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Juan Antonio Gilabert Gil

El 28 de abril se produjo un apagón generalizado en toda la península ibérica. Y contra todo pronóstico, las personas no hicieron lo que siempre nos muestran las pelis de Hollywood —atacarse mutuamente en nuestros barrios— sino todo lo contrario.

Ese día mi compañera y yo íbamos a repartir publicidad en los barrios más alejados de mi pueblo, Camas. Estas semanas, estoy trabajando repartiendo publicidad. Un trabajo mal visto por el resto de la población porque les llenamos el buzón de anuncios. Además, son muchas horas en la calle, haga el tiempo que haga.

A la hora del apagón, paramos en el local de la asociación del barrio del Carambolo para descansar y tomarnos un refresco. En seguida salió la camarera quejándose de que de nuevo se había ido la luz. Al momento, el conserje de una comunidad vecinal cercana le comentó que en su centro también había pasado lo mismo… y entonces comenzó el aluvión de noticias falsas que conocíamos entre los pocos WhatsApp que llegaban, porque internet funcionaba a cuenta gotas.

Pero al mismo tiempo, al comenzar a repartir de nuevo en seguida vimos, en todo el pueblo ya, cómo se abrían las puertas de los bloques para que la gente pudiera entrar y salir con comodidad (lo que nos benefició en nuestro curro). Además, la gente comenzó a organizarse para hacer el almuerzo, ya que la mayoría tiene vitrocerámica y solo algunas personas seguimos cocinando con gas y lo hacemos porque el gas es más barato que la luz para cocinar.

Además, los bares con terraza se llenaron porque no había nada que hacer hasta que llegara la luz. También vimos terror en las caras de muchas personas trabajadoras que no sabían si tenían que ir a trabajar y tenían contratos precarios. Mi compa y yo éramos las únicas personas que estábamos currando ya que, sin luz, ni las camareras podían.

Tanto el Carambolo como Coca son barrios aislados del centro del pueblo, y sufren apagones frecuentes a lo largo del año. Esto pasa también en Sevilla capital, en barrios como Las Tres Mil Viviendas o Los Pajaritos. Y en barrios marginales como La Cañada Real de Madrid hay sectores donde ni hay corriente eléctrica. (Sin olvidar la población de Gaza, que sufre un apagón interminable además del genocidio.)

Los apagones en nuestros barrios empeoran en verano: en mi pueblo se va la luz en julio o en agosto cuando la gente comienza a encender los aires acondicionados para escapar del asfixiante calor que el cambio climático está incrementando año tras año. Y claro está, esto también pasa en muchos pueblos y barrios de Andalucía, pero no es noticia porque nunca afecta a los barrios ricos ni al centro de las grandes ciudades.

Empresas privadas

Ante el gran apagón, vemos que el negocio de la electricidad está en manos de empresas privadas que solo invierten para ganar dinero. La energía verde se coloca en sitios estratégicos para estas empresas y cada año se incrementa el número de molinos de viento y placas solares, pero esto no revierte en la gente trabajadora, que ve como los apagones siguen y siguen.

En la provincia de Sevilla, podemos ver con horror que entre Gerena y La Algaba, a lo largo de la autopista de La Ruta de la Plata, ya hay un mar de placas solares, arrasando el ecosistema de muchas especies de animales y eliminando tierras de labor y, por lo tanto, peonadas.

Hace unos años, en Andalucía se creó una plataforma que exige más placas solares en los techos de los tejados y menos en los campos. Esto haría disminuir los apagones, o por lo menos, supondría más independencia energética para los barrios obreros.

Lo de los molinos de viento clama ya al cielo, ya que se colocan en puntos donde las aves pasan en sus migraciones, matando a muchas y sin solucionar los problemas de los barrios obreros. Ir a Cádiz y ver su sierra es una experiencia traumática.

El apagón ha demostrado a las claras que la energía en el Estado español no está bien gestionada y cómo está gestionada por las empresas privadas, se genera energía para las grandes industrias y para vender al extranjero. Además, la energía verde no se unifica con la energía fósil por la falta de inversión en infraestructuras necesarias.

Debemos exigir que la industria de la energía sea cien por cien pública y gestionada en el interés colectivo, no para sacar beneficios. Además, hace falta que la energía verde tenga aún más protagonismo, pero con la infraestructura suficiente para que funcione de manera estable. Todo esto significa que debemos exigir islas energéticas gestionadas desde abajo. Y por supuesto, tenemos que desterrar de una vez por todas la energía nuclear.


La foto de cabecera es de José González, y forma parte del impactante reportaje para 20 Minutos, “La vida sin luz en la Cañada Real” de Sara Méndez y José González, del 1 de marzo de 2025.