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Ira Vent, Marx21

La serie británica Riot Women (BBC, 2025) podría parecer una comedia dramática sobre la crisis de la mediana edad: cinco mujeres menopáusicas (Beth, Kitty, Holly, Yvonne y Jess) forman una banda de punk para un concurso local.

Sin embargo, bajo esa sinopsis aparentemente “ligera”, la serie de Sally Wainwright ofrece un retrato certero, quizás sin quererlo de forma explícita, sobre la experiencia colectiva de la opresión y los mecanismos mediante los cuales las personas transforman la frustración individual en acción común.

El acierto fundamental de la serie es que no presenta a sus protagonistas como víctimas pasivas. Cada una de ellas carga con problemas propios: relaciones familiares complejas, dificultades económicas, discriminación, soledad, la carga de los cuidados, la violencia o la sensación de haber sido expulsada de los espacios de reconocimiento social por razón de edad o género.

Durante buena parte de la serie, esas experiencias individuales, vistas casi como desgracias particulares afrontadas en solitario, se van convirtiendo en el verdadero germen de la unidad de la banda.

El grupo de punk deja de ser una afición, un “simple” proyecto musical, para convertirse en un espacio de organización horizontal donde cada una aporta su fragmento de verdad y al compartirlas, esas verdades dejan de ser “desgracias personales” para revelarse como signos de un mismo sistema que las empuja a la misma trinchera.

Elegir el punk como un vehículo conductor de la expresión y la rebeldía, sin duda no es casualidad, ni siquiera el nombre de la banda lo es, pues la propia directora reconoce la influencia de las Riot grrrl de los 90, un movimiento feminista estadounidense que ocupó el espacio público desde el activismo más inconformista, mezclando punk, política e identidad.

Cuando las integrantes de Riot Women suben al escenario durante el concurso local, ante vecinos y familiares, están ocupando el espacio público desde la dignidad, no desde la lástima ni la caridad, sino desde el derecho a existir con furia y con conciencia.

La serie ilustra además un fenómeno bastante conocido para las personas que solemos estar en la militancia. Muchas veces las lógicas del sistema actúan aislando el sufrimiento, individualizando los problemas, situándolos en el ámbito puramente privado, disfrazándolos de incapacidad personal.

Sin embargo, cuando estas experiencias se colectivizan y se comparten, emerge un entendimiento en común: detrás de las injusticias y discriminaciones particulares hay una realidad estructural que las hace posibles.

El gran acierto de la serie, incluso si lo hace de forma intuitiva, es que no mitiga las contradicciones. Las protagonistas chocan entre sí, tienen desconfianzas, arrastran prejuicios y miedos. Pero el proceso de ensayar, discutir, desafinar y finalmente sonar juntas es una metáfora perfecta de lo que significa construir organización en tiempos de derrota: un trabajo lento, contradictorio, pero capaz de transformar la rabia impotente en poder real.

Late en el fondo una cuestión política fundamental y es que la unidad de las luchas no implica la desaparición de las diferencias.

Riot Women no es una obra teórica ni pretende dar lecciones de organización. Pero tiene una enseñanza valiosa: la emancipación rara vez comienza con grandes discursos o acontecimientos extraordinarios. A menudo nace en espacios cotidianos, una sala de ensayo, una asociación vecinal, un sindicato, un colectivo o un lugar donde la experiencia individual se transforma en poder colectivo.

Cinco mujeres, cinco luchas privadas y un colectivo común: Riot Women. Tres vértices de una idea clave que nos muestra la serie: cuando quienes sufren las consecuencias de un mismo sistema logran reconocerse como parte de una realidad común, la rabia deja de ser resignación y es el primer paso para lograr el cambio, o al menos dejar de sufrirlo en silencio.