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David Karvala, Marx21

El racismo es un pilar ideológico del capitalismo desde sus inicios con el colonialismo y el comercio de personas esclavizadas.

Por tanto, aunque diferentes instituciones y empresas hagan declaraciones a favor de la “diversidad” y la “tolerancia”, el racismo beneficia al sistema capitalista —incluso es una parte estructural de él— y por eso, en la práctica, lo impulsan.

La extrema derecha, por mucho que se etiquete de “antisistema”, o “alternativa”, también defiende el sistema y, por supuesto, es rabiosamente racista.

La izquierda se define por defender la justicia social y la igualdad. La izquierda revolucionaria lleva su oposición al capitalismo a la conclusión lógica de querer abolir este sistema y construir una sociedad socialista.

Así que la izquierda —y aún más la izquierda revolucionaria— debería oponerse total y activamente al racismo.

Y a menudo lo hace: las izquierdas suelen destacar en los movimientos antirracistas.

Pero —tristemente hay un pero— no siempre es así.

Lo comentó Salma Laghzaoui Al Bachiri, activista contra la islamofobia, en las jornadas de Marx21 de diciembre de 2025: “dicen que el marxismo rechaza toda forma de opresión, y sobre el papel sí, pero en la práctica muchas veces no se hace. Se utilizan argumentos marxistas, con un laicismo malentendido, para justificar la islamofobia… hay discursos de gente que se supone que está en nuestra misma línea que dan mucho miedo, sobre todo respecto a la islamofobia”.

Tiene razón. Especialmente cuando se trata de la islamofobia —que ha sido seguramente la forma más mortífera de racismo en lo que llevamos de siglo— muchos sectores e individuos de la izquierda muestran mucha confusión.

Marx21 forma parte de una corriente internacional que activamente combate la islamofobia. En esta lucha, nos hemos topado con muchos argumentos repetidos con los que activistas de izquierdas, en efecto, intentan justificar la islamofobia.

Este artículo rebate diversos de estos tópicos.

«¿La religión es el opio del pueblo?»

Es cierto que Marx escribió estas palabras, pero la cita real es más larga y mucho más matizada:

La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo

Las palabras aparecen en un texto de 1844: en esa época Marx escribió bastante sobre la religión. Su argumento central fue que no se podía explicar la sociedad en base a la religión, sino que la religión se debía entender como producto social, fruto de las condiciones de vida de las personas.  Y de la cita completa, se puede entender que si bien las creencias religiosas pueden ser inadecuadas, incluso nefastas, suelen expresar problemas muy reales.

En la visión marxista real —no la versión estalinista de cartón piedra— la izquierda no debe intentar arrancar el “opio” a las personas que recurren a él frente al dolor, sino promover la lucha unitaria para eliminar este dolor.

El marxismo se basa en el materialismo histórico. Demasiadas veces, las izquierdas no parten de la realidad social, sino que se basan en algunas citas de algunos textos sagrados.

Paradójicamente, estas izquierdas supuestamente laicas y ateas hacen un análisis teológico, no marxista, de la religión.

«La izquierda anticapitalista debe ser laica y no puede apoyar ninguna religión»

Las afirmaciones de este tipo confunden el significado del laicismo, y también confunden lo que supone combatir la islamofobia.

El Diccionario de la lengua española de la RAE define el laicismo como “Independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa.”

No dice nada acerca de reprimir las expresiones religiosas o sobre un ateísmo impuesto. El énfasis está en la independencia con respecto a las religiones, no en la imposición de una religión, principalmente por parte del Estado.

En el Estado español, donde la maquinaria de la Iglesia católica cuenta con infinidad de privilegios, la defensa del laicismo pasa por combatir estos privilegios, para que el Estado sea neutral ante las diferentes religiones.

Cuando, por ejemplo, una comunidad musulmana —compuesta típicamente por personas migradas y de clase trabajadora, con algunos individuos que tienen un bar o tienda local— topa con una oposición racista a la creación de una mezquita, una izquierda laica de verdad debe defender su derecho a un centro de culto, no sumarse a la campaña racista.

Y que la izquierda defienda su derecho a construir una mezquita no supone que esté promoviendo el islam como religión.

Cuando en 2017 matones neonazis bajaban de los barrios ricos al centro de Barcelona para atacar a activistas independentistas, cualquier persona democrática, opuesta al fascismo, debería haberse opuesto a estas agresiones, sin importar si era “indepe” o no.

Quizá este es un ejemplo de un problema típico en la izquierda. Al rechazar el bloqueo estadounidense contra Cuba, acaban apoyando y celebrando todas las políticas y declaraciones del gobierno cubano. O bien, si por fin reconocen que Maduro no estaba creando en Venezuela el socialismo ni nada parecido, se callan ante el asalto de Trump contra Venezuela.

