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Paco Priego, Marx21

Estos días festivos hemos asistido a un acto aberrante, el desahucio de unas personas sin techo que se habían refugiado en las instalaciones abandonadas de una antigua escuela fuera de servicio.

Se ha hecho en pleno invierno y con la amenaza de un inminente temporal de lluvia, sin proveerlas de una alternativa, tal y como establece la ley.

Este acto no es solo aberrante por su crueldad, sino además por coincidir en el tiempo con las fiestas navideñas, una época en la que, nos dicen, deberíamos celebrar la paz y la fraternidad. Pero, nuevamente, hemos empezado con un acto digno del propio Scrooge, el despreciable personaje creado por la pluma de Dickens.

Desgraciadamente, detrás de este acto no hay ningún personaje de ficción, sino uno de carne y hueso, el polémico alcalde de Badalona, Xavier García Albiol. Un personaje que muchos no saben percibir en su complejidad.

Algunas personas dicen que Albiol marca la nueva línea ideológica de un PP cada vez más indistinguible de VOX y otras formaciones de ultraderecha. Quizás es verdad que sea parte de esta línea, en la que también podemos situar a Ayuso, pero no nos engañemos, Albiol no tiene nada de nuevo.

Ya estaba cuando se fundó VOX, en el 2013. De hecho, ya estaba, cuando se fundó PxC, formación pionera de la ultraderecha catalana, a la que vio nacer y morir (2002-2019). Ha estado ahí, con ese mismo discurso, desde los años 90 del siglo pasado.

Él no ha cambiado, su partido sí. Quizás ahora hay más voces como la suya dentro del partido, pero durante mucho tiempo fue un verso libre incómodo, al que se toleraba porque daba al partido conservador hegemónico en el Estado español su primera, y durante mucho tiempo única, posición de poder en Catalunya, un territorio tradicionalmente hostil para ellos.

Extraño

Albiol, de hecho, es un personaje extraño dentro de la derecha en general y del Partido Popular en particular, un espacio liderado tradicionalmente por personajes de apellidos ilustres.

Por el contrario, él es hijo de una familia trabajadora. Su madre regentaba una popular peluquería en La Morera, un barrio de clase trabajadora. También solía hacer de apoderada en las elecciones para el PP y para su predecesor, Alianza Popular, así que el joven Albiol creció dentro de un hogar conservador, y con tradición de implicación en la política.

Podríamos hacer un chiste fácil con lo de que creció, dado que el rasgo físico más destacado del personaje es su estatura, si no fuera porque hablamos de Badalona, un lugar donde el baloncesto es religión, y el hecho de que el actual alcalde haya defendido la histórica camiseta del Joventut de Badalona cuando era joven añade puntos a su popularidad.

El caso es que, a los veinte años, Albiol decidió que su destino no era calentar el banquillo de la Penya o rodar por equipos de nivel inferior, y colgó las zapatillas para dedicarse plenamente a la política. En 1991, con 23 años, fue elegido concejal por el PP en el ayuntamiento de Badalona.

Para entender a Albiol, hay que entender también la lamentable historia de las izquierdas en Badalona, empezando por la agria disputa ya en tiempos de la Transición entre Marius Díaz, del PSUC, y Joan Blanch, del PSC, así como el esperpéntico cisma que este último protagonizó en los años 90 dentro del PSC de Badalona, hechos que crearon un sentimiento de descrédito de la izquierda que el joven candidato del PP supo aprovechar.

Pronto empezaron también sus salidas de tono. En el año 94, a raíz del establecimiento del registro de parejas de hecho, comparó la unión de parejas del mismo sexo con tener una mascota.

Pero es en los 2000 cuando el personaje populista que todos conocemos estalla plenamente. En 2006 protagonizó una pelea con manifestantes que protestaban durante un acto del PP. Para las elecciones municipales de 2007 centró su campaña en la seguridad, ligando este tema con la migración.

En 2009 calificó el barrio del Gorg, entonces una zona en pleno reordenamiento urbanístico, llena de solares vacíos y naves abandonadas, de zona de guerra. En 2010 fue la comunidad rumana el foco de su retórica xenófoba.

Imagen

Pero, junto a estas salidas de tono, también sabe construirse una imagen de político cercano, que pisa la calle y habla con los vecinos con tono distendido, de igual a igual. Alguien a quien se le puede perdonar que diga alguna barbaridad de vez en cuando porque, al fin y al cabo, todos lo hemos hecho alguna vez, ¿verdad?

En 2011 finalmente gana por primera vez la alcaldía, con una campaña extraña, con una estética muy personalista, y donde la marca PP estaba casi escondida en los carteles. Un acto de rebeldía rayando en la falta de respeto hacia su propia organización que, a pesar de todo, le fue tolerado. Una tolerancia basada probablemente en que el PP necesitaba a Albiol entonces más de lo que Albiol necesitaba al PP.

Su primer mandato fue tormentoso y plagado de crisis en el equipo de gobierno, pero él consiguió salvar su imagen de aquel caos, y decidió redoblar la apuesta para el 2015. Este es el año del famoso “Limpiando Badalona”. Logró de nuevo ser el candidato más votado, pero se le hizo un cordón sanitario, y perdió la alcaldía ante Dolors Sabater, de Guanyem Badalona.

Es entonces cuando el PP prueba a hacer del estrambótico personaje su cabeza de lista para las elecciones al Parlament de Catalunya, en plena efervescencia del “Procés” independentista. La cosa no funcionó, quizás porque la fórmula Albiol no es extrapolable.

