Marx21

A veces parece que la mayor potencia del planeta, Estados Unidos de América, está gobernada por un psicópata imbécil.

En junio, Trump ordenó bombardear Irán, sumándose a la guerra iniciada por su aliado sionista. Durante unos días pareció que nos estaba llevando a la tercera guerra mundial.

En marzo, ante el genocidio en Gaza, Trump sugirió la limpieza étnica total de la franja, y la construcción sobre las ruinas y los cadáveres del pueblo palestino de una especie de “Riviera” de turismo y empresas de alta tecnología.

Como parte de una serie de anuncios erráticos sobre drásticas medidas tarifarias, incluso contra países aliados, Trump propone aranceles del 50% contra Brasil. Le molesta que el sistema judicial brasileño —al parecer, más íntegro que el español— esté juzgando al amigo de Trump, el expresidente ultra y golpista, Bolsonaro.

Luego está el teatro de Trump y Elon Musk. Hemos pasado del Presidente de EEUU actuando como vendedor de coches Tesla (¿alguna persona sensata compraría un coche de Trump?), a sus peleas, acusaciones e insultos mutuos en las redes sociales.

Y un episodio reciente ha sido el espectáculo de Trump felicitando al Presidente de Liberia por sus conocimientos de inglés, preguntándole dónde lo aprendió. El inglés es la lengua oficial de Liberia.

Hay muchos ejemplos más.

Fácilmente se concluiría que la presencia de Trump en la Casa Blanca es una desviación del funcionamiento normal del sistema, causada quizá por unos votantes incultos que no han tenido reparos en votar a tal “psicópata imbécil”.

Pero pensar esto sería un grave error, por diferentes motivos.

¿La alternativa Demócrata?

Algunas personas, incluso de izquierdas, preocupadas por el ascenso de Trump, abogaban por Joe Biden, y luego por Kamala Harris, como la opción sensata y progresista.

Pero esto no se sostiene.

Respecto a la cuestión estrella de Trump, la migración, tanto Obama como Biden deportaron a más personas en sus presidencias que Trump. En 2024, por ejemplo, Biden llevó a cabo la mayor cantidad de deportaciones en ningún año desde 2014… cuando Obama estaba batiendo récords de expulsiones.

Sobre Gaza, resulta que las cifras de las autoridades sanitarias en la franja —a menudo tildadas de exageradas por los medios y políticos favorables al estado sionista— en realidad subestiman la cantidad de muertos en la franja. En todo caso, la gran mayoría del genocidio —más de 40 mil de las muertes, según la cifra conservadora del Ministerio de Salud de Gaza— ocurrió durante la presidencia de Biden, y con su apoyo activo.

Evidentemente, los discursos de los Demócratas y de Trump son diferentes. Pero para una familia deportada a su posible muerte en América Central, o una familia gazatí aniquilada por las bombas, los discursos progres no sirven para gran cosa.

Lo mismo se podría decir de una familia obrera en las ciudades estadounidenses cuyas industrias han colapsado y cuyos niveles de vida cayeron en picado bajo las presidencias de Clinton, Obama, etc.

Es triste —escandaloso incluso— que un multimillonario como Trump pueda presentarse como defensor de las personas trabajadoras. Pero un partido Demócrata que representa a multimillonarios que son igualmente avariciosos, solo que tienen modales algo mejores, no representa alternativa alguna para la gente trabajadora.

Europa: ni vasalla ni salvadora

Hace más de 20 años, cuando el Reino Unido, el Estado español, y otros países europeos se sumaron a la guerra de George W. Bush contra Afganistán y luego Irak, algunos comentaristas —como Ignacio Ramonet— se refirieron a ellos como “vasallos” de EEUU.

El hecho de ver la adulación hacia Trump demostrada por el Primer Ministro británico, Keir Starmer (¡laborista!), o por Mark Rutte, antiguo primer ministro de los Países Bajos y actual secretario general de la OTAN, definidamente da esta impresión.

