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Raymar Aguado Hernández

La violencia y la arbitrariedad que sufrió en días anteriores el cineasta palestino Hamdan Ballal, codirector del filme No Other Land ganador del Oscar, es otra evidencia de la brutalidad con la que el sionismo expande su poder colonialista en los territorios de la Cisjordania ocupada. El infierno que despliega el Estado genocida de Israel contra esa población ya no puede ser entendido de otra forma que no sea como un crimen contra la humanidad.

La esencia ultraderechista y violenta del sionismo no necesita de nuevas evidencias para ser reafirmada. No hace falta —y desde hace tiempo— ni una gota más de sangre, ni un fragmento más de escombros, ni una lágrima más de infantes, ni otro grito desesperado. No se necesita nada más.

El sionismo y sus cómplices dejan evidencia a diario de su supremacismo, su hambre genocida, su sed expansionista, su afán asesino por robar y dominar a cualquier costo. En aproximadamente 18 meses, centenares de miles de personas palestinas han sido asesinadas. Millones han sido desplazadas y no tienen acceso a agua potable, comida, ropa o un techo para resguardarse del frío. Muchas, aún vivas, ya no cuentan ni con ánimos para seguir viviendo.

Mientras, el mundo solo observa y poco a poco se acostumbra a la idea de la paulatina desaparición de Palestina.

Esto es consecuencia de la constante deshumanización a la que el sionismo confinó a los habitantes de Palestina incluso antes de 1948. Tal deshumanización convierte a la persona palestina en cualquier elemento comparable con una plaga que necesita ser eliminada: cucarachas, ratas, gusanos… En otras palabras, el sionismo durante décadas ha presentado la imagen de millones de personas como la imagen de un ente no humano, cuya muerte no significa nada.

Lo peor es que esa imagen la cultura occidental la ha asimilado de forma casi que literal. Incluso, para los más empáticos, los habitantes de Palestina pasan a ser números —X cantidad de muertos, X cantidad de heridos, X cantidad de desplazados —, y como bien sabemos, los números, como las cucarachas, tampoco son humanos.

Para esta cultura occidental ese no humano, para que “merezca” empatía, necesita comenzar a serlo. ¿Cómo? Con legitimidad occidental. Con un Oscar, por ejemplo.

Ballal ya no es un simple palestino que el sionismo golpeó, torturó y apresó. No. Ballal es un ganador de un Oscar que el sionismo golpeó, torturó y apresó. Ahí, para la conciencia podrida de occidente, lo mancillado no es el sujeto palestino —racializado, subalterno y marginado— sino que es el Oscar, el premio hollywoodense, lo que le otorga humanidad a Ballal.

Existe un sector liberal que declara su rechazo ante la barbarie que ocurre en Oriente Medio, aunque expresa su solidaridad en el mismo tono que espera Occidente que se utilice. La muestra es que Ballal fuera la noticia más visitada, compartida y visibilizada de Palestina en unos días en que otras casi mil personas palestinas fueran asesinadas. Personas con nombre, cara, familia, sueños, pero sin Oscar, por tanto sin “legitimidad” ante Occidente.

A estas alturas cualquier denuncia contra el genocidio que lleva a cabo el Estado israelí en Palestina es más que necesaria. Pero tenemos la responsabilidad de no reflejar la propaganda, la visión del colonizador, la del supremacismo occidental.

Compartan lo de Ballal, él es una víctima de la prepotencia sionista.

Pero no olviden que en Khan Younis, Gaza, está Refaat Alatamna, un médico que a diario va al hospital para salvar vidas. Que a pocos kilómetros de él, está Yazan Mohammed Qudeih, un jovencito de 18 años que trabaja sin descanso para ayudar a alimentar a su familia mientras intenta continuar sus estudios.

También al sur está Wadee Abu Rouk, otro adolescente de 18 años que trabaja y sueña por él, su familia y su país. Como ellos, millones de personas están atrapadas entre las bombas, el hambre y el rifle del colonizador.

Ellos, al igual que Ballal, nos necesitan. Pero a diferencia de Ballal, a los ojos del Occidente genocida, no tienen un aval que certifique que son humanos.

¡Viva Palestina Libre!

Raymar es activista en la solidaridad desde abajo con Palestina, y simpatizante de Marx21, en Cuba.


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