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Rebecca Givan

La clase dominante no tiene soluciones a los problemas ambientales por eso las personas trabajadoras deberán organizarse.

La crisis climática es imposible de ignorar.

Quienes ayer negaban el cambio climático se han convertido hoy en pesimistas climáticos que afirman que no se puede hacer nada ante el colapso climático, salvo intentar mitigar su impacto.

El movimiento por la justicia climática ha argumentado, con razón, que son la clase trabajadora y los pobres quienes estarán en la primera línea de la crisis climática.

Pero la clase dominante tampoco puede escapar por completo de su impacto. Tienen sus piscinas, su aire acondicionado, su espacio y su privacidad, pero sus lujosas casas de vacaciones en el sur de Francia y Grecia también están en llamas. Y no tienen soluciones.

La catástrofe climática no se puede resolver dentro del sistema capitalista; la lógica de la competencia no lo permite.

Algunos capitalistas individuales podrían desarrollar planes de negocio más sostenibles o invertir en la compensación de emisiones de carbono. Pero no pueden permitir que estas políticas reduzcan sus beneficios, o corren el riesgo de que sus negocios pierdan terreno frente a sus rivales.

Los empresarios están atrapados en la lógica de la competencia. Tienen que competir para reducir costes y maximizar beneficios, para introducir nuevas tecnologías sin importar el coste para el planeta.

Cuando los empresarios se ven presionados, las inversiones verdes suelen ser las primeras en desaparecer. Por ejemplo, la industria naviera ha abandonado recientemente sus compromisos climáticos porque la guerra contra Irán ha mermado sus beneficios.

Pero la lógica del sistema capitalista implica que existe una fuerza social con el poder de resistirse ante el cambio climático: la clase trabajadora organizada.

Las olas de calor pueden intensificar el descontento latente en los lugares de trabajo. Las y los conductores de autobús del norte de Londres se declararon en huelga este verano por las sofocantes temperaturas en sus cabinas.

El mes pasado, los trabajadores del museo V&A votaron a favor de la huelga por la falta de descansos para ir al baño y beber, tras el desmayo de un compañero.

En los últimos años, la gente trabajadora del Partenón en Atenas, las y los conductores de autobús y la plantilla de McDonald’s en Italia, así como las personas repartidoras de Amazon en Estados Unidos, han tomado medidas contra las condiciones laborales inhumanas por el calor.

La clase trabajadora puede tomar medidas para protegerse de algunos de los efectos del cambio climático. Además, existen precedentes de personas trabajadoras que han actuado en defensa del medio ambiente, impidiendo proyectos que agravarían la crisis.

Australia años 70 y más

En Australia, en 1971, la gente trabajadora de la Federación de Obreros de la Construcción de Nueva Gales del Sur se unieron a la lucha contra la construcción de un bloque de apartamentos de lujo en una zona boscosa, Kelly’s Bush.

Las y los miembros del sindicato boicotearon las obras. Dijeron: “Si se toca una sola brizna de hierba o un solo árbol, este edificio a medio construir permanecerá para siempre a medio construir, como un monumento a Kelly’s Bush”.

La lucha se extendió por toda Australia, dando origen al movimiento de la Prohibición Verde. Entre 1971 y 1974, los y a gente trabajadora boicoteó 42 proyectos similares, valorados en 46 mil millones de dólares australianos.

El sindicato de la construcción se convirtió en el primer sindicato de Australia en nombrar a personas aborígenes como organizadores. Se sumaron a las luchas contra el racismo y por los derechos LGBTI+.

Las luchas contra el cambio climático pueden movilizar a la clase trabajadora e impulsar una resistencia más amplia. En Irak, en una de las regiones más calurosas del mundo, el cambio climático, junto con el legado del imperialismo, contaminó los recursos hídricos y desencadenó una resistencia masiva.

En 2018, las altas temperaturas provocaron que los ríos Tigris y Éufrates alcanzaran mínimos históricos. El agua de mar remontó los ríos, aumentando la salinidad del agua potable.

Esto, sumado a la contaminación por residuos industriales y a la campaña de bombardeos estadounidenses de 2003 que destruyó plantas de tratamiento de agua, provocó la contaminación del agua.

El agua se envenenó, causando la muerte de personas y animales. Unos 100.000 iraquíes fueron hospitalizados tras beber el agua contaminada.

Esta crisis puso al descubierto la corrupción y las prioridades del Estado iraquí. En agosto de 2018, provocó una resistencia masiva en la ciudad de Basora, donde la gente trabajadora exigió agua potable.

El pasado mes de mayo, las personas residentes de Basora ocuparon las oficinas del gobierno local exigiendo el fin de la contaminación proveniente de las operaciones petroleras cercanas. También exigieron la construcción de la planta desalinizadora prometida.

Los y las manifestantes fueron desalojadas, pero advirtieron que continuarían su protesta hasta que se cumplieran sus demandas.