Algunos otros dirigentes de la EU y la OTAN mantienen mejor las formas, pero en realidad, todos estos Estados han aceptado el principio de aumentar enormemente su gasto militar, como exigió Trump. (El gobierno de Sánchez se comprometió a cumplir los objetivos fijados por la OTAN, solo afirmando que lo podría hacer con un aumento en el gasto que no llegase al 5%). Y a pesar del genocidio que lleva a cabo, ninguno —incluyendo al Estado español— ha roto relaciones con el Estado israelí.

No pueden decir que no tenían opción, que se les obligó a adoptar estas posiciones (como sería el caso con “vasallos”). Todos estos Estados actúan en interés de sus propias clases dirigentes.

Y en el capitalismo actual, global, la competencia económica va de la mano de la competencia militar, la (amenaza de) guerra.

Así que Trump, Xi Jinping, Putin, Starmer, Macron etc., tienen cada uno sus toques propios, pero en general lo que hacen refleja los intereses de la burguesía de sus respectivos países.

No tiene sentido alguno exigir que los dirigentes europeos actúen “en nombre propio, en vez de siguiendo a Trump”. Con su apoyo al militarismo y su aceptación del genocidio, ya están actuando en nombre propio.

No cabe soñar con una Europa sensata y civilizada que nos salve del barbarismo de Trump. Las y los dirigentes europeos no son posibles aliados a ganar, sino enemigos a combatir.

Y de nuevo, Trump es un problema, pero es solo una parte de un problema mucho más general.

El autoritarismo

Estas últimas semanas hemos visto las escenas horribles de detenciones de persones migradas en EEUU, con el cuerpo militarizado ICE (“Servicio de Inmigración y Control de Aduanas”) ocupando Los Ángeles y aterrorizando a una parte importante de su población. Como hemos informado, la movilización ciudadana contra el ICE ha sido impresionante.

Hay que insistir, Trump ha dado su toque personal a este ataque, pero no lo empezó. Además, la deriva autoritaria y racista no se limita a EEUU.

Más bien, hay un endurecimiento generalizado de las políticas racistas contra las personas migradas y refugiadas. Un ejemplo fue el Pacto Europeo de Migración y Asilo, que Pedro Sánchez gestionó con la dirigente fascista italiana, Giorgia Meloni.

Por otro lado, está la represión contra los movimientos sociales. Esto lo sufre el movimiento de solidaridad con Palestina, pero también otros ámbitos, como los grupos que protestan contra la emergencia climática, e incluso las luchas sindicales.

Estos días hemos visto el escandaloso encarcelamiento de las “seis de la Suiza”: seis sindicalistas de Asturias que han entrado en prisión por protestar frente a la pastelería de un jefe abusivo. Por otro lado, la huelga del metal de Cádiz acaba de terminar con 23 sindicalistas detenidos.

Este aumento en el autoritarismo refleja la creciente crisis del mundo en el que vivimos.

“Trump ha dado su toque personal a este ataque, pero no lo empezó.”

El boom de la postguerra, que dejaba cierto espacio para el reformismo, ya es historia. Ahora el mantenimiento de los beneficios de los ricos es incompatible con un nivel de vida digna de la mayoría de la población. Ningún partido de gobierno se plantea atacar en serio a los multimillonarios, con lo cual “tienen que” atacar a la gente corriente: nuestros salarios y pensiones, lo que queda del estado del bienestar, etc.

Y en muchos casos, para desviar el descontento que provocan, intentan culpar a una u otra minoría oprimida, fomentando el racismo, la transfobia, etc.

Así que el centro derecha gira cada vez más hacia la extrema derecha. Muchos partidos socialdemócratas también asumen elementos del discurso ultra. Y, por supuesto, la extrema derecha, incluso partidos realmente fascistas, crece por doquier.

Algunas voces sugieren que ahora vivimos bajo el fascismo. Otras incluso argumentan que el capitalismo siempre ha sido por sí mismo fascismo. Pero esto es un grave error.

Gran parte del mundo ha vivido una parte importante de las últimas décadas, incluso medio siglo largo, bajo condiciones de democracia burguesa. Una democracia muy parcial e imperfecta, es verdad, pero muy lejos de ser fascismo.

