Sadie Robinson
En enero de 1919, paramilitares de derechas asesinaron a la revolucionaria Rosa Luxemburg por orden de un partido socialdemócrata reformista.
Su asesinato, junto con el de su camarada Karl Liebknecht, formó parte de una estrategia para frenar la revolución obrera en Alemania.
Luxemburg fue una revolucionaria inquebrantable cuyas obras desarrollaron ideas marxistas. Nació en 1871 en Polonia, en el seno de una familia judía. Se politizó desde joven y, a los 16 años, se unió a su primer partido, Proletariado. Posteriormente, se separó de él debido a su apoyo a la independencia de Polonia respecto de Rusia y fundó un nuevo grupo.
Para evitar la prisión, se trasladó a Zúrich, Suiza, en 1889 y luego a Berlín, Alemania, en 1898. Fue encarcelada en 1904 por “insultar al Káiser” y en 1906 por “incitar a la violencia”. Más tarde, pasó tres años y medio en prisión por oponerse a la Primera Guerra Mundial.
A pesar de ser una mujer joven en un país nuevo, Luxemburg desafió a muchos socialistas de renombre. Fue una de las primeras personas en reconocer el peligro del reformismo dentro del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que se declaraba revolucionario, pero que actuaba de manera reformista.
El debate se intensificó cuando Eduard Bernstein, miembro destacado del SPD, argumentó que el capitalismo había evolucionado y avanzaba hacia una sociedad más justa. Luxemburg refutó esta idea, sosteniendo que el crecimiento capitalista no eliminaría la competencia entre empresas, sino que la intensificaría.
Según Luxemburg, quienes optaban por la reforma en lugar de la revolución no buscaban un camino más tranquilo hacia el mismo objetivo, sino un objetivo completamente distinto. Para ella, el socialismo era una “necesidad”. No obstante, no despreciaba las luchas por reformas, sino que las consideraba clave para preparar a las y los trabajadores para la revolución.
Su pensamiento estuvo muy influenciado por la revolución rusa de 1905, donde las personas trabajadoras en huelga crearon consejos obreros, estructuras políticas más democráticas que un parlamento. Algunos sectores del movimiento obrero veían las luchas económicas y políticas como cosas separadas. En Huelga de masas, partido y sindicatos, Luxemburg argumentó que formaban parte de una misma lucha de clases.
“Cada nueva victoria de la lucha política se transforma en un poderoso impulso para la lucha económica”, escribió. Describió las huelgas de masas como “el latido viviente de la revolución y su fuerza motriz más poderosa”. Y el impacto político sobre las personas trabajadoras que participan es “lo más valioso, porque es lo más duradero”.
De la misma manera que Luxemburgo se mantuvo firme en su compromiso con la revolución, también se negó a ceder ante el belicismo nacionalista.
En 1914, todos los partidos de izquierda, excepto el partido bolchevique ruso y los partidos socialdemócratas de Bulgaria y Serbia, apoyaron la Primera Guerra Mundial. Luxemburg denunció el capitalismo como “empapado en sangre y cubierto de inmundicia” y criticó a la socialdemocracia por ser “uno de los mejores aliados del imperialismo”.
Las actitudes hacia la guerra reflejaban diferencias teóricas sobre la naturaleza del capitalismo. Algunos reformistas, como Karl Kautsky, teórico y dirigente del SPD, sostenían que el capitalismo se volvería más pacífico. Dijo que algunos capitalistas se opondrían a la guerra debido al derroche de dinero en armas.
En cambio, Luxemburg sostuvo que el imperialismo, la competencia entre estados por el poder y los nuevos mercados, era clave para el capitalismo. Eso significaba que no podía haber capitalismo sin guerra.
Muchas de las ideas de Luxemburg han sido distorsionadas a lo largo de los años.
Por ejemplo, algunos sostienen que ella veía el socialismo como algo inevitable y rechazaba la organización en favor de la “espontaneidad” de la gente trabajadora. Pero su celebración de la autoactividad de las y los trabajadores no significaba que pensara que la izquierda revolucionaria debía esperar pasivamente a que ellos tomaran medidas. Luxemburg instó repetidamente a las personas revolucionarias a intervenir en las luchas.
Argumentó que el capitalismo “nos da las condiciones previas” del socialismo. Pero dijo que no se producirá “sin nuestra interferencia consciente, sin la lucha política de la clase trabajadora”.
Algunas personas intentan reivindicar a Luxemburgo como feminista. Por supuesto, como mujer revolucionaria, debería inspirar a las activistas radicales de hoy, y sin duda luchó por los derechos de las mujeres. Sin embargo, rechazó la típica idea feminista de defender de algún modo a las mujeres de todas las clases como si fueran un bloque homogéneo.
Luxemburgo luchó muy duro por los intereses de las mujeres de la clase trabajadora (como el derecho al voto) como parte de la clase trabajadora, y no lo hizo en base al feminismo, sino desde un punto de vista marxista.
