Lo siguiente es la ponencia que presentó el autor en la charla “¿Cómo combatimos las opresiones de género?” en las jornadas de Marx21 en diciembre de 2025. (Ver las notas sobre las jornadas abajo).
Jordi Faxon, Marx21
Hoy en día, las personas LGTBI+, y en concreto las personas trans, se han convertido en el eje central de la política de derechas.
Representan, más que ningún otro grupo, la amenaza unificadora que la izquierda supuestamente quiere imponer a la “gente normal”.
Dejando de lado por ahora las motivaciones psicológicas de este miedo, debemos reconocer esta verdad evidente: parece que hay muchas más personas transfóbicas que trans.
Vale la pena mencionar algunas de las diferencias geográficas en la manifestación de este miedo.
Gran Bretaña, es la cuna extraoficial del movimiento TERF, feministas radicales trans excluyentes, en sus siglas en inglés. Las activistas TERF hacen un llamamiento a proteger a las mujeres cis (no trans) de los supuestos depredadores fetichistas masculinos que se apropian de su feminidad.
En Estados Unidos, se escuchan historias recurrentes acerca de profesores “woke” que adoctrinan a tus hijos; atletas trans que roban medallas de oro en competiciones deportivas; y libros y programas de televisión infantiles que promueven estilos de vida desviados.
Sea cual sea la narrativa, parece que este argumento funciona.
Estrategas conservadores de todo el mundo han reconocido explícitamente que el hecho de centrarse en la “amenaza” que representan las personas trans fue una decisión específica y deliberada que ha dado sus frutos.
Este discurso tiene un efecto directo en la vida de las personas trans. El hecho de poder acceder a la terapia de reemplazo hormonal y a otros procedimientos de afirmación de género cada vez se vuelve más difícil.
En el Reino Unido, el sistema nacional de la salud, el NHS, trata a las personas trans como a ciudadanos de segunda clase que deben desviar sus tratamientos a través de un sistema de salud separado. Esto las obliga a pasar meses de espera y a sucesivas rondas de interrogatorios, muy invasivos, para acceder a la medicación que podría impedir que se quiten la vida.
En el sur de Estados Unidos, si un niño con padres homófobos le confiesa a un profesor que es LGTBI+, este debe informar de esta confesión a los padres. Esto crea una cultura de paranoia para las y los niños LGTBI+, quienes se supone que se sienten completamente alienados, como si no hubiera nadie en quien confiar.
Identidades
Lo cierto es que las dificultades a las que se enfrentan las personas LGTBI+ son relevantes incluso para quienes no tienen una conexión personal con el conjunto de identidades que contiene ese acrónimo.
Un ejemplo es el de Estados Unidos, con la respuesta de Ronald Reagan ante la crisis del SIDA. Esta fue una negligencia criminal que, como es bien sabido, se convirtió en una preocupación nacional cuando las personas heterosexuales comenzaron a contraer el virus.
El gobierno podría haber evitado incluso la transmisión del virus entre personas heterosexuales si la derecha religiosa no hubiera presentado el virus como la venganza de Dios contra los “sodomitas”.
Hoy en día, las presiones sociales que continúan avergonzando y excluyendo la no conformidad de género dificultan la vida de los hombres y mujeres heterosexuales, ya que se les exige una mayor autovigilancia de su expresión de género, para evitar convertirse en objetos de sospecha.
Mucha gente intenta separar y enfrentarse a los diferentes aspectos de las luchas LGTBI+.
La autora de los libros de Harry Potter, J.K. Rowling, quien es heterosexual, ha presentado con frecuencia a las lesbianas cis como víctimas involuntarias de la intrusión de las mujeres trans en sus espacios. En realidad, las lesbianas son una de las poblaciones más inclusivas con las personas trans.
Cabe señalar, ya que hablamos del tema, que si bien Rowling se posiciona como defensora de los derechos de las mujeres basados en el sexo, no tuvo nada que decir cuando la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos que estableció el derecho constitucional de la mujer al aborto, Roe v. Wade, —un derecho claramente basado en el sexo—, fue revocada en 2022.
Quizás el hecho de haberse rodeado de millones de conservadores que la adoraban haya invalidado cualquier atisbo de compromiso feminista que pudiera haber en ella.
Opresión sistémica
La “Alianza LGB”, otra rama británica del pánico trans global, elimina ostentosamente la T del famoso acrónimo. Insisten en que los objetivos políticos del movimiento transgénero no tienen nada que ver con las necesidades y preocupaciones de las personas homosexuales y bisexuales “normales”.
Huelga decir que, aunque algunos intentan salvar las apariencias insistiendo en que no tienen nada en contra de las personas trans, sino tan solo contra la difusa “agenda trans”, su deseo de separarse a sí mismos y su opresión de la de las personas transgénero indica una maniobra cínica. Es un intento de apartar el elemento más controvertido de su movimiento, con el fin de congraciarse con las personas a las que apelan por sus derechos.
No comprenden la naturaleza de la opresión sistémica. Esta no se divide claramente en estas líneas identitarias, sino que se filtra como un monolito polivalente, pero en última instancia singular, de violencia y falta de libertad.
Tampoco comprenden una estrategia efectiva para la liberación, que no se beneficia de aislar el propio movimiento de quienes no comparten una experiencia vital idéntica.
Dentro de un movimiento revolucionario verdaderamente sustancial, nadie puede homogeneizar la experiencia vital de todos sus miembros, ni nadie debería querer hacerlo.
¿Qué hacemos con esta información? Sabemos que, en el que supuestamente es “nuestro lado”, entre nuestros círculos organizativos, hay autoproclamados marxistas que insisten en que la política de género es una forma superficial de opresión.
