Mujeres en la historia

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Judy Cox desvela la historia oculta sobre cómo las mujeres se organizaron y arriesgaron sus vidas para plantar cara al fascismo mientras éste se extendía por Europa.

La noche del 12 de marzo de 1945, una banda de fascistas irrumpió en una modesta vivienda de las afueras de Turín, en el norte de Italia.

Secuestraron a tres mujeres: Vera Arduino, de 19 años; su hermana Libera, de 16, y su amiga Rosa Ghizzone, de 24, que estaba en avanzado estado de gestación.

Las llevaron en coche hasta el canal de Pellerina, las alinearon y las fusilaron. Vera, Libera y Rosa formaban parte de las miles de “stafetta”, mujeres que trabajaban para la resistencia antifascista, llevando mensajes, transportando armas y guiando a los hombres a un lugar seguro en las montañas.

Las mujeres del distrito convirtieron su funeral en una protesta contra el fascismo. La mañana del 16 de marzo, más de 2.000 mujeres llegaron al cementerio, vestidas con jerséis rojos, así como portando flores rojas y pancartas que denunciaban la brutalidad fascista.

La unidad de élite antipartisanos de Benito Mussolini llegó disparando al aire y haciendo subir a las manifestantes a camiones para llevarlas a campos de prisioneros. Pero cuando llegaron los coches fúnebres, las mujeres se arrodillaron y comenzaron a cantar canciones de la resistencia. En toda la ciudad de Turín, los trabajadores organizaron una huelga de 15 minutos en solidaridad.

Esta fue la primera protesta antifascista liderada por mujeres, para las mujeres, en Italia.

Mussolini había sido derrocado en un golpe de Estado dos años antes, en 1943. El momento de euforia y liberación que siguió se desvaneció rápidamente cuando las tropas de Adolf Hitler ocuparon el norte de Italia.

Los nazis reinstauraron a Mussolini como presidente títere en el norte. Los Aliados hicieron poco por hacer frente a la ocupación nazi, por temor a que la resistencia estuviera plagada de comunistas y por considerar a los italianos poco fiables.

Durante esos dos años, miles de mujeres de toda la Italia ocupada se levantaron. Se unieron a la resistencia y lucharon por liberar su país, escribió Caroline Moorehead en su brillante libro (aún no traducido), A House in the Mountains.

Durante dos décadas, Mussolini había convertido a las mujeres en sombras sin derechos ni voz. Los fascistas expulsaron a las mujeres de sus puestos de trabajo, lanzaron “cruzadas por la pureza” y aprobaron una avalancha de órdenes que decretaban que no podían ganar nada, aprender nada ni decidir nada.

El Vaticano alentó las “cruzadas por la pureza”, exigiendo que las clases de educación física para las niñas se sustituyeran por clases de “maternidad”. Pero las mujeres se rebelaron, arriesgándose a ser arrestadas, torturadas, violadas y ejecutadas. Se unieron a unidades partisanas, crearon grupos de resistencia socialistas y se afiliaron al Partido Comunista Italiano.

Ada Gobetti fundó el partido de izquierdas D’Azione y se convirtió en comisaria política de una brigada partisana. La comunista Bianca Guidetti Serra dirigió comités de acción antifascista en las fábricas de Turín y editó un periódico clandestino para mujeres.

Las mujeres de la resistencia italiana no solo querían librar a Italia de los fascistas y los nazis. Querían sustituirlos por una sociedad verdaderamente democrática e igualitaria. Pero cuando los aliados asumieron de hecho el control de Italia en el verano de 1945, las mujeres se llevaron una amarga decepción.

A los Aliados no les importaba la igualdad ni la justicia: solo les importaba restablecer el orden. Eso supuso llegar a acuerdos con elementos del antiguo régimen fascista para aplastar a los comunistas y al movimiento obrero.

El nuevo gobierno demócrata-cristiano, elegido en 1946, declaró una amnistía para todos los delitos cometidos tanto por fascistas como por combatientes de la resistencia antes del 25 de abril de 1945, cuando cayó el fascismo.

Eso significaba que las represalias contra espías y colaboradores fascistas serían tratadas como asesinatos. Miles de partisanos fueron perseguidos y detenidos, y muchos pasaron años en la cárcel por el “delito” de luchar contra el fascismo.

