ES CA

El monstruo imperial de Estados Unidos parece imparable. Pero la historia del imperialismo estadounidense no se reduce a victorias fáciles. Judy Cox y Camilla Royle explican por qué Trump se está topando con los límites del poder estadounidense tanto a nivel nacional como internacional. 

Es muy fácil sentir terror ante el imperialismo estadounidense y sentirse impotente frente a su poder. Hemos presenciado el genocidio en Gaza, la guerra de los doce días contra Irán, orquestada por Israel y Estados Unidos el verano pasado 2025, y el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela.

Es cierto que Estados Unidos es la potencia militar y económica más dominante del mundo. Estados Unidos gasta alrededor de un billón de dólares en su ejército, más que los nueve países que más gastan en él juntos.

Donald Trump y su régimen se creen dueños de la guerra, con sus grandes cañones y aviones de guerra, como decía Bob Dylan. Pero la guerra no es un sirviente obediente, y existen enormes riesgos cuando Trump juega con ella.

Irán ha demostrado ser más que capaz de atacar a los estados del Golfo con sus drones de fabricación propia. Y no hay ningún líder iraní pro-estadounidense esperando su oportunidad.

Trump quiere una victoria rápida, pero podría provocar una guerra prolongada que sumerja a toda la región en el caos. 

Invasiones

Las victorias militares estadounidenses del pasado han resultado ser efímeras. El 7 de octubre de 2001, las tropas estadounidenses invadieron Afganistán. La Operación Libertad Duradera formó parte de la “Guerra contra el Terror” del gobierno estadounidense, en respuesta a los atentados del 11 de septiembre.

Dos meses después, el presidente George W. Bush celebró la toma de Kabul por parte de Estados Unidos y la caída de los talibanes. Prometió libertad, democracia y derechos para las mujeres. Pero en su lugar, instauró un régimen de señores de la guerra, gánsteres y narcotraficantes. Nunca obtuvo el apoyo popular.

En noviembre de 2008, las bombas estadounidenses mataron a 37 mujeres y criaturas en una fiesta de boda afgana, un símbolo de la brutalidad estadounidense. 

Los talibanes, aunque dispersos, seguían invictos. Comenzaron a resistirse  ante la ocupación estadounidense. Debido a la extensa cordillera y el vasto terreno, Estados Unidos necesitaba un gran número de tropas para controlar Afganistán. Sin embargo, la ocupación no obtuvo acceso a los recursos necesarios para su subsistencia.

Bush y sus compinches creían que lograrían una rápida victoria en Afganistán. Envalentonados, pusieron su mira en Irak en 2003. 

Bush prometió “liberar” a Irak de Saddam Hussein. En 2002, el gobierno estadounidense lanzó una campaña para coaccionar a otros países a apoyar la invasión planeada.

El primer ministro laborista de Gran Bretaña, Tony Blair, accedió de buen grado. Un movimiento global masivo contra la guerra movilizó a millones de personas a las calles. Pero en marzo de 2003, Estados Unidos comenzó a bombardear ciudades iraquíes en una campaña de “conmoción y pavor”. Cuando las tropas lideradas por Estados Unidos invadieron Irak, el ejército de Saddam Hussein ofreció poca resistencia.

Estados Unidos justificó su guerra alegando que Irak poseía armas de destrucción masiva. Era mentira. El 1 de mayo de 2003, un sonriente Bush apareció en un portaaviones bajo una pancarta que proclamaba “misión cumplida”. Otra mentira. Al igual que en Afganistán, Estados Unidos fracasó en su intento de instaurar un régimen legítimo. Los insurgentes continuaron la resistencia militar a la ocupación en ciudades como Faluya y Basora.

Un año después de que Bush declarara la victoria, salieron a la luz los atroces abusos cometidos contra los prisioneros retenidos por las fuerzas estadounidenses en Abu Ghraib.

Sectario

La ocupación se enfrentó inicialmente a la resistencia unida de musulmanes chiíes y suníes. Por ello, recurrió a la estrategia de divide y vencerás. Las autoridades de ocupación crearon un Estado chií sectario, que tuvo que apoyarse en líderes chiíes que miraban hacia Irán.