El hecho de oponerse a un ataque racista —machista, imperialista…— no conlleva el compartir las ideas de quienes sufren este ataque. (Dicho esto, tampoco se puede dar por sentado que las personas que intentan establecer una mezquita tendrán ideas retrógradas; de esto hablaremos más adelante.)

«La religión debería ser un asunto privado»

Un artículo reciente en el Público declaró que “La religión… debe ser declarada como un asunto privado, personal, y salir del espacio público”.

Una duda inmediata es ¿quién exactamente se supone que va a declarar la religión un asunto privado? ¿El Estado español, que da privilegios a la Iglesia católica y aún comercia con armas con el nada aconfesional Estado israelí? ¿La medida la aplicarán las fuerzas policiales, repetidamente denunciadas por racismo?

Pero aquí me quiero centrar en lo que se entiende por “asunto privado”. De nuevo topamos con una confusión respecto al laicismo. Que la religión sea un asunto privado debería significar que el Estado se mantenga neutral, sin imposiciones ni prohibiciones.

El laicismo no justifica de ninguna manera intentar invisibilizar a las personas creyentes ni excluirlas de la esfera pública. Significa más bien la igualdad de derechos para todas las personas, sin importar sus creencias religiosas, o la ausencia de estas.

Una forma que toma esta exclusión del espacio público es la exigencia de prohibir el hijab, que trataremos seguidamente.

Pero hay que preguntarse: ¿la exigencia de que la religión se límite al ámbito privado se aplicará a Navidad, Semana Santa, etc? Dada la omnipresencia de estas festividades cristianas, alrededor de las fechas señaladas, se supone que esta exigencia “laica” empezaría por aquí, no con ataques a la minoría musulmana.

Pero ya sabemos la respuesta: ningún defensor de ese “laicismo” selectivo hace nada para abolir la celebración pública de Navidad. Está claro que sería una barbaridad proponerlo, pero toda la idea de prohibir a las personas expresar su religión en público también lo es.

«Hay que salvar a las musulmanas del hijab»

Este es uno de los argumentos islamófobos más extendidos y viejos. Se trata de fingir la defensa de las mujeres musulmanas, mediante la negación de su derecho de decidir por sí mismas. Combina, por tanto, el racismo con el machismo.

Como escribió Hajar Oukhouya Ali en El Salto:

Desde una mirada occidental, muchas veces se nos ve a las mujeres musulmanas… como si fuésemos personas sin educación, sometidas o incapaces de tomar decisiones sobre nuestros propios cuerpos y nuestras vidas

Otro aspecto es el hecho de presentar el islam como la causa central de la opresión de género en las sociedades musulmanas.

De nuevo, esta visión no es nada marxista —el marxismo explica cómo la opresión de las mujeres surgió con los inicios de las sociedades de clase, y se reestructura en cada sociedad de clases— sino que trata la religión como si fuera un poder superior, independiente. Además, es falsa. La opresión LGTBI+ fue impuesta en Oriente Medio y el norte de África, no por el islam, sino por los poderes coloniales, Francia y sobre todo Gran Bretaña.

Volviendo al punto específico, no se trata de “velo sí” o “velo no”, sino de defender el derecho de las mujeres a decidir por sí mismas.

Comentemos aquí un aspecto “filosófico” del argumento islamófobo; cuestionan el libre albedrío y niegan que estas mujeres realmente puedan tomar decisiones propias, debido a las presiones sociales. (Se ve que estas dudas no se aplican a los tacones, las minifaldas, etc…)

Este argumento tiene precedentes; a finales del s.XIX, algunos sectores de la izquierda se opusieron al derecho al voto de las mujeres, porque pensaban que ellas votarían bajo la presión de la iglesia o de sus maridos. Entonces el argumento fue erróneo, además de hipócrita, tanto como lo es ahora. Si las mujeres sufren limitaciones en este derecho, debemos combatir estas limitaciones, no abandonar el derecho a la libertad.

Esta lucha en Arabia Saudita o Irán ahora supone defender su derecho a no llevar velo sí no quieren. Así lo hicieron, por ejemplo, las grandes protestas tras la muerte a manos de la policía de la kurda-iraní Mahsa Amini, por no taparse “correctamente”.

También en Europa hay mujeres de familias musulmanas que han sufrido presiones por no llevar el velo, y la izquierda también debe defender su derecho a decidir por sí mismas. Sin embargo, este derecho a decidir va en contra de la exigencia de prohibir el velo a todas las mujeres musulmanas, como piden algunas integrantes de este pequeño grupo alineado con el liberalismo “laico” occidental.

Es llamativo que las integrantes de este grupo reducido disfruten de una cobertura desproporcionada en los medios, alguna incluso hace años que tiene una columna semanal en uno u otro periódico importante. Mientras, las voces de la mayoría de las mujeres musulmanas (con velo o no) que no se suman a la visión islamófoba están totalmente ausentes en los medios.