Pero no pudieron borrar el recuerdo de la resistencia colectiva. Como comentó una mujer italiana: “Éramos conscientes de que, por primera vez, habíamos sido protagonistas de la historia”.

Un pueblo que oprime a otro nunca podrá ser libre

Las mujeres hicieron una enorme contribución a las organizaciones antifascistas en toda la Europa ocupada.

El profundo sexismo de los regímenes fascistas hacía que las mujeres despertaran a menudo menos sospechas que los hombres.

En Francia, Ruth “Malou” Altmann, que hablaba alemán con fluidez, informaba sobre conversaciones en alemán que escuchaba en trenes, en bistros y en las calles. Al desplazarse en bicicleta, con su hija de tres años, pasaba desapercibida y evitaba levantar sospechas.

Algunas mujeres se unieron a operaciones militares. En la Francia ocupada por los nazis, las mujeres constituían alrededor del 20% de las personas que se unieron a la resistencia. Una fotografía de Simone Segouin, de 18 años, portando una metralleta robada a los nazis en 1944 en la ciudad francesa de Chartres se convirtió en un símbolo del valor de las mujeres.

Algunas mujeres se volcaron en la política socialista. La estudiante de obstetricia Madeleine Riffaud también tenía 18 años cuando se unió a un grupo partisano alineado con el Partido Comunista. Estaba furiosa porque le ordenaron llevar armas por París para los hombres. Riffaud exigió su propia arma, que utilizó para disparar a un oficial alemán.

La capturaron, la torturaron, la liberaron en un intercambio de prisioneros… y volvió inmediatamente a la lucha. Riffaud dirigió una unidad que interceptó un tren que transportaba municiones y consiguió la rendición de 80 soldados alemanes.

Tras la guerra, no se le permitió alistarse en el ejército regular francés porque no contaba con el permiso de su padre. Más tarde, Riffaud escribiría para el periódico comunista francés L’Humanité sobre las luchas contra el colonialismo francés en Argelia y Vietnam. “Un pueblo que oprime a otro”, escribió, “nunca puede ser un pueblo libre”.

A pesar de los enormes riesgos, las mujeres alemanas encontraron formas de resistirse a Hitler. Algunas escondieron a refugiados judíos. Otras difundieron propaganda antinazi. Sophie Scholl, profesora de primaria, y su hermano Hans fundaron el Grupo de la Rosa Blanca en 1942. Fueron detenidos tras lanzar panfletos en una universidad de Munich.

Condenada por alta traición, Sophie fue ejecutada el 22 de febrero de 1943. Tenía solo 21 años. El mismo mes de su ejecución, las mujeres de la Rosenstrasse de Berlín organizaron la única protesta pública contra las deportaciones de judíos.

Las mujeres no judías exigieron la liberación de sus maridos judíos, que habían sido detenidos para ser deportados a campos de concentración. Mantuvieron sus protestas durante una semana. Cuando la Gestapo amenazó con ametrallarlas, se dispersaron, pero solo para reagruparse. Las mujeres de la Rosenstrasse consiguieron la liberación de casi 2.000 hombres.

Otras mujeres alemanas lucharon contra el fascismo desde el exilio. Dora Schaul, una mujer judía, escapó de Alemania en 1933 y vivió en París, donde fue internada como extranjera enemiga. Schaul escapó del internamiento en 1942, justo antes de ser deportada, y se unió a la resistencia francesa en Lyon. Gracias a su dominio del alemán, consiguió un trabajo como empleada de correos, lo que le permitió pasar información sobre los planes de la Gestapo a los partisanos franceses.

Sus padres y su hermana, que se habían quedado en Alemania, fueron asesinados en los campos de concentración. Pero Dora sobrevivió y luchó. Incluso en los momentos más oscuros, las mujeres encontraron la manera de encender la chispa de la resistencia.

Contrarrevolucionario

El increíble papel que desempeñaron las mujeres en la resistencia contra la ocupación nazi fue posible porque ya habían estado al frente de la lucha contra el fascismo.

La revolucionaria alemana Clara Zetkin realizó una contribución crucial al desarrollo de una interpretación marxista del fascismo.

Zetkin sostenía que el fascismo era un movimiento contrarrevolucionario que recurría a la violencia extrema para aplastar a la izquierda y al movimiento obrero. En las décadas de 1920 y 1930 surgieron diversas organizaciones antifascistas de mujeres. Las mujeres estaban excluidas de la política oficial, pero se ganaron el apoyo popular mediante campañas, conferencias, comités y charlas.

