Marx21
Ante los anuncios de aranceles por parte de Donald Trump, el Gobierno español ha respondido con la campaña publicitaria: “Nuestros valores no están en venta. Nuestros productos, sí”.
“Esto es España, un gran país”, declaran, “un país que produce, que investiga, que cultiva, que fabrica…”
Afirman: “Vamos a seguir exportando a todo el mundo lo que hoy es España… Lo que no vamos a vender nunca son nuestros valores, ni nuestros principios.”
Concluyen este alegato nacionalista diciendo: “Compra lo tuyo. Defiende lo nuestro”.
Tras décadas de retórica a favor de la globalización económica, de fronteras abiertas (¡a mercancías, no a personas!), en resumen, del consenso neoliberal de globalización capitalista, ahora nos vienen con esto. El Gobierno más progresista de la historia promueve un rancio nacionalismo económico.
No es el único giro extraño que vemos en la crisis multifacética actual.
En EEUU hay dirigentes sindicales apoyando los aranceles de Trump. En Alemania, apareció un nuevo partido “de izquierdas”, escindido de la versión alemana de Izquierda Unida, que ha asumido el discurso racista sobre la migración y el refugio. Sobre Ucrania, una parte importante de la izquierda, incluso de la izquierda radical, se ubica en el mismo lado que la OTAN; y una parte más pequeña respalda al líder autoritario ruso, Putin (y se excita con el creciente poder imperialista de China).
Frente a todo esto, es esencial orientarnos mejor, y a partir de aquí, luchar por lo que realmente es “lo nuestro”, los intereses de las personas de abajo.
Repasemos diferentes facetas de la crisis actual, y miremos cómo podemos y debemos responder.
Aranceles
Poco después de asumir el poder, Trump empezó a anunciar la imposición de aranceles. El 2 de abril de 2025 anunció un amplio abanico de enormes aranceles, incluso contra sus aliados cercanos como la Unión Europea, Japón o Corea del Sur. Ya había anunciado aranceles contra Canadá y México en febrero.
Hay aspectos anecdóticos, como la manera en que el anuncio de los aranceles, y luego el de su suspensión temporal, ha permitido a sus amigos oligarcas ganar miles de millones de dólares, mediante la venta y compra de acciones en los momentos correctos (con la ayuda de algún post por parte de Trump en su propia red social).
Más en general, hay una tendencia de ver todo esto como una locura individual del Presidente actual, cuando en realidad sus actos responden a los intereses de la clase dirigente de su país. (En otro artículo se explica lo mismo sobre el genocidio impulsado por Netanyahu.)
Nuestro compañero en Gran Bretaña, Alex Callinicos, ha explicado que “en agosto de 1971, durante la primera gran crisis mundial causada por el declive económico de Estados Unidos, el presidente Richard Nixon rompió el vínculo entre el dólar y el oro.” De la misma manera, las acciones de Trump reflejan una potencia imperialista en relativo declive, que debe recorrer a la fuerza bruta para intentar mantener un dominio que ya no puede sostener con su capacidad económica como tal.
Es cierto que las declaraciones de Trump reflejan sus manías personales y su arrogancia, pero la irracionalidad más importante no está en su cabeza, sino en el mismo sistema.
Esta irracionalidad conlleva problemas. Trump consiguió que algunos de los hombres más ricos del mundo acudiesen (e hicieron grandes contribuciones) a su toma de poder. Pero muchos de ellos se enriquecen en parte mediante negocios con China y pueden sufrir los efectos de los aranceles.
Esta contradicción entre los horribles oligarcas con ideas reaccionarias pero importantes intereses económicos, y los seguidores de Trump que son simplemente visceralmente racistas, se comenta en otro artículo.
En todo caso, debemos entender que las extremas derechas siempre contienen muchas contradicciones, si no hay un movimiento fuerte en su contra, las pueden superar.
En este caso, debemos plantear qué debemos hacer ante los aranceles.
Defendamos lo nuestro
Huelga decir que nos sobran motivos para odiar a Trump, y sería tentador respaldar la imposición de aranceles contra productos de EEUU, como ha amenazado la UE. Sería un grave error.
En una guerra comercial, se aplican muchos de los mismos principios que ante una guerra militar. Debemos insistir en que el enemigo principal (repitamos, no el único enemigo) está en casa. No debemos alinearnos con “nuestra” clase dirigente. No tenemos intereses en común con quienes nos explotan.
Dicen “Compra lo tuyo”. Ninguna persona que lea este artículo será propietaria de una fábrica, de una mina, de una empresa alimenticia… La enorme mayoría de lo que compramos lo producen empresas que pertenecen a burgueses de un u otro país, mediante la explotación laboral en uno o varios países. No tenemos motivo alguno para favorecer a los explotadores de un país por encima de los de otro.
Hagamos una excepción, por supuesto, para el apartheid israelí, con el que sí exigimos que no se haga negocio alguno. Pero se ve que, a diferencia de los aranceles, el genocidio en marcha en Palestina, con más de 50 mil muertos, no ha motivado ninguna campaña publicitaria por parte del Gobierno español. Vemos de nuevo que tienen más interés en defender los beneficios de las empresas españolas que en acabar con la masacre.
Así que sí, debemos defender lo nuestro, a nuestra gente. Y nuestra gente es la gente explotada en las empresas españolas, y también en las empresas de EEUU o China, o donde sea. Son las personas trabajadoras de diferentes países las que perderán —perderemos— el empleo si los aranceles provocan una recesión.
Las personas amenazadas por el genocidio en Gaza, o el conflicto en el Congo, también son nuestra gente. También lo son las personas de Senegal o Gambia que han tenido que migrar porque el cambio climático o la deuda externa ha destrozado su manera de vivir.
