ES CA

Paco Priego, Marx21

En este mundo de locos en el que vivimos, en el que la doctrina del shock es rutina, y ya nada nos parece lo suficientemente absurdo o aberrante como para ser imposible, es fácil perder de vista acontecimientos que en su día nos llenaron de indignación, eclipsados hoy por el último delirio que la idiocracia en la que vivimos ha engendrado.

Pero esos hechos continúan desarrollando discretamente nuevas ramificaciones de terror, mientras estamos distraídos por los fuegos artificiales que anuncian la decadencia de un imperio.

Por eso hemos de hacer un esfuerzo para dirigir la mirada hacia ellos, a fin de, en la medida de lo posible, frustrar los planes con los que quieren sorprendernos (y de forma nada agradable) quienes se benefician de nuestra distracción para mover sus fichas. Y uno de estos escenarios desatendidos es hoy día Palestina, y más concretamente Gaza, escenario de un genocidio que no solo no ha cesado, sino que planea mutar en un escenario digno de un thriller de ciencia ficción.

Como todos ya sabemos, el pasado 10 de octubre se firmó una farsa de alto el fuego en Gaza, aunque llamar farsa a un alto el fuego que el ejército sionista ha violado en más de mil ocasiones es ser demasiado educado. El pasado 14 de enero el enviado especial de Donald Trump, Steve Witkoff, de profesión promotor inmobiliario, anunciaba el estreno de la segunda temporada de la farsa (o el inicio de la fase dos del plan de paz, si son ustedes lo suficientemente cínicos como para decir eso sin vomitar).

Que el anuncio lo haga un magnate del tocho no es casualidad, ya que toda la operación no es más que un descarado pelotazo inmobiliario sobre unos terrenos en una posición inmejorable, que el ejército de Israel ya ha tenido la gentileza de desocupar de los desarrapados que los habitaban, y de demoler sus precarias viviendas.

Un pelotazo que ya solo necesita socios que quieran entrar, por supuesto pagando una cuota de entrada. Esta puede ser de hasta mil millones de dólares para un puesto vitalicio en la llamada Junta de Paz para Gaza, un organismo estrictamente privado, en el que Donald Trump ostentará el cargo de presidente de forma vitalicia, pudiendo abandonarlo solo por renuncia propia, o como resultado de incapacidad determinada por el voto unánime de la junta directiva, y donde tendrá la potestad de elegir a su sucesor, seguramente su hijo.

Club privado

Un chiringuito especulativo construido sobre el escenario de un genocidio y presentado como un plan de paz digno del Premio Nobel de la categoría. Se puede ser más cínico, seguro, pero es muy difícil.

La idea, aparte de enriquecerse, es que este club privado controlado por Trump desplace a la ONU y a la UNRWA en la gestión de la reconstrucción de Gaza, territorio que, como ya hace tiempo que sabíamos, Donald Trump y sus amigos pretenden convertir en un destino vacacional lleno de resorts de súper lujo.

El engendro fue presentado por todo lo alto durante el pasado Foro de Davos, con la presencia entre otros de Javier Milei y Viktor Orban. Israel obviamente formará parte de la Junta, aunque Benjamin Netanyahu no pudo asistir a la presentación por el pequeño inconveniente de estar en busca y captura en Suiza, acusado de crímenes de guerra.

La práctica totalidad de potencias occidentales han declinado la invitación a participar en el grotesco chiringuito en el que, por supuesto, no se ha invitado a participar a ningún representante del pueblo palestino. Pero no se preocupen, el Emperador Naranja no se ha olvidado de ellos. Si bien al principio su idea era simplemente expulsarlos del territorio y punto, ahora ha tenido una idea mejor. Al fin y al cabo, su resort de lujo necesita esclavos que hagan el trabajo sucio, ¿no?

En esta presentación en Davos, Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno de Trump, presentaron lo que ahora llaman el Sunrise Plan (Plan Amanecer), que viene a ser la ya conocida visión de Gaza como territorio turístico, pero añadiéndole algo de industria tecnológica, y con zonas delimitadas como residenciales convenientemente apartadas, lo que ya empieza a ser sospechoso.

El pueblo palestino enfrenta un plan para eliminar su propia presencia, con base en la domesticación y el control.

