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Manuel Izquierdo

El pasado domingo 21 de diciembre tuvieron lugar las últimas elecciones del año en cualquiera de las administraciones que constituyen el Estado español.

Más de 800.000 extremeños y extremeñas estaban convocados a las urnas, aunque solo un 63% ejercieron su derecho a voto. Pero más allá de los fríos números de votos de las distintas formaciones y la participación, podemos extraer lecciones valiosas de estos comicios.

Desafección

En primer lugar hay que señalar la baja participación. En toda la historia reciente de recuperación de la democracia liberal desde el franquismo, nunca antes tan pocas personas habían votado en las elecciones de la Junta de Extremadura.

Sin embargo, es una tendencia que ya empezó en 2019.

Lo que ha ocurrido en Extremadura no debe ser visto como algo aislado, es una tendencia que se extiende por todo el mundo. Lo que los políticos profesionales —a años luz del revolucionario profesional que pregonaba Lenin— plantean como su alternativa está cada vez más alejada de los problemas de la gente corriente. Dependen de la financiación de bancos y grandes empresas, corrupción legal que de vez en cuando asoma como la punta del iceberg con casos de corrupción individual. Pero como decía el célebre Lester Freamon en la maravillosa serie The Wire, hay que seguir el rastro del dinero.

El plebiscito de Guardiola

La actual presidenta María Guardiola lanzaba esta convocatoria electoral, según decía, porque no la dejaban aprobar sus presupuestos. Ese objetivo no ha sido cumplido, a pesar del aumento en 9.000 votos de la dirigente del PP.

El PP en Extremadura sigue dependiendo de los neofranquistas de Vox que doblan sus votos y escaños.

Pero esta convocatoria hay que leerla en clave estatal. El PP de Feijoo quiere aprovechar al máximo el desgaste del gobierno por los casos que van saliendo a la luz de corrupción y acoso sexual del entorno del presidente Sánchez. Como un boxeador noqueado al que no acaban de derribar y sigue recibiendo golpes.

La estrategia de Vox sigue siendo la misma, las elecciones autonómicas no son más que unas etapas que la formación ultraderechista quiere aprovechar para sacar un buen resultado en unas próximas elecciones generales y alcanzar ministerios a nivel estatal. Todo está supeditado a ello; no resulta nada extraño en una formación cuyo fin último es la disolución de las autonomías o vaciarlas al máximo de competencias.

Hundimiento del PSOE y el renacimiento de Unidas Podemos

El PSOE fue el mayor perdedor de la noche. En uno de sus bastiones como lo fue antaño Andalucía, las políticas socioliberales del actual gobierno estatal, incapaz de atajar problemas como el acceso a una vivienda digna o el coste de la vida con los actuales salarios, el partido de Sánchez se desploma.

Si a lo anterior sumamos candidatos como Gallardo, meros burócratas que no disimulan que la política para ellos es solo una forma de beneficiarse personalmente. Su papel en el presunto enchufe del hermano de Pedro Sánchez y su dimisión como líder pero manteniendo su condición de aforado lo retratan.

Las buenas noticias llegaron desde la izquierda. Unidas por Extremadura, coalición de Podemos, IU y Alianza Verde, casi duplican sus resultados y pasan de 4 a 7 escaños, mejor resultado para cualquier formación a la izquierda del PSOE en la historia de la región.

¿Qué ha ocurrido con la izquierda extremeña? En primer lugar, a mi juicio la ausencia de SUMAR en la coalición. Aunque SUMAR es un resultado —deseado o no— de la estrategia de la dirigencia de Podemos, aparece desde hace tiempo como un mero apéndice silencioso del PSOE. Es verdad que la beligerancia de los cargos en el gobierno ocupados por miembros de Podemos no iban más allá de una batalla dialéctica —quizás con la excepción del Ministerio de Igualdad dirigido por Irene Montero— pero la estrategia de SUMAR de aparecer como la izquierda que no grita y con absoluta lealtad institucional no parece la mejor fórmula en tiempos trumpistas, en los que las opciones que aparecen como más rupturistas suelen cosechar más apoyos, tanto a izquierda como a derecha.

Otro factor, a mi juicio, ha sido la campaña desarrollada, centrada en los problemas cotidianos de la gente y no en luchas intestinas. Tampoco creo que se pueda obviar el carisma de Irene de Miguel, dando la impresión de ser una persona corriente que entiende los problemas de la gente trabajadora.

Sin embargo, la estrategia de Podemos a nivel estatal no tiene mucho recorrido si el fin último es conseguir unos cuantos ministerios. Porque si bien es verdad que la operación SUMAR —como denuncia su dirigencia— para sustituirlos por una izquierda institucional más dócil ha sido una realidad, también es verdad que Podemos en el gobierno asumió enormes contradicciones que probablemente también erosionaron su base social.

Y aunque siga siendo una formación que no es financiada por los bancos, que la derecha y la progresía mediática sigue vilipendiado o que hable claro contra el rearme y por la consecución de los derechos sociales, el hecho de no impulsar los movimientos desde abajo y en la práctica supeditarse al juego institucional solo llevará a nuevas desilusiones.