Marxismo para anticapitalistas

David Karvala

Una breve introducción a algunas ideas del marxismo.


David Karvala es activista de la red Marx21.net.
Folleto publicado en marzo de 2002 por el entonces grupo En lucha.

1 ¿Necesitamos toda esta teoría?
2 ¿De dónde viene el marxismo?
3 La importancia de la historia
4 ¿Qué es la explotación?
5 El porqué de las crisis
6 ¿Qué es la clase trabajadora?
7 Marxismo y opresión
8 ¿Cómo cambian las ideas?
9 ¿Es posible una revolución?
10 Otro mundo socialista es posible
11 Más lectura

 


1 ¿Necesitamos toda esta teoría?

A menudo, cuando se empieza a hablar del marxismo, muchos activistas radicales dicen: “a mí me va la lucha, no la teoría”.

Así que, para empezar esta nueva serie de columnas sobre las ideas marxistas, vale la pena considerar este argumento.

La verdad es que muchísima gente, no sólo la gente radical, dice no interesarse por las “complicadas teorías” como el marxismo, sino que prefiere fiarse del sentido común, de su propia experiencia.

Lo que está diciendo es que prefiere limitarse a la apariencia de las cosas. El problema es que estas apariencias muchas veces engañan.

Por ejemplo, a juzgar por las apariencias, parece obvio que el sol gira alrededor de la tierra. Difícilmente se puede explicar a alguien lo contrario sin hacer referencia a la teoría; el concepto del sistema solar, compuesto de planetas, incluyendo la tierra, girando alrededor de una estrella, el sol. Ahora casi todo el mundo acepta esta descripción; los que siguen creyendo lo contrario son una pequeña minoría a los que no se toma en serio.

En lo social, sin embargo, siguen reinando las impresiones superficiales.

Si hay tantos cientos de miles de parados y tantos cientos de miles de inmigrantes, la reacción “obvia” es culpar a los inmigrantes del desempleo, y parece “obvio” que hace falta una Ley de extranjería más dura.

Por supuesto, a la persona que expresa este argumento se la puede tachar de racista y dejarlo aquí, pero esto no ayuda a convencer a los que dudan.

Sólo con un análisis más profundo es posible desentrañar los diferentes elementos que demuestran cuál es la causa real del desempleo y cuál, realmente, es la función de las leyes contra los inmigrantes. Éste es un ejemplo de cómo necesitamos la teoría para contestar a los argumentos de la derecha. Podemos prescindir de ella sólo si no queremos contrarrestar las ideas dominantes.

Pero hay otro argumento contra esta idea de pasar de la teoría.

Quieran o no, las personas que rechazan la teoría marxista también tienen teorías, quizá sin darse cuento de ello.

La idea de que “siempre habrá ricos y pobres”, la idea de que “la gente es naturalmente codiciosa”, y otras parecidas, no simplemente se basan en la experiencia -nadie ha vivido desde “siempre”, para ver estos eternos ricos, por ejemplo- sino que se arraigan en una teoría determinada del mundo.

Es una teoría que dice que el mundo es como es porque siempre ha sido así y, por lo tanto, siempre lo será; que el capitalismo refleja la naturaleza humana. Esta teoría es obviamente conservadora. También es falsa.

Se pueden señalar los miles de años en los que la humanidad vivió sin división de clases, compartiendo sus (pocos) recursos en pequeños grupos de recolectores; se pueden señalar los muchos ejemplos de altruismo que desmienten el argumento de la codicia innata.

Pero la clave aquí no es desmentir esta teoría. Lo importante es reconocer que no se trata de tener o no tener una teoría, sino por un lado de teoría consciente y coherente, y por el otro teoría parcial e impensada.

Lo mismo pasa, salvando las diferencias, con las ideas comunes de la izquierda.

La misma idea de concentrarse exclusivamente en la lucha y descartar la teoría, refleja la teoría de que la acción espontánea, bien de unos pocos o bien de las masas, puede en sí cambiar el mundo.

La verdad es que cada corriente de izquierdas tiene su propio análisis del mundo, o sea, su teoría.

Existe la teoría del cambio gradual mediante las instituciones, es decir, el reformismo. Luego existen diferentes tipos de teorías anarquistas, desde Bakunin, el revolucionario ruso, a Toni Negri, que inspira a muchos autónomos. También, por supuesto, existe el marxismo revolucionario.

En otro momento podemos considerar en qué se diferencia el marxismo de las otras teorías, pero no se puede negar que cada activista contrario al sistema tiene una visión del mundo tal como es, y una visión de los cambios -más o menos radicales- que piensa necesarios.

Todas estas teorías, incluyendo aquellas de las que discrepo, ayudan a sus adeptos a seguir luchando y a seguir resistiendo la influencia del llamado “pensamiento único” (obviamente, algunas mejor que otras, pero ya volveremos a este punto).

Para toda persona que se opone al sistema, nuestras ideas y análisis del mundo son una parte imprescindible de nuestra lucha.

Como dijo Marx, los filósofos sólo interpretan el mundo, la cuestión es cambiarlo.

Pero para cambiarlo, hay que entenderlo. Ahí radica la importancia de la teoría.

2 ¿De dónde viene el marxismo?

La respuesta obvia a esta pregunta sería “el marxismo viene de Marx”, y esto es innegable.

Pero limitarnos a esta afirmación sería aceptar la idea dominante de que la historia es el producto de reyes y presidentes, y que las ideas son el producto de unos pocos genios. La realidad es más compleja.

En muchos sentidos el marxismo surge de la sociedad en la que Marx se encontraba a mediados del siglo XIX.

El joven Marx estudió filosofía. El filósofo más importante de su época fue Hegel, que había desarrollado una teoría dialéctica de la historia. La dialéctica dice que todo cambia, nada está fijo, y que el cambio viene, no de interacciones externas, como sucede entre bolas de billar, sino de las contradicciones internas a los procesos.

Así, Hegel argumentaba que la historia era un proceso de cambio, y no de cambios graduales, sino de saltos. Lo que parecía una situación estática, realmente contenía contradicciones internas, que se desarrollaban de forma escondida, creando una creciente tensión, hasta el momento en que esta tensión explotaba, convirtiéndose en un cambio radical.

Esta explicación fue un avance importante. Los apologistas burgueses de hoy en día hablan como si las cosas siempre hubiesen sido como son ahora, o sea, que las cosas no cambian; llamémosla la visión Picapiedra de la historia. Cuando hay cambios, éstos se explican en términos de alguna presión desde fuera; mal tiempo, el impacto de un asteroide, un rey loco, etc.

El problema con Hegel fue, primero, que para él, todo este proceso de cambio ocurría en el ámbito de las ideas, no del mundo material. Segundo, según Hegel, este proceso había llegado a su culminación con el Estado prusiano de su época.

Marx, entonces un joven radical, pudo ver que Prusia no era un paraíso, y llegó a entender que los cambios se tenían que hacer en el mundo real, no sólo en las ideas. Marx transformó la teoría idealista de Hegel en la teoría de lucha de clases y revolución.

Otro sentido en el que el marxismo surge de su época es su análisis económico.

