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Laura Rivera

El pasado miércoles 16 de abril, el Tribunal Supremo del Reino Unido emitió una sentencia sobre la definición de “mujer” al más puro estilo años 50.

Tras seis años de despilfarrar el dinero de sus benefactores millonarios, For Women Scotland conseguía ganar un juicio que había perdido en dos ocasiones anteriores contra el Gobierno escocés.

El motivo del caso es que, en 2018, el Gobierno escocés incluyó a las mujeres trans en sus cuentas sobre paridad de género en cargos gubernamentales. Su razonamiento se basaba en la lectura de la Ley de Igualdad 2010, que define nueve características protegidas contra las que es ilegal discriminar.

La categoría de “sexo” fue inicialmente redactada de forma inclusiva, entendiéndose por “sexo” tanto aquel asignado al nacer como el adquirido a través de una transición. Esta definición reconoce el sentido común, que dice que las mujeres no andamos por la calle sin ropa, así que tanto mujeres trans como cis (es decir, no trans) pueden sufrir machismo al ser percibidas como mujeres, sea lo que sea que tengamos entre las piernas.

Lo que debería haber sido un detalle nimio se convirtió en una batalla legal cuando For Women Scotland fue creado con la única finalidad de llevar este caso a juicio y encontrar cualquier excusa legal para atacar a las mujeres trans.

Puesto que no han llevado a cabo ninguna otra campaña por los derechos de la mujer, el mito de que existen para protegernos se cae por sí solo. Son un grupo de odio, única y exclusivamente.

El ambiente social cada vez más reaccionario ha permitido una sentencia que reduce a las mujeres a su función biológica.

Según los hombres cis del tribunal supremo, las mujeres somos un útero andante, y la presencia de este órgano debe condicionar todos los ámbitos de nuestra vida.

De ahora en adelante, la categoría protegida de “sexo” solo cubre a aquellas personas asignadas como mujer al nacer. Lo que tantas mujeres lucharon durante años —el derecho a ser vistas como algo más que nuestra biología— ha sido borrado de un plumazo.

Excluir

La Ley de Igualdad 2010 permite crear espacios exclusivos para miembros de categorías protegidas siempre que los medios sean proporcionados y el fin esté justificado. Por tanto, al enmendar la definición de “sexo”, esta sentencia abre las puertas a poder excluir a mujeres trans de espacios para mujeres si se designan espacios para un solo “sexo”.

Aunque no es una obligación legal que todos los espacios para mujeres excluyan a las mujeres trans (por ejemplo, no se ha dicho nada de los baños todavía), los grupos de odio ya han comenzado a hacer presión y a amenazar con denuncias contra el sistema público de salud para que comience a excluir a mujeres trans de los espacios solo para mujeres de los hospitales.

En un giro aún peor de los acontecimientos, la policía de transporte ha anunciado que va a permitir que hombres registren, llegando a poder desnudar en este registro, a mujeres trans.

La pregunta es, ¿cómo pretenden saber quién es trans y quién no? La respuesta es esta: simplemente se van a basar en estereotipos de género de cómo tiene que ser una mujer.

Es ilegal resistirse a un registro, así que esta sentencia ha dado permiso para que un policía desnude a cualquier mujer a la que consideren demasiado masculina.

Viendo el historial de la policía británica, sobre el que se estima que violentan a una mujer cada semana, el abuso de poder es inminente. Pero esto era para proteger a las mujeres, ¿verdad?

Problemas

Este caso nos enseña varias cosas.

La primera es que, si tienes suficiente dinero, puedes dictar la ley tal y como quieres.

La segunda es que los tribunales, el Estado y los medios no dudan en hincar la rodilla ante la clase dominante, que ha aprovechado para culpar a las personas trans de los problemas que ellos han causado. En un país donde menos del 1% de las agresiones sexuales que se denuncian llegan a penas de cárcel, donde cada tres días una mujer es asesinada por su pareja hombre o ex pareja, el verdadero peligro para las mujeres no viene de las mujeres trans, sino de los hombres cis.

Francamente, si un hombre quiere hacerle daño a una mujer, le sale más rentable hacerlo abiertamente y a plena luz del día como hombre, puesto que en esta sociedad los violadores y maltratadores reciben mejor trato que las mujeres trans que solo están viviendo su vida.