A este enésimo intento de reinventar Brasilia pertenecen esas delirantes imágenes de rascacielos estilo Calatrava que hemos visto estos días, así como un mapa de cómo quedaría la nueva Gaza. Un mapa que, dicho sea de paso, exigiría demoler lo poco que la guerra ha respetado para ser llevado a la práctica.

Pero dejemos de lado el delirio de unos especuladores inmobiliarios endiosados, y centrémonos en que pasa sobre el terreno. ¿Dónde encaja la población que ha sobrevivido al genocidio en todo esto? Aquí toca hablar de la situación sobre el terreno ahora mismo.

La Fase 1 del alto el fuego ha dividido Gaza en dos zonas, una zona costera de unos 150 km2 donde se hacina la población, y una zona controlada por el ejército de Israel, una franja de terreno de unos 200 km2 que bordea la frontera entre Gaza e Israel, un terreno considerado zona de combate donde, a excepción de los miembros de algunos minúsculos clanes que colaboran con los ocupantes, para cualquier palestino entrar representa la muerte.

Esta zona prohibida estaría teóricamente delimitada por la llamada línea amarilla, una sucesión de bloques de hormigón amarillos que marcan el límite, pero que, aparte de que están ausentes en muchas zonas, se ha podido documentar que los que existen son movidos arbitrariamente por el ejército israelí, a fin de ganar más terreno para la zona bajo su control.

Ahora debería empezar la Fase 2 de la farsa —quiero decir, del alto el fuego— que implicaría el desarme y la entrega del control de Gaza a un gobierno tecnocrático títere de la citada Junta de Paz, controlada por Trump y sus socios de negocios, y el inicio de la reconstrucción o, mejor dicho, de la construcción de la distopía cyberpunk de Trump. Esta comenzaría por la zona antes mencionada bajo control del ejército israelí, y a los palestinos que entren allí ya no se les permitirá salir.

No cuesta mucho imaginar quién será la mano de obra explotada que construirá el delirio trumpista, ¿no? El portal Drop Site News publicaba una filtración que hablaba de la creación de una “comunidad planificada” para albergar hasta 25.000 palestinos que constaría de dispositivos de control de los residentes palestinos “mediante vigilancia biométrica, puestos de control, monitoreo de compras y programas educativos que promuevan la normalización con Israel”.

Si usted está pensando en Los Juegos del Hambre, está captando la vibra del proyecto.

En la presentación del engendro, Jared Kushner subrayó la intención de aplicar los principios de la economía de libre mercado. “Queremos aplicar la misma mentalidad y el mismo enfoque para brindar a esta gente la posibilidad de prosperar y tener una buena vida”, fueron sus palabras.

Vamos, el clásico discurso libertariano que ya nos permite vislumbrar que esa “buena vida” va a ser la de los migrantes explotados que construyen los grandes edificios de Dubai o Doha, solo que aquí la gente trabajadora esclavizada será la autóctona, y los millonarios que se benefician de su trabajo vendrán de fuera.

“El pueblo palestino enfrenta un plan para eliminar su propia presencia, con base en la domesticación, la subyugación y el control”, publicó en X al respecto Ramy Abdu, fundador y presidente del Euro-Mediterranean Human Rights Monitor.

Este es el mundo del siglo XXI: colonialismo a la vieja usanza del siglo XIX y capitalismo desregulado de finales del siglo XX, juntos y orgullosos de mostrarse sin ninguna careta.

En resumen, un engendro que parece escapado de la más delirante distopía de ciencia ficción y que, por su descaro, ha llevado a que incluso en ese Occidente que habitualmente mira hacia otro lado cuando Israel perpetra sus crímenes, y que acepta cualquier cosa que Estados Unidos disponga sobre el tema, se haya expresado abiertamente la disconformidad con el proyecto.

Probablemente ha ayudado bastante que el Emperador Naranja haya dejado de fingir que los europeos son sus aliados, y haya empezado a tratarlos como a vasallos a los que les puede exigir tributos o reclamar territorios, como recientemente ha ocurrido con el esperpéntico episodio de Groenlandia.

Está por ver si esta nueva relación de desconfianza entre Estados Unidos y Europa tiene algún reflejo en la situación de Palestina, pero mientras tanto lo que nos queda es no perder de vista lo que está pasando allí, y seguir denunciando los crímenes que se siguen cometiendo impunemente, y a los gobiernos que son cómplices con su inacción, y que ahora están descubriendo que haber sido buenos vasallos no los va a salvar de las locuras de su desquiciado señor.