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Judy Cox

Gran parte de las mujeres en el Estado español ahora trabajan fuera de casa. Son más de 7 millones, frente a menos de 3 millones de mujeres que se definen como “amas de casa”. Esta última cifra ha bajado en un 43% desde 2002, y la mayoría de las “amas de casa” actuales tienen más de 70 años.

Las mujeres en el hogar encontraron maneras de organizarse colectivamente, pero quienes trabajan fuera de casa tienen el poder de transformar el sistema.

A pesar de que muchas mujeres trabajamos fuera de casa, seguimos encargándonos de la mayor parte del cuidado de las criaturas, y las tareas domésticas.

La derecha insta a las mujeres a buscar la realización personal sirviendo a sus maridos. Pero no hay nada natural en una mujer limpiando el polvo.

Hace más de 100 años, la revolucionaria rusa Alexandra Kollontai argumentó: “El capitalismo ha impuesto a la mujer una carga que la aplasta; la ha convertido en asalariada sin disminuir sus responsabilidades como ama de casa y madre”.

Kollontai y otras destacadas figuras del marxismo eran conscientes de la miseria que el trabajo doméstico imponía a las mujeres. Lenin describió cómo el trabajo doméstico encadenaba a las mujeres a la cocina y a la habitación de las criaturas, y desperdicia su trabajo en una “labor monótona, improductiva, mezquina, extenuante, asfixiante y aplastante”.

El marxismo no solo condenó las miserias del trabajo doméstico. Analizó el papel que desempeñaba el trabajo doméstico femenino en el sistema y diseñó una estrategia para liberar a las mujeres de las tareas del hogar.

Antes de la revolución industrial, los hogares eran centros de producción y todos los miembros de la familia contribuían a la economía familiar.

Sin embargo, los métodos de producción capitalistas implicaron la creación de fábricas y molinos. El trabajo asalariado se separó del trabajo doméstico y las mujeres que trabajaban ya no podían cuidar de sus familias.

Muchos trabajadores lucharon por un “salario familiar”, lo que significaba que los hombres cobraban más para que las mujeres pudieran quedarse en casa y cuidar de los demás. Las mujeres se volvieron dependientes de los hombres.

Las mujeres aisladas en el hogar encontraron formas de organizarse colectivamente. Pero la idea del hombre como proveedor y la mujer como ama de casa justificaba los bajos salarios y la segregación laboral, y consolidó el papel de la mujer como ama de casa.

Una estrategia para abordar esta desigualdad fue la campaña por el salario del trabajo doméstico, que comenzó a principios de la década de 1970. Las feministas socialistas argumentaban que el trabajo doméstico era necesario para la creación de fuerza de trabajo y debía ser remunerado. Es justo destacar todo el trabajo no remunerado que realizamos las mujeres, pero pagarnos un salario por las tareas domésticas no es la solución.

Los ricos ya les pagan a las mujeres un salario por hacer las tareas del hogar y cuidar de sus hijos.

Pagarles más dinero a los hombres para que se lo den a sus parejas solo afianzaría la dependencia de las mujeres de los hombres que aportan el sustento económico.

Teóricamente, el Estado podría pagar un salario por las tareas domésticas, pero son los políticos de derechas quienes quieren usar las exenciones fiscales para incentivar a las mujeres a tener más hijos. No les interesa empoderar a las mujeres.

El cuidado de los seres queridos da forma a nuestras vidas. También es una parte esencial de la reproducción social del sistema, que necesita una fuerza laboral sana ahora, y una nueva generación de trabajadores para el futuro. El capitalismo no podría funcionar sin este proceso.

Pero cuidar, cocinar y limpiar no crea plusvalía. Una comida que preparo para mi familia tiene valor de uso, pero no tiene valor de cambio.

Pero si compro comida preparada por otra persona, sí tiene valor de cambio y sí genera ganancias para los capitalistas.

La búsqueda incesante de nuevas formas de obtener ganancias transforma las tareas domésticas. Los electrodomésticos, como lavadoras, refrigeradores y microondas, provocaron un alejamiento de los servicios comunitarios, pero no les dieron más tiempo libre a las mujeres.

Marx argumentó que, para ayudar a las mujeres, “el trabajo doméstico, como coser y remendar, debe ser reemplazado por la compra de artículos confeccionados”. Esto ha sucedido, pero solo ha permitido que las mujeres trabajen para pagar cosas para las que no tienen tiempo… porque trabajan.

Las mujeres que trabajamos fuera de casa podemos organizarnos para luchar por la igualdad salarial y mejores condiciones, afectando las ganancias de los jefes. Las maestras y enfermeras tienen el poder colectivo para transformar el sistema que necesita el cuidado infantil y la atención médica.

En última instancia, debemos considerar la posibilidad de convertir las tareas domésticas en una responsabilidad social y crear alternativas colectivas a la familia nuclear privatizada. Mientras tanto, tiremos el plumero a la basura.