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Anne Alexander argumenta que debemos mirar hacia el poder social de la clase trabajadora en Oriente Medio como la fuerza capaz de lograr un cambio real.

El ataque de Donald Trump contra Irán es la última ronda de la eterna “guerra para acabar con todas las guerras” que promete a sus seguidores. Ahora sabemos que el “cambio de régimen” mediante bombas antibúnker es su estrategia preferida.

Se trata de aventurerismo imperialista del más alto nivel. Pero también es una admisión de las verdaderas limitaciones del poder de Estados Unidos en una época de crisis. Y confirma la ilusión de Trump en que puede escapar de esas limitaciones mediante su pura fuerza de voluntad.

La coordinación entre Israel y Estados Unidos ilustra la confianza de los generales israelíes en que pueden seguir dictando el destino de la región. Creen que su capacidad de cometer un genocidio en Gaza sin consecuencias ha restablecido el equilibrio de poder en la región, permitiéndoles así forzar la decapitación del liderazgo iraní.

Israel ha reanudado sus ataques contra Líbano, continuando el conflicto interrumpido con el grupo de resistencia Hezbolá en la frontera norte del Estado sionista.

Los planificadores de la guerra israelíes han pasado de atacar a sus enemigos regionales —Hamás, Hezbolá, los hutíes e Irán— de forma secuencial, a lanzar ofensivas simultáneas en múltiples frentes.

¿Dónde y cómo nos oponemos a esta última y aterradora manifestación del impulso global hacia la guerra?

Rivalidades

El imperialismo actual se caracteriza por la competencia entre las grandes potencias imperialistas, entre ellas Estados Unidos, China y Rusia, pero también por rivalidades entre potencias regionales.

En un choque entre grandes potencias y potencias intermedias, ¿debemos alinearnos con el régimen atacado por nuestro gobierno, olvidando los crímenes que la República Islámica de Irán comete contra su propio pueblo?

¿O simplemente debemos negarnos a elegir “entre la peste y el cólera” —como dice el proverbio árabe— y denunciar por igual a los Estados de Estados Unidos, Israel, Gran Bretaña e Irán?

El punto de partida para quienes estamos en Europa debe ser que nuestros gobiernos colaboran en atrocidades a una escala monumental. El pueblo iraní tiene derecho a defender sus hogares y su país de la intervención extranjera, incluso mediante la resistencia armada.

Los enemigos a los que se enfrentan no tienen más consideración por la vida de los civiles iraníes que la que tuvieron por los palestinos en Gaza. Los métodos de destrucción son los mismos: bombas de unos 900 kilos que arrasan barrios enteros con el pretexto de atacar objetivos militares.

El número de muertos por el ataque estadounidense-israelí contra una escuela primaria de niñas en Minab, en el sur de Irán, sigue aumentando y, al igual que en Gaza, la mayoría son criaturas.

Pero decir esto no es suficiente.

Los dos últimos años han demostrado la debilidad de las estrategias que afirman enfrentarse al imperialismo simplemente apuntalando la soberanía de potencias regionales como Irán.

Los gobernantes iraníes perdieron hace mucho su legitimidad política, debilitada por profundas crisis y protestas.

El ciclo de revueltas en Irán alcanzó su último clímax sangriento con las manifestaciones de enero de este año, cuando estallaron enormes protestas. Un fuerte aumento de la inflación se combinó con una ira más profunda contra el Estado.

Protestas

Pero el drama inicial de este ciclo comenzó en 2009. Entonces estallaron protestas por la manipulación del voto por parte de políticos conservadores en las elecciones presidenciales. Estas movilizaciones masivas en las calles marcaron una ruptura profunda con el pasado.

Las protestas comenzaron como una disputa entre sectores de la élite sobre la mejor manera de gestionar la sociedad en su propio beneficio. Sin embargo, esto coincidió con una creciente confianza entre la gente común de que ya no se debía tolerar la represión.

La década siguiente vio repetirse este proceso a medida que se intensificaban las contradicciones entre las dimensiones global, regional e interna de la crisis del régimen. Tres elementos clave estaban en juego.

En primer lugar, el precario equilibrio de la clase dirigente iraní en la política global, en particular su alternancia muy arriesgada entre negociar y romper acuerdos en torno a su programa nuclear.

En segundo lugar, la estrategia del régimen de expandir su influencia en una región sacudida por la catástrofe de la derrota estadounidense en Irak tras su invasión y ocupación en 2003.

Y finalmente, el empobrecimiento de amplios sectores de la población iraní a medida que el crecimiento económico se transformaba en retroceso.

Los mecanismos de guerra económica, como el endurecimiento del régimen de sanciones reimpuesto por Trump, han estrechado el cerco geopolítico alrededor del liderazgo iraní.

Pero eso no explica toda la historia. La clase dirigente iraní está pagando el precio del fracaso de las políticas neoliberales que ha adoptado con entusiasmo durante las últimas décadas.

El régimen iraní ha impulsado con dureza la privatización de servicios. Ha externalizado empleos y creado una fuerza laboral de dos niveles en la que las y los nuevos trabajadores trabajan en peores condiciones que sus colegas más antiguos. También ha financiado la expansión de la infraestructura informática y la creación de mercados digitales.

Actualmente existe un complejo ecosistema digital que combina aplicaciones y plataformas extranjeras con aplicaciones locales autorizadas por el Estado. Esto ha ofrecido a la juventud iraniana el poder vislumbrar otras posibilidades de vida que sus dirigentes ahora quieren cerrar por completo.

