Paco Priego
El pasado día 3 de septiembre, conocíamos la noticia de que el agitador de ultraderecha Alvise Pérez, en su recién estrenada condición de eurodiputado, había votado en contra de las subvenciones públicas a la tauromaquia en la Comisión de Agricultura.
“He votado no a subvencionar el espectáculo del toro de lidia, pese al apoyo total que PP y VOX han dado a dicha financiación. Y no solo porque no me guste que el dinero público se tire en financiar espectáculos privados, sino porque la acción política de SALF no permitirá financiar públicamente nada en donde un solo animal sea maltratado por mero ocio”, indicó el líder de la recién creada agrupación Se Acabó La Fiesta (SALF).
Pocos días antes, otro personaje mediático de la ultraderecha, Dani Esteve, líder de Desokupa, entrevistado por el periodista Juan Ramón Lucas, negaba su apoyo a VOX por esta misma razón. “Soy de derechas, pero no voto a Vox porque soy animalista y no me gustan los toros”, fueron sus palabras.
Estas declaraciones podrían parecernos contradictorias con la imagen que tenemos de la ultraderecha española, pero merece la pena prestar atención, porque, lejos de ser anécdotas, son los últimos exponentes de una tendencia que tiene ya un recorrido muy largo, y es la de la extrema derecha intentando infiltrarse en la lucha animalista y, en algunos casos, utilizarla como un altavoz más de su discurso de odio.
Caricatura
En el Estado español tenemos una imagen estereotipada de la ultraderecha, que podría resumirse en el clásico facha de domingos de misa y tardes de toros.
Los estereotipos, usados siempre con mucho cuidado, pueden ser útiles en el arte de la caricatura, pero siempre son nefastos como herramienta de análisis social, puesto que limitan nuestra visión de una realidad que siempre es mucho más compleja.
Bajo el filtro de ese estereotipo, estas declaraciones nos podrían parecer cómicamente contradictorias, pero en realidad nos muestran algo que permanecía oculto a simple vista. Últimamente no es extraño encontrarse en redes sociales perfiles de usuarios que combinan, a partes iguales, publicaciones sobre santuarios animales y adopción de mascotas, con diatribas contra la migración o la supuesta agenda “woke”.
Hace poco leí un hilo en X (ex-Twitter) donde una persona, involucrada en la lucha por el bienestar animal, exponía los problemas que le ocasionaba, con algunos compañeros, el hecho de estar afiliado a un partido de izquierdas, y en diversas respuestas, se evidenciaba que esto ya es un problema común en muchos de esos espacios.
La historia de la ultraderecha en el mundo animalista es larga.
Todos y todas hemos oído alguna vez hablar del Hitler vegetariano. Este mito, no del todo históricamente exacto, así como algunas leyes de protección animal promulgadas en la Alemania nazi, forman parte del imaginario de bastantes grupos de la ultraderecha.
Pero el verdadero hito en la conexión moderna entre animalismo y ultraderecha se daría en los 90, cuando la actriz y conocida activista por los derechos animales francesa, Brigitte Bardot, contrajo matrimonio con Bertrand d’Ormale, colaborador de Jean-Marie Le Pen. Conocidas son sus diatribas a partir de entonces, en las que usaría festividades y tradiciones como el Eid al-Adha musulmán para mezclar derechos animales y racismo. La actriz ha apoyado públicamente a Marine Le Pen en numerosas ocasiones.
Desde entonces, el usar el trato cruel contra los animales como excusa para denigrar minorías ha sido un clásico de la ultraderecha, y bulos como el recientemente propagado por Donald Trump sobre los inmigrantes haitianos robando mascotas, para sacrificarlas y consumir su carne, se inscriben en este contexto.
El Estado Español no es ajeno a este clima. En enero de 2019, la abogada y activista animalista María Girona Ayala fue ampliamente criticada por participar en una charla sobre la Ley de Violencia de Género en la sede del grupo filonazi Hogar Social Madrid.
La misma persona aparecía en 2020 como creadora del partido político Por Todos. Un vistazo a su página web o a sus redes sociales nos muestra la misma grotesca mezcla de postulados en defensa de los derechos animales, con diatribas contra la migración, los okupas o la Ley de Violencia de Género. Dicha formación intentó recientemente unirse a las acusaciones particulares del caso contra Begoña Gómez, siendo incapaces de reunir la fianza requerida para ello.
Otro grupúsculo es Patriotas Españoles Contra la Tortura Animal (PECTA), creado según ellos para evitar que la izquierda monopolice la lucha en defensa de los animales.
El último eslabón de esta cadena podrían ser las declaraciones de Alvise Perez. Que un oportunista como él haya decidido salir del armario antitaurino nos demuestra que ese espacio está listo para ser cosechado. Alvise tiene muchos defectos, pero el no saber identificar las tendencias emergentes en redes sociales, no es uno de ellos.
Respuesta
Ante todo esto, ¿cuál debe ser la respuesta desde la izquierda revolucionaria?
El problema aquí, como en tantas otras ocasiones, nace de la compartimentación de las luchas. El centrarse únicamente en combatir una opresión específica nos puede hacer perder de vista el panorama más amplio, donde la lógica extractivista del capitalismo es, en última instancia, la raíz de todas las opresiones, de los diferentes males que nos acechan.
¿Significa esto que debemos olvidarnos de luchas sectoriales concretas, y concentrarnos únicamente en la derrota del capitalismo? Algunos sectores de la izquierda proclaman esto, argumentando que con esta derrota caerían en cascada todas las opresiones. Cometen un gravísimo error.
Es con la participación en las luchas que una persona anticapitalista ayuda a construir conciencia de clase. Y estas luchas, por su mismo carácter, siempre serán por un objetivo concreto. Lo que hay que tener claro siempre es que ninguna lucha existe aislada. Todas están interconectadas.
Y en el caso concreto de la lucha por los derechos animales, ésta es indisociable de la lucha por los derechos humanos.
Primero, porque por mucho que los homo sapiens construyamos telescopios espaciales, no dejamos de ser primates, animales.
Y en segundo lugar, porque mientras haya humanos asediados por el hambre, la guerra o la persecución, difícilmente estarán en condiciones de procurar un hogar seguro al resto de seres sintientes con los que compartimos el planeta.
Por eso, es importante dejar clara siempre la interconexión de las luchas. Para crear conciencia de clase entre las y los compañeros de lucha menos politizados, pero sobre todo para evitar que una lucha digna pueda ser contaminada, y por lo tanto, desactivada, por ideas tóxicas plantadas en ella con fines maliciosos.