Marx estudió los economistas burgueses de los siglos XVIII y XIX. Fueron pensadores como Adam Smith y David Ricardo los que empezaron a plantearse preguntas acerca de qué pasaba en la producción. ¿Cuál es el valor de una mercancía? ¿De dónde proviene? Ricardo incluso llegó a la idea, que forma una pieza angular de la teoría de Marx, de que el valor proviene del trabajo humano.

El problema para los economistas burgueses vino al intentar explicar el origen de los beneficios. La ciencia les llevaría forzosamente a la conclusión de que éstos venían del trabajo humano; o sea, de la explotación de los obreros. Sin embargo, su punto de vista como miembros de la burguesía se lo impidió, y después de varios intentos de otras explicaciones, la economía burguesa abandonó toda idea de explicar la fuente del valor.

Así que la economía que se enseña hoy en las escuelas ya no habla de valor, sino de oferta y demanda, y tasas de retorno de capital.

Para Marx, sin embargo, precisamente porque no tenía el más mínimo interés en hacer apologías para el capitalismo, y porque empezaba a mirar las cosas desde otra perspectiva, la de los trabajadores, fue posible ir más allá del análisis de Ricardo. Pudo explicar la explotación inherente a la producción capitalista, demostrando que estaba tan presente aquí, aunque estuviese más escondida, que en el feudalismo o en la sociedad antigua esclavista. Fue el primer paso de su análisis del sistema y de sus crisis que terminó en su magnífica obra, El Capital.

Tanto en la filosofía como en la economía, Marx superó el pensamiento burgués más avanzado. Esto no se debió sólo a sus indudables dotes intelectuales, sino a la irrupción en la sociedad de una nueva fuerza social, la clase trabajadora, que era capaz de superar el capitalismo en la realidad.

Sólo medio siglo antes, durante la Revolución Francesa de 1789, la clase trabajadora casi no existía. Desde principios del s.XIX, grupos de trabajadores combativos iban surgiendo en las grandes ciudades, sobre todo en París, donde Marx se encontraba a mediados de la década de 1840, y en Gran Bretaña, donde vivió después de 1849.

La existencia de una clase trabajadora, que luchaba contra la explotación en los talleres y las fábricas, y que planteaba la alternativa socialista en contraposición al capitalismo, hizo posible el salto intelectual del marxismo. El logro de Marx fue elaborar una teoría coherente capaz de analizar a fondo la sociedad capitalista, para luego ayudar en las luchas.

Un trabajador que entiende el marxismo no tiene que sentirse en una posición de inferioridad intelectual ante las ideas burguesas, como hacen los políticos reformistas, que siempre se rinden ante “las leyes del mercado”, o ante la supuesta necesidad de limitarse a cambios graduales, dentro del sistema.

Tampoco tiene que reaccionar simplemente con una rabia ciega, incapaz de explicar el sistema contra el que se está luchando, y de contestar sus ideas, como suele pasar con el anarquismo.

Con el marxismo, podemos entender cómo funciona el capitalismo, tanto a nivel histórico como económico, y así estamos mejor preparados para la lucha para acabar con él en realidad.

3 La importancia de la historia

La banda radical Rage Against the Machine canta “quien controla el pasado controla el presente, quien controla el presente controla el futuro”.

Esto lo reconoce implícitamente el PP, con sus sucesivos intentos -“la reforma de las Humanidades” lo llaman- para controlar lo que se enseña, bajo el nombre de historia, en las escuelas (podríamos decir que quieren imponer el principio: quien controla el presente también controlará el pasado).

De todos modos, lo que queda patente es la importancia de entender la historia. Sin embargo, hay mil maneras de hacerlo.

La clave del método histórico del marxismo es entender el proceso de cambio histórico, esto es precisamente que la sociedad tiene una historia. No siempre ha sido igual, sino que ha cambiado y, por lo tanto, puede cambiar más.

¿Cuál es la base de estos cambios en la historia?

En las palabras de Engels, un gran colaborador de Marx: “el hombre necesita en primer término comer, beber, tener un techo y vestirse, y por tanto, trabajar, antes de poder luchar por el mando, hacer política, religión, filosofía, etc.”

Para entender los cambios históricos, tenemos que mirar cómo la gente se alimentaba, dónde se alojaba, etc.

Esta es una cuestión tanto del aspecto técnico, lo que Marx y Engels llamaron las fuerzas de producción –las máquinas que utilizan– como del aspecto social, las relaciones de producción, –las relaciones que se dan entre las personas en la producción, tales como entre el jefe y el trabajador–.

En el Manifiesto Comunista, escribieron “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días, es la historia de las luchas de clases.” Más tarde, hicieron una corrección importantísima: la historia escrita es así.

El hecho es que durante más de 100.000 años, los seres humanos vivían en grupos nómadas, más o menos igualitarios, que sobrevivieron con la caza y la recolecta de frutas etc. No había excedente, ni amos ni explotados. Marx y Engels lo llamaron “comunismo primitivo”.

Luego, hace unos 10.000 años, se produjo la revolución neolítica, el mayor cambio en la historia de la humanidad. Empezaron a sembrar y a cosechar, y a habitar en un lugar fijo. Por un lado, fue un paso adelante. Con el nuevo sistema, había un excedente, se podía guardar comida de un año para otro. Los grupos nómadas no podían almacenar nada.

Sin embargo, como ocurre tantas veces en la historia, este progreso económico tuvo costes altísimos para la mayoría de la gente.

El excedente fue controlado por un sabio, un chaman, un sacerdote, alguien que entendía las estaciones, mediante el movimiento del sol y de las estrellas, y que podía predecir cuando se tenía que sembrar, cuando cosechar etc.

Estos se convirtieron en la primera clase explotadora; controlaban el proceso de producción, así como el excedente, y empezaron a verse como seres superiores. Desarrollaron un Estado, una religión para mantener y justificar el que ellos no trabajasen, y los demás, sí. Este es el modelo de la historia hasta nuestros días.

La forma específica de explotación, y las clases, han cambiado, por supuesto.

En la Grecia y Roma antiguas, la explotación tomó la forma -para nosotros, descarada- de posesión directa de esclavos, que trabajaban a cambio de una mínima subsistencia. Fue un sistema de producción poco eficaz, dado que los esclavos no tenían interés en mejorar la productividad. Había una lucha de clases, entre ellas destacó, notablemente, la sublevación dirigida por Espartaco.

Pero, a pesar de la explotación a la que fueron sometidos, ni los esclavos, ni las otras clases oprimidas, fueron capaces de vencer a los amos, mientras que éstos no fueron capaces de hacer avanzar su sistema. Así que las sociedades esclavistas cayeron en decadencia.

La siguiente forma social de importancia en Europa fue el feudalismo. Éste se basaba en la explotación de los siervos, que trabajaban “su” tierra, pagando tributos para el privilegio del señor. Existía toda una serie de capas en la sociedad, de hidalgos, duques, obispos, etc., cada una fijada en su sitio dentro de la jerarquía.