Otros se centran en las críticas de Luxemburgo a los bolcheviques. Celebró la revolución de octubre de 1917 en Rusia como “la salvación del honor del socialismo internacional”, pero criticó a los bolcheviques por disolver la Asamblea Constituyente, que contaba con el apoyo de los liberales y las fuerzas burguesas, respaldando en su lugar los consejos obreros, los soviets.
Sin embargo, su experiencia de la Revolución alemana de 1918 la llevó a ver que los llamamientos a proteger las instituciones burguesas eran un intento de impedir el poder obrero. Los reformistas alemanes defendieron la creación de una Asamblea Nacional que supervisara el funcionamiento de la sociedad. Luxemburgo dijo que la Asamblea era una “fortaleza contrarrevolucionaria erigida contra el proletariado revolucionario”.
No carecía de defectos. Su hostilidad hacia el nacionalismo significaba que no apoyaba las luchas de liberación nacional de los grupos oprimidos que podían debilitar a las potencias imperialistas.
Luxemburgo consideraba acertadamente que las personas trabajadoras acumulaban experiencia y conciencia revolucionaria a través de sus propias acciones, pero también veía la organización revolucionaria como un “proceso” que podía construirse durante los períodos revolucionarios. Por el contrario, las y los bolcheviques sostenían que la organización tenía que establecerse y arraigarse en la clase trabajadora para que la revolución tuviera éxito. Y se demostró que tenían razón.
La revolución estalló en Alemania en octubre de 1918, pero Luxemburgo y otros compañeros no crearon el Partido Comunista (PC) hasta enero de 1919. El PC recién formado era muy pequeño y apenas tenía miembros en los lugares de trabajo importantes. Su programa sostenía que el PC no podía tomar el poder sin el apoyo de la mayoría de la clase trabajadora. Pero el partido carecía de experiencia.
Ese mismo mes, los socialdemócratas de derechas pasaron a la ofensiva. Un grupo de personas trabajadoras combativas influyentes de Berlín pidió el derrocamiento del gobierno. Luxemburg se había opuesto previamente a esto, argumentando que la gran mayoría de las y los trabajadores de toda Alemania no lo apoyarían. Pero otros miembros del PC respaldaron el llamamiento y, finalmente, Luxemburg también lo hizo.
En Rusia, los bolcheviques habían sido lo suficientemente fuertes como para argumentar con éxito en contra de un levantamiento prematuro en julio de 1917. El revolucionario ruso Trotsky escribió más tarde que, en Alemania, “faltaba un partido revolucionario centralizado con una dirección de combate cuya autoridad fuera universalmente aceptada por las masas trabajadoras”.
Luxemburg pagó por esto con su vida. Los consejos obreros establecidos en noviembre de 1918 en Alemania no habían tomado el poder estatal, sino que se lo habían devuelto al gobierno del SPD.
El SPD, aunque era reformista en la práctica, podía sonar muy izquierdista y utilizaba una retórica radical. Era necesario que existiera un polo de atracción organizado de un sector realmente revolucionario para alejar a más personas trabajadoras del reformismo y atraerlas a la política revolucionaria.
El SPD colaboró con los viejos generales del ejército imperial alemán para organizar una nueva fuerza paramilitar, los Freikorps, como un arma para aplastar la revolución. El líder del SPD, Friedrich Ebert, ordenó a los Freikorps que destruyeran al PC.
Luxemburg fue capturada el 15 de enero. Fue torturada, le dispararon en la cabeza y su cuerpo fue arrojado a un canal de Berlín. Muchos soldados de los Freikorps se unieron posteriormente a los nazis.
Los horrores del fascismo y la guerra confirmaron el argumento de Luxemburg de que el capitalismo se enfrenta a un dilema: “socialismo o barbarie”. Y tenía razón al afirmar que solo la revolución podría dar lugar a un mundo socialista.
Luxemburg advirtió: “Es una ilusión insana imaginar que los capitalistas se someterán de buen humor a una decisión de un parlamento socialista de renunciar a su propiedad, sus beneficios, sus privilegios y su derecho a explotar”.
“La burguesía imperialista prefiere convertir el país en un montón de escombros humeantes antes que renunciar voluntariamente al sistema de esclavitud asalariada. Hay que romper toda esta resistencia. A la violencia de la contrarrevolución burguesa hay que responder con la violencia revolucionaria del proletariado”.
Libro: Rosa Luxemburg
Tony Cliff
Este libro de Tony Cliff, publicado por primera vez en 1959, intenta rescatar esta revolucionaria de sus atacantes, así como de algunos de sus defensores.
En esa época, el marxismo se presentaba normalmente como una u otra forma de ortodoxia, principalmente el estalinismo, que acusaba a Luxemburg de diferentes pecados. Por otro lado, una minoría, aceptando el mito de su «espontaneísmo», buscó en Luxemburg una alternativa a la propia idea de organización revolucionaria.
Cliff escribió sobre Luxemburg para subrayar la centralidad de la autoemancipación, de la liberación humana, en su obra, así como en el conjunto del marxismo revolucionario.
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