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Manuel Izquierdo, Marx21

Entre el 11 de junio y el 19 de julio tiene lugar la Copa Mundial de la FIFA 2026 en Norteamérica. Es el primer campeonato mundial de fútbol que se desarrolla en tres países distintos —Canadá, Estados Unidos y México— y el que cuenta hasta la fecha con más selecciones participantes, con 48 países de los cinco continentes.

Pero, más allá del ámbito deportivo, conviene hacer algunas consideraciones de índole político, económico y social sobre este evento planetario.

Una gran oportunidad para Trump

El presidente de Estados Unidos llega a este acontecimiento con algunas complicaciones.

La situación en Oriente Próximo sigue siendo delicada, con una tregua funcional a los intereses del sionismo y el empantanamiento en Irán. El imperialismo estadounidense no ha cumplido sus objetivos de derrumbar el régimen de los ayatolás e imponer un mapa de la región acorde al Estado de Israel.

Asimismo, y para compensar esta derrota, recrudece el embargo sobre Cuba, tratando de usar el empobrecimiento de la población para imponer un cambio de régimen en la isla.

Mientras tanto, hemos visto como en las mismas entrañas del imperio han surgido protestas y huelgas por su persecución de las personas migradas a través de su brazo armado, el ICE.

Pero, igual que ocurrió con campeonatos como el desarrollado por Argentina, dirigentes políticos de ultraderecha como Trump van a usar este acontecimiento deportivo para lavar su imagen. Ya apareció queriendo robar protagonismo al equipo campeón del Mundial de Clubes 2025 celebrado en su país, saliendo con el plantel del Chelsea como si él fuera el campeón.

El oligarca neoyorquino tratará de ocultar sus crímenes contra los derechos humanos dando la imagen de un país próspero y moderno pero que oculta profundas desigualdades estructurales.

El dinero manda

La dirigencia de la FIFA arrastra escándalos relacionados con la corrupción desde hace décadas.

El fútbol es seguramente el deporte más popular del planeta, siendo algunos de los países con más aficionados estados empobrecidos de América del Sur o África. Para ellos, y para las y los aficionados estadounidenses de clases populares —la mayoría latinoamericanos, muy seguidores del denominado Deporte Rey— el precio de las entradas es prohibitivo, alcanzado miles de dólares en muchos casos.

Además, la ciudadanía de hasta 39 países tiene vetada la entrada total o parcialmente al evento, bien sea por argumentos antimigratorios —como es el caso de Haití— o por estar en plena contienda militar con ellos, como Irán, al que Trump incluso trató de expulsar de “su” Mundial.

Un Mundial yanqui

Aunque se disputa en tres países norteamericanos, el grueso de los partidos tendrá lugar en Estados Unidos, albergando 11 de las 16 sedes.

De forma aún más vergonzante, los encuentros a partir de los cuartos de final —cuando quedan los 8 equipos más competitivos— serán íntegramente en Estados Unidos.

A pesar de que desde la celebración del Mundial de 1994 el fútbol ha despertado más afición y profesionalidad entre la población estadounidense —sobre todo con su potente selección femenina—, sigue siendo un deporte a la sombra del baloncesto, el fútbol americano o el béisbol.

Además, se cumple este año el 40 aniversario del Mundial 86 de México —célebre por la mano de “Dios” de Maradona— y la afición al fútbol en México es mucho mayor que en Estados Unidos.

En Ciudad de México se encuentra además uno de los estadios más emblemáticos del planeta, el Estadio Azteca. Pero la FIFA junto a Trump habrán valorado que el volumen de negocio es mayor en el vecino del norte, más allá del interés deportivo.

En conclusión, las y los aficionados al fútbol nos encontramos con una copa del mundo alejada del espíritu comunitario de este deporte colectivo, que el señor naranja quiere usar para sus negocios personales y la geopolítica de su Estado.