Aun así, fue una sociedad más dinámica que las antiguas, y una señal de ello fue que llevó a la aparición de una nueva clase, la burguesía, que ya no trabajaba sobre la base de las obligaciones mutuas tradicionales, sino simplemente por dinero; compraban mano de obra y vendían el producto. Empezaron a introducir métodos más avanzados de producción.

Para que estos avances en las fuerzas de producción pudiesen seguir adelante, hacía falta cambiar las relaciones de producción.

Burgueses existieron ya en Venecia y Florencia, en el siglo XV, pero no lograron superar el peso del feudalismo. Sólo fue en los Países Bajos y en Inglaterra, donde se llevó a cabo la revolución burguesa, fue donde empezó a desarrollarse plenamente el capitalismo.

Al igual que la primera clase dominante, la burguesía intenta hacernos creer que son imprescindibles, y que son merecedores de sus privilegios.

Pero si los sacerdotes tenían su función, la burguesía se ha convertido en un obstáculo para el avance de la producción.

El mundo es capaz de alimentar a toda la población del planeta; el hambre es producto de las “leyes” del mercado, o sea, del sistema capitalista. Cientos de millones de personas están sin empleo, no porque no hay nada que hacer, sino porque no es rentable dejarles trabajar.

El mismo Internet, con sus enormes posibilidades educativas y comunicativas, choca constantemente con las leyes económicas del capitalismo, desde el copyright de la música en los países desarrollados, hasta el mismo acceso a un ordenador en un país más pobre.

Si miramos la historia, podemos ver que las sociedades de clase siempre caen al final. La cuestión es si caen en la barbarie y la decadencia, como le ocurrió al Imperio romano, o si caen en una revolución victoriosa.

La burguesía llegó al poder mediante una revolución. En esto, aunque no en nada más, seamos sus fieles seguidores. Para hacer nuestra revolución, nos es imprescindible aprender de la historia.

4 ¿Qué es la explotación?

Normalmente, se utiliza el término explotación para hacer referencia a un abuso excepcional. En las noticias, por ejemplo, se informa de casos de talleres donde se utiliza a un alto número de trabajadores explotados, o de la explotación en algún rincón del tercer mundo.

Según el análisis marxista, en cambio, todo trabajador está explotado, y de hecho la gran mayoría de la humanidad lleva diez mil años siendo explotada.

¿Qué quiere decir esto?

En la esclavitud parece que la explotación era al 100%. Sin embargo, el esclavo tenía que comer, alojarse, etc. Estos medios de subsistencia los producía él mismo. O sea, sólo una parte de su trabajo, la que representa la explotación, iba a parar a manos del amo; la otra iba, directamente, para la subsistencia del esclavo.

En el feudalismo, la proporción de explotación es más que obvia; el siervo trabajaba tantos días en su propia parcela, y tantos en las tierras del señor.

Con el capitalismo, sin embargo, parece diferente. En el caso de un trabajador de una ETT que cobra 60 o 80 mil pesetas al mes, sí se acepta hablar de explotación, pero no cuando se trata de un trabajador que cobra 2, 4 o incluso 6 millones al año. A simple vista, parece que el trabajador trabaja, por ejemplo, ocho horas, y recibe ocho horas de sueldo.

De hecho las diferencias, entre el esclavo en la antigüedad y el “esclavo a sueldo”, no son tan grandes como aparecen.

Para explicar por qué, hay que mirar más allá, por un lado a lo que representan estas ocho horas de trabajo, y por otro al dinero que se cobra.

Si alguien te dijera que, con un día de salario, puede comprarse 100 sillas, o pagarse 100 cenas en un restaurante bueno, pensarías “ojalá yo tuviera un salario así”. Contrariamente, si te dijera que tiene que trabajar 100 días para pagar una silla o una cena, dirías que es imposible cobrar tan mal. ¿Qué es lo que define un salario “normal”? Y más en general, ¿qué es lo que define el valor de las cosas?

Marx -y en esto él siguió a los economistas burgueses más avanzados de su época- mantuvo que el valor de cambio de una mercancía venía determinado por la cantidad de trabajo humano necesario para producirla. (El valor de uso es otra cosa; el aire, por ejemplo, no tiene valor de cambio, porque no se produce, pero obviamente tiene muchísimo “valor de uso”.)

Así que una silla y una cena pueden equipararse en valor, a pesar de ser totalmente diferentes físicamente, si contienen la misma cantidad de trabajo humano. Lo mismo se podría aplicar a cosas tan diferentes como a un libro y a una pieza de coche.

La cantidad de trabajo humano a la que se refiere es a la de todo el proceso de producción, incluyendo la parte proporcional del desgaste de maquinaria, que en sí es sólo trabajo humano anterior, cuyo valor se transfiere a la mercancía producida.

Los capitalistas se apresuran a rebatir este análisis, alegando que, si bien el trabajo humano produce valor, también lo hace la maquinaria. Para poner esta teoría a prueba, sólo hace falta dejar en un taller una máquina y las apropiadas cantidades de materia prima, y esperar a ver cuánto valor produce.

Pero no son sólo sillas y cenas las que tienen valor de cambio; los mismos trabajadores, o más bien, su capacidad de trabajar, también son mercancías para el capitalismo.

Y si el valor de las mercancías viene del trabajo humano, de ¿dónde viene el valor del trabajador?

Igual que cualquier otra mercancía; viene de la cantidad de trabajo necesaria para producirlo, o, en este caso, reproducirlo. En otras palabras, el valor de la fuerza de trabajo, es decir, de la habilidad de trabajar que el trabajador vende cada día a su jefe, viene dictado por la cantidad gastada en concepto de ropa, comida, alojamiento, etc., necesaria para permitir que pueda asistir cada día a su trabajo (sin olvidar la proporción que representa la reproducción de la próxima generación; educación, salud, etc.)

Puede parecer complicado expresado teóricamente, pero de hecho es bastante sencillo. Si el salario no llegara para sobrevivir (si hicieran falta 100 días de trabajo para una cena, por ejemplo), el trabajador moriría, o como mínimo quedaría incapacitado para trabajar.

En cambio, si el salario superara lo necesario para sobrevivir (por ejemplo, si con un día de trabajo, alcanzara para 100 cenas), podríamos vivir bien con tan sólo trabajar un par de semanas al año, y el amo quedaría, otra vez, sin mano de obra (aquí, se da por sentado que, bajo el capitalismo, nadie trabaja si no se siente obligado).

Para completar la explicación, ahora podemos volver a los ejemplos del esclavo y del campesino. Igual que ellos, el trabajador asalariado produce más de lo que necesita para cubrir sus necesidades de subsistencia. Debido a esto es por lo que se ha producido el crecimiento económico en los últimos 10.000 años; si se hubiera consumido todo lo producido cada día, el total de la riqueza del mundo sería igual que entonces.

En el caso del trabajador, el salario, nominalmente de 8 horas, por ejemplo, realmente representa lo que se produce en tan sólo 2, 3 o 4 horas; éste es el tiempo necesario para reproducir la capacidad de trabajar. El resto del tiempo, el excedente, es lo que se lleva el capitalista, igual que lo hacía en su época el esclavista o el señor feudal.