En Túnez, las reivindicaciones climáticas han servido de base para la resistencia contra la dictadura

El 1 de agosto de este año, miles de personas salieron a las calles de Túnez, para protestar contra los cortes de electricidad implementados por la compañía eléctrica estatal para compensar la creciente demanda de aire acondicionado.

La gente tunecina culpa a la mala planificación del gobierno y algunos claman por “otra revolución”. Las personas que se manifiestan se organizan abiertamente contra el régimen, que ha reprimido la disidencia y acallado lo que denomina “noticias falsas”, y algunos exigen la dimisión del presidente Kais Saied.

En octubre pasado, una huelga general y decenas de miles de manifestantes paralizaron la ciudad de Gabes, en el sur de Túnez, ante la creciente indignación por la crisis de la contaminación causada por una planta química estatal.

Tiendas, mercados, escuelas y cafés cerraron sus puertas, paralizando la actividad económica en Gabes en respuesta al llamado del poderoso Sindicato Unión General del Trabajo de Túnez. Las y los manifestantes marcharon por la ciudad coreando consignas como “Desmantelen las instalaciones contaminantes” y “Gabes quiere vivir”.

La gente residente afirma que la planta, inaugurada en 1972 para producir fertilizantes, es responsable del aumento de casos de intoxicación por gases, cáncer y el colapso de la vida marina. La planta libera residuos radiactivos a la atmósfera.

La clase trabajadora tunecina tiene el potencial de acabar con esta contaminación y proteger el medio ambiente.

La catástrofe climática plantea serios interrogantes para las personas trabajadoras británicas.

La industria petrolera del Mar del Norte está en declive y los empleos desaparecen rápidamente. BP ya ha anunciado cientos de despidos, y cientos más corren el riesgo de sufrirlos al vender su negocio petrolero en el mar del Norte. Si queremos frenar el cambio climático, no podemos apoyar esta industria moribunda que contribuye enormemente a las emisiones de carbono.

Pero no podemos dejar atrás a sus trabajadores y trabajadoras. Necesitan una transición justa para abandonar el petróleo y el gas, que incluya capacitación y nuevos empleos. La propia gente trabajadora debe ser la protagonista en la configuración de este proceso.

En la década de 1970, Lucas Aerospace, uno de los mayores empleadores de Birmingham en aquel entonces, anunció planes para miles de despidos. En 1976, las y los delegados sindicales redactaron el Plan Lucas. El Plan Lucas fue un llamamiento radical al control obrero.

Defendía que se permitiera a la gente trabajadora utilizar sus habilidades para desarrollar celdas de baterías solares, turbinas eólicas, automóviles híbridos y bombas de calor sin despidos; era un llamamiento a una transición justa.

Las y los trabajadores querían usar su talento para el bien social, no para el lucro. El Plan Lucas puede inspirar a las personas trabajadoras de hoy.

La industria del petróleo y el gas del Mar del Norte está mucho menos sindicalizada que Lucas Aerospace, y las y los líderes sindicales en la industria son más tímidos que en otros sectores. Prefieren trabajar dentro de los marcos existentes en lugar de desafiar directamente a los empresarios.

Pero la gente trabajadora del Mar del Norte aún puede actuar. El entorno competitivo de las plataformas petrolíferas implica que cada trabajador o trabajadora cuenta.

En 2022, comenzaron a extenderse huelgas espontáneas exigiendo una “revolución salarial”, resistiéndose a los empresarios y desafiando a los líderes sindicales que les ordenaban volver al trabajo. La gente trabajadora de algunas plataformas petrolíferas discutió la posibilidad de intensificar las protestas impidiendo el aterrizaje de helicópteros.

Como resultado de las huelgas, las y los trabajadores obtuvieron una oferta salarial considerablemente mejorada. También experimentaron el poder que les otorgaba su propia fuerza.

La gente trabajadora del petróleo y el gas debe volver a usar ese poder para exigir que, a medida que sus empleadores se retiran del Mar del Norte, sus habilidades se utilicen para ayudar al planeta en lugar de destruirlo.

La clase trabajadora puede exigir medidas de adaptación para afrontar la crisis climática y las olas de calor: aire acondicionado, pausas para el agua y una temperatura máxima de trabajo.

Las y los líderes reformistas no tienen una estrategia capaz de detener el cambio climático. Hablan de cambios graduales a largo plazo, cuando lo que se necesita ahora son acciones urgentes. Las luchas contra la contaminación, las olas de calor y los centros de datos de IA tienen el potencial de impulsar un movimiento ahora contra el colapso climático liderado por la clase trabajadora organizada.

En todo el mundo, es la clase trabajador quien más sufre el cambio climático, y es ella quien tienen el poder de liderar la lucha.

Según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), del Instituto de Salud Carlos III y el Ministerio de Sanidad en el Estado español el número de muertos por las olas de calor este año asciende a 5.234 personas hasta ahora.