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IA, post-verdad y capitalismo 4.0: cómo la “inteligencia” artificial refuerza las estructuras del poder capitalista.

Ira Vent, Marx21

La inteligencia artificial (IA) no es tan inteligente, es más bien un loro estadístico. Eso sí, un loro muy bien entrenado, cuyos dueños tienen objetivos claros: el beneficio privado.

Esta afirmación es solo el punto de partida para una pregunta más incómoda: ¿cómo esta herramienta se ha convertido en un pilar del capitalismo actual y en un arma de la lucha de clases? Nuestra tesis central es que la IA no es un fenómeno tecnológico neutral. Es la expresión más avanzada del capitalismo de vigilancia y plataforma: un sistema que necesita extraer datos, automatizar la explotación y aparentar neutralidad ideológica para perpetuarse.

Para entender esta dinámica, necesitamos recorrer tres dimensiones interconectadas: el mito de la neutralidad de la IA, la despolitización como estrategia de la clase dominante y la infraestructura material que sostiene todo el edificio.

Acumulación capitalista

La inteligencia artificial ejemplifica con crudeza cómo la acumulación capitalista se disfraza de progreso, ocultando las relaciones de poder que atraviesan cada línea de código. Tres datos lo ilustran.

Primero, más del 90% de las inversiones en IA no responden a necesidades sociales, sino a incentivos del mercado monopolizados por OpenAI, Google y Meta.

Segundo, la materia prima de esta industria son los datos, el petróleo del siglo XXI. Cada persona genera diariamente información que representa valores millonarios anuales para las grandes tecnológicas. Se trata de trabajo no remunerado, de explotación masiva disfrazada de participación digital.

Tercero, el lucro obsceno de las big tech. NVIDIA, principal fabricante de chips, multiplicó por diez su valor en menos de cinco años gracias al boom de la IA. Por tanto, lejos de ser neutral, la IA sirve a la lógica de la explotación: extrae nuestro trabajo (datos), concentra capital y beneficia a sus dueños. La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo este proyecto genera tanta aceptación sin ninguna pizca de cuestionamiento?

La respuesta pasa por entender cómo la IA reproduce la ideología dominante, la amplifica, la naturaliza y la convierte en sentido común aparentemente objetivo. La IA es, posiblemente, una de las herramientas más efectivas para desarmar el pensamiento crítico contemporáneo.

El mito de la objetividad algorítmica es el primer mecanismo. Los modelos de lenguaje como ChatGPT o DeepSeek aprenden con “todo el contenido de internet”. ¿Podemos imaginar un sitio peor para aprender? Estudios documentados sobre aplicaciones algorítmicas en ámbitos laborales, judiciales y bancarios en Estados Unidos muestran resultados desastrosos: sesgos machistas, racistas y clasistas presentados como veredictos técnicos.

Los algoritmos de recomendación constituyen el segundo frente. X, YouTube, TikTok, Netflix o Google no buscan informar: buscan maximizar beneficios. Que el contenido de derechas acapare el espacio digital no responde tanto a un reflejo de la sociedad como al hecho de que es el contenido que más vende.

Ideología

Cuando hablamos de “vender”, no nos referimos solo a consumo cultural.

Elon Musk alteró deliberadamente los algoritmos de X para privilegiar contenido afín a su ideología, demostrando que estas plataformas son territorio de batalla política, no espejos neutrales.

Este bloque se cierra por tanto con una preocupación fundamental: la IA está mermando nuestra capacidad de pensar, generando una subjetividad prefabricada donde “lo nuevo” no es más que la recreación de lo existente bajo las lógicas del mercado.

Pero ni la explotación económica ni la dominación ideológica podrían sostenerse sin una base material concreta. La llamada cuarta revolución industrial es, en realidad, un hiperliberalismo tecnológico basado en la esclavitud digital y los monopolios. Esta afirmación no es retórica. El “libre mercado” tecnológico está controlado por cinco empresas que dominan la nube (Amazon, Meta, Microsoft, Google, Apple), concentrando datos y modelos que configuran nuestra era digital.

Detrás de la IA “mágica” operan ejércitos de precarios, un auténtico ejército industrial de reserva digital. Un ejemplo que salió hace unos años lo tenemos en Kenia, dónde personas trabajadoras pagadas con menos de dos dólares la hora etiquetaban contenido violento para entrenar a ChatGPT, sufriendo traumas psicológicos. Es la subclase global del dato: invisible y súper explotada.

Este cuadro se completa con las subherramientas de control: softwares sofisticados desarrollados por estas mismas empresas para la vigilancia laboral en tiempo real. Aplicaciones de reparto, logística o teletrabajo utilizan la IA para medir, disciplinar y controlar.

Tenemos por tanto monopolio, esclavitud digital y control: tres pilares de la infraestructura que sostiene la explotación global bajo el mantra de que la IA mejorará nuestra vida. Nada de esto es nuevo, pero la tecnología lo ha intensificado.

Lucha de clases

Estas tres dimensiones, económica, ideológica y material, no son temas separados, sino facetas de un mismo proceso: la lucha de clases en la era digital.

Económicamente, la IA es un medio de producción que crea ejércitos digitales y concentra riqueza, agudizando el antagonismo capital-trabajo. Ideológicamente, es un aparato de hegemonía que despolitiza, vigila y sofoca la organización colectiva, amplificando el individualismo. Materialmente, necesita de personas trabajadoras explotadas, algoritmos de control y perpetuación de desigualdades para funcionar. La explotación económica requiere dominación ideológica, y ambas necesitan una estructura material sobre la que sustentarse.

Ante este panorama un poco más devastador de lo que venía siendo antes de la IA, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué hacer?

Sabemos que no hay una respuesta única, pero sí tres acciones concretas. Primera: conocer las herramientas, porque son las armas con las que nos dispara el enemigo. Segunda: detectar sus sesgos, mantenerse en permanente alerta crítica. Tercera: construir alternativas, imaginar proyectos que gestionen nuestros datos desde perspectivas no capitalistas, rompiendo con las premisas de competencia, control y mercantilización.

El bien común, la cooperación y la colectivización deben ser horizontes reales, no meros eslóganes. La IA no es el futuro inevitable, es el presente que necesitamos transformar.