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Análisis desde las múltiples opresiones para dar respuestas desde la unidad de las luchas. Se basa en la ponencia que presentó la autora en la charla con el mismo título organizada por Marx21 el 31 de enero.

Ira Vent, Marx21

El titular que apareció recientemente en una de las prensas digitales más leídas del Estado español, 20minutos, volvía a mostrar cómo funciona el marco mediático ante los abusos sexuales cometidos por hombres poderosos.

En uno de los casos más grandes conocidos hasta la fecha, vinculado a redes de explotación y abusos a mujeres, incluidas menores, en el seno de la jet set internacional como es el Caso Epstein, el enfoque principal del titular no era la violencia, el abuso y las violaciones realizadas durante décadas por una minoría de hombres poderosos, sino el de que uno de esos hombres había mantenido relaciones sexuales fuera del matrimonio.

Es realmente preocupante que, a día de hoy, cada vez que un nuevo caso de abusos sexuales sacude a la opinión pública, se repita el mismo patrón: titulares que desvían el foco, defensas corporativas del agresor y una narrativa que presenta la violencia como una anomalía individual en lugar de como un fenómeno estructural.

El machismo y la violencia sexual son fenómenos sociales sostenidos por estructuras de poder, por relaciones económicas y por marcos culturales que la normalizan, justifican o minimizan. Esto implica que en este texto no hablaremos de casos aislados, ni de hombres malos, ni tampoco de qué hubiera pasado si… Hablaremos de un sistema basado en el beneficio de unos pocos (y no nos referimos aquí a la mitad masculina de la población; aclaración por si hubiese alguna duda) sobre la mayoría.

Uno de esos pilares que sustenta este sistema de opresiones es el del monopolio de la violencia, que no siempre necesita imponerse por la fuerza directa. Suele operar a través de lo que podemos llamar la naturalización del miedo.

Muchas mujeres trans, racializadas, migrantes, LGTBI+, etc., hemos incorporado rutinas de autoprotección diarias: callar, evitar, no exponerse, no hacernos notar, elegir el camino más seguro, no volver solas, etc., hasta el punto de que, de alguna manera, dejamos de percibir el miedo como violencia y pasamos a considerarlo autoprotección. Ese desplazamiento mental es una forma de control social, que se sustenta también sobre lo que podemos llamar el segundo pilar de la lógica de la opresión: la impunidad.

La impunidad

La impunidad es un mecanismo que se expresa en decisiones judiciales que evitan el fondo del asunto, en discursos políticos que protegen reputaciones (véase la defensa férrea de Ayuso en el caso Julio Iglesias) o en marcos mediáticos que trivializan o desvían la atención.

Esta construcción de impunidad aparece también al escuchar frases como, ¿Cómo va a hacer algo así? Si es tan bueno, tan guapo, tan rico, que puede estar con cualquiera, en las situaciones en las que hombres —casi siempre ricos, cis, hetero y blancos (aunque no siempre)— saltan a la escena mediática como artífices de todo tipo de violaciones o abusos contra, generalmente, mujeres. Ese argumento revela hasta qué punto el poder económico y simbólico funciona como escudo.

El mundo está lleno de hombres que han agredido, acosado o violado y que, incluso tras las condenas, continúan sus carreras públicas intactas: siguen haciendo películas, jugando al fútbol o incluso gobernando países. La cultura de la violación y la impunidad (sea esta judicial o social) implica precisamente ese relato: el agresor no es responsable pleno, sino alguien al que “las circunstancias” lo llevaron a actuar así.

La violencia machista (tránsfoba, lgtbifóbica, de clase, racial, etc.) no tiene un fundamento biológico, no es una conditio sine qua non del hombre, no existe un determinismo biológico que moldee o incite a la violencia contra nosotras. Lo que sí existe, y lo vemos en tantos y tantos titulares de prensa, es una sociedad que tolera, moldea, justifica y perpetúa la violencia contra una parte de sí misma.

El machismo no es inevitable. Lo que sí es rentable, es parte estructural del poder capitalista: mujeres agotadas, cuidados no pagados, salarios más bajos, cuerpos mercantilizados que no tienen ni siquiera la opción de organizarse, y lo que para unos es rentable, otros lo defienden con impunidad.

Opresiones

Ahora bien, si como hemos visto, nuestras opresiones no tienen un único adjetivo, es comprensible entender que hablar de violencia machista exige incorporar la mirada de las intersecciones. Pues, no todas las mujeres nos enfrentamos al mismo nivel de riesgo ni al mismo tipo de violencia.

Algunos datos lo muestran con claridad:

  • Las mujeres racializadas tienen tres veces más probabilidad de sufrir violencia sexual y económica.
  • Para las mujeres migrantes, encontramos el añadido del miedo a la policía y a la deportación, lo que reduce la denuncia y agrava la vulnerabilidad.
  • Según Trans Murder Monitoring 2023, el 72% de las mujeres trans han sido víctimas de violencia sexual.
  • Las mujeres con discapacidad tienen el doble de riesgo de sufrir abusos.
  • En el ámbito de la prostitución, las cifras de violencia y coerción resultan especialmente graves.

