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Paco Priego

Hay una famosa frase atribuida a Stalin, que presuntamente el autócrata soviético habría dicho en tono burlón a un interlocutor —algunos dicen que a Truman, otros que a Churchill— que había sugerido invitar al Papa —también algunos dicen que en la Conferencia de Yalta y otros que en la de Potsdam—: “¿Cuántas divisiones (militares) tiene el Papa?” habría replicado.

Independientemente de la discutible veracidad de la anécdota (todo parece indicar que quien recibió realmente una respuesta similar de Stalin fue el Ministro de Exteriores francés Pierre Laval, en una visita que realizó a Moscú en 1935, en un contexto político bastante diferente al de 1945) ha quedado como un ejemplo de la incapacidad del autócrata soviético, y de los autócratas en general, de entender el llamado “poder blando”.

Hablamos de aquel que, a diferencia del poder “duro”, no se ejerce mediante la fuerza bruta y las armas, sino por el comercio, la diplomacia, y la influencia ideológica y cultural. Y si bien el Papa no tiene un ejército propiamente dicho desde 1870 —cuando los Estados Pontificios fueron anexionados por Italia, en el contexto de la Guerra Franco-prusiana— nunca ha perdido ni dejado de saber utilizar el poder blando que le da el ser el líder espiritual de un estimado de mil trescientos millones de creyentes católicos, ya sean más o menos practicantes.

La pervivencia de esta anécdota también serviría como una reivindicación de cómo Occidente o, mejor dicho, Estados Unidos, ha empleado con maestría el poder blando. Esto empezó ya al final de la II Guerra Mundial con sus programas de reconstrucción, y poco a poco se fue consolidando en una maquinaria de influencia tal que, hoy en día, habría hecho de su cultura algo casi hegemónico.

La mayoría de nosotros, por ejemplo, sabemos más del sistema judicial de Estados Unidos que del que existe en nuestro propio país, porque eso es lo que vemos en las películas, sin ir más lejos. También entraron en este juego de influencias las ayudas al desarrollo y USAID, la agencia encargada de gestionarlas, era un factor importante. Por eso, se hizo acreedora a partes iguales tanto del respeto por parte de los beneficiados por sus programas, como de las críticas acusándola de ser una correa de transmisión del imperialismo de Estados Unidos. Seguramente las dos cosas bien merecidas.

Claro, todo esto fue antes de la llegada de Donald Trump, un hombre que no entiende de sutilezas, que solo entiende el poder que se ejerce aplicando la fuerza, en guerra perpetua con la cultura, que pretende hacer acuerdos comerciales con bravatas y amenazas, y que ve en los programas sociales un derroche de dinero.

Su fracasada política comercial de aranceles para todos, y el cierre —de la mano de su entonces amigo Elon Musk— de USAID, significaron un duro golpe en el poder blando de Estados Unidos (y dejaron un vacío que China se está apresurando a llenar).

Pero como buen autócrata, él va mucho más allá de proyectar una imagen de hombre fuerte, duro, un auténtico macho alfa (o al menos, así es como él se ve a sí mismo). Y una parte importante de esta imagen de fanfarrón es descalificar a cualquiera que le lleve la contraria. Y el último en recibir su ira ha sido Robert Francis Prevost, el recién elegido Papa de la iglesia católica León XIV.

El descontento del trumpismo con el Papa Prevost no es algo nuevo. Prevost ya era de una línea ideológica muy crítica con el nacionalismo cristiano excluyente del movimiento MAGA mucho antes de convertirse en Papa, y éstos depositaban sus esperanzas en el extremista Raymond Burke, o como mal menor en el equidistante Timothy Dolan, para tener un Papa estadounidense.

El hecho de que, en su discurso de toma de posesión, en el momento tradicional de dejar de expresarse en el protocolario italiano para hacer un recordatorio a sus feligreses, el nuevo Papa eligiese el castellano en vez de su inglés nativo para hacerlo, ya fue visto por muchos como una crítica sutil a las políticas migratorias de Trump.

El 22 de enero de este año, la convocatoria del nuncio apostólico del Vaticano (el equivalente a un embajador) por parte del subsecretario de Defensa del Pentágono a una reunión hizo correr ríos de tinta. Según varias fuentes fue un encuentro bastante tenso, lleno de reproches hacia la postura vaticana respecto a las políticas de Trump, y en el que se habría llegado incluso a mencionar el precedente histórico del Papado de Aviñón como amenaza velada.

Ambas partes obviamente negaron oficialmente este desacuerdo, desde la parte MAGA con su habitual retórica de descalificación hacia la prensa, y desde el Vaticano con su centenaria sutileza. Sin embargo, que el primer Papa estadounidense haya declinado visitar Estados Unidos en el 250 aniversario de su independencia parece una muestra clara de que el mar de fondo existe.

Pero todo eso, que solo eran rumores, ha estallado de lleno con la guerra lanzada por Trump y Netanyahu contra Irán. Esta ha resquebrajado como nunca hasta ahora las relaciones de Estados Unidos con sus aliados históricos. Ahora vemos a un enfurecido Trump lanzando insultos y bravatas contra todo el mundo que se atreve a decirle que ha cometido un error histórico.

Una de estas figuras ha sido el papa Prevost quien, después de que Trump, en uno de sus ataques nocturnos de adicción a las redes sociales, amenazara en Truth Social con la desaparición de una civilización entera si no se reabría inmediatamente el estrecho de Ormuz, le llamó la atención.

León XIV calificó de inaceptables estas palabras, lo que hizo que la furia naranja cayera sobre él. Nuevamente en Truth Social, Trump respondió acusando al Papa de ser débil con la delincuencia y terrible en los asuntos de política exterior, de querer complacer a la izquierda radical, para rematar la andanada sugiriéndole que se centrase más en ser un gran Papa, y menos en la política. Y por si eso no fuera suficiente, después publicó la famosa estampita hecha con inteligencia artificial donde asumía el papel de Jesucristo sanando a un enfermo.

A diferencia de Trump, Prevost no perdió los estribos. Mientras a Trump le llovían las críticas, especialmente por la grotesca estampita —que finalmente tuvo que borrar, diciendo que él en ningún momento había tratado de representarse como Jesucristo, sino como un médico— el Pontífice simplemente se reafirmó en la critica a los líderes que despilfarran miles de millones en guerras, y manipulan el nombre de Dios en su beneficio.

También, ante una pregunta expresa de la prensa, afirmó no tener ningún miedo a Donald Trump, afirmación debidamente matizada indicando su condición de pastor de la Iglesia Católica. En cualquier caso, parece que, de este episodio, quién ha salido más perjudicado es Donald Trump.

¿Ha mordido Trump más de lo que puede tragar? Parece que sí, y la reciente noticia de que el secretario de Estado Marco Rubio piensa visitar al Papa en el Vaticano a principios de mayo para tratar, entre otros asuntos, la guerra de Irán, podría ser un primer intento de desescalada.

Ciertamente, la historia nos dice que hacerte enemigo de un Papa, si no perteneces tú mismo a los círculos de poder vaticanos, es una mala idea.

Pero, al igual que Stalin, a Trump parece que le interese más saber cuántas divisiones tiene el Papa, ignorando que el verdadero poder de éste es sobre la mente de aquellos que forman en las filas del mismo Trump. Hablamos de un poder sutil que un fanfarrón acostumbrado a las bravatas como Trump está lejos de entender lo peligroso que puede ser, pero que ya ha podido experimentar en carne propia como puede ser de efectivo.