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David Karvala

El asalto de EEUU a Venezuela, con el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, representa el imperialismo colonial en toda su crudeza.

Más abajo, reproducimos una declaración al respecto, de la corriente internacional de la que Marx21 forma parte.

El ataque de Trump revela no solo su voracidad, por no decir más, sino también una hipocresía que es chocante, incluso para los estándares de hoy en día.

La excusa para el secuestro fue que Maduro y Flores son “narcotraficantes”, con orden de arresto en Estados Unidos.

Pero hace unas pocas semanas, el expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, quien cumplía una condena de 45 años de cárcel por narcotráfico en EEUU, salió de prisión tras ser indultado por Trump. Aún se pueden leer las acusaciones contra Orlando Hernández  en la web del Departamento de Estado de EEUU.

Por otro lado, a finales de 2024, la Corte Penal Internacional ordenó el arresto de Benjamín Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad contra Palestina. Desde entonces, Netanyahu ha visitado EEUU cinco veces sin que le pasara nada. A Trump no le importa en absoluto el derecho internacional.

Así que, si alguien dice que el secuestro en Venezuela busca promover la justicia, o miente o se engaña.

Patrón

El ataque en Venezuela crea un precedente nuevo y peligroso, pero a la vez forma parte de un patrón ya existente. Asaltos armados por Estados fuertes contra países más débiles ya estaban normalizados.

El genocidio en Gaza lleva más de 2 años. Aun así, casi todos los Estados del mundo —Cuba incluida— siguen colaborando con el Estado sionista. EEUU bombardeó seis países el año pasado antes de atacar a Venezuela: Irak, Irán, Siria, Somalia, Yemen y, el día de Navidad, Nigeria (el boletín incluye otro artículo al respecto).

Luego está el largo asalto ruso contra Ucrania. La muy condenable ampliación de la OTAN hacia Europa del este no justifica la brutal invasión de Putin.

Y si miramos atrás, están las invasiones de Afganistán e Irak por parte de EEUU y sus aliados, incluyendo el Estado español en la época de Aznar. Debemos recordar que ambas invasiones acabaron como grandes y caros fracasos para los invasores… aunque aún más caros fueron para los pueblos invadidos.

Hay bastante continuidad, pero una cosa ha cambiado.

Antes decían que invadían o bombardeaban para llevar la democracia, liberar a las mujeres (Afganistán), ante una amenaza inminente de armas de destrucción masiva (Iraq) o alguna otra excusa. Mentían, por supuesto, pero al menos hacían el esfuerzo de presentar un relato que cuadrara con su interpretación particular de los derechos humanos, ley internacional, etc.

Pero en su comparecencia de prensa tras el asalto a Venezuela, Trump dijo abiertamente que le interesaba el petróleo, y que quería controlar el país directamente, sin hablar de democracia, elecciones, ni nada por el estilo.

De paso, al explicar que trabajaría mediante lo que queda del régimen de Maduro, descartó y menospreció a María Corina Machado: la oposición derechista venezolana ha visto que sus intentos de congraciarse con el mandatario naranja no han dado frutos.

¿Repartiéndose el mundo?

El ataque en Venezuela es una expresión de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) publicado a finales de 2025. Un punto clave de esta estrategia es insistir en el predominio de EEUU en el hemisferio occidental; una posición que se inició en 1823 con la “Doctrina Monroe”. Esta mantuvo que cualquier intervención en el continente de América por parte de las potencias de otros continentes se vería como un acto potencialmente hostil contra Estados Unidos.

La nueva NSS insiste en priorizar los intereses de EEUU, especialmente en las Américas, en vez de buscar “la dominación estadounidense permanente del mundo entero”. Esto se podría entender como una vuelta más general a la idea de zonas de influencia; que se acepte el dominio de Rusia sobre sus países vecinos, y el poder de China en el sureste de Asia y los mares de la región. Los giros de Trump respecto a Ucrania cuadrarían con esta interpretación.

No es una opción nada atractiva, pero al menos parecería alejar la amenaza de un choque directo entre las grandes potencias nucleares, si cada una se dedica a oprimir y explotar a su “propia región”.

Pero no es así. EEUU exige la influencia exclusiva en el hemisferio occidental —lo que, como hemos visto, incluye Groenlandia, actualmente una colonia semiautónoma de Dinamarca— pero no se limita a esto.

La NSS también expresa un interés continuado en Oriente Medio, en Europa —donde dicen bastante explícitamente que apoyarán a la extrema derecha— y hablan de mantener “el Indo-Pacífico libre y abierto”. Este último punto significa que seguirán enfrentándose a la creciente fuerza militar de China.

China, por su parte, tiene grandes y crecientes inversiones por todo el mundo, y es ahora el principal socio comercial del conjunto de Sudamérica. No va a abandonar esto sin más.

Mientras, China ve a Taiwán como parte integral de su país, como lo era antes de 1949, y tiene el objetivo de retomar la isla. Pero Taiwán produce la mayoría de semiconductores avanzados del mundo, incluyendo a las grandes empresas informáticas de EEUU. Este país no querrá que su acceso a la alta tecnología —vital también para las armas— dependa de su principal rival, China.