Dicho todo esto, gran parte del ataque contra las mujeres musulmanas viene de la derecha y la extrema derecha (típicamente, de manera hipócrita, con el mismo discurso de “defender a las musulmanas”).

Aquellas izquierdas, y los sectores del feminismo, que se hacen eco de estos discursos, deberían reflexionar acerca de esta coincidencia.

No es complicado. Estamos por la libertad de elección, y rechazamos tanto la imposición como la prohibición.

«El islam no es una raza: la islamofobia no es racismo»

Este argumento está bastante extendido, y puede parecer lógico, pero de nuevo se basa en una confusión.

No existen razas, en términos científicos. Como informó la BBC: “la secuencia de bases (las unidades que forman la información genética) en el ADN humano es idéntica al 99,9%” en el conjunto de la humanidad.

Sin embargo, el racismo es un hecho.

El racismo tal como lo conocemos empezó hace unos tres siglos como un intento de justificar el comercio de personas esclavizadas. Fue este racismo el que sugirió que las personas africanas pertenecían a una “raza” diferente a la de las personas europeas de piel clara.

Así que la misma idea de diferentes razas es un producto del racismo. Las personas musulmanas no conforman una “raza”, como tampoco lo hacen las personas afrodescendientes, las personas del sur de Asia… Pero en todos estos casos — y bastantes más— la discriminación que sufren sí que es racismo.

«Todo el islam político es una fuerza reaccionaria al servicio de los imperialistas»

Como las afirmaciones anteriores, ésta reúne diferentes confusiones.

Un punto inicial es que la necesaria lucha contra la islamofobia en Europa no debe verse afectada por las disputas entre algunas izquierdas y las organizaciones islamistas en los países de mayoría musulmana.

La izquierda europea no puede (o no debe) citar los pecados —reales o imaginarios— del islam político en Irán, Egipto o donde sea, como excusa para no respaldar a una comunidad musulmana frente a la islamofobia en un barrio popular de Madrid, Marsella, etc.

Pero, aun así, vale la pena tratar algunas de las confusiones sobre el islam político extendidas entre las izquierdas.

Tristemente, muchos sectores de la izquierda en países de mayoría musulmana, desde Marruecos hasta Pakistán, expresan una hostilidad unidimensional y sectaria hacía el islam político. Reproducen, más o menos, el laicismo malentendido de gran parte de la izquierda europea.

Un análisis marxista supondría juzgar cada fuerza política en base a lo que hace en el mundo real, qué papel juega en las luchas, qué clase o clases sociales participan en ella, etc. En resumen, la cuestión central es, ¿en qué lado están? Un texto clave que hace precisamente esto lo escribió nuestro compañero, ahora difunto, Chris Harman, en 1994.(Hay una versión en castellano, algo reducida: “Islam, imperialismo y resistencia”.) Su argumento inspiró a un sector de la izquierda radical egipcia a buscar puntos de confluencia con corrientes islamistas: este camino los llevó a Tahrir en 2011.

Pero en vez de hacer este análisis marxista, muchos sectores de las izquierdas aplican, de nuevo, una visión teológica. “Son musulmanes; el Corán dice tal o cual cosa; por tanto, son X (reaccionarios, machistas, fascistas…).”

Pero argumentos así quedan en ridículo si se aplican a las fuerzas políticas inspiradas en el cristianismo.

¿La secta católica Opus Dei, o la asociación ultracatólica española HazteOir son lo mismo que la Teología de la liberación, que forma parte de las luchas desde abajo en muchos países de América latina, o el Movimiento Sin Tierra en Brasil, también de inspiración católica?

¿Alguien piensa seriamente que Martin Luther King, ministro baptista (una rama del cristianismo evangélico) y destacado líder del movimiento por los derechos civiles, representaba lo mismo que las iglesias evangélicas ultras que respaldan a Trump, Bolsonaro y Milei?

Es igualmente insensato tratar el islamismo como un bloque monolítico. Los movimientos de liberación nacional Hamas y Hezbolá nada tienen que ver con la familia real saudí, firme aliada de EEUU.

Por supuesto que el islam político tiene sus contradicciones y limitaciones. También las tiene el reformismo, pero sería francamente estúpido mantener que Podemos, o Melenchon en Francia, son lo mismo que Keir Starmer, el primer ministro británico que está aplicando políticas racistas de extrema derecha.

Luego está el argumento de que el islam político es un producto del imperialismo. Por supuesto que dirigentes de diferentes potencias imperialistas se han jactado de su papel en impulsar tal o cual movimiento islamista, pero esto no explica el surgimiento de esta corriente.

