Jesús M. Castillo
Las plantas de plástico se han puesto de moda. Cada vez más locales, tiendas, hoteles, bares, restaurantes, etc., las utilizan en su decoración interior y exterior.
Plantas de plástico que cada vez se parecen más a las naturales, que pueden llegar a engañar, aunque sea por un momento, incluso a un buen observador.
La Hipótesis de la biofilia predice que el ser humano se siente, instintivamente, atraído por la naturaleza. Así, ciertas presiones selectivas habrían hecho que aquellos individuos que hubieran estado más próximos al entorno natural habrían dejado más descendientes, por lo que los mecanismos que hubieran favorecido esa proximidad se habrían extendido por las poblaciones de Homo sapiens cazadores y recolectores.
Por otro lado, las culturas humanas relacionadas de forma armónica con la naturaleza cuentan con una moral que valora como positivo la conservación de la naturaleza.
Esto no es así en la cultura nacida, recientemente, en el capitalismo. En esta cultura capitalista, la naturaleza es vista y tratada como mercancía que se puede comprar y vender, como todo lo demás. De esta manera, el disfrute de la naturaleza bien conservada se convierte en un lujo, y señal de poder y éxito socioeconómico.
Naturaleza
Ya sea por instinto y/o cuestiones culturales, colocamos árboles en las calles, cuidamos de plantas y animales en nuestros hogares y, en general, solemos buscar y disfrutar del contacto con la naturaleza de alta calidad ecológica, capaz de desarrollar numerosos y potentes servicios ecosistémicos. Un contacto que mejora nuestra salud física y mental.
En este contexto evolutivo y socioeconómico, aparecen las plantas de plástico. Y no lo hacen en cualquier momento, surgen justo cuando empieza a evidenciarse que cada vez queda menos petróleo barato, pues hemos consumido ya más de la mitad del que había en el planeta y el ritmo de consumo es mayor de nunca antes.
En un momento en el que carestías y altos precios de los combustibles, especialmente del diésel, limitan la producción agrícola en algunos países y catalizan revueltas sociales en otros. Justo cuando habría que priorizar el uso del petróleo y sus derivados para aquellos fines claves como, por ejemplo, utensilios de quirófano. Fabricar plantas con petróleo evidencia un sistema que, al mismo tiempo que degrada su entorno y agota materiales claves no renovables (conocidos como “materias primas”), no es capaz de gestionar de forma eficaz su explotación.
Además, las plantas de plástico ponen en evidencia un fuerte nivel de desconexión de mucha gente respecto a la naturaleza de alta calidad. Por ejemplo, mucha gente conoce mejor los logos de las grandes multinacionales que los árboles de los que depende su calidad de vida.
La mayoría de la gente espera a que el semáforo se ponga en verde para cruzar junto al asfalto, justo donde más contaminación reciben sus pulmones, cuando habitualmente podrían esperar varios metros atrás donde la contaminación de gases y partículas se habría diluido algo más.
Mucha gente cuenta con un nivel de educación ambiental muy bajo lo que les lleva a no ser conscientes de que son ecodependientes. Entonces, ¿qué más da una planta de plástico o natural si lo más importante es un disfrute estético y superficial vacío de cualquier otra funcionalidad?
Por otra parte, ser capaz de imitar a la naturaleza es una muestra de capacidad de control sobre ella. No te necesitamos, podemos sustituirte por una copia perfecta (de plástico). Este espejismo tecno-optimista es propio de una cultura alienada respecto a su relación con su entorno del que, paradójicamente, depende.
Esta visión desarrollista tiende a homogeneizarlo todo. Se resiste al cambio, intentando, por ejemplo, crear espacios inmutables, prístinos y ultra-ordenados, al mismo tiempo que provoca cambios catastróficos en su entorno; cambios que intenta ocultar e ignorar.
Así, las plantas se congelan en una estación permanente de floración distópica y plastificada, de manera que se deja de apreciar el paso del tiempo y la valía de una floración efímera. Se puede tener todo en todas partes y al mismo tiempo. Incluso plantas donde no hay luz. No hay límites. Una ausencia, figurada, de límites que conduce, sin remedio, al abismo de los racionamientos y la escasez no planificada.
En definitiva, las plantas de plástico son un magnífico ejemplo de la decadencia, decorativa, de un sistema capitalista en crisis. Una crisis poliédrica y abisal que anuncia un colapso civilizatorio.
Ante este panorama, se abren paso cada vez más iniciativas ecotópicas en las que las plantas de plástico, afortunadamente, no tienen cabida.
Movimientos sociales que impulsan la protección de espacios naturales de alto interés socio-ambiental, de la flora y la fauna urbana y rural, que tejen redes de apoyo mutuo en el día a día que mejoran la vida de millones de personas, que desarrollan un modelo agropecuario basado en la biomímesis, que apuestan por una movilidad realmente sostenible, que denuncian el carácter pro-competitivo de un capitalismo que devora al ser humano y a su entorno.
Estos movimientos sociales, cada vez más coordinados, están plantando, germinando y estableciendo, entre grietas físicas y mentales, un nuevo sistema que florecerá entre los escombros capitalistas.
Jesús M. Castillo es Catedrático de Ecología en la Universidad de Sevilla y militante de Marx21.