La diferencia es que ahora tiene la cara de decir que es “su parte”, que se la merece por haber puesto “su capital”. La realidad, como hemos visto, es que este capital no es sino trabajo humano acumulado, robado a trabajadores anteriores.

Todas las riquezas del mundo, todo el valor de las empresas, todo el capital, demuestran que la explotación, lejos de haber desaparecido con el capitalismo, es ahora más voraz que nunca. La explotación no es la excepción, sino la misma regla por la que se rige la existencia del capitalismo y, asimismo, la del trabajador.

5 El porqué de las crisis

Uno de los múltiples mitos acerca del marxismo es que, supuestamente, en su tiempo predijo la existencia de crisis permanentes, algo que ha quedado desmentido por la realidad.

De hecho, Marx y Engels reconocieron que el capitalismo era un sistema muy dinámico, asimismo identificaron contradicciones en el sistema que lo arrastraban hacia la inestabilidad; estas contradicciones a veces eran muy visibles, y a veces quedaban escondidas. Esto es exactamente lo que ha pasado, y lo que está pasando ahora mismo.

La explicación marxista de las crisis económicas tiene dos elementos distintos. Empezaremos con los ciclos económicos.

Boom y recesión

Los economistas burgueses reconocen este fenómeno, por lo menos en teoría. En la práctica, tienden a celebrar cada boom como una señal de la solución definitiva a todos los problemas del sistema.

Las recesiones se reciben con sorpresa y horror, pero siempre se atribuyen a algún factor extraño; por ejemplo las crisis financieras de los últimos años en el sudeste asiático fueron el resultado del “amiguismo” en aquellas economías.

El marxismo, en cambio, entiende todo el proceso de boom y recesión como algo innato al capitalismo.

El período de boom se caracteriza por la creciente demanda. Por ejemplo, en una ciudad hay 5 empresas de sillas de madera. En un boom, la demanda crece. Todas empiezan a invertir para aumentar la producción. Compran más máquinas y más materia prima, contratan a más trabajadores, tal vez construyen nuevos talleres… La producción subirá, pero topan con problemas.

Primero, no hay coordinación entre las 5 empresas. Todas suben la producción para así captar la nueva demanda, pero no hay suficiente demanda para todas.

Segundo, la expansión de la producción no es inmediata, sino que tarda, quizá, varios meses. Con coches, se pueden tardar años en aumentar la producción. Aunque las empresas hubieran hecho una estimación correcta de la demanda en su momento, no tienen ninguna manera de saber cuánta habrá al cabo de 6 meses o 2 años.

Tercero, al expandir la producción, se encarecen los costes. Si todas las empresas necesitan máquinas y materia prima, los precios de éstas subirán. Si todas tienen que contratar a más trabajadores, tendrán que ofrecerles mejores salarios, mientras los trabajadores existentes se sentirán con más fuerza para luchar por una subida salarial. Algunas empresas tendrán que contraer deudas para poder realizar estas inversiones.

El resultado de estos factores es que, cuando por fin llega la nueva producción, lo más probable es que ya no haya demanda para ella, mientras que las empresas han adquirido más costes y deudas que antes. El resultado; empiezan con los recortes otra vez. Despiden a parte de su plantilla, e incluso algunas empresas quiebran. Si los trabajadores de un sector quedan en paro, gastan menos en los productos de otros sectores, y así suma y sigue. Más o menos rápidamente, la economía entra en recesión.

Sin embargo, la recesión vuelve a rebajar los costes; los trabajadores en paro aceptan salarios de miseria; las empresas que han sobrevivido se hacen, a precio de saldo, con los restos de las que se han hundido… Después de un tiempo, la inversión empieza otra vez, y con ella el ciclo empieza a repetirse.

Los economistas burgueses aceptan la existencia del ciclo económico, pero no aceptan la explicación lógica; que proviene de la naturaleza caótica de la producción capitalista, de la falta de coordinación entre los diferentes productores.

Y más importante aún; la producción se hace para obtener beneficios, no para cubrir las necesidades humanas. Cuando hay una “demanda insuficiente”, esto sólo significa que no hay gente con dinero para comprar los productos. Queda más que patente la obscenidad de un sistema que determina que “hay sobreproducción de comida”, a la vez que la gente se muere de hambre.

La crisis a largo plazo

Ésta es sólo parte de la explicación marxista de la economía. La otra parte hace referencia a las tendencias del sistema a largo plazo.

Con el ciclo de boom y recesión, algunas empresas se hunden, y otras engordan. Con tiempo, quedan cada vez menos empresas, y éstas cada vez son más grandes. Este proceso empieza a nivel de una ciudad, luego a nivel de un país; ahora ocurre a nivel de continentes, o del planeta entero.

Esto se ve claramente en el mundo actual. En la banca, ha habido fusión tras fusión; en la industria automovilística, hay un puñado de empresas en el mundo que se han comido a todas las demás.

Igualmente, con el tiempo, va subiendo la inversión en maquinaria. La carrera por los beneficios hace que todas las empresas intenten reducir gastos y subir la productividad. Despiden a sus trabajadores para aumentar sus ganancias.

Desde el punto de vista de la empresa, esto tiene sentido; si suben su productividad pueden captar una mayor proporción de los beneficios. Pero para el sistema en su conjunto, el resultado, aunque no sea el buscado, es reducir el total de las ganancias. La única fuente de beneficios son los trabajadores. El crecimiento del capital fijo -máquinas etc.- respecto al “capital humano” -mano de obra- lleva a largo plazo a una caída en la tasa de beneficios.

Las crisis puntuales, mediante el fracaso de unas empresas, y la reducción de los salarios, dan un alivio temporal, pero con cada vez menos eficacia. Antes, la quiebra de unas empresas pequeñas podía sanear el sistema; esto ya no es suficiente, pero la quiebra de una empresa grande llevaría a toda la economía al abismo.

La economía capitalista sigue respirando, por supuesto, pero cada vez con más dificultad.

Las salidas de la crisis son cada vez más costosas, tanto en términos económicos como, y sobre todo, en términos humanos. El sistema no puede durar eternamente.

El resultado final dependerá de nosotros. Puede ser una revolución socialista; puede ser un golpe fascista que logre imponer a los trabajadores el coste terrible de la recuperación de las ganancias; puede ser una larga agonía con la consiguiente destrucción del medioambiente.

Pero debemos tener claro que la crisis es innata al capitalismo, y que este sistema, debido a su propia dinámica, no puede durar eternamente.

6 ¿Qué es la clase trabajadora?

Es un hecho bien conocido, que los marxistas revolucionarios suelen hablar mucho de la clase trabajadora, y esta columna no es una excepción. Por tanto y debido a la frecuente confusión al respecto, vale la pena explicar a qué se hace referencia con este término.

Las confusiones respecto a la clase trabajadora son muchas.

El primer punto a contestar es ¿por qué hablar de la clase trabajadora?

Hay mucha gente que no cabría en ninguna definición de clase trabajadora, que es más pobre o que está más oprimida que ningún obrero de la SEAT.

Además, si estamos en contra de las divisiones de clase, como los marxistas claramente estamos, ¿por qué no utilizar un término más inclusivo, quizá “ciudadanos”, o simplemente “personas”?

