Debemos aprender las lecciones del genocidio nazi y luchar para que “Nunca más” sea algo más que un eslogan.
Tomáš Tengely-Evans
Se acaban de cumplir 80 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz Birkenau, campo que estaba en el centro de una máquina de matar industrial impulsada por la ideología antisemita de los nazis.
Los nazis asesinaron a más de seis millones de personas judías, dos tercios de la población judía de Europa, entre 1941 y 1945. Otros cinco millones de personas consideradas untermenschen o infrahumanas perecieron en los campos de exterminio.
Decimos “Nunca más” en el Día de la Memoria del Holocausto. Pero para que sea algo más que un eslogan, tenemos que entender qué allanó el camino a los horrores del Holocausto.
El Holocausto no se caracteriza solo por la escala de la matanza —aunque es dantesca— o por el hecho de que un estado haya llevado a cabo el exterminio de todo un grupo de personas. Hay otros ejemplos en la historia de estados que han llevado a cabo genocidios. Bélgica asesinó a millones de personas en el genocidio congoleño (1885-1908). Hemos visto un genocidio en Gaza en las pantallas de nuestros móviles durante más de un año, un recordatorio brutal de que los asesinatos en masa orquestados por el Estado no terminaron en 1945.
El Holocausto está marcado por su naturaleza exclusivamente industrial. Fue un asesinato capitalista, hecho posible por uno de los estados capitalistas más avanzados del mundo.
Los ferrocarriles transportaron personas de toda Europa a los campos de exterminio. Algunas de las mayores corporaciones de Alemania desempeñaron un papel fundamental y se beneficiaron de los asesinatos en masa.
Proveyeron ZyklonB para las cámaras de gas de los campos de exterminio y utilizaron a los reclusos como mano de obra esclava. Las máquinas proporcionadas por IBM procesaron los datos que hicieron posible el vasto proceso burocrático.
Pero el beneficio de las corporaciones no es el único vínculo con el capitalismo. Los nazis surgieron de la crisis social y del fracaso de la revolución de la clase trabajadora tras la Primera Guerra Mundial. Cuando se enfrenta a una crisis, la clase dominante puede recurrir a métodos más autoritarios. Y si se enfrenta a una amenaza contra todo su sistema, puede abandonar la democracia por completo y recurrir al fascismo.
El socialista revolucionario Leon Trotsky sostuvo que el fascismo era una “navaja en manos del enemigo de clase”.
“En el momento en que la política ‘normal’ y los recursos militares de la dictadura burguesa, junto con sus pantallas parlamentarias, ya no son suficientes para mantener a la sociedad en un estado de equilibrio”, escribió, “llega el turno del régimen fascista”.
La clase dominante alemana estaba obsesionada con la revolución de 1918 que derrocó al Káiser —y amenazó al capitalismo mismo— en los años 1920 y 1930.
Los nazis no eran la primera opción de la clase capitalista alemana. El presidente Paul von Hindenburg esperaba que los políticos conservadores y los oficiales militares restauraran el orden.
Pero, a medida que la crisis se profundizaba, sectores de la clase capitalista comenzaron a simpatizar con la idea de que el fascismo restauraría el orden y la estabilidad. En 1932, intentó introducir a los fascistas en el gobierno.
La clase dominante ya había comenzado a destruir la democracia liberal. Desde 1930, Alemania había sido gobernada por el “Gabinete de los Barones”, políticos y generales de derechas que gobernaban mediante decretos presidenciales.
Pero tenían poco apoyo en el Parlamento, y mucho menos entre la gente común, y se enfrentaban a un movimiento de masas de la clase trabajadora. El partido nazi de Hitler, el NSDAP, sí tenía una base de masas. Hizo un avance parlamentario en 1930, cuando comenzó la Gran Depresión.
Su ala de lucha callejera, los Camisas Pardas, aterrorizaron a comunistas, socialistas, sindicalistas y otros oponentes políticos. En 1933, cuando los nazis tomaron el poder, su número había aumentado a dos millones.
La clase dominante de Alemania quería utilizar este movimiento para aplastar a la clase trabajadora.
¿Cómo construyó el fascismo esta base? El fascismo es una forma extrema de contrarrevolución. Busca hacer retroceder los logros alcanzados por los movimientos revolucionarios genuinos. Los nazis querían aplastar a la izquierda, a las organizaciones obreras, a la sociedad civil y a todos los derechos democráticos como una solución reaccionaria a la crisis.
Pero no ganaron partidarios simplemente defendiendo el status quo. Utilizaron una retórica “revolucionaria” para construir una base entre los sectores de clase media de la sociedad: el comerciante cuyo sustento fue destrozado por la hiperinflación o el pequeño capitalista socavado por las grandes corporaciones.
Prometieron una “revolución nacional” que “restauraría la grandeza de Alemania”. Esto significaba apuntar no solo a la izquierda sino al establishment político corrupto y a las grandes empresas. Pero ¿cómo podían cuadrar el círculo entre respaldar al sistema y a sus partidarios de clase media que se veían oprimidos por él? El antisemitismo era clave.
Los nazis aprovecharon y radicalizaron el antisemitismo que ya impulsaba a la clase dominante alemana.
El pueblo judío se enfrentó a la persecución antes del surgimiento del capitalismo. Pero ésta se centraba en la religión y no presentaba a los judíos como una “raza” distinta y separada. Eso cambió con el desarrollo del capitalismo y el “racismo científico”.
