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Jesús Melillero

En las últimas semanas han saltado a la opinión pública graves casos de corrupción del número dos del PSOE, Santos Cerdán. Las valoraciones han sido de distinta índole, la mayoría han sido el típico discurso antipolítica de la extrema derecha, de que todos los políticos son iguales… menos ellos. Para Pedro Sánchez y los defensores del gobierno “progresista” se trata de “manzanas podridas” porque no existe la “corrupción cero”.

Desde un punto de vista marxista, la situación es más compleja.

Leitmotiv del capitalismo español

El capitalismo español presenta algunas peculiaridades con respecto al de otras democracias liberales. Los casi 40 años de franquismo fueron una dictadura fascista de los ricos, a los que se les premiaba por su apoyo al Régimen mientras la falta de una sociedad civil mínimamente organizada hacía de esta impunidad la normalidad del sistema. Con la muerte del dictador y la Transición a un sistema homologable a los de nuestro entorno, las mismas familias siguieron controlando sus grandes empresas. No hubo depuración del aparato del estado, menos todavía del poder económico aliado del franquismo.

Con la UCD primero y con la consolidación del nuevo régimen con el PSOE de Felipe González a partir del año 82, las relaciones entre el poder político y el económico continuaron. La llegada del PP al poder en 1996 culminó con su apuesta por el ladrillo —grandes constructoras— que Zapatero continuó, y que acabó con el 15M en 2011 y una crisis —que no descomposición— del régimen y sus instituciones.

 ¿La corrupción inherente al ser humano?

El mismo presidente del gobierno ha argumentado que es algo que ocurre en todos los partidos políticos. No se puede negar que cuando hay poder y dinero en el capitalismo la corrupción aparece. ¿Pero es la naturaleza humana? Los seres humanos tenemos en común que necesitamos alimento, vestido o vivienda para desarrollarnos. La cultura también nos hace humanos.

Sin embargo, ¿qué necesidad vital justifica que unos pocos individuos —grandes empresarios y los políticos alineados con sus intereses— se apropien de millones de euros creados por el conjunto de los y las trabajadoras? No hay nada más contrario a la naturaleza humana, una especie social que no hubiera sobrevivido sin la colaboración entre sus congéneres, como la corrupción.

En definitiva, las condiciones materiales bajo las que nos encontramos en este sistema determinan que robar y empobrecer a la mayoría sea normal para millones de personas.

El socialismo como solución

Las medidas anticorrupción deben ser saludadas por cualquier persona mínimamente progresista. Las auditorías externas, la no financiación de los partidos por los bancos o la expulsión de los condenados por corrupción no son medidas inútiles.

Sin embargo, existen algunos problemas para llevar a cabo incluso las medidas limitadas.

Por una parte, la capacidad de las grandes empresas para comprar a cualquier persona. Eso tiene que ver con la acumulación obscena de riqueza en unas mínimas manos en el capitalismo.

Por otra parte, está la ausencia de una democracia real capitalista. Cuando no tenemos ningún control ni rendición de cuentas sobre nuestros representantes, más allá de votar cada cuatro años, la ficción democrática se desvanece.

Por tanto, mientras las grandes empresas sigan ahí y no sean expropiadas en beneficio de la mayoría, las medidas bienintencionadas se quedarán en eso. Que no nos engañen, el problema no son los cuatro políticos golfos, sino un sistema al que hay que derrocar.