En el fondo, Albiol es un cacique, y como tal, es indisociable de su feudo, en este caso Badalona, la ciudad cuya geografía ha recorrido a conciencia, y de la que conoce todos sus mitos y anhelos, pero lo que es más importante, todos sus complejos. Fuera de este marco, es un pez fuera del agua, y él mismo parece que lo entendió así, porque después de esto, decidió centrarse en la política municipal.

En Badalona, mientras tanto, el pacto de izquierdas había saltado por los aires entre reproches, y el PP aprovechó para hurgar en la herida, apoyando una moción de censura del PSC que en 2018 hizo alcalde a Àlex Pastor. En 2019 el PP volvió a ser la lista más votada, pero nuevamente un pacto de izquierdas relegó a Albiol, a favor ahora de Àlex Pastor, quien perdió la alcaldía en 2020, forzado a dimitir después de protagonizar un incidente grotesco, cuando fue pillado conduciendo bebido.

La falta de entendimiento entre los grupos de izquierda para elegir a un candidato de consenso hizo que Albiol recuperara la alcaldía sin proponérselo, pero la perdió al año siguiente, a consecuencia de una nueva moción de censura, al resultar salpicado por el escándalo de los “papeles de Pandora”. Pero en 2023 volvió a ganar las elecciones municipales, ahora ya con mayoría absoluta.

Suburbio

Decía que Albiol, como buen cacique, conoce bien qué es lo que acompleja a sus conciudadanos.

Especialmente, la sensación de ser un suburbio más de Barcelona, una ciudad dormitorio conocida solo por una fábrica de licor de anís y un equipo de baloncesto. Muchos vecinos y vecinas sienten que este personaje deslenguado hace que el nombre de su ciudad sea respetado.

El “Limpiando Badalona” debe entenderse dentro de este contexto, el de unas y unos vecinos que sienten que su ciudad es el patio trasero de Barcelona, el lugar donde esconder todo lo que no se ve bonito en la gran metrópoli postolímpica. Una percepción muy sesgada, pero que existe, y que Albiol ha sabido explotar.

Es de este complejo que nace la conformidad con políticas estrambóticas, como entrar en competición por las luces de Navidad con la propia Vigo, pero también perjudiciales, como la de cerrar en 2024 el único albergue para personas sin hogar que existía en la ciudad. Básicamente, se trata de expulsar cualquier cosa que parezca fea y que, por tanto, pueda remover el arraigado complejo de aquellos que han vivido toda su vida a la sombra de la fama de la gran Barcelona.

Y aquí debemos hablar de que la vieja escuela que servía de refugio a las personas sin techo recientemente desahuciadas ya era un espacio con un pasado vergonzoso para muchas y muchos badaloneses.

Seguramente muchos de ustedes habrán oído en las noticias que este sitio era mencionado con un aséptico acrónimo, B-9, más apropiado para un modelo de automóvil que para una escuela. Y es que este edificio ya arrastraba una triste historia de marginalidad mucho antes de convertirse en refugio para gente sin techo.

B-9 en realidad hace referencia al antiguo instituto de educación secundaria Badalona 9, y que cuando estaba operativo no llevara el nombre de ninguna figura histórica, como sería habitual, ya debería darnos una pista.

Estigma

Ubicado en el barrio de Sant Roc, esta escuela secundaria siempre llevó consigo un estigma de conflictividad y fracaso escolar. En los prejuicios populares, Badalona 9 era sinónimo de delincuencia juvenil, tanto como lo era de marginalidad el barrio en el que se ubicaba, ampliamente considerado como un gueto gitano.

Es muy fácil trazar una línea conductora del pasado al presente, utilizando los prejuicios sobre este edificio como un histórico refugio de delincuentes de piel oscura.

Creerse el relato racista de un edificio maldito, ubicado en un barrio maldito poblado por gente diferente, olvidando que la vida real no es ningún cuento de terror de Lovecraft, y la marginación no tiene nada que ver con las “exóticas” creencias de los “diferentes” (como gustaba de contar dicho autor, un racista reconocido) sino con decisiones tomadas en despachos de las partes buenas de la ciudad, por hombres blancos que celebran hipócritamente la Navidad mientras desahucian a las personas más desfavorecidas en medio de un temporal de lluvia y frío. Herederos dignos (o más bien indignos) de aquellos que en el pasado crearon las condiciones materiales de pobreza y abandono que hicieron de ese barrio un lugar tan conflictivo.

Es muy fácil criticar al vecindario que apoya a su alcalde cuando toma una decisión tan aberrante, sin conocer la historia de fondo. Hay que entender que hablamos de unas y unos vecinos que llevan mucho tiempo sintiéndose un suburbio marginal de la gran Barcelona, abandonados por las instituciones y traicionados por unas izquierdas más preocupadas por sus propias luchas por la hegemonía en su espacio, y por sus propios conflictos y cismas internos, que por escucharles.

En este clima, Albiol ha sabido pulsar la fibra del orgullo de barrio, el mismo orgullo que saca al vecindario a las calles a celebrar cada vez que el Joventut de Badalona derrota al todopoderoso F.C. Barcelona, y que él conoce tan bien de su época de deportista.

Empeora

Es cierto que su política de sheriff de western, que echa de su pueblo al forastero problemático para que sea el problema de otros, no resuelve nada y además empeora el problema, pero hay mucha gente a la que, si la queja viene de Barcelona, ya les va bien.

Desgraciadamente, revertir esta percepción de abandono no se logra criminalizando a estas y a estos mismos vecinos, sino con unas izquierdas que estén más preocupadas por pisar la calle y escucharles, como sí ha hecho este alcalde, y menos por sus guerras fratricidas.

La verdadera causa de la derrota de la izquierda en Badalona es ésta, y hay que reconocerlo, si queremos remediarlo. Si no, tendremos Albiol para largo.