Rabia

El levantamiento de 2022 expresó en parte la rabia de esta generación. Fue desencadenado por el asesinato policial de Jina Mahsa Amini, después de que la policía la arrestara por supuestamente no llevar el hiyab conforme a las normas del gobierno.

Trágicamente, las protestas callejeras no lograron fusionarse con las luchas lideradas por la clase trabajadora organizada y el aparato de seguridad aplastó el movimiento. Pero el régimen también se vio obligado a hacer concesiones, abandonando en efecto la aplicación estricta del código de vestimenta.

Las bombas estadounidenses e israelíes no acelerarán el proceso de una revolución popular. Lo retrasarán, primero empujando a muchas personas corrientes nuevamente hacia los brazos del régimen. Y segundo, fortaleciendo a los elementos más reaccionarios de la oposición.

Esto se ve en los monárquicos que agitan banderas israelíes y celebran los bombardeos. Quieren reemplazar a los actuales Guardianes de la Revolución Islámica por la temida policía secreta del antiguo sha, la Savak.

También es esencial reconocer que una parte de la población iraní, especialmente la gente más joven, no ha conocido más que el gobierno opresivo del régimen actual. Esta parte puede sentirse atraída por la idea de que la destrucción del viejo orden mediante la intervención extranjera es una oportunidad para un futuro diferente.

Muchas personas iraquíes en 2003 tenían esperanzas similares al comienzo de la invasión estadounidense.

Fue el desastre de la ocupación de Irak el que subrayó el relativo declive del poder militar estadounidense tanto en la región como a nivel global. Esto creó un vacío en el que potencias intermedias resurgentes, entre ellas Irán e Israel, expandieron su influencia. Los gobernantes iraníes se beneficiaron de la caótica ocupación de Irak para fortalecer sus alianzas regionales.

El genocidio en Gaza fue, entre otras cosas, un intento de los dirigentes israelíes de afirmar su dominio en este orden regional. Su ambición es garantizar que la posición del Estado sionista como guardián de los intereses imperialistas de Estados Unidos se mantenga en la cima de una jerarquía donde ningún rival regional pueda desafiarlos.

Estrategia

Señalar una salida a la pesadilla que se está desarrollando exige una estrategia que movilice la única fuerza capaz de detener la maquinaria de destrucción: el poder social de las personas cuyo trabajo la hace funcionar.

En el pasado, las y los trabajadores del petróleo y el gas dentro de Irán han desempeñado ese papel.

En la revolución iraní de 1978-1979, las huelgas masivas ampliaron los límites del control empresarial y estatal dentro de los lugares de trabajo.

Para cuando cayó la monarquía a principios de 1979, la producción en gran parte del sector petrolero ya no estaba bajo el mando del sha y sus ministros. En su lugar, estaba controlada por consejos laborales elegidos democráticamente, conocidos como shoras.

Pero incluso antes, en los años cuarenta y principios de los cincuenta, hubo oleadas de organización por parte de movimientos comunistas y nacionalistas en toda la industria petrolera de la región. Sacudieron el control de las compañías petroleras extranjeras y aterrorizaron a los regímenes autoritarios.

Decenas de miles de personas participaron en huelgas que desafiaron las condiciones racistas, similares al apartheid, impuestas a los trabajadores árabes e iraníes empleados por compañías petroleras occidentales.

El primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh nacionalizó los campos petrolíferos de propiedad británica en 1951 en ese contexto. Las plantillas del petróleo en la ciudad iraquí de Basora lanzaron huelgas masivas en agosto de 1952 inspiradas por el programa de nacionalización de Mosaddegh. Las huelgas desencadenaron una Intifada nacional unos meses después.

Mientras tanto, en Irán los acontecimientos avanzaban rápidamente hacia un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos y Gran Bretaña que derrocó a Mosaddegh en agosto de 1953. Esto no detuvo la expansión del movimiento obrero en el sector del petróleo: unas 13.000 personas trabajadoras lanzaron una huelga histórica contra la compañía petrolera Aramco en Arabia Saudí después de que la policía arrestara a organizadores sindicales en octubre de 1953.

Las y los trabajadores del Golfo siguen divididos por sus diferentes pasaportes y fragmentados por sus lenguas y religiones. Los y las árabe hablantes en el sur de Irán sufren represión estatal y marginación.

Las comunidades chiíes en la región oriental rica en petróleo de Arabia Saudí experimentan opresión sectaria por parte del régimen saudita.

Pero en todo el Golfo, las personas cuyo trabajo impulsa la economía de la región están unidas por su clase. Comparten experiencias comunes: trabajar bajo un calor mortal, en lugares de trabajo propensos a accidentes y bajo el temor constante al desempleo.

Observan generadores que fallan y luces que parpadean con miedo de que el aire húmedo e irrespirable mate a sus hijos e hijas cuando el aire acondicionado deja de funcionar.

Se han convertido en reclutas económicos en una guerra contra el cambio climático que está volviendo inhabitable la región donde viven a medida que las temperaturas se disparan. Y ahora el imperialismo ha convertido el cielo en un campo de batalla sobre sus cabezas.

Acción obrera

Destellos de una unidad similar pueden verse en las huelgas generales y acciones coordinadas de la gente trabajadora en los puertos del Mediterráneo durante el último año.

Desde Grecia hasta Italia y Marruecos, las y los trabajadores se han levantado y han rechazado ser cómplices de los crímenes de guerra y del genocidio en Palestina.