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Alex Callinicos

Tras la salida de Emiratos Árabes Unidos (EAU) de la OPEP, crecen las tensiones entre ellos y Arabia Saudí, mientras los EAU buscan la protección de Israel.

Aún no sabemos cómo se resolverá la guerra de EEUU e Israel con Irán. Pero ya es evidente que se trata de un acontecimiento de trascendencia histórica mundial.

Una potencia de rango medio logró mantener a raya a dos gigantes militares: Estados Unidos e Israel. No podría haber una señal más clara del cambio en el equilibrio de poder económico y militar y del consiguiente declive del imperialismo estadounidense.

Empezamos a ver las consecuencias geopolíticas.

La semana pasada, los Emiratos Árabes Unidos anunciaron su salida de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

Arabia Saudí, líder de la OPEP, y los EAU son los dos principales Estados del Golfo. Al igual que los demás, son autocracias enormemente enriquecidas por sus reservas de combustibles fósiles y tradicionalmente muy dependientes de la protección militar estadounidense.

Pero crecen las tensiones entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. A medida que el Golfo se convertía en un importante centro del capitalismo global, los Emiratos Árabes Unidos se transformaron en un crucial nudo de transporte, ocio y finanzas. En consecuencia, su economía está más diversificada que la de Arabia Saudita, que sigue dependiendo en gran medida del petróleo.

El príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, busca reducir esta dependencia. Sin embargo, necesita mantener el precio del petróleo relativamente alto —alrededor de 70 euros, o 80 US$, por barril— para financiar las inversiones necesarias. Esto implica que la OPEP se comprometa a restringir la producción de petróleo para impulsar los precios.

Abandonar la OPEP permitirá a los Emiratos aumentar la producción.

En 2024, Arabia Saudita aprobó leyes destinadas a obligar a las multinacionales a trasladar sus sedes regionales a territorio saudí como condición para participar en licitaciones de contratos gubernamentales. Esto representa una amenaza para la ultracorporativa ciudad-estado de Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos.

Pero el conflicto es tanto geopolítico como económico. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos son potencias subimperialistas que compiten por dominar su región.

Apoyan a bandos opuestos en las brutales guerras que asolan Yemen y Sudán. A finales del año pasado, Arabia Saudí obligó a los Emiratos Árabes Unidos a retirar sus tropas de Yemen, país fronterizo con Arabia Saudí.

La guerra con Irán ha exacerbado este conflicto. Misiles y drones iraníes atacaron a todos los estados del Golfo. Sin embargo, los Emiratos Árabes Unidos fueron alcanzados por más de 2.800 misiles y drones, muchos más que cualquier otro lugar.

Esto refleja la estrecha relación de los Emiratos Árabes Unidos con EEUU e Israel. Fue uno de los cuatro únicos Estados musulmanes que firmaron los Acuerdos de Abraham de 2020, reconociendo a Israel.

La colaboración con Israel ha aumentado desde entonces. Según el Financial Times, Israel envió rápidamente sistemas de armas y personal a los Emiratos Árabes Unidos para defenderlos de los bombardeos iraníes. “No se trata de un número reducido de tropas sobre el terreno”, afirma una fuente cercana a la situación. Es posible que aviones emiratíes hayan participado en los bombardeos contra Irán.

Los saudíes, por el contrario, aspiran a liderar el mundo musulmán. Por lo tanto, el genocidio de Gaza ha hecho imposible que Mohammed bin Salman reconozca a Israel.

La ofensiva bélica regional de Binyamin Netanyahu ha llevado a Arabia Saudita a firmar un pacto de defensa con Pakistán. Es posible que espere que este vínculo con una potencia nuclear disuada a Israel.

Pakistán ha estado mediando en las conversaciones de paz entre Estados Unidos e Irán. Mientras tanto, los saudíes han impulsado el alto el fuego en el Líbano. Turquía y Egipto, al igual que Arabia Saudita, desconfían cada vez más de Israel.

Por otro lado, la ruptura de los Emiratos Árabes Unidos con la OPEP sugiere que están estrechando sus lazos con Estados Unidos e Israel. Emiratos mostraron su descontento con el papel de mediador de paz de Pakistán cancelando un préstamo de 2.900 millones de euros, que Arabia Saudita sustituyó inmediatamente.

Uno de los objetivos más coherentes de la administración Trump es aumentar la participación de Estados Unidos en la producción mundial de petróleo y gas para impulsar la producción y reducir los precios. Los planes emiratíes de “perforar, perforar, perforar” son música para los oídos de Donald Trump.

El fracaso del ejército estadounidense en la protección de los aliados árabes de Washington en el Golfo los está animando a buscar otras alternativas. Pakistán es un aliado histórico de China. Arabia Saudí, si bien no ha roto su alianza con Estados Unidos, se ha acercado a China y colabora con Rusia en el marco del cártel ampliado de la OPEP+, que incorpora a otros diez países productores de petróleo.

Mientras tanto, India, rival regional de Pakistán, apoyó firmemente la campaña estadounidense-israelí contra Irán. Si bien aún no se trata de bloques consolidados, las fisuras en el sistema global se están acentuando.