¿Qué pasa con las peleas entre partidos en el Congreso? ¿En eso consiste la política ahora?
Jesús Melillero
En términos generales, se suele contraponer la política a lo que sería la politiquería.
En una visión que entiendo liberal, la política sería la practicada por personas decentes y responsables que miran por el bien de la ciudadanía.
El segundo término alude al político como a la persona que mancha el servicio a la población, en forma de corrupción o en cualquier otra acción deshonesta.
Para la mayoría de la gente corriente, estaríamos en el segundo escenario. El enriquecimiento de la pareja de Ayuso o los conseguidores Koldo o Aldama demostrarían como los grandes partidos ponen en práctica dicho concepto.
Sin embargo, la politiquería entendida de dicho modo nos lleva directamente a la antipolítica y a las conspiraciones, y de ahí acaba ganando la extrema derecha.
Porque reducir la política a lo que ocurre en el Parlamento y situarlo en un plano meramente moral, abre las puertas a la demagogia, a las respuestas fáciles a problemas complejos y lo que es aún peor a los “salvadores” de la patria.
Desde la izquierda —o para decirlo de forma más clara, desde un análisis marxista— la política es el resultado de un contexto histórico, social y lo que es más importante, de la lucha de clases.
No se puede pedir a los políticos capitalistas que sirvan a la mayoría de la ciudadanía —es decir, que sean lo que se entiende por decentes— cuando sus partidos dependen de la financiación de los bancos y de su lealtad a un régimen burgués, sin olvidar que sus propios status y riqueza individual dependen de ser leales a los de arriba.
De ahí que las llamadas hipócritas al diálogo, al sentido de estado o al espíritu de la Transición, sean una máscara que esconde los intereses de clase.
Intereses
Porque el rechazo a finales de enero por parte del PP, VOX y Junts a las tímidas medidas sociales que presentaba el gobierno en un paquete con varias leyes —como la revalorización de las pensiones o la prolongación del bono en el transporte público— no se explican por la falta de sensibilidad —seguramente también— y de decencia —ídem—, sino al convencimiento de que se está defendiendo implacablemente los intereses de los de arriba.
De ahí la importancia de la formación política, de la guerra cultural en la que estamos inmersos, también conectada a la lucha de clases, para no imponer un relato artificial sobre otro igualmente irreal, sino de tener las mejores herramientas para analizar la realidad.