Afirman que una revolución socialista, sin prestar atención específica a las preocupaciones errantes de las identidades oprimidas particulares, eliminará de forma inminente todas estas opresiones.
Insisten, además, en que se está prestando excesiva atención a estas formas específicas de opresión, más allá de la de la clase trabajadora en general. Afirman que todo esto es una distracción contrarrevolucionaria o, peor aún, una política identitaria liberal.
Liberar
Estos populistas vulgares parecen operar bajo su propia forma de política identitaria.
Han construido una imagen del hombre de clase trabajadora genérico, universal, y sus problemas genéricos. Fieles a esta imagen, se han negado a permitir cualquier experiencia vital o condición material que pueda complicar su visión de la población que supuestamente pretenden liberar.
Irónicamente, se han convertido en su peor forma idealista.
Existe una riqueza, una pluralidad de identidades ocupadas por la población combinada de víctimas del capitalismo y el imperialismo en el mundo (que, como todos sabemos, es vasta).
Reconozco que sí, incorporar todas estas perspectivas, si bien no necesariamente complican las convicciones morales, sin duda complicarán el análisis del propio capitalismo y la respuesta práctica de la organización revolucionaria.
Pero esta es una complicación que nosotras y nosotros, como marxistas honestos, debemos asumir. Esta es la verdad de un marxismo vivo y encarnado. No nos sirve un “marxismo” que, como el propio capitalismo, abstrae la vida humana de su significado personal y la juzga en concordancia con un principio preestablecido de productividad y eficiencia.
En este caso, ya sea que se decida reducir una vida humana a su utilidad para un movimiento revolucionario o a su utilidad para una corporación multinacional, su perspectiva sobre el valor fundamental de la vida humana es evidente.
Cabe señalar también que alguna gente considera los derechos y las libertades civiles de las personas homosexuales como una herencia única de los valores seculares y liberales de occidente.
Lavado rosa
Esta pretensión se utiliza como justificación del sionismo y la islamofobia. A las personas LGTBI+ que expresamos públicamente nuestro apoyo a la liberación palestina se nos dice invariablemente que seríamos arrojadas desde los tejados de los edificios de Gaza por nuestra sexualidad.
El llamado Pink-washing, “lavado rosa”, la manipulación de la imagen de los regímenes imperialistas como favorables a los homosexuales, es un delirio de la política progresista, facilitado por un discurso sobre los derechos LGTBI+ completamente desprovisto de conciencia de clase.
Como si fuera necesario decirlo, las personas LGTBI+ palestinas también quieren el fin del genocidio.
Estas personas no tienen el lujo de disfrutar de la supuesta amabilidad de Israel hacia la gente homosexual. Sin duda, consideran que la violencia y la represión que ejerce este Estado desde hace muchas décadas les perjudican mucho más que el entorno social conservador en el que viven.
Esto no significa que la homofobia que experimentan en sus comunidades no deba ser criticada. Más bien, que usarla como réplica en conversaciones sobre la crítica hacia el Estado de Israel es una desviación extremadamente cínica que ignora el verdadero significado de la liberación palestina y la liberación gay.
Entonces, ¿qué significa la liberación gay? En casi todos los movimientos gays notables desde Stonewall, ha habido una facción asimilacionista y otra liberacionista.
Los disturbios de Stonewall —en Greenwich Village, Nueva York, en 1969— no fueron bien recibidos por la respetable y asimilacionista organización gay, la Mattachine Society, entonces respetada por brindar asesoría legal a homosexuales y abogar por su inclusión en la vida pública. Este grupo emitió un comunicado condenando las acciones de los alborotadores: “Nosotros, los homosexuales, pedimos a nuestra gente que por favor ayude a mantener una conducta pacífica y tranquila en las calles del Village”.
Aquí en Catalunya, tenemos el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), que se fundó en 1976, cinco años después de los disturbios de Stonewall en Torremolinos, una ciudad a las afueras de Málaga.
El FAGC se fundó con un manifiesto muy radical, y organizó una manifestación muy importante en la Rambla de Barcelona, en junio de 1977. Sin embargo, incluso en esa primera manifestación se quiso que las personas que rompían con el modelo dominante de masculinidad no tuvieran protagonismo.
Así que, en sus primeros años, algunos miembros de la FACG, frustrados por lo que percibían entonces como su insistencia en alcanzar la normalidad y la respetabilidad, se separaron y formaron su propio grupo, la Coordinadora de Col·lectius per l’Alliberament Gai (CCAG).
Durante algunos años, este grupo disidente buscó dar espacio a lesbianas y personas trans que se sintieran marginadas por el grupo principal, y buscó no solo acabar con la homofobia, sino también disolver las estructuras de poder capitalistas que la refuerzan.
Poder
Por un lado, está la estrategia de buscar brindar el espacio para las personas gays en las altas esferas del poder, promover su movilidad ascendente y, por lo demás, dejar intacto el sistema que una vez las dejó vulnerables y victimizadas.
Por otro, la estrategia busca desmantelar el sistema de violencia presente en cada médico lascivo, en cada jefe irrespetuoso, en cada insulto que nos gritan en la calle, en cada segurata aeroportuario invasivo y en la precariedad sistémica de la vivienda y el empleo de nuestra comunidad.
Estos elementos no existen por sí solos como problemas individuales que se pueden arreglar de forma aislada. Más bien, se refuerzan mutuamente y deben abordarse desde la raíz.
¿Por qué debería importarte la liberación gay? Porque nadie es ni será libre hasta que todas y todos lo seamos.
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