La nueva estrategia militar de EEUU no reduce en absoluto el peligro de una tercera guerra mundial, más bien lo incrementa.

“Ninguna clase capitalista del mundo ayudará a la gente trabajadora.”

Comentemos de paso que se desmiente de nuevo la retórica de hace 20 o 30 años acerca de una globalización que haría irrelevantes el Estado nación y las fronteras. Está claro que, con el capitalismo global, la competencia entre Estados —tanto económica como militar— es más intensa que nunca.

¿Y el pueblo venezolano?

Es un hecho que muchas personas venezolanas —especialmente en la diáspora— respondieron al ataque de EEUU y la caída de Maduro con celebraciones.

Muchos sectores de la izquierda las atribuyeron exclusivamente a la extrema derecha adinerada. Tristemente, no es así.

Lo cierto es que la gente trabajadora de Venezuela ha sufrido graves ataques contra su nivel de vida —con programas de austeridad y un colapso en el salario real, no atribuibles solo a las sanciones— y una brutal represión, incluyendo asesinatos a manos de la policía.

El régimen de Maduro ha prohibido todos los partidos de izquierdas, ha intervenido sindicatos, ha perseguido a personas activistas ecologistas y de derechos indígenas, tildándolas de agentes imperialistas por sus vínculos con el think-tank de Die Linke, la Fundación Rosa Luxemburg…

Los años de la lucha contra la pobreza y los elementos de participación popular de la época de Chávez quedan muy lejos, en un declive que empezó mucho antes de que las sanciones hicieran sus estragos. (Este artículo lo explica muy bien.)

Una izquierda que ignora estos hechos no tiene nada que ofrecer a la gente trabajadora venezolana, dentro o fuera del país. No se puede simplemente tildar de ultras estúpidos a todas las personas venezolanas que celebran lo ocurrido. Hay que entender por qué odian a Maduro.

Un argumento típico entre las personas venezolanas opuestas a Maduro es que el ataque de Trump era la única forma de eliminar a un tirano. Pero apoyar a un tirano aún más poderoso y peligroso no es buena idea.

Sigue siendo un hecho que el ataque de Trump no va a mejorar las cosas para la gran mayoría de la población venezolana. El objetivo ya declarado es facilitar la extracción de petróleo, y los correspondientes beneficios, por parte de las grandes empresas petroleras de EEUU. Sin olvidar su interés por las riquezas minerales y tierras raras que posee Venezuela. No se plantean acabar con la máquina represiva de la época de Maduro, sino que buscan hacer que ésta les sirva a ellos.

“Ninguna clase capitalista del mundo ayudará a la gente trabajadora.”

Irónicamente, las personas que tienen ilusiones en Trump cometen el mismo error que aquellos sectores de la izquierda que históricamente han buscado soluciones a manos de los dirigentes de Rusia, China, Cuba etc. Frente a una clase dirigente horrible, se refugian en otra clase dirigente, también horrible.

Pero ninguna clase capitalista del mundo, y sobre todo ninguna potencia imperialista (EEUU, Rusia, China, la UE…) tiene interés en mejorar la situación para la gente trabajadora.

Debemos recordar que cuando cayó Saddam Hussein en 2003, también hubo celebraciones en Irak. Más tarde empezó la resistencia —armada y no— que contribuyó a la derrota de EEUU en ese país.

Como dice la declaración más abajo, “la única respuesta efectiva al ataque estadounidense vendrá desde abajo, sobre todo de las masas trabajadoras de Venezuela y del resto de la región”.

Movilicémonos contra el imperialismo

Mientras tanto, también debemos actuar en el resto del mundo.

En 2003, se construyó un movimiento enorme internacional frente al ataque a Irak, con manifestaciones masivas en ciudades de todo el mundo.

Estos movimientos no se basaban en cantar las bondades de Saddam Hussein, ni tampoco se centraban en denunciar su régimen asesino.

El punto de consenso era el rechazo al ataque imperialista, el “no a la guerra”, luego el rechazo a la ocupación.

Este debe ser un modelo para hoy. Debemos construir movimientos amplios sobre unos puntos mínimos de consenso —contra el ataque estadounidense, la incursión y los secuestros…— con acciones unitarias alrededor de ellos.

Más allá de esto, por supuesto, cada sector explicará su propio punto de vista, desde el apoyo acrítico a las políticas de Maduro y/o China por parte de algunos, hasta el rechazo a todo imperialismo y la apuesta por el socialismo desde abajo, diciendo la verdad acerca de Maduro. Con esta última visión —que es la de Marx21— existe al menos la posibilidad de conectar con personas venezolanas que rechazan a Maduro, pero que llegan a ver que Trump no está de su parte.

En todo caso, si queremos que la izquierda signifique algo, debemos organizarnos y luchar. Nos enfrentamos a una enorme amenaza.

 


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