Un compañero destacado de nuestra organización hermana en Nigeria, la Socialist Workers League, analiza la agresión de EEUU contra su país de este diciembre.
Baba Aye
La población de Nigeria despertó el 26 de diciembre, día de San Esteban, con la noticia de un “regalo de Navidad” procedente de Estados Unidos.
Se trataba de una serie de ataques aéreos contra objetivos en el estado de Sokoto, en el noroeste del país.
El anuncio adoptó la forma de una publicación en redes sociales del presidente Donald Trump, quien se jactó de haber ordenado “un ataque poderoso y letal contra la escoria terrorista de ISIS en el noroeste de Nigeria”. La acción fue una descarada continuación de su amenaza en noviembre de entrar “con las armas disparando contra todo lo que se mueva”.
Pete Hegseth, secretario de Defensa de EEUU, repitió las bravatas de su jefe, subrayando que Trump había dejado “clara” esa posibilidad “el mes pasado”, con el argumento de intervenir para detener un genocidio cristiano, debido a su amor por los cristianos nigerianos. No se quedó ahí. Expresó el agradecimiento estadounidense al gobierno nigeriano por su “apoyo y cooperación” en posibilitar el ataque y añadió que habría más bombardeos de este tipo.
Pasaron horas tras el ataque antes de que el Estado nigeriano confirmara que se trataba de parte de una “colaboración conjunta” en curso. Esto subraya el papel de socio menor de la clase dirigente nigeriana frente al imperialismo estadounidense.
“Armas disparando” basadas en mentiras
A comienzos de noviembre, el presidente Donald Trump había publicado en sus redes sociales que EEUU entraría en Nigeria “con las armas disparando contra todo lo que se mueva” para defender a la población cristiana.
Afirmó que había un genocidio en curso en el país. Poco después, Estados Unidos incluyó a Nigeria en su lista de Países de Especial Preocupación.
Pero a Donald Trump le importan poco las personas cristianas de Nigeria o de cualquier otro lugar. Está jugando cara a la galería de su base de apoyo entre los evangélicos en Estados Unidos. Sus acólitos en el Senado y el Congreso, como Ted Cruz y Riley, se apoyaron en datos dudosos de una nebulosa organización no gubernamental en Nigeria para reforzar la narrativa de un genocidio anticristiano.
La ONG conocida como “International Society for Civil Liberties and Rule of Law”, que en esencia está formada por una pareja evangélica y un amigo suyo, tiene un historial de manipulación de cifras. Como señaló la BBC, no ha proporcionado ninguna lista de fuentes para su verificación. Esto no resulta sorprendente.
Tampoco sorprende que Estados Unidos haya actuado basándose en estos datos cuestionables. El propio Estados Unidos tiene una larga historia de utilizar mentiras y confabulaciones para justificar ataques imperialistas, como se ve en su despreciable actuación en Venezuela y como recordamos con las mentiras sobre las armas de destrucción masiva en Irak hace dos décadas.
Respuestas a los ataques aéreos
Las respuestas a los ataques aéreos han sido variadas.
En Estados Unidos, hubo una unanimidad de apoyo por parte de los republicanos, a diferencia de las divisiones que se dieron en su momento respecto a las incursiones contra Venezuela.
En Nigeria, las respuestas siguieron en gran medida las amplias líneas del espectro de reacciones ante las amenazas previas. Sin embargo, se produjo una acogida más favorable a la acción que a la amenaza inicial de llevarla a cabo.
Un destacado presentador de televisión y columnista de larga trayectoria, el Dr. Reuben Abati, describió a cualquiera que no estuviera contento con el bombardeo como “antipatriótico”, en el programa matutino diario “The Morning Show” de Arise TV, a pocas horas de hacerse públicos los ataques aéreos.
Iglesias importantes como la Comunión Anglicana y la Fellowship Pentecostal de Nigeria celebraron los ataques. En grupos de WhatsApp y en conversaciones en las calles y cafés, se podía oír y sentir que la frustración por la continua ola de inseguridad y la incapacidad del Estado nigeriano para frenarla se ha traducido en apoyo a esta acción.
