El establishment quiere que rechacemos los disturbios como violencia irracional y los saqueos como mera codicia. Sin embargo, a lo largo de la historia, las rebeliones callejeras han desafiado el poder del Estado, escribe Judy Cox.
Este artículo ofrece un análisis muy útil y necesario de estas cuestiones. Fue escrito en el contexto de los disturbios en Francia, pero ahora tiene relevancia directa aquí.
A finales de octubre, se han producido disturbios y saqueos en diversas ciudades del Estado español, como Barcelona, luego Bilbao, entre otras.
Los partidos institucionales han respondido con condenas, por supuesto. Condenas hipócritas. Se ve que, para ellos, la juventud que saquea algunas calles comerciales es moralmente denunciable y se merece un duro castigo. Mientras, les parece moralmente correcto gastar cada vez más dinero en armas capaces de destrozar barrios enteros.
Más sorprendente y preocupante ha sido la reacción dominante en la izquierda, que también ha sido la de condenar. La única diferencia es que, en estos sectores, se sugiere que las convocatorias las hizo la extrema derecha, para crear alarma y desprestigiar a los movimientos políticos.
Pero, hay que mirar más allá del posible origen de los feos carteles, producidos por el mismo sistema de IA que las convocatorias racistas hechas en Ceuta.
Hay que preguntarse porque muchas personas jóvenes, muchas de ellas de los barrios populares, han acudido a un llamamiento a saqueos.
Judy Cox
El líder por los derechos civiles Martin Luther King afirmó en 1967: “En última instancia, un disturbio es el lenguaje de las personas a las que no se escucha”.
Hoy, King es venerado como el rostro digno del movimiento no violento por los derechos civiles de la población negra. Pero su forma de entender los disturbios y los saqueos no encuentra mucho eco entre quienes se apresuran a condenar los saqueos en las ciudades francesas.
Los hipócritas que justifican el genocidio en Gaza y el bombardeo de escuelas en Irán se apresuran a denunciar a la juventud que participa en disturbios.
Bastantes intelectuales progresistas celebran los disturbios del pasado, calificándolos de comprensibles e incluso de audaces, pero condenan los disturbios de la actualidad.
Los políticos y los medios de comunicación se unen para denunciar a las personas que participan en disturbios, tildándolas de delincuentes cuyas acciones egoístas socavan las protestas legítimas.
Pero vivimos en una sociedad que nos insta constantemente a medir nuestro valor en función de nuestra ropa, nuestro móvil y nuestra vivienda.
Y la mayoría de las personas jóvenes saben que, para ellas, el acceso a esas cosas siempre estará vetado.
Los disturbios y los saqueos han desempeñado, históricamente, un papel fundamental en los procesos de cambio social.
No se los cuestiona porque socaven los movimientos de protesta, sino porque, a menudo, constituyen la táctica más radical de dichos movimientos. Esta es la tesis que plantea Vicky Osterweil en su libro In Defence of Looting (En defensa del saqueo).
Los disturbios funcionan. Las revueltas urbanas que tuvieron lugar en el Reino Unido en 1981 obligaron al gobierno conservador de Margaret Thatcher a destinar fondos a los barrios populares.
El enorme disturbio en 1990 en la plaza de Trafalgar de Londres, contra un injusto impuesto municipal (Poll Tax), forzó a la “invencible” Thatcher a abandonar esta medida.
Asimismo, los saqueos funcionan. Permiten que las personas pobres accedan a bienes exclusivos que se presentan como símbolos de éxito. Más a menudo, suponen que las familias puedan obtener artículos de primera necesidad que, de otro modo, no podrían permitirse. El saqueo —o “compras proletarias”— constituye un medio eficaz de expropiación directa.
Como escribió Delio Vasquez en The Poor Person’s Defence of Riots (La defensa de los disturbios desde la perspectiva de la gente pobre), el saqueo “permite que obtengas aquello que buscas”.
Los medios de comunicación siempre se centran en la “criminalidad” e ignoran las reivindicaciones políticas de quienes participan en los disturbios. Por el contrario, a las y los manifestantes pacíficos que “se comportan” no se les da voz.