El hecho es que el marxismo no es el que asigna este papel clave a la clase trabajadora, sino el mismo capitalismo.

En columnas anteriores se ha explicado cómo el capitalismo se basa en la extracción de beneficios, para servir a la acumulación de más capital.

La contraparte a este proceso es que son los trabajadores, mediante su labor, los que mantienen al sistema, y ellos, por lo tanto, son los que tienen el poder potencial de derrumbarlo.

Los que sufren de pobreza y opresión extremas pueden tener muchas razones para oponerse al capitalismo, pero precisamente por estar tan marginados, tienen poco poder que ejercer. El capitalismo, al crear las fábricas y otros centros de trabajo, crea una clase con el poder colectivo de destruir al sistema desde sus cimientos.

Al enfatizar la importancia de la clase trabajadora, el marxismo no excluye ni menosprecia a los demás oprimidos. Sólo reconoce dónde está la fuerza para cambiar el mundo en el interés de (casi) todo el planeta.

Sin embargo, aun aceptando todo esto, muchas personas, incluyendo a muchas que se autodefinen o se autodefinían en el pasado marxistas, lamentan que “la clase trabajadora esté reduciéndose”.

Esta afirmación se basa en dos conceptos erróneos.

Primero, se limita el término de clase trabajadora únicamente haciendo referencia a los obreros industriales.

Segundo, se argumenta que cada vez existe un menor número de este tipo de trabajadores. Empecemos con este argumento.

Es cierto que hay millones de trabajadores de servicios en los países desarrollados, pero esto no supone la disminución del sector de trabajadores industriales. De hecho, ni cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista era cierto que la mayoría de la población fuese del ramo de los trabajadores industriales. Había millones de trabajadores domésticos. En el Estado español en 1936, había millones de campesinos y trabajadores agrícolas. Probablemente, hay tantos o más trabajadores industriales en el Estado español ahora que hace un siglo.

El argumento queda más claro aún si se mira la cuestión como se debe, en términos internacionales. Si se tiene en cuenta el crecimiento masivo de la clase trabajadora durante las últimas décadas en países como Brasil, Argentina, Sur África, Sur Corea es imposible sostener que la clase trabajadora industrial esté en declive.

Pero aunque fuera cierto que los trabajadores industriales hubieran sido remplazados masivamente por trabajadores de servicios, esto tampoco desmontaría el argumento marxista.

Marx no resaltó el papel político de los trabajadores domésticos porque realmente nunca actuaron como trabajadores. Lo mismo no se puede decir de los trabajadores de servicios hoy en día.

Un factor importante de sindicalización en todo el mundo en los últimos años es la radicalización y la movilización de los trabajadores de servicios. Aunque algunos declarados marxistas ortodoxos no lo quieran ver, los trabajadores de salud, educación, banca, municipios, etc., son de la clase trabajadora tanto como los mineros o los metalúrgicos.

Pensemos en algunas luchas recientes. La huelga en el sector de la educación pública en Catalunya sacó a 40.000 personas a la calle en una manifestación muy movida, en la que se luchaba por la descongelación salarial, así como para que no se desvíen fondos públicos hacia las escuelas privadas, o demandando más profesores e infraestructuras.

Los trabajadores de la limpieza de El Prat no son “industriales”, pero no por ello son menos combativos. Mientras, el sistema sanitario ha visto muchas luchas sindicales en torno a cuestiones tanto salariales como de niveles de plantilla e infraestructura. Ya en la transición, los trabajadores de la banca destacaron por su combatividad.

En otros países se ven ejemplos parecidos. En El Salvador, al comienzo de la lucha guerrillera, uno de los sindicatos más importantes fue ANDES, el sindicato de profesores. En Argentina hoy, nadie puede dudar seriamente de la importancia de la lucha de los trabajadores de Aerolíneas Argentinas.

Quizá los trabajadores de servicios no producen mercancías para el mercado, pero su trabajo es tan esencial para el sistema como el de los trabajadores industriales.

Su trabajo puede ser necesario para realizar la plusvalía producida en las fábricas, como sería el caso de los trabajadores de transporte o del comercio; o puede ser para mantener o reproducir la mano de obra, como hacen los trabajadores de educación o sanidad.

Pero la clave es que la experiencia de ser explotada y de tener fuerza colectiva para luchar, es la misma para toda la clase trabajadora.

Obviamente ha habido cambios en la clase trabajadora, igual que en el capitalismo, desde la época de Marx.

Puede haber diferencias entre distintos sectores de la clase trabajadora, diferencias de gran significado en una lucha importante. Posiblemente un sector en especial tendrá un papel clave revolucionario, pero nadie puede predecir ahora si serán los mineros o los técnicos de Internet.

La clave para los anticapitalistas ahora es reconocer el papel central que juega la clase trabajadora en la lucha contra el sistema.

Dejar de hacerlo no sería más radical o más inclusivo, sino que reduciría nuestras posibilidades de conseguir ese otro mundo por el que luchamos.

7 Marxismo y opresión

Uno de los muchos mitos respecto al marxismo es que éste ignora la cuestión de la opresión, o bien la reduce simplemente al aspecto económico.

Para contestar el primer argumento, basta con observar la mucha atención que los fundadores del marxismo prestaron al tema.

Engels escribió mucho sobre la opresión de las mujeres, destacando el libro El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Tanto Marx como Engels condenaron claramente el racismo como, por ejemplo, el ejercido por el colonialismo británico en India e Irlanda. En cuanto a la opresión gay, la revolución rusa de 1917 abolió las leyes homofóbicas, y los Bolcheviques apoyaron activamente al movimiento de liberación gay en los años 20.

El segundo argumento también es erróneo. El marxismo ve que las opresiones realmente existen, pero las explica de una forma diferente a la mayoría de grupos feministas, antirracistas…

En el feminismo se ve la opresión de las mujeres como algo que todas las mujeres sufren a mano de todos los hombres. La solución lógica, defendida por el feminismo en su forma más pura, es la unidad de todas las mujeres frente a todos los hombres.

Según el nacionalismo negro, defendido de forma izquierdista en los años 60 por Malcolm X y los Panteras Negras, y en una forma muy conservadora por Louis Farrakhan en EEUU hoy, el racismo es una opresión ejercida por todos los blancos contra todos los negros. Por tanto, hace falta la unidad de todos los negros, incluyendo a los negros empresarios y millonarios, como Farrakhan, frente a todos los blancos.

Estas ideas respecto a las opresiones son parte del sentido común de la izquierda desde los años 80, hasta el punto de referirse al feminismo como sinónimo de la lucha por la liberación de las mujeres, en vez de como una teoría de esta cuestión.

No es cierto que el marxismo reduzca todas las opresiones a cuestiones meramente económicas, de capitalistas y obreros. Sin embargo, sí intenta dar una explicación materialista de cada opresión, en vez de dejarlo simplemente en que la opresión de las mujeres es culpa de los hombres, que el racismo es culpa de los blancos…

En su libro, El origen de la familia, Engels demuestra que la opresión de las mujeres no ha existido siempre, sino que surgió con las sociedades de clase. Fue sólo con la aparición de una clase dominante que quería ejercer el control sobre “su” propiedad, que el control sobre las mujeres, así como su reproducción, llegó a ser necesario para el mantenimiento de la estructura social.