La gravedad se amplía tan pronto somos capaces de identificarnos y diferenciarnos de ese sujeto político del feminismo histórico (blanco, cis, hetero y de clase), que abrió el camino y lo hizo posible porque las mujeres que empezaron las luchas tuvieron o pudieron hacerlo justamente por ser mujeres con privilegios. Pero hoy en día resulta claramente insuficiente y sospechoso ese feminismo, muy a la transición española, supremacista, racista y clasista que nos habla del “techo de cristal en el seno del IBEX 35”.

Ese “techo de cristal” es la preocupación de aquellas que ya están en la escalera, pero millones de mujeres ni tan siquiera tendrán la oportunidad de entrar en el edificio o, porque no decirlo, que ni siquiera saben dónde está la puerta de entrada.

Tenemos que hablar de manera clara y contundente del sujeto político que construye la lucha de las mujeres. El sujeto político es racializado, es de clase, es trans, es LGTBI+, es migrante y son también las trabajadoras del sexo. Las sufragistas blancas iniciaron el camino, pero nosotras estamos obligadas a contar nuestra realidad e ir de la mano de todas aquellas personas que ponen el cuerpo por sus luchas y también por las luchas ajenas.

La lucha coherente por la liberación de las mujeres debe ser revolucionaria —es decir, anticapitalista, y contra el fascismo y racismo— y se debe construir desde abajo. Es una carrera de fondo en la que no medimos qué opresión importa más, aunque sí seamos conscientes de que no todas las opresiones afectan por igual a todos los cuerpos sobre los que recaen. Esta lucha debe ser una carrera a la que acudimos todas y hasta que no hayamos llegado todas a la meta, no se habrá conseguido el objetivo y seguirá habiendo carreras por hacer.

Una de estas carreras de fondo tiene que ver también con nuestra propia identidad.

Identidades

No sirve un feminismo entendido como un dogma cerrado, una religión a la que rezar. Esta lucha es un marco abierto al debate que es absolutamente necesario para poder despejar y aprender, sobre la marcha, cuál es el mejor camino.

No se trata de tener certezas absolutas sobre el camino a seguir o el final del mismo, pero lo que sí debemos tener claro todas —y las que entendemos la lucha por la liberación de las mujeres desde una perspectiva revolucionaria sí lo tenemos claro— es cuál es el enemigo que todas combatimos.

Conviene insistir en esto último: los hombres como tales no son el enemigo. El enemigo es un sistema sexista con apellidos (capitalista, racista y colonial) que rentabiliza las opresiones. Personalizar el problema en “los hombres” —sin tener en cuenta la clase social— no hace más que descargar de responsabilidad del sistema, que protege y permite el abuso y la violencia sobre nosotras.

Casos como los de Epstein, Julio Iglesias, y un largo etc., muestran cómo operan el poder y la clase, nos muestran que el problema no es que existan hombres violentos, sino que existe un marco que protege, justifica y absorbe esa violencia con impunidad.

La lucha contra el machismo incomoda y lo hace, no porque critique conductas individuales, sino porque cuestiona el derecho al poder, a los privilegios de unos pocos sobre una mayoría. Quien se siente atacado por la demanda de igualdad suele estar más cerca del privilegio que de la pérdida de derechos, porque la igualdad real nunca ha sido cómoda para quienes se benefician de la desigualdad y la opresión.

Respuesta organizada

En definitiva, el rechazo a esta opresión no es una opinión, es una respuesta organizada frente a la violencia y la desigualdad estructural. Una respuesta cuyas aportaciones más profundas han sido romper el silencio y desnaturalizar lo intolerable.

No callar no es solo hablar, es denunciar, organizarse, acompañar y sostener; no callar incomoda, porque sabemos que el silencio no es neutro, es una forma de complicidad que otorga poder.

Nos ha hecho entender también que el miedo no es una emoción individual sino una violencia estructural que disciplina nuestros cuerpos, nuestras decisiones y nuestras vidas. La lucha por nuestra liberación, como práctica colectiva ejercida desde abajo, es la que posibilita un verdadero cambio social.

La experiencia nos ha demostrado, una y otra vez, que cuando los cambios se gestionan desde arriba, el poder real reacciona para frenarlos. Lo hemos visto en los últimos años, cuando leyes aprobadas en el parlamento son bloqueadas o vaciadas por el poder judicial. No es un fallo del sistema, es el sistema defendiéndose.

Por eso son fundamentales las redes de apoyo, los colectivos de mujeres en los barrios y la defensa de lo público (educación, sanidad, vivienda y protección social), es decir, cambios estructurales que muestran cómo y de qué manera lo económico es el origen y la consecuencia de las desigualdades de género. Esto último debe ser tomado como el verdadero empoderamiento de las personas frente al poder del capital.

Debemos cultivar una visión revolucionaria, unitaria y desde abajo de esta lucha, porque hacerlo desde las bases supone agitar a los de arriba: si movemos los cimientos, el edificio tiembla.

Como escribió Rosa Luxemburgo: “Quien no se mueve, no siente las cadenas”. Solo siendo más y más organizadas/os dejaremos de llamar normal a lo que siempre fue violencia y opresión para la mayoría, sin distinción de género, raza…