Los medios nunca informan sobre las protestas de manera objetiva. En 1967, The Movement —la revista del Comité Coordinador Estudiantil No Violento (SNCC) en Estados Unidos— explicó lo inútil que resulta intentar hacer el juego a los medios. Señalaba: “La prensa diaria estadounidense, controlada por blancos, no es un observador objetivo y crítico de los acontecimientos. Los periódicos son industrias”.
Los medios ignoran la pobreza que padecen las comunidades marginadas. Por eso, cuando estas estallan de furia, el fenómeno parece irracional.
La policía no necesita una excusa para ejercer la violencia: ataca a manifestantes pacíficos y agrede brutalmente a comunidades racializadas.
Los disturbios suelen ser más una respuesta a la brutalidad policial que su causa.
A menudo, se responsabiliza a “agitadores externos” de los disturbios. En Estados Unidos, los racistas del Sur solían culpar a los activistas del Norte de incitar a la población negra.
Hoy en día, se etiqueta como “agitadores externos” a todo tipo de personas: desde el multimillonario George Soros hasta los grupos antifascistas o anarquistas, la gente musulmana o la izquierda revolucionaria.
La noción misma de “agitadores externos” despoja a las personas que se manifiestan de su capacidad de acción. Supone que las experiencias vividas por quienes participan en los disturbios no son suficientes por sí mismas para inspirar actos de resistencia.
Los disturbios pueden ser caóticos y destructivos, especialmente cuando se impide a los manifestantes llegar a los centros de poder y riqueza. A muchos les resulta comprensible el saqueo de tiendas de lujo, pero rechazan la destrucción de pequeños negocios familiares.
Sin embargo, toda protesta seria —desde la desobediencia civil hasta las huelgas— termina dificultando la vida de algunas personas corrientes.
En la década de 1960, a Assata Shakur, militante de los Panteras Negras, se le pidió que condenara a quienes provocaban disturbios e incendiaban sus propios barrios. Ella respondió: “Ellos no son los dueños de esos establecimientos. Me alegra que los hayan quemado, porque, antes, esos negocios les estaban robando a ellos”.
Quienes participan en los disturbios son condenados como criminales oportunistas ajenos a la lucha política. Los “buenos manifestantes” se preocupan por cuestiones políticas, mientras que los “malos alborotadores” solo buscan zapatillas y bolsos.
Como escribe Osterweil: “En la base de esta crítica subyace la idea de que las personas negras pobres o pertenecientes a la clase trabajadora no saben lo que hacen; que, cuando participan en disturbios y saqueos, actúan al margen de la razón, fuera de la ‘verdadera’ lucha”.
Estas acusaciones alcanzaron su punto álgido durante los disturbios en Los Ángeles de 1992. Dichos disturbios fueron una protesta contra la paliza propinada a un hombre negro por agentes de policía que, posteriormente, fueron absueltos de toda culpa por un jurado compuesto exclusivamente por personas blancas.
La novelista Sylvia Wynter explicó que los participantes en los disturbios fueron vistos como personas “seducidas por el atractivo de la publicidad”. Cuando este deseo de consumo —artificialmente creado— se vio frustrado, se volvieron unos contra otros. Esto deshumanizó y despolitizó a los alborotadores.
La idea de que los disturbios son contrarios a los movimientos políticos perpetúa la criminalización de las comunidades negras y de la clase trabajadora. Cuando el huracán Katrina azotó la región en 2005, los prejuicios sobre la criminalidad de la población negra condicionaron la respuesta.
Se ignoró a los prisioneros encerrados en sus celdas mientras subía el nivel del agua, así como a las familias atrapadas en los tejados que suplicaban leche y pañales. La policía y grupos de justicieros blancos asesinaron a personas que intentaban huir y detuvieron a quienes trataban de ayudar a los moribundos.
Tras los disturbios de Londres de 2011, Evan Calder Williams publicó un ensayo titulado “Una carta abierta a quienes condenan el saqueo”.
Dirigiéndose al ministro del Interior, escribió: “No condenan a quienes saquean por el hecho de saquear. Los han condenado desde mucho antes. El hecho de que saqueen simplemente les proporciona munición para su larga guerra de exclusión y denigración”.
