Ece Ekmekçi
¿Cuáles son los límites del compromiso en una lucha organizada? ¿Hasta qué punto es legítimo cruzar la línea moral para cumplir con el deber? ¿Es dudar, en efecto, traicionar?
La película El Elegido (dirigida por Antonio Chavarrías en 2016) trata todos estos temas mediante la historia de Ramón Mercader, un joven barcelonés republicano que acabó trabajando para el Servicio Secreto Soviético (GPU) y asumió el brutal asesinato de Trotski.
Actores y actrices magníficos como Hannah Murray, Alfonso Herrera y Henry Goodman nos acercan a este trágico relato que todavía causa divisiones dentro de la propia izquierda.
A lo largo del largometraje, vemos cómo Ramón Mercader abandona su identidad y sus valores humanos para servir dócilmente a Stalin, aunque esto signifique manipular e, incluso, asesinar a gente que antes era aliada, pero que, de repente, se ha convertido en una “amenaza para la causa”. Saturno devorando a sus propios hijos.
Yo vivo en una ciudad pequeña del País Valencià, pequeña pero también con grupos bastante combativos cuando se trata de luchas sociales, de lo que estoy muy orgullosa. Sin embargo, al mismo tiempo es verdad que en algunos círculos relevantes todavía se oyen frases como, por ejemplo, “dudar es traicionar” o “siempre leales, nunca infieles”.
Desgraciadamente, hoy por hoy hay grupos antifascistas que consideran cualquier crítica “reaccionaria”. Opino que una de las características idiosincráticas de la izquierda es su capacidad de renovarse y avanzar en sus objetivos a medida que activa (y no inhibe) el pensamiento crítico y los valores morales. Tal y como lo demuestra la película, el estalinismo es un ejemplo de ese maquiavelismo que no duda en sacrificar vidas inocentes y apagar las voces disidentes para que triunfe la causa.
La película pone de manifiesto que todavía hay gente de izquierdas (en este caso los trotskistas) que se niegan a reducir la lucha obrera a la obediencia ciega y la alienación. Una izquierda incapaz de estimular la autonomía intelectual de sus seguidores cae irremediablemente en el sectarismo.
El legado de Trotski, tal y como la película transmite, sobrevivirá entre aquellas personas que nunca callarán contra ningún poder que pueda justificar públicamente su autoridad. En la lucha colectiva e internacionalista no queremos peones. Queremos a personas íntegras, críticas, convencidas de proteger los valores humanos básicos bajo cualquier circunstancia y con valentía intelectual.






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