#NiOTANniPutin · Contra todo imperialismo

¡No al gasto en guerra!

ES CA

Marx21

El peligro de una tercera guerra mundial —lo que seguramente conllevaría la destrucción de la sociedad humana tal y como la conocemos— se acerca cada vez más.

Pero lejos de intentar evitarla, los dirigentes del mundo promueven el belicismo cada vez más.

Este impulso hacia la guerra se expresa, entre otras cosas, bajo la forma de un aumento en el gasto militar, y de manera especial el de los Estados europeos.

En 2014, los Estados miembros de la OTAN acordaron incrementar su gasto militar hasta el 2% del PIB. El gobierno español actual dice que alcanzará esta cifra en 2029.

Pero ahora Donald Trump, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y otros líderes hablan de subirlo aún más, hasta el 5% o más de la producción interior de cada país. Y dicen abiertamente que esto significaría recortes sociales, ataques a las prestaciones sociales, cierres de escuelas y hospitales…

Intentan justificar esta carrera armamentística con la creciente peligrosidad del mundo.

Al ataque ruso contra Ucrania y al genocidio infligido contra el pueblo palestino debemos sumar una infinidad de otros conflictos que no llegan a los titulares, como el del este del Congo.

Pero todos estos conflictos empezaron mucho antes de la primera bomba. Y parte del trasfondo es precisamente ese militarismo que los dirigentes europeos, desde el socialdemócrata Pedro Sánchez hasta la fascista Giorgia Meloni, están impulsando.

La guerra en Ucrania no se entiende fuera del contexto de la extensión de la OTAN hacia el este, y el intento (fallido) de la clase dirigente de EEUU de erigirse como el poder hegemónico sobre todo el planeta.

El ataque genocida israelí no empezó el 7 de octubre de 2023, sino que forma parte de una agresión colonialista que empezó hace más de un siglo, con el apoyo de diferentes potencias imperialistas.

Los conflictos en diferentes partes del continente africano no son fruto de choques “étnicos” o “tribales” locales, sino que los grupos directamente enfrentados casi siempre reflejan rivalidades entre potencias imperialistas —Francia, EEUU, China…— por el control de las enormes riquezas de África.

Todo esto es de conocimiento bastante general dentro de la izquierda y los movimientos sociales. ¿Por qué, entonces, no estamos viendo un fuerte resurgimiento del movimiento antiguerra?

Aquí es útil comparar la situación actual con la que se vivió hace más de dos décadas, frente a la invasión de Irak.

El “no a la guerra” de 2003

El 15 de febrero de 2003, se celebró la que entonces fue la movilización política internacional más grande de la historia. Decenas de millones de personas se manifestaron contra la amenaza de invasión de Irak —impulsada por Bush, Blair y Aznar—, en 600 ciudades del todo el mundo.

Como siempre, algunas voces restaron importancia a la movilización: después de todo, no se logró impedir la guerra. Pero las acciones políticas no se pueden juzgar de manera tan mecánica y simplista.

Millones de personas se politizaron por primera vez en estas protestas, que continuaron durante meses, incluso años. Fueron un aviso a los poderosos. El New York Times declaró que había dos superpotencias en el mundo, EEUU y la “opinión pública mundial”.

En el Estado español, gracias a esa consciencia antiguerra —se estimó que el 90% de la población se oponía a la guerra— el atentado del 11 de marzo de 2004 no se tradujo en una gran ola islamófoba, como sí ocurrió en EEUU tras el 11S de 2001. En vez de eso, cientos de miles de personas salieron a la calle de manera espontánea, con el grito “las bombas de Bagdad caen en Madrid”, señalando la culpa de Aznar y provocando la caída del poder del PP.

Sin embargo, conviene recordar que, incluso entonces, algunos sectores de los movimientos antiglobalización —sobre todo figuras asociadas con el Foro Social Mundial de Porto Alegre, con el periódico Le Monde Diplomatique, o el movimiento ATTAC…— se opusieron a la convocatoria de esa gran jornada antiguerra. No querían una protesta centrada en el “no a la guerra”, insistiendo en que se debía hablar de una lista de temas, como la deuda de los países pobres, las reglas del comercio internacional… De haber prevalecido sus tesis, esa protesta masiva simplemente no habría tenido lugar.

La lucha antiguerra hoy

Es evidente que hoy estamos ante una situación muy diferente.

En 2003, muchos gobiernos europeos —como los de Francia, Alemania…— se opusieron a la invasión de Irak. En el Estado español, el PSOE, los sindicatos mayoritarios, incluso gran parte de la prensa de masas… respaldaron las protestas antiguerra.

Hoy, las voces opuestas al genocidio en Gaza y contra la escalada bélica en Ucrania son más limitadas, y a menudo equívocas.

Internacionalmente, sectores incluso de la izquierda revolucionaria insisten en ver la guerra de Ucrania como simplemente una agresión rusa contra un país vecino más débil, sin querer reconocer que Ucrania depende de un apoyo masivo, en dinero y armas, de Europa y EEUU.

En realidad, no es solo un conflicto local, sino que forma parte del choque entre diferentes bloques imperialistas. De esto, hemos hablado mucho, señalando que se trata de una “guerra proxy”: ahora incluso el responsable de exteriores de Trump ha reconocido este hecho.

“Hay que escoger: apoyar el gasto en armas con los recortes sociales, o rechazar el militarismo.”

En Alemania, es aún peor: gran parte de la izquierda alemana —desde el partido social demócrata y los verdes hasta muchos sectores de Die Linke, partido hermano de Izquierda Unida/Sumar— no solo respalda el papel de la OTAN en Ucrania, sino que apoya activamente el militarismo israelí.

