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Marx21

Este titular puede sorprender a algunas persones que leen este boletín.

Pero este número incluye toda una sección de artículos sobre luchas sindicales muy diversas. Van desde una entrevista a una activista de la impresionante lucha de la enseñanza en Cataluña, pasando por la enorme huelga del metal en Pontevedra, hasta un amplio informe sobre las acciones del 1 de mayo en EEUU.

Con esto, queremos señalar un aspecto importante de la situación política actual. Queremos destacar la importancia de las luchas en el lugar de trabajo, y de la clase trabajadora como clase, en cualquier proyecto anticapitalista y socialista.

Un elemento clave de las ideas de Marx21, y de la corriente internacional de la que formamos parte, es que la emancipación de la clase trabajadora es obra de la propia clase trabajadora. Y debe quedar claro que cuando hablamos de la emancipación, esto incluye la liberación de las mujeres y de las personas LGTBI+, acabar con el racismo y con la opresión de las personas discapacitadas…

Esta visión, tristemente, no está muy extendida dentro de las izquierdas y los movimientos sociales. Más bien, existen otras visiones, enfrentadas entre sí, respecto a la lucha sindical y la cuestión de clase en general.

En un extremo está la visión ortodoxa —trasnochada— según la cual las luchas de los obreros en las fábricas son lo único que cuenta.

Así, combatir el racismo, la transfobia, el cambio climático, etc., carece de importancia, o incluso es una distracción que amenaza con dividir a esa mítica clase obrera masculina, blanca y heterosexual. (No exageramos: un libro exitoso de hace unos años se titulaba La trampa de la diversidad: Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora.)

En el otro extremo está la visión que ve la lucha de clases como algo del pasado. Así la clase social ya no importa o, como mucho, es solo un elemento más en una larga lista de opresiones.

Con esta visión se tiende a ver a la clase trabajadora —al menos a la europea— como una masa conservadora que, si quiere redimirse, debería empezar por “revisar sus privilegios”, como hombres, y/o blancos, y/o heteros o cis…

Hay huelgas

Aquí, deberíamos mirar la realidad de las luchas obreras, con las cifras de las huelgas.

La “famosa” IA de Google da una respuesta poco inspiradora: “El nivel de huelgas en España se encuentra en una tendencia general de descenso a largo plazo, manteniéndose en niveles históricamente bajos.”

Sin embargo, según un artículo en eleconomista.es, en los tres primeros meses de 2026 hubo cuatro veces más convocatorias de huelga que en el mismo período de 2025.

Según las cifras del Ministerio de Trabajo, en el primer trimestre de 2026, un total de 199.569 personas participaron en huelgas. La mayoría fueron mujeres, con un total de 116.498, siendo casi el 60%, frente a 83.071 hombres. Es más, el análisis por edad muestra que la franja más combativa fueron las mujeres de 45 a 49 años. Se desmontan varios estereotipos a la vez.

Esta diferencia de género se debe en parte a que el 87% de todas las personas que participaron en huelgas fueron del sector de servicios, más feminizado.

Pero los hechos rompen otros mitos.

La mayoría de las personas que hicieron huelga en el primer trimestre de 2026 tenían un contrato indefinido a jornada completa. Pero tres de cada diez huelguistas tenían contrato temporal, fijo discontinuo, de tiempo parcial… De nuevo, esto afectaba más a las mujeres.

Entre las personas que participaron en las huelgas, el 13% eran extranjeras. Entre la población de edad laboral, el 17% es extranjero, pero no olvidemos que muchas personas ni siquiera tienen documentación y deben trabajar de manera informal. En todo caso, casi una de cada siete personas que hace huelga es extranjera —y más aún serán racializadas, dada la creciente población racializada con nacionalidad española, de nacimiento o adquisición— lo que rompe el mito de la lucha sindical como “cosa de obreros blancos”.

La clase trabajadora y el cambio social

Hay que reconocer lo obvio, que la clase trabajadora es casi tan diversa que la población en general: solo excluye a los millonarios y empresarios.

Y esta clase trabajadora diversa tiene un poder específico, como clase.

El capitalismo depende de la mano de obra para funcionar, para obtener los beneficios de la clase dirigente. Por mucho que hablen de robots, IA y el resto, cada vez que les impacta una huelga, los jefes se quejan de cuánto dinero les costará.

El mismo sistema capitalista da lugar a la clase trabajadora como clase colectiva. Nos agrupan en lugares de trabajo, que pueden ser fábricas, oficinas, hospitales, escuelas, centros de llamadas… Aquí, nos podemos organizar para defender lo que —en unos momentos más que en otros— vemos que son intereses compartidos y colectivos.

Contrariamente a lo que dicen muchos todólogos/tertulianos, la organización sindical no la crean agitadores pagados por Moscú o Venezuela, sino que surge casi espontáneamente, de la propia gente trabajadora.

Una función clave de las opresiones es intentar debilitar esta tendencia hacia la solidaridad colectiva, con la vieja táctica de “divide y vencerás”. Por esto, es esencial insistir en la unidad de la clase trabajadora. Debemos insistir en que las personas trabajadoras —negras y blancas, hombres y mujeres, LGTBI+ y hetero…— formamos parte de una sola clase.

Pero esta unidad no se consigue fingiendo que las opresiones no existen, sino mediante una lucha intransigente y unitaria contra todas ellas. Como explicó muy claramente David Stiggers —presidente del sindicato de transporte ATU de Minneapolis, EEUU, una persona clave en las protestas contra el ICE—, un movimiento sindical coherente debe constituir un elemento clave de la lucha contra el fascismo, el racismo… contra todo tipo de opresión.

Necesitamos a más personas que impulsen una lucha de clase antirracista, y una lucha contra el racismo —de hecho, contra cualquier opresión— que entienda la importancia de la clase trabajadora.