Williams sostiene que, tras las críticas al “materialismo burdo” de los alborotadores, se esconde algo “más siniestro: una lógica que solo tolera la disidencia siempre y cuando esta permanezca irrelevante e inmaterial”.
Los disturbios y los saqueos resultan inquietantes para el establishment porque socavan los pilares fundamentales de la sociedad capitalista: la legitimidad de la propiedad privada y el derecho de la policía y el ejército a protegerla.
Cuando un objeto es saqueado, deja de ser una mercancía y queda excluido del ciclo de intercambio y beneficio. Se libera a través de una acción colectiva; los disturbios y los saqueos no son actos individuales.
El antropólogo Neal Keating ha comparado el saqueo con el “potlatch”, una práctica común entre los pueblos indígenas del noroeste del Pacífico.
El potlatch se celebraba en bodas, nacimientos y funerales. En él, los miembros más ricos de la comunidad competían por ver quién regalaba más posesiones; lo que sobraba, se quemaba en una hoguera. Esto impedía que crecieran desigualdades.
El gobierno canadiense prohibió el potlatch, calificándolo de amenaza para la civilización y el capitalismo.
Nuestra forma de entender los disturbios y los saqueos está condicionada por este colonialismo.
Aunque a menudo se perciben como estallidos de ira incoherentes, históricamente los disturbios han sido, en muchos casos, acciones deliberadas y dirigidas hacia objetivos concretos.
Durante el siglo XVIII, grupos de campesinos ingleses, hambrientos y enfurecidos, optaron por no robar a los comerciantes de grano. El historiador E. P. Thompson describió cómo estos campesinos “quitaron el grano a los agricultores, lo vendieron en el mercado a precio popular y devolvieron a los agricultores, no solo el dinero, sino también los sacos”.
A lo largo de la historia, los disturbios han dado lugar a movimientos políticos coherentes. La toma de la Bastilla desencadenó la Revolución francesa. Los disturbios de Stonewall inspiraron el movimiento de liberación gay.
Asimismo, los disturbios no son ajenos al movimiento obrero. Los movimientos de huelga masiva han incluido episodios de disturbios, a menudo provocados por la protección policial de los esquiroles.
Los disturbios de Tonypandy, ocurridos en Gales del Sur en noviembre de 1910, consistieron en una serie de enfrentamientos violentos entre 12.000 mineros del carbón en huelga y la policía.
Durante una noche de disturbios, los mineros y sus familias hicieron saqueos y organizaron un desfile festivo. El ministro del Interior, Winston Churchill, envió al ejército. Un minero, Samuel Rhys, murió y cientos de personas resultaron heridas.
El desfile de Tonypandy recordaba una larga tradición de celebraciones comunitarias que, en ocasiones, derivaban en disturbios y actos de rebeldía contra la iglesia, el rey y los señores.
En su libro Riots, Risings and Revolution, Ian Gilmour describe cómo “la represión violenta y el terrorismo de Estado pueden justificarse por su eficacia a la hora de sofocar una revuelta, y los abusos pueden excusarse mediante la ‘razón de Estado’. A la violencia popular, en cambio, no se le concede tal margen”.
En la Inglaterra del siglo XVIII —escribe Gilmour—, “la violencia provenía mucho más de los gobernantes que de los gobernados”.
El legado de este pasado violento y colonial perdura. Durante los disturbios de 2014 en Ferguson, Missouri —desencadenados por el asesinato de Michael Brown a manos de la policía—, surgió el hashtag en Twitter: #suspectedlooters (“sospechosos de saqueo”). Bajo esta etiqueta, la gente publicó imágenes de europeos de la época colonial, propietarios de plantaciones y racistas.
Los disturbios y los saqueos pueden desafiar la autoridad del Estado y la lógica del capitalismo.
Sin embargo, no bastan para transformar la sociedad. La lucha colectiva en los centros de trabajo es democrática de una manera en que los disturbios nunca podrán serlo.
Necesitamos crear un mundo nuevo, además de derribar el antiguo. Esto puede comenzar en las calles, pero debe culminar allí donde tenemos el poder de forjar una nueva sociedad: en los lugares de trabajo.
Este artículo apareció en Socialist Worker, nuestra publicación hermana en Gran Bretaña.






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