Así que la opresión de las mujeres apareció en un momento histórico específico, y vino ligada a cambios más amplios en la sociedad. Igualmente, en las diferentes sociedades de clase desde entonces, la forma de esta opresión ha ido cambiando.

El racismo es mucho más reciente que la opresión de las mujeres. En las sociedades antiguas, existía miedo y sospechas hacia los forasteros, pero esto no tenía un componente racial como se entendería hoy. Estas sospechas se aplicaban, incluso, a una persona de un pueblo cercano; entonces no existía el concepto de pertenecer a una nación, ni mucho menos a “una raza”.

Fue sólo con el capitalismo que apareció el racismo.

En el feudalismo, nunca se le ocurrió a nadie afirmar la igualdad del Rey, el señor y el siervo. La clase capitalista, sin embargo, estableció su dominio bajo los lemas de Libertad, Igualdad, Fraternidad y cosas por el estilo. La desigualdad detrás de las palabras llegó a su punto máximo con la esclavitud y, consecuentemente, con la total negación de todos los derechos a millones de seres humanos.

La ingeniosa solución, impulsada por respetables pensadores de la época como David Hume y Thomas Hobbes, fue inventar la idea de “diferentes razas”. La gente africana, de la que dependían los jugosos ingresos de las plantaciones caribeñas, no era plenamente humana. De ahí empezó toda una industria de teorías racistas, que sigue hoy en la sociobiología y algunas aplicaciones de la genética.

Para el marxismo, la existencia de toda opresión es algo que hay que explicar, no simplemente asumir, y esta explicación tiene que ser material, no basta con decir que los hombres, los blancos, los heterosexuales… son malos.

Si vemos que la opresión es parte íntegra de la sociedad de clases, vemos que la solución para la opresión tiene que ir de la mano de la lucha social. Miremos un ejemplo concreto.

Una mujer trabajadora, digamos de la limpieza en el Aeropuerto de El Prat, ha participado en las recientes huelgas por sus condiciones laborales. Sin embargo, según la teoría feminista más pura, los hombres con quien trabaja son los responsables de su opresión, así que debería unirse no con ellos, sino con otras mujeres, sin distinción de clase. Pero no acaba aquí, porque si la mujer de nuestro ejemplo es blanca y heterosexual, ella misma es una opresora y parte del sistema.

Las teorías de opresión, tan ampliamente aceptadas en la izquierda, casi siempre llevan a confusiones de este tipo si se intentan poner en práctica.

Hablar de la lucha contra el capitalismo y de la solidaridad de clase no implica olvidarse de estas opresiones. Al contrario, nos lleva a ver que, porque estas opresiones son parte del capitalismo, un sistema que explota a toda la clase trabajadora, es interés de toda esta clase, no sólo de las mujeres, de los negros…, acabar con estas opresiones.

El marxismo no tiene una varita mágica, los problemas no desaparecen por sí solos. Pero el marxismo nos ayuda a luchar contra prácticas discriminatorias en el trabajo, contra las imágenes sexistas de las mujeres en los anuncios, etc., así como para conseguir el objetivo de acabar con el capitalismo, y, con él, acabar definitivamente con la opresión de las mujeres, el racismo, la opresión gay, y otros muchos males del sistema.

8 ¿Cómo cambian las ideas?

Es generalmente reconocido que la mayoría de la gente no es revolucionaria y, en general, acepta el sistema capitalista. Así que se nos presenta un problema. ¿Qué se puede hacer para que más gente vea la necesidad del “otro mundo” que sabemos que es posible?

Hay dos respuestas típicas a esta cuestión. Una es que las ideas de la gente simplemente no cambian, que están fijadas por algún tipo de naturaleza humana. Otra es que la gente tiene el cerebro lavado por los medios, etc. y que para cambiar las ideas hace falta la educación para así “subir su nivel de conciencia”.

Muchos activistas de izquierda comparten ambas ideas, aunque, de hecho, son contradictorias. La primera visión deja las ideas fijas, quizá por métodos genéticos, desde hace un millón de años. La segunda implica que las ideas cambian mecánicamente, según las campañas mediáticas. El marxismo no comparte ninguna de las dos.

Como veremos, no es cierto que las ideas simplemente no cambian; las ideas de la gente hoy son muy diferentes a las de hace un siglo, por ejemplo.

Ante el segundo argumento, Marx ya contestó en 1845:

“La teoría materialista de que las personas son producto de las circunstancias y de la educación… olvida que son las personas, precisamente, las que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.”

Así, los que afirman que la gente, ciegamente, acepta lo que ven en la TV no se preguntan por qué a ellos mismos no se les ha “lavado el cerebro”. Como dice Marx, ellos deben estar “por encima de la sociedad”.

El marxismo tiene una explicación totalmente diferente de toda esta cuestión.

Está claro que las ideas dominantes de una sociedad son las ideas de la clase dominante. Si no fuera así, ésta no sobreviviría; todos los explotados se sublevarían en su contra. Pero este dominio no se debe exclusivamente a los medios de comunicación y a la escuela. Las ideas que respaldan al sistema sólo son aceptadas porque se corresponden con la experiencia de la mayoría de la gente, durante la mayoría del tiempo.

La verdad es que las ideas dominantes parecen ser ciertas. Parece lógico que, en principio, el salario es una compensación justa por el trabajo. En muchas empresas, los jefes no se cansan de decir “todos somos un equipo, una familia”. Muchos trabajadores aceptan que los ricos han trabajado mucho para conseguir lo suyo, y cosas por el estilo.

Pero, como se ha comentado anteriormente en esta columna, toda sociedad de clase es muy contradictoria. Así que casi todo trabajador, además de la típica experiencia cotidiana que refuerza las ideas capitalistas, ha tenido experiencias que contradicen esta propaganda. Ahora, por ejemplo, cuando las líneas aéreas despiden a miles de trabajadores y trabajadoras, es más difícil creer que “todos forman una familia feliz” con los jefes. Incluso ejemplos menores de explotación sufridos por cada persona trabajadora, empiezan a agrietar las ideas dominantes.

El resultado es que, en palabras del marxista italiano Gramsci, la mayoría de gente combina en sus cabezas “elementos del hombre de las cavernas y principios de la más moderna y progresista sabiduría”. Podemos pensar en un machista que es a la vez un sindicalista combativo.

Los que ven a la mayoría de los trabajadores como simplemente reaccionarios, o sea, dominados por las ideas derechistas, ignoran esta naturaleza contradictoria de las ideas.

Y si estas contradicciones surgen automáticamente, sólo debido a las diferencias entre la imagen y la realidad de la sociedad capitalista, las experiencias de lucha activa producen un cuestionamiento aún más profundo.

Miremos el ejemplo de los trabajadores de Sintel. Empezaron su lucha para cobrar el sueldo que se les debía. Al principio, compartían las ideas típicas en la sociedad; muchos aceptaban diferentes ideas racistas o machistas, etc.