Las objeciones a los ataques aéreos no siempre se han basado en un rechazo por principios contra este tipo de agresiones.
Por ejemplo, el jeque Ahmad Gumi, un erudito islámico que se opuso al bombardeo, instó al Estado nigeriano a buscar asistencia militar de China, Turquía y Pakistán en lugar de Estados Unidos. El partido burgués opositor, el Partido Democrático Popular (PDP), también criticó al gobierno federal por no anunciar primero los ataques aéreos antes que el presidente de Estados Unidos, pero no tuvo problemas con los ataques en sí mismos.
El movimiento Take It Back, alineado con el revolucionario African Action Congress, fue una de las primeras organizaciones de la sociedad civil en pronunciarse con firmeza contra los ataques aéreos. En un comunicado de prensa firmado por su Coordinador Nacional, Juwon Sanyaolu, describió a Donald Trump y a Estados Unidos como agresores extranjeros, relacionó la política interna represiva del partido capitalista gobernante con su servilismo al imperialismo, y pidió la dimisión del presidente Bola Tinubu.
Una perspectiva histórica de la situación
La afirmación de un genocidio cristiano intenta de manera peligrosa simplificar una realidad más compleja de violencia generalizada e inseguridad, para luego explotar esa narrativa con fines políticos.
Ya en junio de 2025, las muertes relacionadas con la violencia en Nigeria fueron calificadas como “una crisis de salud pública” en la prestigiosa revista médica The Lancet, que señaló que “el terrorismo, el bandidaje, los conflictos entre pastores y agricultores o enfrentamientos comunitarios, y las muertes relacionadas con bandas o ejecuciones extrajudiciales” se cobraron 169.033 vidas entre 2006 y 2021.
Esto muestra la dinámica multifacética del campo de muerte en el que se ha convertido Nigeria. Pero es importante examinar aún más de cerca los factores que impulsan esta situación y preguntarse sobre las afirmaciones de genocidio cristiano dentro de este contexto.
Un análisis más detallado muestra cómo la explotación capitalista, los designios imperialistas, la política divisoria y manipuladora de la clase dirigente local, y la crisis climática han contribuido a un baño de sangre interminable en el norte de Nigeria. También revela quiénes son las víctimas de este derramamiento de sangre: la gente trabajadora pobre, musulmana y cristiana por igual.
En Nigeria existen 371 grupos étnicos repartidos en seis zonas geopolíticas: tres en el norte y tres en el sur. Más de la mitad se encuentran en las regiones del norte. El 68 % de la población de 230 millones de personas pertenece a los tres grupos étnicos dominantes: los hausa-fulani en el norte central (29 %), los yorùbá en el suroeste (21 %) y los igbo en el sureste (18 %). La zona del cinturón medio en el norte comprende una amplia variedad de grupos étnicos minoritarios. Lo mismo ocurre en la zona sur-sur del delta del Níger. El suroeste y el sureste son mayoritariamente monoétnicos.
Gran Bretaña aplicó una política de divide y vencerás sobre la diversidad de pueblos que aunó en un Estado colonial para impulsar su expansión imperialista. En el corazón de esta estrategia estuvo también la cooptación de los jefes y emires locales en el Estado colonial como “autoridad nativa”. Esto se llamó “gobierno indirecto”. Esta táctica fue más exitosa en el norte, con las estructuras de los emiratos.
La clase dirigente nativa que sustituyó a los colonialistas tras la independencia en 1960 continuó con las tácticas de divide y vencerás, aunque bajo otra forma. Ellos y el sistema capitalista que representan son incapaces de mejorar la situación de la gente trabajadora. Están primordialmente interesados en su propio enriquecimiento. Para mantener su dominio, juegan repetidamente la carta étnica y religiosa con el objetivo de dividir a la clase trabajadora por líneas étnicas y religiosas, así como para distraernos del enemigo principal, que son ellos mismos.