Desde finales del siglo XIX, se culpó a “los judíos” de la depresión mundial, del fracaso de Francia en una guerra y del ascenso del movimiento socialista en Alemania.
Las clases dominantes utilizaron el antisemitismo, como otras formas de racismo, para dividir y gobernar. Pero el antisemitismo hace más que proporcionar un chivo expiatorio: ofrece una explicación reaccionaria de la crisis social.
El antisemitismo desvía la culpa de la verdadera élite capitalista hacia una falsa “élite judía”. Los judíos fueron presentados simultáneamente como capitalistas y aliados de los comunistas: fueron acusados de “judeobolchevismo”. Su destrucción era, según la ideología nazi, necesaria para restaurar la grandeza de Alemania.
Hitler disfrazó un movimiento contrarrevolucionario con un falso lenguaje “revolucionario”. Pero la contradicción no se pudo resolver.
Los Camisas Pardas abogaron por una “segunda revolución” después de que Hitler tomó el poder en 1933. Pero Hitler no tenía intención de desafiar al capitalismo y había tranquilizado cuidadosamente a los capitalistas de Alemania, diciéndoles que no les amenazaba. La retórica de las Camisas Pardas preocupó a los capitalistas. Hitler eliminó a sus dirigentes mediante ejecuciones en masa en la Noche de los Cuchillos Largos en 1934. Pero la contradicción permaneció.
Trotsky se había referido a la base de clase media de los nazis como “polvo humano”; para mantenerla unida, los nazis recurrieron cada vez más a la ideología antisemita. Esta dinámica es crucial para explicar el Holocausto.
El antisemitismo de los nazis, la obsesión por la pureza racial y el apoyo al imperialismo iban de la mano. Después de que comenzara la Segunda Guerra Mundial en 1939, los nazis recluyeron a los judíos en “guetos” en los territorios que ocupaban.
Los Einsatzgruppen (escuadrones de la muerte especiales de las SS) masacraron a los judíos cuando Alemania se apoderó de franjas de territorio ruso entre 1941 y 1942. Primero recurrieron a fusilamientos en masa, luego recurrieron a camiones de gas.
En enero de 1942, altos funcionarios de las SS y del gobierno se reunieron en la conferencia de Wannsee. Los nazis planearon meticulosamente la “solución final”, el asesinato industrial en masa de los judíos.
Los nazis comenzaron a liquidar los “guetos” y aumentaron las masacres de judíos. Luego autorizaron deportaciones masivas al este y la creación de campos de exterminio.
Algunos han argumentado que el Holocausto y otros crímenes nazis representaban los intereses de la clase capitalista alemana. Pero había tensiones entre los nazis y los patrones. Los capitalistas conservaban el control económico, mientras que el régimen tenía el control político. Cuando los dos chocaron, los nazis afirmaron su dominio.
Por ejemplo, en 1935 el régimen nazi quería centrar la inversión en la industria pesada para fortalecer al ejército a expensas de otras industrias de exportación. El magnate del acero Fritz Thyssen, que había apoyado a Hitler y a los nazis, se opuso a la medida. El Estado nazi se apoderó de sus fábricas.
Es cierto que las grandes empresas se beneficiaron del Holocausto. IG Farben, una enorme empresa química, tenía una fábrica construida especialmente en Auschwitz-Monowitz y utilizó mano de obra esclava judía del campo. Pero los campos de exterminio no pueden explicarse puramente en términos económicos.
En el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, los nazis desviaron valiosos recursos militares para llevar a cabo su “Solución Final”. Incluso cuando los nazis estaban perdiendo en el Frente Oriental, frente a Rusia, invirtieron recursos en el genocidio.
Es vital comprender el papel de la ideología antisemita. La clase dirigente se volcó hacia los nazis, y estos mantuvieron unida a su base mediante el antisemitismo y, finalmente, el genocidio. A medida que la suerte de Alemania cambiaba en la guerra, el régimen se radicalizó y aceleró sus planes de exterminio.
El Día del Recuerdo del Holocausto de este año llega en un momento urgente. Necesitamos recordar el Holocausto cuando hay una batalla sobre cómo se entiende e interpreta.
Los herederos del fascismo están abriéndose paso en Alemania, Francia y Austria. Dirigen el gobierno en Italia.
Los horrores del Holocausto significan que ha sido más difícil para los fascistas de hoy abrazar abiertamente el antisemitismo. Muchos proclaman su apoyo a Israel y al sionismo, afirmando que esto significa que no pueden ser antisemitas.
Pero la ideología antisemita sigue siendo una característica importante de muchos partidos fascistas, encubierta en teorías conspirativas y una falsa retórica anti-establishment. Un elemento esencial para la extrema derecha es la “Teoría del Gran Reemplazo”, que sostiene que las “élites” (una palabra clave que utilizan para referirse a los judíos) están importando migrantes musulmanes para reemplazar a los blancos en Europa y Norteamérica.
Los fascistas y sus ideas están siendo normalizados por el hombre más poderoso del mundo, Donald Trump, y el hombre más rico del mundo, Elon Musk.
Tenemos que movilizarnos contra el fascismo, la extrema derecha y el racismo, pero también contra el sistema capitalista que produce esta inmundicia y este horror.