Sin embargo, con la experiencia de su lucha, y la importancia de la solidaridad recibida, empezaron a cuestionar, cada vez más, aspectos que daban por sentados, al final apoyaron la lucha de los sin papeles y participaron en la manifestación del orgullo gay en junio 2001.

Pero, aún así, el proceso puede ser limitado. Las huelgas acaban y la gente vuelve a trabajar; las experiencias cotidianas vuelven a pesar más sobre la conciencia que las memorias de la lucha.

Para poderse mantener, hace falta sistematizar estas ideas críticas, para crear una visión coherente capaz, no sólo, de entender alguna que otra lucha aislada, sino al capitalismo en su conjunto.

Esto es el marxismo, no el producto de la cabeza de Marx, sino el de miles de diferentes experiencias de lucha, desde las revoluciones de 1848 y la comuna de París en 1871, hasta la caída del muro de Berlín y las movilizaciones después de Seattle.

Un activista que ha ampliado su entendimiento más allá de su experiencia personal, para ver que ésta es sólo un ejemplo de una realidad más general, estará mejor capacitado para resistirse al sistema. En otras palabras, si llega a ser marxista, es menos probable que sus ideas y su compromiso se pierdan con el primer declive en la lucha.

Pero el objetivo de cada activista no es mantener un estado de soberbia intelectual personal, sino cambiar el mundo. Así que no se puede separar el desarrollo de las ideas marxistas de una persona de la participación en la lucha, o del intento de ganar a nuevos activistas a estas ideas y a este compromiso.

Esto nos lleva a la cuestión de la organización revolucionaria. Pero, en lo que toca a la cuestión inmediata, la clave está en que el marxismo nos demuestra que las ideas no son fijas para siempre, y tampoco cambian tan sólo mediante la “educación” y la propaganda impartida por una minoría de iluminados.

El cambio de ideas empieza con la lucha de la misma gente trabajadora.

9 ¿Es posible una revolución?

Una de las características del marxismo es su insistencia en la necesidad de una revolución para acabar con el capitalismo. Esta insistencia topa a menudo con un duro escepticismo, incluso entre mucha gente anticapitalista. La misma Naomi Klein, autora del excelente libro No Logo, habla de los “marxistas sectarios convencidos de que la revolución está a la vuelta de la esquina.”

Dejando aparte la cuestión de la inmediatez o no de una revolución en un lugar determinado, una simple mirada a la historia nos demuestra que las revoluciones no son nada infrecuentes. El ejemplo clásico del último siglo es, obviamente, la revolución rusa de 1917, que vino acompañada de otras muchas revoluciones y revueltas en toda Europa durante el siguiente lustro.

Pero incluso más recientemente, encontramos las revoluciones de 1989 en Europa del Este, la revolución de mayo de 1998 en Indonesia, que derribó al dictador Suharto después de 30 años en el poder, y desde entonces ha habido rebeliones a las que se podrían llamar revoluciones, desde Ecuador hasta Serbia.

Obviamente, existen importantes diferencias entre todos estos movimientos, y es importante distinguirlos, pero antes es necesario analizar por qué ocurren.

Como se viene explicando en esta columna, las sociedades de clase no cambian de forma continua y gradual; más bien, la historia muestra un patrón de períodos más o menos largos de aparente calma, donde las contradicciones son casi invisibles, rotos por períodos más o menos cortos de luchas intensas y de rápidos cambios.

Con el capitalismo, todo esto se intensifica: sólo hace falta pensar en cómo la globalización económica -y la resistencia a ella- ha cambiado todo el panorama político en muy pocos años.

Así que la clase capitalista, mediante su capacidad de propaganda y su pura fuerza represiva, consigue mantener su dominio durante largos períodos, en los que la oposición radical se reduce a una pequeña minoría.

Sin embargo, las contradicciones inherentes al sistema que defiende -el hecho de que el éxito económico de la minoría depende de la explotación de la mayoría; los conflictos entre los capitales y los Estados; la tendencia a la crisis de un sistema basado en los beneficios; etc.- minan las bases del capitalismo.

En momentos, normalmente imposibles de predecir con precisión, este brutal contraste entre el mito de la sociedad -“España va bien” en todas sus variantes nacionales- y la realidad imperante de injusticias, hace explotar la inestabilidad. El detonador puede ser el cierre de una fábrica, una subida en el precio de los alimentos, la negación de una subida salarial, un abuso policial, un caso notorio de corrupción política, una guerra… pero la causa fundamental son las contradicciones del propio sistema.

De repente, los millones de personas que parecían aceptar todo lo que se les decía en la TV, en la prensa o desde el púlpito, empiezan a cuestionarlo todo, empiezan a plantearse que luchar por lo que es justo es la única salida. En palabras de Trotski, en un período revolucionario, las masas entran en la escena de la historia.

Los más sorprendidos por este cambio son los que llevan años “involucrados en la política”. Los defensores del sistema achacan el desorden a los agitadores. Pero los radicales están, a menudo, aún más sorprendidos, y pueden incluso negarse a reconocer que algo ha cambiado.

Es aquí donde se pueden entrever y entender las diferencias entre las diferentes crisis revolucionarias. La cuestión clave es cuál lado -los defensores del sistema o sus opositores- consigue reorientarse y reorganizarse primero. El sistema produce la crisis, pero la resolución de la crisis puede llegar de formas mortalmente diferentes.

Hubo una crisis revolucionaria en Chile en 1972-73, donde millones de trabajadores empezaron a luchar por sus propios intereses, contra el sistema. El problema fue que la izquierda estaba totalmente desorientada. La derecha y la clase capitalista lo estuvieron también durante un tiempo, pero ellos consiguieron reorganizarse, y llevaron a cabo el golpe de Estado encabezado por Pinochet.

En la Rusia de 1917, la revolución empezó, no con algún plan bolchevique, sino con una sublevación espontánea, animada por una huelga general para marcar el día internacional de la mujer trabajadora (en Occidente, el 8 de marzo, pero según el calendario entonces imperante en Rusia, el 23 de febrero). Cayó el Zar, y se formó un Gobierno provisional; se había hecho una revolución política, donde la lucha de masas cambia más o menos radicalmente las instituciones y los representantes del poder.

Así empezó la crisis, con toda la confusión consecuente entre las fuerzas políticas establecidas, incluyendo a las revolucionarias.

En este caso, sin embargo, y debido a la implantación del partido bolchevique, fue posible para la clase trabajadora organizarse para así tomar el poder en sus propias manos, y establecer el estado soviético, en octubre de 1917 (dejemos la subsecuente destrucción de este Estado soviético, a manos de Stalin, para otro momento). Se había dado el paso hacia una revolución socialista, el cambio del poder de los jefes al poder de los trabajadores.

En las recientes crisis, no se ha dado la resolución violenta desde arriba, mediante un golpe de Estado. Pero tampoco se ha pasado a una revolución socialista. Las crisis quedan abiertas. Es una situación altamente inestable, más aún con la recesión económica. Ninguno de los dos lados puede resolver sus problemas excepto a costa del otro.