Incluso ahora, podemos plantar cara al giro autoritario: seguimos protestando, sigue habiendo huelgas (no suficientes, claro). Si el fascismo realmente se hubiera impuesto, esto sería imposible, y toda la izquierda y todo movimiento de la oposición estarían totalmente anulados.

El reto es comprender una situación contradictoria, de forma dialéctica.

Sí existe una relación entre el capitalismo y el fascismo, por eso, no podemos contar con la burguesía ni con su Estado para hacer frente a la extrema derecha.

Pero muchas personas y organizaciones de la clase trabajadora en su amplitud, de espacios mucho más amplios que la izquierda anticapitalista, tienen interés en combatir la deriva ultra. Si trabajamos bien, podemos convencerlas para participar en la lucha unitaria contra la extrema derecha.

Este principio se aplica más en general.

¿Qué hacemos?

Sigamos con la idea de respuestas dialécticas. No existe una solución real y completa al fascismo por sí solo, ni al caos climático, ni a la creciente pobreza de la mayoría… La situación actual requiere de una alternativa política general.

Para algunos sectores, esta alternativa política necesariamente debe tomar la forma de la enésima “nueva” plataforma electoral de izquierdas. Pero las limitaciones señaladas arriba también afectan a los nuevos reformismos.

Así que hace décadas surgió en Brasil el PT, pero acabó aplicando el neoliberalismo. Syriza en Grecia acabó imponiendo la austeridad. Luego surgió Podemos, cuyo “asalto a los cielos” resultó consistir en asumir unos ministerios; ahora Sumar hace lo mismo, pero sin tanta retórica radical. En Chile, Boric llegó a la presidencia hablando de enterrar el capitalismo, pero ahora está atacando al pueblo mapuche, cerrando la frontera a las personas migradas y, por supuesto, no ataca a los ricos.

Por experiencias así, muchos sectores de la izquierda radical rechazan cualquier colaboración con fuerzas reformistas, y afirman que la única solución es un programa revolucionario (el de su grupo, claro).

Pero repetir frases de un programa tampoco cambia el mundo.

“Hay que impulsar luchas reales, con persones reales y diversas, no solo ‘las sospechosas habituales’.”

La clave es aplicar lo que se ha comentado arriba: impulsar luchas unitarias, entre fuerzas diversas, por demandas concretas. Contra el fascismo y el racismo; solidaridad con Palestina; contra el cambio climático; contra los recortes sociales…

Hay que impulsar luchas reales, con persones reales y diversas, no solo “las sospechosas habituales”.

El papel de una izquierda consecuente en estas luchas no puede ser la de exigir la aceptación de su programa, en plan ultimátum. Más bien, debería mostrar que su forma de trabajar, mediante la movilización amplia, es más afectiva que la vía reformista, la de apelar a las instituciones.

También puede y debe explicar sus ideas —en palabras comprensibles— a las personas que muestren interés en su política global. Debe explicar que, en efecto, una solución completa de los problemas a los que nos enfrentamos requiere un cambio fundamental: una revolución desde abajo.

Esta es la orientación de la pequeña red de activistas de Marx21. Defendemos el socialismo desde abajo. Estamos totalmente en contra del sistema capitalista, incluyendo el capitalismo de Estado que ha regido (y hasta un punto aún rige) en los países estalinistas. Defendemos un socialismo basado en el poder democrático de la enorme mayoría de la población: la gente trabajadora.

Pero para conseguir esto, no sirve recitar unos textos sagrados, hay que participar en las luchas, codo con codo con la gente. Esto lo hacemos, especialmente en la lucha contra el fascismo y el racismo, o contra el genocidio en Gaza, y dónde más podamos llegar.

El problema es que esta manera de trabajar es muy minoritaria, incluso dentro de la izquierda anticapitalista. Necesitamos a más personas participando en estas luchas, y en la construcción de un grupo que promueva esta manera de trabajar, para conseguir el otro mundo que necesitamos tan urgentemente. Si compartes esta visión, súmate al grupo.

 


¿Te gusta lo que decimos?

Quiero más información

Quiero unirme a Marx21