Tomáš Tengely-Evans, redactor de Socialist Worker, nuestra publicación hermana en GB, analiza la dinámica detrás del alto el fuego en Gaza.
El pueblo palestino ha recibido la noticia de un alto el fuego con una mezcla de alegría, alivio… y temor a que Israel reinicie la guerra contra Gaza.
Donald Trump anunció el jueves que Israel y Hamás han acordado la primera fase de un “plan de paz” tras varios días de negociaciones. Mientras muchas personas palestinas celebraban en Gaza, Israel respondió al anuncio con ataques aéreos que asesinaron al menos a 10 personas e hirieron a 49.
Israel retirará su ejército hasta una línea acordada, mientras Hamás liberará a las y los colonos israelíes que capturó el 7 de octubre de 2023. La organización de liberación nacional palestina declaró que el acuerdo significaba “el fin de la guerra, la retirada de la ocupación, la entrada de ayuda y un intercambio de prisioneros”.
Alaa, una periodista palestina en Gaza, dijo al Socialist Worker: “Mis sentimientos se mezclan entre la felicidad y la preocupación, porque queremos que el alto el fuego sea definitivo. Queremos que todas las etapas del acuerdo se cumplan sin interrupciones, sin rupturas; no confiamos en el lado israelí, no confiamos en Netanyahu”.
Añadió: “Todas las personas palestinas que hemos soportado estos dos años de sufrimiento, desplazamientos y ataques queremos descansar. La gente huía de un lugar a otro, viviendo con miedo. La guerra era inimaginable: no dejaba espacio ni siquiera para llorar. La gente quiere poder llorar en paz y recordar a sus familiares y seres queridos”.
“Por primera vez, la gente podrá estar a salvo, sin pensar en huir, sin pensar en ser objetivo de los ataques. Pero seguimos preocupados por el acuerdo de alto el fuego porque no confiamos en Netanyahu.”
Los líderes occidentales elogiaron el acuerdo de alto el fuego como un paso hacia la “paz” en Oriente Medio.
Los dirigentes de los regímenes árabes, especialmente de Egipto, presionaron a Hamás para que firmara el acuerdo.
Pero el acuerdo es solo la “fase uno” del “Plan de 20 Puntos” de Trump para Gaza. Se trata de una apropiación colonial de tierras que pondría a Trump a cargo de Gaza, junto al veterano criminal de guerra Tony Blair. Esto representa la continuación del genocidio.
Balance del acuerdo de alto el fuego
Hay tres puntos clave sobre el acuerdo.
Trump
Primero, Trump es el gran ganador, pero podría acabar siendo el gran perdedor.
¿Cuáles son los cálculos de Trump? Está lidiando con la sobreextensión imperial de Estados Unidos y el declive de su capacidad para dominar el mundo.
La administración Trump quiere concentrarse en el principal rival de EEUU, China, y en su competencia interimperialista en Asia y el Pacífico. Espera que este acuerdo ponga fin a la guerra y, al mismo tiempo, garantice los intereses occidentales y la posición dominante de Israel en la región.
Trump es un ferviente defensor de Israel y ha impulsado a su extrema derecha. Pero también ha buscado establecer lazos con los Estados del Golfo y con el nuevo régimen de Siria, algo que un genocidio sin fin no favorece.
Hoy, Trump se juega en este acuerdo su reputación como “pacificador” capaz de poner fin a las “guerras eternas”. Y la presión aumenta, después de que sus intentos de llegar a un acuerdo sobre la guerra de Ucrania fracasaran.
Pero esto no significa que Trump se saldrá automáticamente con la suya. El accidentado camino hacia el alto el fuego ha puesto de manifiesto las tensiones en la relación entre EEUU e Israel.
Israel es el Estado guardián del imperialismo estadounidense en Oriente Medio, y su genocidio no sería posible sin las armas y la financiación de EEUU. Pero Israel se ha convertido en un poderoso Estado capitalista, ya no completamente dependiente de la ayuda estadounidense, y ha crecido como potencia imperialista regional.
Y, tras dos años de genocidio, es la potencia ascendente en el sistema regional de competencia entre Israel, Irán, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Turquía.
El ascenso de Israel como potencia imperialista regional significa que puede tirar más de su correa y empujar hacia más guerras, incluso si esto va en contra de los deseos de EEUU.
La magnitud del genocidio ha provocado tensiones entre EEUU e Israel, tanto bajo Trump como bajo “Joe el Genocida” Biden. Sectores de la clase dominante estadounidense temen que la brutalidad de los ataques israelíes pueda avivar la resistencia contra los regímenes árabes aliados del imperialismo estadounidense en la región.
Pero Netanyahu sabe que, en el momento decisivo, EEUU respaldará a su Estado guardián. Ha extendido la guerra —contra Líbano, Yemen, Irán, Siria y Qatar— y ha tratado de utilizar cada nueva escalada para consolidar el apoyo occidental.
Sin embargo, la relación no ha cambiado fundamentalmente, EEUU sigue manteniendo su influencia sobre el Estado israelí. Esto quedó claro cuando Israel lanzó sus ataques contra las instalaciones nucleares iraníes en verano.