Pero los crímenes de guerra, las masacres y las torturas perpetradas por los ocupantes estadounidenses provocaron una reacción. El grupo reaccionario y sectario Estado Islámico (ISIS) comenzó a ganar adeptos.

El ISIS era diferente de otras organizaciones terroristas. Se centraba en construir un califato islámico, en lugar de atacar a sus enemigos.

En el verano de 2011, las fuerzas estadounidenses se retiraron de Irak, lo que supuso la mayor derrota para el imperialismo estadounidense desde Vietnam.

Hasta un millón de personas murieron a causa de un gobierno estadounidense empeñado en imponer su autoridad en el rico Oriente Medio.

El fantasma de la derrota en Irak aún persigue al imperialismo estadounidense; le aterra invadir Irán. Es fácil iniciar guerras. Es fácil proclamar victorias militares. Pero ganar la paz es mucho más difícil que ganar la guerra.

La guerra contra Irán podría intensificar la oposición a Trump en Estados Unidos. De hecho, ya es uno de los presidentes más impopulares de la historia estadounidense.

Tan solo una cuarta parte de los estadounidenses apoya la guerra contra Irán, y la guerra podría aumentar su impopularidad en el país.

La guerra con Irán supone un riesgo para el transporte marítimo mundial que transita por el estrecho de Ormuz. Los precios del petróleo han subido desde que Trump prometió gasolina barata.

La economía estadounidense es vulnerable al estallido de la burbuja de la IA. Ahora se suma el peligro de que la confianza en el sistema disminuya y la inversión se estanque.

Las guerras arancelarias de Trump han perturbado el comercio mundial y es probable que eleven la inflación.

Esto podría aumentar las tasas de interés. Lo que significa mayores costes para la gente y para el gobierno. Los pagos de la deuda federal de Estados Unidos, que asciende a 30 billones de dólares, se dispararían. El mantenimiento de la deuda ahora ya cuesta más de un billón de dólares al año.

Competencia geopolítica

Trump y los líderes mundiales están inmersos en una competencia geopolítica. Los países más pequeños no tienen más remedio que abrirse paso a la fuerza en ese sistema o convertirse en sus víctimas, lo que hace inevitables las guerras imperialistas.

Durante los horrores de la Primera Guerra Mundial, Rosa Luxemburgo escribió: “Violada, deshonrada, chapoteando en sangre, goteando inmundicia: ahí se alza la sociedad burguesa. No es precisamente un lugar pulcro y moral, con pretensiones de cultura, filosofía, ética, orden, paz y estado de derecho, sino una bestia voraz, el aquelarre de la anarquía, una plaga para la cultura y la humanidad. Así se revela en su verdadera y desnuda forma.”

Pete Hegseth es esa bestia voraz de hoy. Trump es esa plaga para la humanidad. La Casa Blanca es ese aquelarre de brujas de la anarquía.

Pero los trabajadores de Irán ya han protagonizado revoluciones antes; no son títeres de occidente.

La administración Trump nos ha proporcionado un conjunto de razones en constante cambio para desatar el infierno en Irán.

Según afirmaron, la razón eran las armas nucleares. Sin embargo, los propios informes de inteligencia estadounidenses niegan que Irán estuviera produciendo armas capaces de alcanzar Estados Unidos. Además, el propio Trump declaró haber destruido las instalaciones nucleares iraníes el pasado mes de junio.

Luego dijeron que era para un cambio de régimen; al comienzo de la ofensiva, Trump les dijo a las y los iraníes: “Cuando hayamos terminado, tomen el control de su gobierno”.

Aunque hizo un llamamiento a las y los iraníes para que se sublevaran contra sus gobernantes, Trump dijo que tiene que “participar en el nombramiento” de un nuevo ayatolá.

Entonces la administración dijo que Israel los había arrastrado a la guerra.

El secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, anunció el lunes pasado: “Sabíamos que iba a haber una acción israelí. Sabíamos que, si no actuábamos de forma preventiva antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos un mayor número de bajas”.

Sugirió que Israel se estaba preparado para atacar por su cuenta, y que la represalia de Irán amenazaría a Estados Unidos y sus aliados. Al día siguiente, Trump dijo lo contrario: que él había forzado la mano de Israel.

