ES CA

Paco Priego, Marx21

He de confesar que no soy un tipo de fútbol.

No debido a las controversias externas a la cancha de juego, que son comunes a cualquier deporte profesional, sino simplemente porque como espectáculo no me termina de llamar la atención. Tampoco me desagrada especialmente, pero siempre he tenido más preferencia por el baloncesto, un juego más dinámico, más entretenido de ver para mi gusto.

El caso es que, mientras que con este deporte sí he asistido con frecuencia al estadio para presenciar partidos en directo, e incluso durante algún tiempo fui abonado del equipo del que soy seguidor (el Joventut de Badalona, por si sienten curiosidad), jamás en la vida había pagado una entrada para asistir a un partido de fútbol en un estadio hasta hace unos días, cuando finalmente corregí esa anomalía cultural asistiendo al partido entre las selecciones de Catalunya y Palestina, más atraído por el compromiso reivindicativo que por el espectáculo deportivo.

Ese día, en lo deportivo, sinceramente esperaba que Palestina pasase por encima de Catalunya como una apisonadora, debido a los antecedentes de ambos equipos.

Catalunya no es una selección con reconocimiento oficial, por lo que no participa en torneos oficiales, y sus apariciones sobre la cancha se reducen a esporádicos amistosos. Antes de este, había disputado solo cinco partidos en los últimos diez años, el más reciente en mayo de este mismo año, cuando ganó 2 a 0 a Costa Rica. Por tanto, es un equipo que no está conjuntado, y que además depende mucho de la disposición de los grandes clubes a ceder sus estrellas, así como de no coincidir con una convocatoria oficial de España, que para esa misma fecha estaba en trámite de disputar el partido definitivo para certificar su clasificación en el Mundial 2026.

Así que había armado su equipo tanto con jugadores menos habituales en cancha de los grandes clubes de La Liga, como con jugadores que están en equipos de divisiones inferiores, especialmente varios jugadores insignia de equipos catalanes históricos que compiten actualmente en la Primera Federación (tercera categoría del fútbol español).

Clasificatorias

Palestina, por su parte, se presentaba con su alineación de gala, la misma que venía de realizar una meritoria campaña en las clasificatorias asiáticas rumbo al Mundial 2026.

Aquí, había avanzado hasta la ronda definitiva, instancia en la que, a pesar de no haber logrado la clasificación, y haber perdido en el último partido de su serie la oportunidad de clasificarse en la ronda de repesca, había tenido buenas actuaciones, incluidos dos empates ante el “coco” de su grupo y uno de los grandes de Asia, Corea del Sur, como “local” en Amman (Jordania) y como visitante en Seúl. Pero estos resultados sí le habían valido la clasificación para la próxima Copa de Asia de 2027.

Además, más allá del valor reivindicativo, Palestina afrontaba tanto este partido como el anteriormente disputado en Euskadi como preparatorios para las eliminatorias de la Copa Árabe de 2025 (a día de hoy ya se ha asegurado su clasificación para este torneo, a jugarse en diciembre).

Por tanto, se enfrentaban a un equipo improvisado contra otro que, a pesar de todas las dificultades a las que se enfrenta debido a la agresión sionista contra el país al que representa, y aunque sin duda está un escalón por debajo de los grandes de su confederación (Japón, Corea del Sur, Australia…) sigue siendo un equipo profesional, rodado en competición al más alto nivel, y preparándose para un torneo inminente.

Así que para mí fue una sorpresa que Catalunya ganase el encuentro por 2 a 1. Siguiendo con lo puramente deportivo, no fue un partido especialmente vibrante, y todos los goles fueron en jugada a balón parado. Probablemente un empate hubiera sido un resultado más justo para lo que se vio en la cancha, pero a nadie se le escapa que este partido trascendía lo puramente deportivo, así que pasemos a analizar lo que se vio en la grada.

El partido en sí mismo había estado envuelto en controversia los días previos. La entidad organizadora, Act x Palestine, se había venido quejando de la prácticamente nula implicación de las autoridades locales en la promoción del encuentro, a diferencia de otros partidos disputados por la selección catalana, frente a rivales seguramente menos políticamente incómodos.

La misma posibilidad de disputar el partido en el estadio Lluís Companys de Barcelona estuvo en el aire hasta el último momento, con estamentos oficiales intentando ubicarlo en estadios más pequeños, a pesar de que los organizadores insistían en que las reservas de entradas que tenían superaban con creces la capacidad de los recintos ofrecidos como alternativa.

Presión popular

Finalmente, la presión popular hizo efecto, y se pudo disputar el partido en el escenario previsto, ante 30.018 personas espectadoras, lo que representa poco más de media entrada del citado estadio, pero que supera ampliamente las taquillas de los más recientes partidos disputados por la selección de Catalunya, que solía convocar entre 5.000 y 6.000 personas.

De hecho, hemos de remontarnos hasta el año 2015 para encontrar una entrada superior, por lo que el éxito de público es indiscutible. Hubo convocatorias para acceder al estadio desde las paradas de metro cercanas en columna, que convirtieron el trayecto en una pequeña manifestación improvisada de apoyo a la causa palestina.

Que los fascistas se sientan incómodos en un estadio debería ser la norma.

En cuanto al ambiente ya en la grada, la situación era extraña.

Los goles locales fueron celebrados con discreción, y con inmediatos y grandes ánimos para el rival, mientras que el gol visitante fue casi más aplaudido que los locales. Era como si hubiese miedo de ofender al invitado de honor de la fiesta.

También en los cánticos y símbolos exhibidos por el público se notaba esto. Los partidos de la selección catalana siempre han tenido un componente muy ligado con la reivindicación nacional catalana, muy especialmente durante la época del llamado Procés independentista. Pero en esta ocasión había otro componente añadido, la denuncia del genocidio perpetrado por Israel, por lo que el número de esteladas y de banderas palestinas estaba a la par.

También se notaba en los cánticos de la grada, mayoritariamente centrados en denunciar el genocidio, y con menos atención a la cuestión nacional catalana que en otras ocasiones. Incluso hubo un momento en que algunos asistentes intentaron mostrar simbología asociada con la extrema derecha independentista, como la bandera de la Creu de Sant Jordi, siendo inmediatamente abucheados y silenciados con gritos de “Catalunya antifeixista” (Catalunya antifascista).

En algunos portales afines a la ultraderecha catalana se podían leer los días posteriores al encuentro amargas quejas sobre cómo se habían sentido expulsados de la fiesta, lo cual es positivo, sí, pero debe hacernos reflexionar sobre por qué hasta ese día la extrema derecha con estelada se había sentido cómoda en este espacio, y qué respuesta debemos dar desde la izquierda al hecho de que el fascismo se haya aposentado impunemente en las gradas de tantos estadios.

Incómodos

Que los fascistas se sientan incómodos en un estadio debería ser la norma, y no una excepción, que hoy en día solo ocurre en estadios y clubes modestos con fuerte identidad social, que sobreviven como anomalías en un fútbol cada vez más negocio global, donde lo único que importa es que el dinero siga entrando en las arcas.

En resumen, una experiencia gratificante, que seguramente es bastante distinta a lo que debe ser el común de un partido ordinario, pero ese día se iba a algo más que a ver fútbol.

Eso sí, yo sigo siendo más de baloncesto. Cuestión de gustos, qué le vamos a hacer.