Mucho más importante es el fracaso de las organizaciones nacionalistas laicas árabes, de lo que a veces se llegó a llamar el “socialismo árabe”. En realidad, fue más nacionalismo que socialismo, y lo poco de lo último solía ser más bien estalinismo. Buscaban reproducir el “éxito” económico de la URSS.

Basta con recordar que Saddam Hussein, antiguo dictador de Irak; la dinastía de los Assad, que controlaban Siria mediante el terror; o Muamar el Gadafi, que mandó en Libia desde 1969 hasta 2011 (y que fue colega de Berlusconi, Sarkozy…) fueron figuras clave de esta corriente, para ver lo que ésta representaba de verdad.

Otro ejemplo es, o era, Fatah, el partido clave en la Organización de Liberación de Palestina. Perdió apoyo, a favor de Hamas, no por las maniobras sionistas, sino por su creciente corrupción, por aplicar políticas neoliberales, y por su colaboración con el Estado israelí.

La idea de que el islam político es títere del imperialismo occidental refleja de nuevo la visión en la cual la propia gente musulmana es incapaz de tomar sus propias decisiones y de construir sus propios movimientos; que todo viene desde arriba.

«Estoy en contra de todas las religiones, islam incluido»

Como ya se ha comentado, en el Estado español, la Iglesia católica cuenta con mucho poder y una enorme riqueza. Su cúpula suele utilizar su influencia, no para promover la bondad y la justicia social, sino para respaldar a la derecha.

Recientemente hubo un ejemplo flagrante de esto, cuando Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid, exigió la caída del Gobierno español.

Para colmo, está la multiplicidad de casos de abusos sexuales a menores, un escándalo que llevan años encubriendo.

Ante este panorama, es muy comprensible que muchas personas progresistas se reboten contra la iglesia, aún más si vivieron bajo el franquismo, cuando la situación era aún peor, y/o si han sufrido personalmente a manos de los clérigos.

Pero hay que recordar, de nuevo, que combatir la islamofobia nada tiene que ver con defender la religión, sino que significa rechazar el racismo.

Y hay que reconocer que una comunidad musulmana en un barrio popular no representa lo mismo que la poderosa cúpula católica.

Conclusión

En todos estos puntos se podría matizar un detalle u otro, por supuesto. Pero hay un par de cosas básicas que deberían ser indiscutibles.

Primero, que la islamofobia es una forma de racismo, por lo que no puede haber un antirracismo de verdad sin oponerse a la islamofobia.

Segundo, y como ya se ha insistido, el análisis marxista de todo esto —la islamofobia, el islam político, lo religioso en general…— no parte de unos textos sagrados, sino de la realidad social. Debería ser obvio, pero parece que no lo es.

Estos no son debates abstractos. Durante años, los movimientos en Francia contra el fascismo y contra las guerras en Oriente Medio fueron debilitados por las actitudes “laicistas”, y a menudo francamente islamófobas, de gran parte de las izquierdas francesas. Estas actitudes “laicistas” no han facilitado la construcción de luchas contra una extrema derecha extremadamente islamófoba, y contra una serie de incursiones imperialistas que se justificaban mediante la islamofobia.

El racismo contra las personas musulmanas tiene una enorme presencia en la vida pública —la política institucional, los medios, etc.— y así llega a contagiar a la población, e incluso a los movimientos sociales.

Por tanto, los sectores de la izquierda que sí entienden la islamofobia y la necesidad de combatirla, tienen que hacer un trabajo duro, para frenar estas ideas racistas.

Por ser duro, es muy difícil —imposible— hacerlo solo. Surgen temas complicados, donde hay que sopesar diferentes aspectos. Puede ser difícil para una persona en solitario resistirse a la presión de las ideas mayoritarias. Por otro lado, existe la tentación de abandonar todo intento de dialogar con personas que mantienen las ideas dominantes, adoptando una actitud sectaria y cerrada, que tampoco sirve para combatir el racismo.

En situaciones así, es mucho mejor trabajar de manera colectiva, compartiendo ideas y experiencias, para llegar a una posición coherente, que luego puede ser la base de una lucha práctica, para promover activamente la lucha contra el racismo.

Una organización revolucionaria de verdad tiene esta función, la de reunir a diversas personas y experiencias en un esfuerzo colectivo de cambiar el mundo.

En esta cuestión, claro, poco serviría una organización que, colectivamente, reprodujese los prejuicios islamófobos que, como ya se ha comentado, están demasiado presentes en muchos grupos de izquierdas.

Marx21 como grupo se opone firmemente a la islamofobia, y forma parte de una corriente internacional que lucha en este sentido en diferentes territorios del mundo.

Si eres anticapitalista, y quieres combatir la islamofobia como parte de la lucha por un mundo diferente, basado en el socialismo desde abajo, te debes plantear unirte a nuestro grupo.