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Juan Antonio Gilabert, Marx21

En un contexto de avance de la extrema derecha en toda América, mandando Trump en EEUU, Milei en Argentina y giro a la derecha y la extrema derecha en Bolivia y Chile, el 12 de abril, se produjeron las elecciones a la presidencia de la república peruana.

Las candidaturas que pasan a la segunda vuelta para ser presidente del Perú son las de Keiko Fujimori con el 17,13% y Roberto Sánchez con el 12,04%.

La primera candidata es la hija de Alberto Fujimori, que dio un golpe de Estado en 1992. Él llevó a cabo lo que incluso la propia fiscalía del país calificó más tarde de guerra sucia, supuestamente contra grupos guerrilleros, pero en la realidad comportó masacres contra activistas civiles.

Fujimori padre privatizó los sectores prioritarios del país. Su hija sigue representando a los grandes capitalistas peruanos y a las multinacionales europeas y estadounidenses, siendo Repsol una de ellas.

Roberto Sánchez representa a la izquierda indigenista y a la pequeña burguesía cuzqueña, enfrentada con la derecha limeña. Tanto es así que Roberto Sánchez, ha conseguido los votos en la zona sur, incluido Cuzco.

Una mala noticia es que el candidato de la extrema derecha —Rafael López Aliaga, alias Porky— ha conseguido el voto de la capital y su provincia. Es el actual alcalde de Lima y fomenta un discurso de odio: de racismo contra las personas migradas de Venezuela, contra la gente LGTBI+, y contra todo lo que sea de izquierdas.

El 7 de diciembre de 2022, se dio un golpe de Estado contra el legítimo presidente Castillo, que había ganado en las elecciones a Keiko Fujimori. Desde entonces, han pasado por la Casa de Pizarro o por el Palacio de Gobierno 6 Presidentes, bajo el control del partido conservador Fuerza Popular, de Fujimori. Todos estos presidentes se han centrado en olvidar el mandato de Castillo y en aliarse con las políticas neoliberales y con las grandes multinacionales europeas y estadounidenses.

Roberto Sánchez fue ministro de comercio en el Gobierno de Castillo y representa, desde Juntos por el Perú, a la gente que votó a Castillo y salió a la calle tras el golpe para defender su gobierno.

Sánchez ha prometido sacar a Castillo de la cárcel e implementar sus políticas reformistas. Habla de dar más voz al resto de Perú, frente a una mega ciudad como Lima, dirigida por una gran burguesía blanca que discrimina al resto del país, por su color de piel o su cultura menos europea.

Al escribir este artículo, resuena aún la manifestación en Lima, en contra de Juntos por el Perú en Lima, donde la derecha salió a la calle para que prohibieran el partido y al resto de organizaciones de izquierdas en el país.

En Perú, si vives lejos de la capital y de las grandes ciudades del país, resulta muy difícil votar, por falta de infraestructuras. Además, si eres persona trabajadora y te trasladas a otra zona del país para trabajar, aún resulta más difícil introducir la papeleta en la urna, ya que te tienes que desplazar a tu lugar de origen y no existe el voto por correo.

Este hecho dificulta el voto de la izquierda en el interior del país. Por si esto fuese poco, Keiko Fujimori ha implementado comedores públicos en la selva y esto lo utiliza, desde el populismo, para conseguir votos en una de las zonas más pobres del país.

A todo esto, se suma la falta de papeletas el día del sufragio para elegir al presidente o presidenta del país, en muchos lugares y hasta en la propia Lima, pero siempre en los colegios electorales donde la izquierda es más fuerte.

Pero, pese a todo lo explicado aquí, Sánchez, el candidato de la izquierda ha conseguido llegar a la segunda vuelta.

Está claro que, si gana, no será un presidente que rompa con la corrupción y las políticas liberales del Perú. Aun así, su victoria sería un nuevo revulsivo para la clase trabajadora y los territorios peruanos que viven bajo la amenaza de las multinacionales europeas y estadounidenses. Estas quieren seguir gestionando el petróleo y demás materias primas del país, de espaldas al pueblo peruano.

Que Fujimori pierda las elecciones en 2026, puede ayudar a que la izquierda de base en Perú se recupere y sería un gran varapalo para empresas como Repsol, aliada de Trump frente al inminente fin del petróleo, en un contexto de cambio climático brusco.