Paco Priego, Marx21
Finalmente se ha producido la tan esperada visita de Trump a China.
Nos ha dejado sin ningún acuerdo de gran trascendencia, ni ninguna declaración grandilocuente, pero con una sensación clara de final de época.
Esto viene no de lo dicho, sino de lo visto y, sobre todo, de lo callado, de los temas que hasta ahora eran líneas rojas claras, pero ahora parecen objetos de mercadeo.
Vemos los hechos más destacados que nos ha dejado esta histórica cumbre.
Trump viajó a China acompañado de una nutrida delegación de pesos pesados del empresariado estadounidense, principalmente del sector tecnológico. Mucho se ha hablado de esta delegación como muestra de quién manda realmente en Estados Unidos.
Aun así, la realidad es que la delegación de 17 grandes ejecutivos que acompañó a Trump palidece frente a los cerca de 30 que le acompañaron en su anterior visita, en 2017.
Sin embargo, el peso de algunos nombres no puede pasarse por alto. Ahí estaban Tim Cook, de Apple, Jensen Huang, de Nvidia, Dina Powell McCormick, de Meta, Elon Musk, de Tesla —a pesar de la mala relación que últimamente tiene con Trump—, o Larry Culp, de la histórica General Electric.
Un indicativo claro de que la apuesta china por la autosuficiencia industrial, especialmente en lo que al sector tecnológico se refiere, está haciendo cada vez más difícil para estas empresas mantener su cuota de mercado en China. En esto, el fetichismo de Trump por la política de aranceles no ayuda.
El viaje ha terminado sin grandes anuncios de acuerdos comerciales, apenas con algunos compromisos de compra de aviones Boeing (Kelly Ortberg, CEO de la empresa aeronáutica, también estaba entre los invitados), y de productos agrícolas estadounidenses, que podrían ayudar a aliviar la caída de popularidad de Trump en las zonas rurales de Estados Unidos, tradicionalmente su principal caladero de votos. Quizá un primer indicio de cambio de paradigma.
Un detalle que también se comentó bastante es que el líder chino Xi Jinping no acudió a recibir a Trump al mismo aeropuerto. Puede parecer un detalle menor, pero en encuentros de esta naturaleza, cada detalle de cercanía o frialdad está estudiado al milímetro, y manda un mensaje.
En ese escenario incluso detalles como los dos monovolúmenes blindados, y modificados con evidentes sistemas de seguridad, de la marca Hongqi en los que se vio desplazarse a Xi y su comitiva son dignos de análisis. Que China use vehículos de fabricación nacional para tan delicada tarea manda un mensaje claro de confianza en las propias capacidades tecnológicas para la protección de sus líderes.
En cualquier caso, Trump parecía más impresionado por la parada militar y los grupos de escolares agitando banderitas con que fue recibido, que por estos detalles más sutiles, si hemos de guiarnos por sus palabras en la posterior recepción oficial.
“Eres un gran líder, se lo digo a todo el mundo” decía Trump en un gran salón, con las dos delegaciones mirándose frente a frente, mientras Xi sonreía en silencio escuchando estos halagos.
Bravucón
No es nada nueva la lisonjería del habitualmente bravucón Trump ante aquellos que percibe que pueden torcerle el brazo. Ya lo había mostrado con Putin, o cuando recibió a Mamdani en la Casa Blanca. Recordemos aquel desenfadado “no pasa nada, puedes decir que sí” (“That’s ok, you can just say yes”) que dijo entonces Trump cuando un periodista, con ánimo de romper el hechizo de amor que de pronto se había instalado en el Despacho Oval, le preguntó a Mamdani si seguía pensando que Trump era un fascista.
Lo importante en este caso fue el no retorno de las lisonjas de Trump por parte de Xi, que se limitó a tratar a Trump como “honorable presidente”, cuando la fórmula de cortesía esperada, y habitual en este tipo de situaciones, hubiera sido que Xi se hubiera referido a Trump como “amigo” o “querido amigo”.
Esto es algo que puede parecer trivial, pero que en el contexto cultural de Asia Oriental en general, y de China en particular, donde las fórmulas de cortesía están establecidas tradicionalmente con una precisión que roza la ceremoniosidad, hace que podamos calificar este trato como distante, frío.
Pero no todas las palabras que se dijeron fueron sutiles. Clara como el agua fue la exhortación de Xi a evitar la “trampa de Tulciades”, un concepto en geopolítica que indica la tendencia de una potencia dominante a responder con la guerra cuando percibe la emergencia de un rival que cuestiona su hegemonía.
Con esa mención expresa, Xi dejaba claro que China ya se percibe en el papel de potencia aspirante en una nueva Guerra Fría. En este contexto tampoco debe pasarse por alto la visita que el Ministro de Asuntos Exteriores de Irán hizo a Beijing previamente a la visita de Trump, dado que se había especulado con que Trump pudiera presionar a Xi para que usara su influencia sobre la República Islámica, a fin de ayudar a Trump a encontrar una salida honrosa del atolladero en el que se ha metido junto con Netanyahu. No parece que ese sea hoy por hoy el interés de China.
Pero a diferencia de Trump, quien sí trazó una línea de un rojo brillante fue Xi: Taiwán.
Aquí, el presidente chino no se perdió tampoco en sutilezas. Advirtió que una mala gestión del tema podría llevar al conflicto, y remarcó que la independencia taiwanesa (aunque de facto ya lo sean, nunca se han declarado como tales) es incompatible con la paz y la estabilidad en la zona.
Trump deja Beijing dando una clara impresión de declive de EEUU
Preguntado por estas declaraciones, Trump guardó un elocuente silencio sobre lo que tradicionalmente había sido una línea roja de la diplomacia estadounidense en Asia, dando la sensación de que otro aliado tradicional se convertía en pieza de trueque para futuras negociaciones en el tablero geopolítico.
En resumen, Trump deja Beijing dando una clara impresión de declive de Estados Unidos como potencia hegemónica, en favor de una China que ya no tiene reparos en asumir su posición como nuevo poder imperial.
Recalquemos esto, porque hay voces en la izquierda que están viendo esto como una derrota del imperialismo como tal y, desgraciadamente, no hay tal cosa.
Ni todavía cae el imperio de Estados Unidos, ni si lo hiciera en favor de China, esto implicaría una liberación, simplemente sería un cambio de jefe.
Ninguna liberación de la clase trabajadora vendrá de la mano de líderes fuertes, ni se gestará en palacios lujosos, por mucho que encima de ese palacio ondee una bandera roja.
Sí, este momento de debilidad del imperio estadounidense abre oportunidades para la clase trabajadora. Pero de nada servirá, si simplemente se sienta a esperar que la libertad le sea otorgada por la benevolencia del nuevo líder. Es en la lucha diaria, y no en el tablero de ajedrez de la geopolítica, donde la clase trabajadora ha de conseguir su liberación con su fuerza.





