una organización revolucionaria, como algunas personas defienden que es la CUP— la claridad es esencial.
Unidad contra toda opresión
Hay muchas diferencias dentro de las izquierdas frente a las opresiones, donde podemos destacar dos visiones opuestas.
Existe la visión que podríamos tildar como la de la “izquierda jurásica”. Quitan importancia a las luchas contra las opresiones, y se suman al discurso “anti-woke” de la extrema derecha. Esto lo hacen supuestamente para defender “la unidad de la clase obrera”. En realidad, niegan la realidad de la clase trabajadora, que no está solo ni principalmente formada por hombres heterosexuales blancos que visten con monos azules. Y esto es si solo se habla de la clase trabajadora en Catalunya; en su conjunto, como clase internacional, la clase trabajadora muestra aún mayor diversidad. Lo que divide a la clase trabajadora es el racismo, la LGTBIfobia, etc., no el hecho de combatir estas opresiones.
Luego existe otra visión que da mucha importancia a las luchas contra las opresiones, pero a menudo tiene un enfoque individualista al respecto. Identifican a los individuos blancos, heteros, masculinos, etc., como a los responsables y beneficiarios de las respectivas opresiones. Las soluciones que plantean se enfocan mucho en trabajar las actitudes, con la reflexión interna sobre los “privilegios”, etc. Si la visión antes comentada se basa en una grave distorsión de la política de clase, esta visión ignora la cuestión de clase social, o bien, como mucho, la incluye como una opresión más en una complicada geometría interseccional. En cualquier caso, esta visión no propone luchas amplias y unitarias con un contenido de clase para combatir las opresiones de forma colectiva.
Nos da la sensación de que dentro de CUP conviven ambas visiones. Prevalece una u otra, según el sector, territorio o momento concreto.
Esto es un problema, si tenemos presente que la extrema derecha —y a veces los partidos institucionales— han convertido a la islamofobia y la transfobia en poderosas armas de odio y división. Como sabemos, sectores de los movimientos y de las izquierdas —como la izquierda jurásica— efectivamente se suman a los ataques racistas y tránsfobos.
Pero tampoco sirve una respuesta que les da la razón de otra forma. Esto lo hace la teoría de privilegios, al decir que una persona blanca no debe tener un interés real y propio en combatir el racismo; que a una persona cis no le toca oponerse activamente a la transfobia, etc.
La alternativa es no asumir ninguna de las dos visiones mencionadas, sino defender otra visión, basada en la tradición marxista revolucionaria y de clase. Ya hace más de 120 años, Lenin dijo en ¿Qué Hacer? que la persona marxista revolucionaria debía ser la tribuna de la gente oprimida. Esto ahora está más vigente que nunca.
«Hay que asumir que la CUP representa una minoría —como toda la izquierda anticapitalista— y ponerse a trabajar con gente más diversa de la clase trabajadora.»
Entonces ¿qué?
El objetivo de este texto no es atacar a la CUP. Valoramos su existencia, más allá de los problemas y las diferencias que comentamos. No proponemos una enmienda a la totalidad; caben muchos tipos distintos de organización, e incluso para la izquierda radical no se trata de “ser leninista o nada”.
Algunos de los temas que planteamos —como ya hemos dicho— son seguramente irresolubles dentro de la CUP o de cualquier espacio similar. Sin embargo, esperamos que las observaciones sirvan para que algunas personas de la CUP y su entorno reflexionen sobre estas cuestiones, y quizás para convencer a algunas de ellas; no nos planteamos hacer girar a toda la organización.
Sin embargo, en algunos otros puntos sí nos parece esencial hacer un cambio en el conjunto de la CUP.
Una cuestión fundamental es la necesidad de romper con la derecha y las fuerzas (aspirantes a) burguesas. Esto implica abandonar el modelo de “bloque independentista” adoptado durante más de una década: implica romper con toda la retórica de “rehacer la unidad independentista”. Pero no existe alternativa. Con las cuestiones sociales, hablar de ofrecer una alternativa real de clase es poco creíble si en una cuestión clave para la CUP se ha aliado con Convergència/Junts. Pero incluso en la cuestión nacional, como vimos con los pocos segundos de independencia el 10 de octubre, el depender de la derecha lleva al desastre.
Otra cosa que pediríamos es el abandono de la visión o práctica de “partido único” de los movimientos o de la clase trabajadora. Para avanzar, es necesario asumir que la CUP representa una minoría (evidentemente, una minoría mucho mayor que la de Marx21) y ponerse a trabajar con gente más diversa de la clase trabajadora. En términos concretos, y entre otras cosas, esto implica tomar mucho más en serio la tarea de construir UCFR, haciendo los debates necesarios con los y las compañeras dentro de la CUP que no comparten la visión unitaria. La experiencia demuestra que dónde la izquierda radical hace buen trabajo en un espacio unitario, hace avanzar el movimiento, y puede crecer como organización política, porque demuestra su utilidad. No hemos hablado antes, pero también comportaría una reflexión crítica respecto al trabajo sindical, para considerar cómo relacionarse más con el conjunto de la clase trabajadora, no solo con un sector minoritario e ideologizado.
Otra prioridad es la lucha contra las opresiones. Ante la subida actual de los discursos de odio, sería bueno que la CUP tuviera una posición y una actuación más definidas sobre estas cuestiones. Sin entrar en todos los debates teóricos, nos parece que cualquier fuerza coherente de izquierdas debería insistir en que la lucha contra todo tipo de opresión es tarea de cada persona socialista. Esto supone romper tanto con las posiciones de los partidos comunistas de hace medio siglo o más, como con las de filósofos como Foucault, para llevar a la práctica lo que defendían Marx, Lenin, Zetkin, Kollontai, etc.
El último punto que destacaríamos es más abstracto, pero en cierto sentido subyace los anteriores. Pediríamos una reflexión más global, sobre los elementos de visiones cerradas estalinistas (y en algunos casos de visiones también cerradas trotskistas), actualmente presentes en la CUP, para dar más peso a una visión del socialismo desde abajo. Se trata de una visión socialista basada en el poder colectivo y democrático de la gente trabajadora, en la autoorganización…