Quienes no son de los nuestros son los multimillonarios, los que explotan, los que evaden impuestos, y los que ahora intentan hacer que nos preocupemos para mantener sus beneficios.
La defensa de lo nuestro no pasa por comprar productos españoles, sino por combatir el sistema que solo beneficia a los ricos.
Guerras
Tanto las guerras comerciales como las guerras militares imperialistas son conflictos entre sectores de la clase dirigente, que se pelean por obtener la mayor parte los beneficios provenientes de la explotación de la gente trabajadora, y de los recursos del planeta.
Como se ha comentado, en ambos casos, debemos tener claro que ningún sector de la burguesía defiende nuestros intereses. Lo que los dirigentes europeos intentan vendernos como el “interés nacional” son sus intereses de clase. De la misma manera, cuando los dirigentes de Rusia o China chocan con EEUU o la UE, lo hacen para defender los intereses de las clases dirigentes de sus respectivos países, no en nombre de algún “antiimperialismo”. Rusia y China también son potencias imperialistas, a un nivel u otro.
Ahora, frente a la campaña a favor de aumentar el gasto militar en Europa, debemos tener todo esto presente. Quién en el Estado español recorta los servicios sociales para dedicar dinero a la guerra, a la vez que hace favores a los superricos y a las grandes empresas, no son Putin y Xi Jinping, sino el gobierno español. Los dirigentes de Rusia y China, claro, aplican las mismas políticas contra sus propias clases trabajadoras.
Así que debemos oponernos totalmente al aumento en el gasto militar español, y europeo en general. Estas semanas se han multiplicado las declaraciones y manifiestos en contra de ese gasto. Ahora se debe convertir este rechazo verbal en una campaña unitaria y combativa, que combine el rechazo al militarismo como tal con la exigencia de una mayor inversión en las necesidades sociales.
Contra el racismo
Esto debe ir ligado a la lucha contra la extrema derecha. Los ultras se alimentan de la desesperación —la pobreza, la falta de vivienda asequible…— e intentan culpar a las personas migradas, o racializadas en general.
Recordemos que este año marca los 600 años de la presencia del pueblo gitano en la península ibérica, pero este pueblo sufre racismo y la extrema derecha también los trata como a los “otros”, no como parte de su mítico “nosotros” (blanco, hetero, monocultural… mononeural).
Parte del problema es que no se trata solo de la extrema derecha. Todos los gobernantes de la Unión Europea —desde la fascista Giorgia Meloni hasta Pedro Sánchez— han pactado una serie de medidas que criminalizan aún más a las personas migradas y refugiadas. Han subcontratado la represión mortal a países como Libia, dividido entre señores de la guerra, o Egipto, actualmente bajo Al Sisi, aliado de Occidente cuya dictadura es igual de brutal que la de Pinochet.
Dicho esto, la subida de la extrema derecha ha reforzado este giro racista por parte de los partidos institucionales.
Así que la izquierda consecuente tiene que luchar en dos frentes relacionados. Debemos impulsar la máxima unidad posible en la movilización contra la extrema derecha. Pero también debemos combatir las políticas racistas, e insistir en la necesidad de rechazar los controles de migración y abrir las fronteras.
De hecho, son tres frentes, porque todo esto es producto del capitalismo, y en última instancia, no podremos acabar con el racismo y el fascismo si no acabamos con el sistema actual, para establecer una sociedad realmente socialista, basada en la democracia de base y el rechazo contra toda opresión.
Clima
El problema del caos climático es cada vez más grave. Pero los dirigentes del mundo siguen sin tomar las medidas necesarias. Ahora las cosas empeoran aún más en el contexto de la tensión militar.
Frente a esto, debemos seguir exigiendo la reducción en las emisiones de gases invernadero, con medidas generales, pero también con demandas inmediatas, como prohibir los jets privados de los multimillonarios, o mejorar y hacer gratuito el transporte público.
También debemos advertir contra falsas “soluciones”. El “hidrógeno verde” no es una fuente de energía, sino una manera muy ineficaz de continuar con el modelo energético de los combustibles fósiles. Por otro lado, la construcción de nuevos reactores nucleares conllevaría muchas toneladas más de peligrosos residuos radioactivos, que durarían miles de años, cuando aún no se ha encontrado una solución para los residuos de los reactores ya construidos.
La única manera de cortar las emisiones, y frenar el cambio climático, es un cambio radical en el sistema productivo. Y la manera más realista de conseguir esto es mediante un cambio radical en el modelo social; acabar con el capitalismo.
Contra el capitalismo
Como se ha comentado repetidamente, estos problemas tienen la raíz común en el sistema capitalista.
Pero no derrotaremos el capitalismo con unas declaraciones y demandas abstractas. Harán falta luchas reales llevadas a cabo por personas reales, y ahora mismo la mayoría de la población no se identifica como anticapitalista.
Así que, frente a la guerra, al fascismo, al cambio climático… hace falta construir movimientos amplios, formados por personas y sensibilidades diversas, para luchar por cambios concretos.
Pero también hace falta que más personas entiendan que no basta con unas pequeñas reformas, que hace falta el cambio sistémico.
Tanto en la construcción de los movimientos amplios, como en los debates dentro de estos movimientos, el papel de una izquierda consecuente —es decir, marxista y revolucionaria— es clave.
La mejor manera de evitar que estos movimientos se conviertan en simples títeres de los partidos reformistas, o bien acaben aislándose mediante la pureza sectaria, es la existencia de activistas dentro del movimiento que trabajen por la lucha unitaria, a la vez que vayan explicando la necesidad de un cambio revolucionario.
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