Esta estrategia condujo a una guerra civil que dejó alrededor de dos millones de muertos en la primera década de la independencia, y a varios episodios de derramamiento de sangre desde entonces. El empeoramiento de la situación económica de las masas trabajadoras pobres desde la introducción del programa de ajuste estructural en la década de 1980, y especialmente desde la crisis económica global de los años 2000, ha creado un contexto socioeconómico inflamable.
Las semillas de la política salafista-yihadista no se sembraron contra los cristianos del norte, que se concentran principalmente en el cinturón medio. Se sembraron contra líderes musulmanes cuya corrupción fue denunciada por estos primeros islamistas radicales en las décadas de 1980 y 1990. Sentaron las bases de lo que emergió en el siglo XXI como grupos yihadistas armados. Los musulmanes del noreste fueron sus primeros objetivos y continúan siéndolo, tanto como los cristianos.
Conclusión
La incapacidad de la clase dirigente nigeriana para abordar el Frankenstein que ayudó a crear ha enturbiado las aguas.
El activismo salafista-yihadista se ha fusionado con formas de violencia menos ideológicas, incluido el bandidaje puro y duro, así como el aumento de los enfrentamientos entre pastores y agricultores. Abordar esta situación compleja requiere una estrategia que corte el nudo gordiano de la explotación, el sufrimiento y la opresión que alimenta a esta bestia de múltiples cabezas. Reducirlo a cuentos exagerados de genocidio cristiano no ayudará. Más bien empeora la situación.
Tras las amenazas de Trump en noviembre, se produjeron renovadas acciones salafistas-yihadistas. Más de 300 alumnos y 12 profesores fueron secuestrados de la escuela católica St. Mary’s de Papiri, en el estado de Níger, en la zona centro-norte, el 21 de noviembre. Esto ocurrió apenas unos días después de que 25 niñas fueran secuestradas en la Government Girls Comprehensive Secondary School de Kebbi, en el noroeste. A pesar de las negativas, parece que el gobierno pagó cuantiosos rescates para asegurar su liberación.
El ataque aéreo tampoco ha disuadido los ataques contra la gente trabajadora pobre. Al menos 30 personas murieron en el estado de Níger y muchas otras fueron secuestradas el 4 de enero.
Estados Unidos no puede detener el derramamiento de sangre en el norte de Nigeria ni en el resto del país. La clase dirigente nacional de explotadores tampoco puede hacerlo.
Como dijo el presidente nacional del African Action Congress, Omoyele Sowore: “solo un liderazgo verdadero, probado e informado puede proteger a las personas nigerianas, no los neoconservadores sesgados y en apuros que operan desde Washington DC”.
Ese liderazgo solo puede surgir de una política revolucionaria dentro de la clase trabajadora. La política radical del People’s Redemption Party (PRP) en la década de 1980 proporcionó un polo alternativo de atracción y un baluarte para la clase trabajadora en los estados del norte donde estuvo activo, cuando se produjo la primera gran ola de combatividad islamista.
Una de las tragedias del momento es el silencio del movimiento sindical. No hubo respuesta ni a las amenazas de noviembre ni a los ataques aéreos del día de Navidad.
Una tarea clave ahora para las y los socialistas —como las personas trabajadoras de base y activistas en los movimientos sociales— es argumentar a favor de la unidad y la solidaridad de la clase trabajadora por encima de todas las líneas con las que la clase dirigente y el imperialismo quieren dividirnos, incluida las de la religión y la etnia.
También debemos señalar que es el sistema explotador del capitalismo el que alimenta el monstruo de la inseguridad, mientras que la política divisoria de la clase dirigente lo nutre.
Para detener completamente la inseguridad, debemos derrocar el sistema que la alimenta. Para frenar su embate hoy, debemos exigir medidas concretas que aborden los problemas socioeconómicos subyacentes. Debemos atrevernos a tomar nuestro destino en nuestras manos en todos los frentes, incluso para poder defendernos de actores armados no estatales y, en última instancia, del propio Estado.