No es la primera vez que una gran potencia utiliza la opresión hacia un país pequeño para justificar sus intereses imperialistas.

Gran Bretaña lo hizo en 1914 cuando entró en la Primera Guerra Mundial, afirmando que defendía a la “pobre pequeña Bélgica” ante una invasión alemana. EEUU afirmó apoyar los derechos nacionales del pueblo kurdo, al crear la “zona de exclusión aérea” en el norte de Irak a partir de 1991 y respaldar la creación de los territorios autónomos kurdos, y apoyar a “Rojava” tras la revolución de 2011 en Siria. Nunca les ha importado ni les importa la población del país pequeño, y así lo demuestra ahora Trump, al decidir que sus intereses quedan mejor servidos haciendo un trato con Putin.

Cada caso es diferente, por supuesto, pero ante los conflictos entre potencias imperialistas, podemos y debemos orientarnos con el argumento de Karl Liebknecht, revolucionario alemán y compañero de luchas de Rosa Luxemburg: “el enemigo principal está en casa”. Tengamos claro que dijo “el enemigo principal”, no el único.

Lo que significa hoy en día es que un “movimiento antiguerra” dentro de un país de la OTAN, la principal fuerza bélica del mundo, no puede simplemente denunciar a Rusia y Putin. Su primer deber es oponerse al militarismo de “su lado”. Eso sí, sin justificar en absoluto el belicismo ruso.

Ahora mismo, este rechazo al militarismo pasa por oponernos al gasto militar.

¿El gobierno más progresista…?

Hay diferentes cálculos, pero todas las fuentes coinciden en que el gasto militar del Estado español ha aumentado enormemente en los últimos 5 años.

En 2019, justo antes de formar el gobierno de coalición del PSOE y Podemos, el gasto militar del Estado español —según la OTAN— representaba el 0,9% del PIB, unos 11 mil millones de euros.  Cuando terminó su mandato, en 2023, lo habían aumentado a más de 17 mil millones de euros, el 1,3% del PIB.

La última cifra oficial —la de 2024, ahora con el gobierno del PSOE y Sumar— está en casi 20 mil millones de euros. Pedro Sánchez se ha jactado de estas cifras, criticando a Mariano Rajoy por haber gastado menos en “defensa”, e insistiendo en que el gasto en armas debe seguir creciendo.

Está bien que Podemos y Sumar critiquen ahora el aumento en del presupuesto militar, pero como se ha comentado, Podemos formó parte del Gobierno que realizó aumentos enormes en ese gasto, y Sumar ha seguido en la misma línea.

Por otro lado, es un chiste malo que Pedro Sánchez insista en que el gastar más en armas no afectará el gasto social. Existen muchas necesidades sociales que ahora no se cubren: hay cada vez más pobreza, cada día se desalojan a más familias de sus casas, hay listas de espera en los hospitales…

Si realmente hay miles de millones de euros en dinero público disponibles, se deberían gastar en cosas así, no en la guerra.

Y no basta con que los partidos de izquierdas hagan sus discursos en el Congreso y con sus tuits, deberían contribuir a las luchas para que se haga lo correcto.

Contra el gasto militar

Urge plantar cara —con la organización y la movilización— frente a una posible conflagración nuclear, y la amenaza más inmediata de un aumento enorme en el gasto militar, con los consecuentes recortes sociales.

¿Cómo lo podemos hacer?

Afortunadamente, en las últimas semanas, grupos y organizaciones antiguerra de todo tipo en Catalunya, tras varias reuniones, han consensuado el manifiesto “No al gasto militar, el belicismo y el militarismo”.

Aquí declaran:

“Las entidades abajo firmantes iniciamos una Campaña contra el gasto militar, considerando que un aumento en los presupuestos de Defensa comportará recortes en todos los ámbitos de los gastos sociales: salud, educación, pensiones, servicios sociales y en la mejora de un trabajo digno. Además, el aumento en gasto militar no nos da más seguridad, sino que comporta más probabilidad de guerra abierta.”

Hace tres años que demasiados activistas de izquierdas aceptan como animal de compañía “antiimperialista” la exigencia de que la OTAN arme al máximo a Ucrania en la guerra frente a Rusia. No hay indicios de que los argumentos los hagan cambiar de opinión.

Sin embargo, ahora los gobiernos europeos, el español incluido, se plantean implementar brutales subidas en el gasto militar, que conllevarán brutales recortes sociales, como se ha comentado aquí y como consta en el manifiesto.

Aquí no caben argumentos sobre el papel supuestamente defensor de los derechos nacionales de la OTAN.

Hay que escoger: se apoya la carrera armamentística, con los recortes sociales resultantes, o se rechaza la lógica militarista y la guerra.

Por supuesto, sería excelente que millones de persones se opusieron a la guerra por motivos éticos, por la solidaridad internacional, incluso (¿por qué no?) por compartir el análisis marxista del imperialismo.

Pero los movimientos importantes rara vez surgen debido a principios abstractos. Y hay que decir que la gente trabajadora y pobre tiene todo el derecho del mundo a defender sus sistemas de salud, sus escuelas, sus salarios y pensiones, frente a gobiernos que prefieren dedicar el gasto público en matar a personas en otros países.

Si se logra articular un movimiento real y amplio que implique el movimiento sindical, vecinal, etc., en defensa de los servicios sociales frente al gasto militar, sería un entorno muy abierto a los argumentos más generales frente al militarismo e imperialismo: sobre Palestina, sobre Ucrania, sobre el Congo…

Así podremos demostrar en la práctica nuestro internacionalismo, nuestra solidaridad con el pueblo palestino, con la gente de Ucrania y Rusia, con los pueblos del centro de África y el resto del mundo. Pero el punto de partida no son las teorías, sino la construcción de movimientos reales y amplios.


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