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Maria Gomes

En toda Europa, la cobertura electoral cada vez sigue un guión más familiar. Los medios ya deben tener la plantilla y es solo cuestión de rellenar los espacios en blanco con los nombres de los partidos locales. Las elecciones de Portugal del domingo, 18 de mayo no fueron una excepción.

Con los resultados finales publicados la mañana siguiente, el partido conservador AD (Alianza Democrática) aumentó su número de escaños a 89, ganando 6 escaños con el 32,72% de los votos. El partido de extrema derecha Chega también registró avances significativos, consiguiendo 58 escaños (un aumento de 9) con el 22,56%.

Las mayores pérdidas las sufrió el Partido Socialista, que perdió 20 escaños hasta quedarse con 58, obteniendo el 23,38% de los votos. El resto de los partidos de la izquierda, incluyendo la CDU (una coalición de comunistas y verdes) y el Bloque de Izquierda, también vieron diezmado su apoyo.

Lamentablemente, nada de esto nos debería sorprender.

Desde la crisis financiera de 2008, el Partido Socialista se ha alineado con las medidas de austeridad y ha apoyado la legislación antihuelga. Cuando el Bloque de Izquierda y la CDU, liderada por los comunistas, decidieron apoyar al gobierno durante la intervención de la Troika, la oposición parlamentaria quedó prácticamente neutralizada.

Sin nadie en el Parlamento dispuesto —o capaz— de desafiar el statu quo, y con algunos diputados implicados en escándalos de corrupción, no es de extrañar que los votantes hayan empezado a buscar respuestas en otros lugares.

Chivo expiatorio

Chega, el partido de extrema derecha fundado en 2019, ha cobrado rápidamente relevancia, gracias al respaldo de conocidos oligarcas y millonarios internacionales. Liderado por un excomentarista de fútbol, ​​el partido ha buscado abiertamente el apoyo de la policía.

Su plataforma se centra en la privatización agresiva del Estado del bienestar y en una postura racista de línea dura, tanto contra la migración como convirtiendo a la comunidad romaní en chivo expiatorio de una amplia gama de problemas del país.

El partido conservador AD también se inclinó hacia una retórica con tintes racistas durante la campaña, haciéndose eco de temas que resonaron entre las bases de Chega.

Cabe destacar que el líder del Partido Socialista, Pedro Nuno Santos, condenó el uso del racismo y la migración como herramientas políticas y se aseguró de visitar a las comunidades migrantes durante la campaña electoral, un gesto de inclusión poco común en un clima político cada vez más dividido.

Esto contrasta de manera clara con el líder laborista del Reino Unido, quien ha adoptado elementos de la retórica de la extrema derecha para atraer al electorado que espera conquistar.

Desilusión

Los bastiones comunistas tradicionales del sur de Portugal, en particular la región del Alentejo, incluyendo Grândola, inmortalizada por la canción que marcó el inicio de la Revolución de 1974, han pasado del rojo al azul de Chega.

Es un claro indicador de la profunda desilusión pública. Esta desilusión tiene sus raíces en los salarios persistentemente bajos (entre los más bajos de la UE), la falta crónica de vivienda asequible, las exiguas pensiones estatales y las precarias condiciones laborales. Servicios públicos como la sanidad y la educación están sobrecargados, y con tasas de natalidad en mínimos históricos, muchos ya no sienten que puedan permitirse formar una familia.

Quienes poseen habilidades profesionales emigran cada vez más en busca de mejores oportunidades, dejando atrás una grave escasez de mano de obra.

¿Qué le ha pasado a la izquierda? Arrogancia en el poder, corrupción y un lento abandono de quienes la pusieron allí.

En Lisboa y en todo el sur, los barrios se han gentrificado hasta quedar irreconocibles, expulsando a residentes que han vivido allí durante décadas.

Las fuerzas más a la izquierda presenciaron todo esto: discreparon, debatieron, se manifestaron. Protestaron contra la austeridad, la crisis de la vivienda y la violencia policial, incluyendo el asesinato de Odair Moniz —asesinado a tiros por la policía tras trabajar un turno de 12 horas— y el reciente asalto a comunidades migrantes, donde los agentes alinearon a la gente contra la pared en Martim Moniz, en escenas que recuerdan escalofriantemente a las redadas de guerra en la Europa ocupada por los nazis.

Sin embargo, a pesar de toda la indignación, la izquierda extraparlamentaria no logró ir más allá de la protesta. No se impulsó un frente único, un movimiento unitario, y no se produjo una transición de la manifestación a la organización.

Más bien, permanecieron nostálgicos, aún envueltos en la calidez del 25 de abril de 1974, como si el espíritu de la revolución pudiera resurgir por sí solo. Pero ¿cómo? Ese conocimiento generacional —de cómo construir, organizar y luchar colectivamente— se está desvaneciendo. Y la extrema derecha está más que dispuesta a llenar ese vacío.

Contradicción

Al hablar con la gente la mañana después de los resultados, una contradicción seguía aflorando. Aunque los medios de comunicación de la derecha han difundido la narrativa de la migración como una inundación o una invasión, pocas de las personas con las que hablamos parecían ser abiertamente racistas.

De hecho, muchos reconocieron el papel vital que desempeñan las personas migradas en su vida cotidiana: su médico es cubano, sus inquilinos son brasileños, las personas que cuidan a sus padres ancianos son de Angola, la amable señora del comedor escolar es nepalí. “¿Dónde estaríamos sin ellos?”, preguntó una persona.

Las escuelas son ahora centros multiculturales; algunas escuelas primarias de pueblos habrían cerrado sin las y los niños migrantes, dejando a las y los maestros sin trabajo.

La gente lo sabe. Aun así, ¡votaron por Chega!

Chega ha demostrado ser oportunista, captando hábilmente los miedos de la gente y diciéndoles exactamente lo que quieren oír. Comparado con el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda, el mensaje político de Chega era mucho más impactante y omnipresente.

Su propaganda estaba por todas partes: eslóganes audaces que prometían “limpiemos Portugal”, “salvemos Portugal” y “hagamos grande a Portugal de nuevo” dominaron el espacio público. Fue simple, emotivo y eficaz. Y en un clima político marcado por la desilusión y la fragmentación, eso fue suficiente.