En un país donde el Gobierno ha recortado 10.000 puestos del sistema de salud público, donde los costes de guardería llegan a 1.747 euros al mes, donde el Gobierno ha recortado las pensiones de las mujeres viudas pero no le ha subido impuestos a las grandes fortunas, donde las madres están dejando de trabajar porque no se pueden permitir mandar a sus hijos a una guardería, el causante de nuestros problemas no son las mujeres trans, es un sistema que deja que unos pocos se lo lleven todo y nos fuerza al resto a pelearnos por las migajas.

Este caso también nos advierte que, si por los grupos de odio fuera, las mujeres nos dedicaríamos solo a tener hijos, cuidar del hogar y ser delicadas y femeninas, no vaya a ser que nos acusen de ser una malvada mujer trans.

Esencia

Es una victoria total al esencialismo biológico, que cree que las mujeres cis compartimos una esencia y experiencia universal dictada por la biología, que nos hace puras y buenas, mientras que los hombres cis comparten una esencia totalmente distinta que los hace violentos, asertivos y peligrosos.

Pero lo más importante es que este caso —y las protestas que ha provocado— nos enseña cómo debemos concebir los movimientos por los derechos humanos.

Este caso nos enseña que los derechos se luchan entre todas y para todas. No es coincidencia que los avances más importantes en derechos del último siglo se dieran en situaciones en las que los poderosos sentían que tenían el agua al cuello.

Por ejemplo, en los años 60, la lucha por el derecho a abortar la podrían haber llevado a cabo solo las mujeres cis. Sin embargo, la izquierda socialista reconoció que la unidad hace la fuerza, y nada tiene más fuerza y poder que la clase trabajadora organizada.

No es una unidad automática, y las socialistas británicas tuvieron que ganarles el pulso ideológico a sus compañeros de trabajo hombres, argumentando que el derecho al aborto es un problema de clase. Las mujeres cis ricas abortan donde quieren con tan solo coger un avión, las mujeres cis pobres mueren en un callejón con un aborto clandestino.

Hoy en día, las mujeres trans ricas desaparecen durante un mes y reaparecen con el aspecto que quieren, mientras que las mujeres trans pobres se ven forzadas a los márgenes, el paro, las deudas médicas y la violencia transfóbica.

Finalmente, todos los sindicatos apoyaron el derecho al aborto y la enorme central sindical del país —el TUC, Congreso de Sindicatos— llamó a millones de trabajadores a manifestarse por el derecho al aborto. El razonamiento es simple: si el jefe puede hacer que nos peleemos solo porque tú eres gay, yo soy mujer, el compañero es negro y la compañera es trans, ¿cómo narices vamos a organizarnos para que nos pague a todas y todos un salario digno?

Tenemos que trasladar este sentimiento al movimiento por los derechos de las mujeres trans. Y el movimiento está demostrando estar a la altura.

Manifestaciones

En los últimos días, se han producido más de 20 manifestaciones contra la sentencia, que han puesto en la calle a 40.000 personas en ciudades como Londres, Manchester, Glasgow, Leeds, Sheffield, Bristol, Brighton y un largo etcétera.

La presencia de los sindicatos es clave, uniendo la lucha obrera con la de los derechos trans porque son la misma lucha contra un sistema que nos quiere enemistadas y explotadas.

Los aplausos más grandes son para los discursos que mencionan la unidad entre colectivos, mujeres cis y trans, y sobre todo la clase trabajadora luchando contra el 1% que es la verdadera causa de todos nuestros problemas —los ricos.

En los próximos días se van a producir reuniones masivas de distintos sindicatos para hablar de los siguientes pasos, con propuestas que incluyen la huelga si se implementan medidas transfóbicas.

Tenemos que hacer que esta sentencia sea imposible de aplicar. Y podemos ganar, pero el poder no está en las cortes o en los gobiernos —está en la clase trabajadora que es mayoría.

Un mundo sin opresión es posible, y en nuestras manos están las herramientas para conseguirlo. Solidaridad con todas las compañeras, compañeros y compañeres trans y no binaries, nuestra lucha es la misma.


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