A menudo se colaban en las reuniones fascistas para interrumpir y desplegar pancartas antifascistas, una táctica tomada del movimiento sufragista.

La activista sufragista y revolucionaria Sylvia Pankhurst fue una de las primeras en reconocer la amenaza que representaba Mussolini. Pronunció su primer discurso en una manifestación antifascista en Trafalgar Square, Londres, en marzo de 1923, apenas unos meses después de que Mussolini tomara el poder. Mussolini —aliado de los británicos en aquella época— se quejó ante el Ministerio de Asuntos Exteriores británico de Pankhurst.

El fascismo pretendió convertir a las mujeres arias en incubadoras de la raza superior y perseguir a las mujeres racializadas. Además, amenazó los derechos que habían conquistado tras largas y duras campañas.

La organización antifascista de las mujeres también se vio influida por acontecimientos políticos más amplios. A principios de la década de 1920, los partidos comunistas de Europa constituyeron la columna vertebral de muchos grupos antifascistas.

Sin embargo, a finales de esa misma década, Stalin había consolidado su poder en la Unión Soviética. Impuso la idea de que los partidos de tipo laborista eran “socialfascistas”. Los comunistas se aislaron de millones de personas trabajadoras que querían una lucha unida contra el fascismo.

Alianzas

La repulsa ante la toma del poder por parte de Hitler en 1933 obligó a los partidos comunistas a cambiar de rumbo. Se decantaron por crear alianzas con partidos moderados en un frente popular.

En agosto de 1934, más de 1.000 mujeres de 28 países se reunieron en París para fundar el Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo (CMF). Muchas de las participantes eran comunistas, pero otras procedían de organizaciones feministas y pacifistas.

Entre las activistas del CMF se encontraban Sylvia Pankhurst, la comunista española Dolores Ibarruri y la activista por la paz francesa Gabrielle Duchene. El primer congreso del CMF, celebrado en París en 1934, acogió discursos sobre el poder colectivo de las mujeres para hacer frente al fascismo.

Dolores Ibarruri

Dolores Ibarruri «la Pasionaria»

Sin embargo, el segundo congreso, celebrado en Marsella cuatro años más tarde, se limitó a hablar de reforzar la protección legal contra una toma del poder por parte de los fascistas. La estrategia del frente popular dependía de frenar a las mujeres militantes para no alienar a las organizaciones moderadas. Pero a los nazis no les importaban en absoluto las normas y reglamentos ni los llamamientos moderados.

El enorme potencial de una lucha unida contra el fascismo se desperdició en Alemania y Francia, pero hubo momentos en los que la unidad se impuso. Uno de ellos tuvo lugar en Gran Bretaña en octubre de 1936.

Mientras los líderes comunistas y laboristas se negaban a unirse contra el fascismo, las comunidades amenazadas por la Unión Británica de Fascistas de Oswald Mosley comprendieron que la unidad era esencial. Un número significativo de mujeres judías y antifascistas estuvo entre las aproximadamente 100.000 personas que se reunieron en Cable Street, en el East End de Londres, para detener a Mosley.

Levantaron barricadas a lo largo de la calle. Las mujeres lanzaron botellas de leche y basura contra la policía mientras esta defendía a los Camisas Negras. Las mujeres también esttuvieron en la calle, luchando junto a los hombres.

Una de ellas era la comunista y líder de la huelga Sarah Wesker. Su amante, Mick Mindel, recordó más tarde: “En el momento de la batalla de Cable Street, ella fue una verdadera inspiración para todos nosotros”.

Otra fue Blanche Edwards, a quien fotografiaron mientras la arrestaban. Jack Shaw recordaba haber visto a una joven en la comisaría después de que ambos hubieran sido detenidos. Vio a un policía corpulento agarrar a la mujer, arrancarle la blusa y levantar la porra como para golpearla en la cara. Ella lo miró fijamente y le dijo: “No te tengo miedo”.

En Cable Street, el miedo cambió de bando. Fueron los Camisas Negras y los policías quienes recibieron una paliza. Los Camisas Negras de Mosley no consiguieron pasar.

Este artículo apareció en Socialist Worker, nuestra publicación hermana en Gran Bretaña.