A los jefes les falta la cohesión y la confianza para imponer definitivamente su dominio; a los explotados les falta la organización y la claridad política para deshacerse de sus explotadores.

Es una cuestión de cuál lado consigue organizarse antes.

Aquí deberíamos volver al problema con la cita de Naomi Klein. No se trata de que la revolución esté “a la vuelta de la esquina”. Se trata de que el sistema hace inevitables estas situaciones revolucionarias, en un momento u otro, y en gran parte independientemente de lo que hacen los activistas revolucionarios y anticapitalistas. Lo que sí depende enormemente de nosotros es la cuestión de la organización.

La clase capitalista tiene siglos de experiencia en mantenerse en el poder, mediante guerras, golpes y fraude. La clase trabajadora tiene diferentes experiencias de lucha, pero éstas están muchas veces perdidas en la historia.

En una situación de crisis aguda, no nos podemos permitir el lujo de volver a aprender de ellas de forma gradual, equivocándonos repetidamente, porque los capitalistas ya habrán restablecido, de forma sangrienta, su poder.

Tenemos que aplicar todas las experiencias históricas e internacionales a nuestra propia lucha; debemos tener clara la lección de la historia: que en una crisis revolucionaria gana un lado u otro.

El descartar, sin más, la cuestión de revolución no lleva a que las crisis, como las de Indonesia, Ecuador, Serbia… no ocurran. Sólo hace que la izquierda esté menos capacitada para jugar un papel positivo en tales crisis, y que sea más probable que acaben en desastre.

Las revoluciones no es que sean posibles, sino que son inevitables. Si la situación se resuelve girando hacia un golpe de Estado o hacia la creación de una nueva sociedad -el “otro mundo posible”- depende de nuestra capacidad de organizarnos ahora mismo para esta futura revolución.

10 Otro mundo socialista es posible

Frente a los muchos horrores del capitalismo, se ha desarrollado un impresionante movimiento. El lema “otro mundo es posible” se ha extendido por todo el planeta.

Sin embargo, las alternativas que más se proponen son muy específicas, desde nuevas formas de controlar el movimiento de capitales y relaciones comerciales más justas con los países pobres, hasta la creación de espacios liberados, entre otras. Las alternativas globales, las que realmente hablan de otro mundo, son más minoritarias, y se limitan al socialismo y al anarquismo.

Aquí surge el problema de las sociedades burocráticas, del capitalismo de Estado, en el Este, o de los políticos socialdemócratas, que simplemente administraban economías de capitalismo de mercado, en Occidente. Éstos se definían de socialistas, pero no tenían nada que ver con la visión del socialismo de Marx, Engels, Lenin y los demás, de una sociedad sin clases, sin explotación ni opresión, sin guerra, sin Estado…

Pero si se acepta que el socialismo realmente representa tal tipo de sociedad, surge otra objeción, la de que somos demasiado egoístas, etc. para que funcione. Incluso con los cambios de ideas que se verían en una revolución -y la gente cambia mucho cuando está en lucha- se argumenta que no seríamos capaces de vivir en una sociedad totalmente libre.

Para el anarquismo, esta crítica representa un problema grave, porque su visión es precisamente que después de una revolución existiría una sociedad anarquista, de personas libremente asociadas, donde cada uno trabajase según sus inclinaciones, y consumiese según sus deseos.

No hace falta ser cínico respecto a los seres humanos, para reconocer que, incluso con un proceso revolucionario modélico, todavía existirán individuos que no querrán vivir de una forma no-explotativa: sin ir más lejos, pensemos en los actuales capitalistas.

Marx ya consideró esta cuestión hace más de un siglo:

“De lo que… se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos… el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede… Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda…, la dictadura revolucionaria del proletariado.”

El término “dictadura del proletariado” es desafortunado. Realmente significa el poder democrático de los trabajadores, o sea, de la enorme mayoría de la población. ¿Contra quién se ejercerá este poder? Contra los intentos de volver al capitalismo, ya sea por parte de los Estados capitalistas que intenten invadir, o por los antiguos explotadores locales.

Sería un Estado obrero, pero no un Estado como el capitalista. Sería producto natural de los organismos creados en el curso de la revolución: en Rusia se llamaban soviets, o consejos; en Chile en 1972-73 se llamaban cordones; en Polonia en 1980, Solidarnosc jugó un papel parecido. La revolución socialista tiene su punto crítico en el derribo del viejo Estado y en la toma de control por parte de estos organismos de base.

La gente, organizada así, controlará la producción y la distribución, y es seguro que, a pesar de los inevitables errores, lo hará mejor que los capitalistas.

Sería esta organización de base la responsable de asegurar el bienestar de los enfermos y ancianos, de apoyar a cualquier mujer que todavía sufriera malos tratos a manos de su compañero, etc., la que podría declarar que el transporte público, la educación, el agua y el pan fuesen gratis…

Esta sociedad todavía estaría sometida a diferentes limitaciones.

Primero, existirá durante un tiempo la presión de los Estados capitalistas. La verdad es que si la revolución no se extiende al resto del mundo, existe poca esperanza de crear una sociedad socialista. Sin embargo, la rapidez con que se ha extendido el movimiento anticapitalista debería indicarnos las posibilidades de la extensión a nivel internacional de una revolución socialista que demostrara, en la práctica, que otro mundo es posible.

Segundo, existirán los límites productivos de fábricas, sistemas de transporte, etc., creados dentro y según las necesidades de una sociedad capitalista. Con el tiempo, se podrán reemplazar éstos por otros más eficaces, menos contaminantes… Además, el esfuerzo dedicado ahora a la contabilidad, a las bolsas, a la publicidad…, se podrá dirigir hacia fines más útiles. Por primera vez, los avances en la productividad se podrán dedicar a que la gente tenga más tiempo libre, no para dejar a algunos en la pobreza mientras otros trabajan más que nunca.

Tercero, y el más difícil de predecir, existirán los límites que llevamos en nuestras cabezas. Con el tiempo, la gente se acostumbrará a trabajar, no como la única manera de evitar la pobreza, sino como una contribución al bienestar de todos y como una forma de expresarse. Poco a poco nos olvidaremos de lo que nos imponía el capitalismo. Engels, el gran colaborador de Marx, creía que sólo con las nuevas generaciones nacidas en esta sociedad post-revolucionaria sería posible superar completamente el legado del capitalismo, y hacer la transición hacia una sociedad sin Estado, una sociedad plenamente socialista.

En palabras de Marx: “En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!”

Mientras luchamos contra el capitalismo, deberíamos tener cada vez más claro que tanto la historia de las luchas como los análisis de Marx demuestran que el lema, “otro mundo es posible”, es cierto, y que, a pesar de todos los problemas y errores de la izquierda en el último siglo, ese otro mundo se resume en la palabra socialismo.

11 Más lectura

Ideas marxistas en general

Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista

Friedrich Engels, Socialismo Utópico y científico

John Molyneux, ¿Cuál es la tradición marxista?

Sobre la economía

Chris Harman, La locura del mercado

Karl Marx, Trabajo asalariado y capital.

Sobre la opresión

Alex Callinicos, Racismo y capitalismo.

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