Trump se alineó con Israel con ataques aéreos sobre Irán, amenazando con una guerra más amplia, pero rápidamente declaró un alto el fuego. Israel intentó continuar con los bombardeos, pero retrocedió cuando Trump impuso su autoridad.
El bombardeo israelí de las oficinas de Hamás en Doha, Qatar —un aliado estadounidense que hospedaba las negociaciones— causó más tensiones con EEUU.
Dado que Trump quiere que el acuerdo tenga éxito, presionará a Israel para que no viole el alto el fuego. Pero dentro del Estado sionista hay dinámicas que van en sentido contrario.
Netanyahu
Segundo, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha conseguido una victoria con la liberación de los rehenes israelíes. Pero las divisiones internas en el Estado israelí persisten, y la extrema derecha ya exige volver a la guerra tras la liberación de los rehenes.
Israel ha intentado apoderarse de cada vez más tierras palestinas, pero siempre ha estado obsesionado con mantener una mayoría demográfica judía. “Solo un Estado con al menos un 80% de judíos es un Estado viable y estable”, dijo el primer ministro David Ben Gurión.
El colonialismo de asentamiento sionista oscila entre el apartheid y el genocidio como la forma de abordar el “problema” palestino. Tras el 7 de octubre, se ha inclinado decididamente hacia el genocidio.
La incapacidad de Israel para aplastar a la resistencia palestina provoca divisiones internas en el Estado sionista y un giro general hacia la derecha en su política y sociedad.
Sectores del aparato sionista —incluidos generales y espías— estaban en contra de ocupar Gaza y quedar empantanados en la Franja. Pero los ministros de extrema derecha Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir impulsaron la limpieza étnica de Gaza y han frenado repetidamente un alto el fuego.
Netanyahu depende de sus partidos de ultraderecha, y ambos se han pronunciado contra el acuerdo.
El jueves, Smotrich dijo: “Inmediatamente después de que los rehenes regresen a casa, el Estado de Israel continuará esforzándose con todas sus fuerzas por la verdadera erradicación de Hamás y el desarme genuino de Gaza, para que no vuelva a representar una amenaza para Israel”.
Smotrich subrayó que el péndulo no debe volver a oscilar del genocidio al apartheid. “También es imperativo garantizar que no volvamos a las ideas equivocadas del 6 de octubre”, dijo.
Advirtió que Israel no debe “volver a volverse adicto a la calma artificial, a los abrazos diplomáticos y a las ceremonias sonrientes”.
Hay “sionistas liberales” que han criticado al gobierno de Netanyahu. Suelen acusarlo de anteponer una mítica “victoria absoluta” al retorno de los rehenes. Tras la liberación, esa línea de ataque ya no servirá.
Los “liberales” que quieren volver al statu quo del apartheid han sido empujados aún más hacia los márgenes.
Además, Israel se ha convertido en la potencia ascendente en Oriente Medio y no cederá fácilmente. Tiene una historia de usar los cambios en el equilibrio regional de poder para remodelar la región en su propio beneficio y en el del imperialismo estadounidense.
Todo esto significa que habrá presiones para reanudar la guerra.
Hamás
Tercero, esto muestra los límites de la estrategia de Hamás de apoyarse en potencias regionales como Irán.
Siempre defendemos el derecho de los palestinos a resistirse por cualquier medio necesario. Con orgullo dijimos “Victoria para el pueblo palestino” en la portada de Socialist Worker la semana después del 7 de octubre, y lo volveríamos a hacer ahora.
Pero la lucha armada y la dependencia del apoyo de regímenes regionales no derrotarán al Estado guardián del imperialismo occidental.
Muchas personas esperaban que el “Eje de la Resistencia” —Irán, Siria, Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen y Hamás— infligiera una derrota a Israel.
Pero Irán se ha debilitado, la dictadura siria ha caído y el liderazgo de Hezbolá fue decapitado.
Y, más fundamentalmente, esa alianza se basaba en reforzar la posición del régimen iraní en la región. El régimen tiene sus propios cálculos regionales y, en última instancia, ha dejado morir al pueblo de Gaza.
¿Cuál es la alternativa?
La esperanza reside en el regreso de la fuerza que vimos durante la Primavera Árabe de 2011, cuando las revoluciones derrocaron a dictadores respaldados por Occidente y aislaron a Israel.
No habrá una simple “repetición” de la Primavera Árabe como respuesta al genocidio. Como muestra la reciente entrevista con un socialista egipcio en el Socialist Worker, el legado de la contrarrevolución aún pesa sobre la región.
Pero los Estados clave de la región que limitan con Israel han experimentado un desarrollo capitalista más avanzado.
Este proceso ayuda a crear una clase trabajadora más grande, capaz de desafiar a sus propios gobernantes y al orden imperialista en todo Oriente Medio.
En Europa, nuestra tarea sigue siendo construir un movimiento por Palestina que rompa los lazos de nuestros gobernantes con Israel.