Extrema derecha

La idea de que Israel arrastró a Estados Unidos a la guerra resuena entre algunos miembros del movimiento de solidaridad con Palestina. También encaja con la narrativa de ciertos sectores de la base de Trump.

Los comentaristas de extrema derecha Tucker Carlson y Megyn Kelly han denunciado fuertemente que las tropas estadounidenses se estuvieran muriendo en la “guerra de Israel”.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, tiene sus propias razones para querer la guerra. Sin duda, ve una oportunidad para sofocar el apoyo de Irán a Hamás en Palestina y al movimiento de resistencia libanés Hezbolá, impidiendo que se reorganicen y amenacen a Israel.

Netanyahu también se enfrenta a elecciones este año que podrían provocar su destitución. Necesita el apoyo de los sectores más intransigentes de la ultraderecha en su gobierno de coalición.

Muchos israelíes de derechas quieren anexionarse Cisjordania y expandirse hacia el territorio de otros estados. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, quiere que Jordania, Líbano, Egipto, Siria, Irak y Arabia Saudita formen parte del “Gran Israel”.

Consideradas antes ideas marginales, están ganando popularidad en la sociedad israelí y evidencian la presión sobre Netanyahu para que domine aún más Oriente Medio. Una guerra civil en Irán solo fortalecerá a los artífices del genocidio de Gaza.

Israel es el guardián de los intereses estadounidenses en Oriente Medio. Desde su fundación, este Estado terrorista ha controlado posibles revueltas que puedan amenazar los intereses occidentales en la región.

Pero en las últimas décadas Israel se ha desarrollado económicamente. Cuenta con su propio arsenal de armamento de alta tecnología, lo que lo hace menos dependiente de las armas estadounidenses y le permite ejercer mayor presión sobre ellas.

Pero esto no significa que Israel tenga el control absoluto. Estados Unidos sigue aportando miles de millones de dólares en ayuda militar a Israel cada año. Y le proporciona armamento que Israel no posee, como los enormes misiles antibúnker que utilizó contra Irán en la guerra de los Doce Días el pasado junio.

Influir

Estados Unidos sigue siendo un actor clave en el conflicto, y es evidente que aún puede influir en las acciones de Israel. Fue Trump quien presionó a Israel para que pusiera fin a la guerra de los doce días.

Pero las razones para ir a la guerra ahora evidencian la debilidad, no la fortaleza, del imperialismo estadounidense.

En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos logró imponer sus intereses a nivel global. Utilizó su dominio económico para establecer las instituciones que mantuvieron el orden mundial capitalista, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la alianza militar de la OTAN.

Ahora se enfrenta a mayores desafíos para su hegemonía: su capacidad de liderar y dirigir a otros. Se ve inmersa en una competencia por recursos y mercados con otras potencias emergentes, especialmente China.

Esta competencia crea un mundo más peligroso. Los conflictos entre potencias regionales pueden intensificarse fácilmente y desencadenar batallas mucho mayores.

Las ideologías también influyen. Algunos sectores de la administración Trump ven esto como una lucha civilizatoria contra el enemigo supremo de Occidente. Figuras extremistas como Stephen Miller y Hegseth están motivadas por el racismo, la islamofobia y el pensamiento supremacista blanco. Otros albergan sus propias fantasías apocalípticas. 

Un mando militar estadounidense se quejó de que su superior le había ordenado “decir a nuestras tropas que todo esto era ‘parte del plan divino de Dios’”. El comandante “citó específicamente numerosos pasajes del Libro del Apocalipsis que aludían al Armagedón y al inminente regreso de Jesucristo”.

Y en medio de todo esto, las empresas armamentísticas estadounidenses tienen sus propios motivos para la guerra: ganancias sangrientas. Pero la campaña bélica de Trump es un síntoma morboso del imperialismo estadounidense que se enfrenta a crisis en múltiples frentes.

El imperio estadounidense puede parecer todopoderoso, pero Trump no puede salirse siempre con la suya.

Este artículo apareció en Socialist Worker, nuestra publicación hermana en Gran Bretaña.