Guayarmina Saavedra Serrano, activista por los derechos humanos y por la defensa de los servicios públicos en Catalunya, asistió a la Conferencia Internacional contra la Guerra celebrada en Londres el sábado 20 de junio. Aquí habla del evento y de los retos que tenemos por delante.
Llevamos meses participando en actos, debates y movilizaciones contra el rearme y la escalada bélica que avanza por Europa y el mundo. Durante este tiempo hemos escuchado muchas veces que la guerra es inevitable, que debemos acostumbrarnos a invertir más en armas, a recortar derechos y servicios públicos e incluso a asumir que nuestros jóvenes volverán a ser víctimas de conflictos decididos por otros.
Por eso Londres no fue un encuentro más.
Los días 19 y 20 de junio participamos, de la mano del Comité por la Alianza de Trabajadores y Pueblos (CATP), en la Conferencia Internacional contra la Guerra celebrada en Londres junto a delegaciones sindicales, organizaciones políticas, movimientos sociales y activistas de más de veinte países.
El proceso iniciado en París el pasado octubre no solo continúa: está creciendo. Y eso fue, precisamente, lo más importante que me llevé de Londres. La constatación de que cada vez somos más quienes entendemos que la defensa de la paz no puede separarse de la defensa de los derechos de la clase trabajadora, de los servicios públicos, de los derechos democráticos y de la solidaridad entre los pueblos.
Durante dos días escuchamos voces procedentes de realidades muy distintas, pero atravesadas por preocupaciones comunes.
Una misma idea con diferentes voces
Las intervenciones de Andrei Demidov desde Rusia o Igor Romanchuk desde Ucrania mostraron que existe espacio para una posición internacionalista independiente de los gobiernos y de los bloques militares.
También fueron especialmente valiosas las aportaciones llegadas desde Palestina, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Sudáfrica y otros muchos lugares. Diferentes idiomas y experiencias, pero una misma preocupación ante el avance del militarismo y sus consecuencias sobre la vida de millones de personas.
Una idea apareció de forma recurrente a lo largo de toda la conferencia: mientras los gobiernos aumentan los presupuestos militares, se deteriora la sanidad, la educación, la vivienda y los servicios públicos. Como venimos diciendo estos últimos meses, la guerra no empieza cuando caen las bombas. Empieza mucho antes: cuando se normaliza el miedo, cuando se justifica el rearme y cuando se nos dice que no hay recursos para garantizar una vida digna mientras sí los hay para alimentar una industria militar cada vez más poderosa.
Recuerdo especialmente un momento que atravesó emocionalmente a toda la sala: la defensa del doctor Abu Safiya. Durante unos minutos desaparecieron las fronteras, los idiomas y las diferencias organizativas. Lo que quedó fue el reconocimiento colectivo hacia quienes siguen defendiendo la vida en medio de la destrucción. Fue imposible no emocionarse.
Imposible no recordar que detrás de cada cifra, cada presupuesto militar y cada análisis geopolítico hay personas con nombres y apellidos, familias, pueblos enteros y generaciones marcadas por la violencia, la ocupación y el desarraigo.
Palestina estuvo presente durante toda la conferencia, no solo como denuncia del genocidio que sigue sufriendo su pueblo, sino también como símbolo de resistencia y dignidad. Y, personalmente, creo que también estuvo presente como advertencia de lo que nos espera si permitimos que la lógica de la guerra, la ocupación y la deshumanización sigan avanzando sin una respuesta contundente.
Como mujer que ha dedicado una parte importante de su vida a la defensa de los derechos de las personas más desfavorecidas, a las luchas feministas y a combatir las desigualdades y las injusticias sociales y territoriales, salí de Londres con una mezcla de preocupación y esperanza.
La preocupación de comprobar, si aún quedaba alguna duda, que la deriva militarista es real y avanza con rapidez. Y la esperanza de ver cómo también crece una resistencia amplia, diversa y profundamente plural, que se coordina y empieza a reconocerse como parte de una misma lucha internacional.
También me llevé una reflexión que considero fundamental. Los espacios internacionales como este tienen sentido si sirven para dar voz y visibilidad a quienes a menudo quedan fuera de los focos.
Muchas de las personas que sostienen las luchas más duras, que organizan la resistencia en sus barrios, en sus centros de trabajo o en territorios golpeados por la guerra y las desigualdades, no siempre tienen las mismas oportunidades para estar presentes o ser escuchadas.
Quienes sí tenemos la posibilidad de ocupar estos espacios tenemos también la responsabilidad de utilizarlos como altavoz colectivo, poniendo nuestros privilegios al servicio de quienes comparten la misma lucha, el mismo compromiso y el mismo valor, aunque no dispongan de las mismas herramientas ni oportunidades.
Esa responsabilidad es inseparable del papel que debe asumir la propia clase trabajadora y sus organizaciones. La guerra no es una cuestión lejana ni un debate reservado a gobiernos y expertos.
Las consecuencias del rearme ya están transformando nuestras sociedades, nuestras prioridades políticas, nuestro modelo productivo y nuestro futuro. En nombre de la seguridad se destinan miles de millones de euros a una economía de guerra mientras se cuestionan derechos y conquistas sociales que parecían consolidadas.
Hoy se presentan como oportunidades procesos de reindustrialización vinculados a empresas de carácter dual y a la industria militar; mañana serán las trabajadoras y los trabajadores quienes afronten las consecuencias de una economía cada vez más dependiente de los intereses del complejo militar e industrial. Por eso resulta imprescindible que el sindicalismo, los movimientos sociales y las organizaciones de la clase trabajadora participen activamente en esta lucha.
Porque si la guerra se construye desde las instituciones, la industria y los grandes intereses económicos, también será la organización de los pueblos y de la clase trabajadora la que nos permita construir una alternativa.
Desde Catalunya hemos participado durante meses en la construcción de espacios de debate y movilización contra la guerra y el rearme. Londres ha servido para confirmar que no estamos aisladas. Cada vez son más las organizaciones, sindicatos, movimientos sociales y personas comprometidas que entienden que la defensa de la paz está íntimamente ligada a la defensa de los derechos sociales, la democracia, el feminismo, el antirracismo y la justicia entre los pueblos.
Desde una posición claramente antiimperialista, rechazamos la OTAN y las políticas de las grandes potencias occidentales, pero tampoco depositamos ninguna esperanza en otros proyectos imperialistas que pretenden disputar la hegemonía mundial a costa de los pueblos.
Resistencias
Nuestra referencia no son los bloques de poder, ni quienes pretenden imponer sus intereses sobre otros pueblos. Nuestra referencia son quienes sufren las guerras, quienes resisten la ocupación, quienes defienden los servicios públicos y quienes siguen organizándose para construir una alternativa basada en la cooperación, la solidaridad y la paz.
Volvemos de Londres con una comunidad más amplia, más trabajo y más responsabilidades. Sabemos que enfrente hay gobiernos, grandes intereses económicos y una poderosa maquinaria de guerra. Pero también sabemos algo que en Londres volvió a hacerse evidente: cuando los pueblos se organizan, ninguna deriva militarista es inevitable.
Seguiremos construyendo alianzas, tendiendo puentes y defendiendo la vida frente a la barbarie. Porque la paz no se espera, la paz también se organiza. Y juntas seguiremos trabajando para demostrar que los pueblos organizados siempre serán más fuertes que quienes pretenden gobernarnos a través de la guerra.
Fotos de Steve Eason







